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Junio 29, 2009
El arte de no-velar - Juan Francisco Ferré
Originalmente en LA VUELTA AL MUNDO
Después de publicar este espléndido ensayo (Un encuentro, Tusquets, 2009), Milan Kundera cumplía ochenta años. No es casual que algo antes se viera envuelto en un estúpido escándalo con el que los calumniadores de siempre intentaban desprestigiarle una vez más. Todo esto parecería una conspiración del azar para imponer al escritor octogenario la necesidad de hacer balance. Un pretexto para saldar cuentas con la vida, como testigo excepcional de la fallida experiencia comunista en la que participó con el corazón y la cabeza, como atestiguan muchas de estas páginas, antes de desengañarse de la utopía y su poder de transformación falaz de la realidad. Y celebrar, en contraposición, el potencial de la literatura y el arte como medios supremos con que cuentan los individuos y las sociedades para comprender su incierto devenir o su traumática historia.
El epígrafe del libro ya avisa del programa con que fue concebido: recuerdos y reflexiones, sí, pero también viejos temas y, sobre todo, viejos amores. Que nadie se llame a engaño: los “amores” a que se refiere Kundera en esta ocasión no son aquellos que dominan su narrativa desde La broma o El libro de los amores ridículos, y que hacen de él un maestro de la lucidez sexual (como lo calificó el crítico y escritor Guy Scarpetta en sus magníficas Variations sur l´erotisme), sino artistas y escritores amados y admirados. La lista es tan selectiva como sorprendente: Francis Bacon, Hermann Broch, Louis Ferdinand Céline, Federico Fellini, Anatole France, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Gustav Janacek, Danilo Kis, Curzio Malaparte, François Rabelais, Arnold Schönberg, Josef Skvorecky, Iannis Xenakis, entre muchos otros.
Kundera había probado ya que para componer una novela el modelo de organización musical era el idóneo. Aquí, más que en ninguno de sus ensayos anteriores, vuelve a demostrar que un novelista es, antes que nada, un compositor: un arquitecto de la forma, un diseñador meticuloso y eficaz que persigue la armonía y la disonancia de los motivos, con independencia de que éstos se expresen a través de personajes y situaciones o sólo conceptos y reflexiones. Así, los nueve apartados del libro van declinando las obsesiones de Kundera (el devastador paso del tiempo, la aceleración de la historia, la descomposición de un mundo, las tergiversaciones de la memoria, el ocaso de la cultura, la dimensión estética de la novela, la indiferencia al arte como síntoma de nuestro tiempo tecnocrático, el cuerpo humano reducido a su desnudez existencial) y combinándolas entre sí con extrema precisión hasta producir un cuadro desolador del mundo contemporáneo observado por un octogenario desengañado y escéptico.
Ya desde el lacónico título, la metáfora del encuentro preside esta constelación de temas y variaciones: un encuentro virtual de artistas, de escritores, de músicos, y también de espectadores, oyentes y lectores. Una comunidad transnacional organizada en torno de la inteligencia y la sensibilidad, y enfrentada al mal cultural de las sociedades más avanzadas: el creciente desprecio por la forma estética (como revela la entrevista con Scarpetta a propósito de Rabelais). Hay dos “encuentros” en el libro que sintetizan este espíritu de complicidad artística y lo transforman en una fiesta multicultural. El encuentro, en primer lugar, con la cultura francófona antillana a través de la evocación vivaz de los escritores Aimé Cesaire, René Depestre y Patrick Chamoiseau así como del pintor Ernest Breleur. Y, en segundo lugar, aún más significativo, el encuentro con la literatura hispanoamericana a través de la memoria compartida del barroco “que vuelve a un escritor hipersensible a la seducción de la imaginación fantástica, feérica, onírica”.
En cualquier caso, dos de los motivos más recurrentes del libro mantendrían una conexión paradójica: de una parte, un mundo donde se ríe y sonríe todo el tiempo, como por obligación, pero donde nadie parece mostrar el más mínimo sentido del humor. Y, de otra, la importancia cognitiva de la novela o la “archi-novela”, como dice Kundera: el dispositivo inteligente capaz de alterar desde la ficción las representaciones de la realidad y explorar sin prejuicios las potencialidades de la vida individual. Frente al envarado estado de cosas del presente, la ficción narrativa supone la expresión más provocativa de la falta de seriedad y trascendencia de la experiencia humana, con “la omnipresencia del humor” como factor de neutralización de los valores corrientes y las visiones convencionales del mundo. Esta sería, en suma, la cualidad novelística por excelencia para Kundera: “la inoportuna libertad de la mirada, la inoportuna libertad de la ironía”.
En este sentido, la reflexión de Kundera sobre el humor de las novelas de su compatriota Skvorecky es de una pertinencia absoluta respecto al uso del humor en la literatura de cualquier época: “es el humor de los que están lejos del poder, no pretenden el poder y conciben la Historia como una vieja bruja ciega cuyos veredictos morales les hacen reír”.
---- segunda parte: El arte de no-velar
A los que no creemos en otras entelequias distintas de las que pueblan las páginas de las novelas, bien poco puede importarnos qué líder vaticano ha muerto y qué otro le ha sucedido al frente de la corporación ecuménica. Felizmente, nuestro pontífice más aguerrido sigue vivo y dando guerra. Se llama Milan Kundera y este libro (El telón. Ensayo en siete partes; Tusquets, 2005), tras El arte de la novela (Tusquets, 1987) y Los testamentos traicionados (Tusquets, 1994), es su tercera encíclica doctrinal: un contundente alegato contra las perversiones intelectuales y estéticas de nuestro descerebrado tiempo. Pese a las apariencias, este pontífice lúcido y exigente no promete a sus “fieles” otro cielo que el de la inteligencia del mundo y la vida terrestre y otro infierno que el de la estupidez, la rutina y la vulgaridad, aunque para afirmar esta verdad radical no necesite ningún tribunal eclesiástico ni congregación inquisitorial alguna. La prosa suprema de la novela, remacha Kundera, invita a distanciarse de la prosopopeya religiosa, moral o política que tergiversa, con su dogmático discurso, la complejidad y el sentido tragicómico de la existencia humana.
En efecto, la novela es el “evangelio” agnóstico por excelencia y la novela del siglo XX, en particular, su forma consumada y definitiva, con Joyce, Kafka, Broch, Proust, Musil o Gombrowicz como apóstoles de su poder de subversión y ridiculización de las ideas preconcebidas y los valores caducos y su arte de no velar el desgarrado telón de la realidad. Con el dominio del mercado, no obstante, el mal gusto generalizado ha pervertido esa función saludable del género e inventado anodinas formas de evasión y distracción que pretenden aturdir y consolar a sus consumidores insatisfechos o desorientados.
Ahora bien, la paradoja que Kundera formula como tesis central de su libro radica en su vinculación del valor estético de la novela con la conciencia histórica del género. Irónicamente, el arte de la novela postula su intemporalidad artística arraigándose fuertemente en la temporalidad de su función narrativa. Sólo así es pensable que Joyce sea contemporáneo de Cervantes y, al mismo tiempo, cada uno de ellos enuncie en su obra la “insignificancia” existencial de sus épocas respectivas. La segunda paradoja de Kundera, la más escandalosa para muchos, es geopolítica y consiste en extraer a cada novelista valioso de la tradición nacional en la que se le encierra, como en una jaula erudita, a fin de esterilizarlo de cara a la posteridad. Únicamente en el “gran contexto” o “territorio supranacional del arte”, razona Kundera, es posible calibrar con exactitud el valor estético y el alcance cognitivo de una obra novelística.
[Es lástima, en este sentido, que Kundera se empeñe en ignorar de nuevo las prodigiosas creaciones de la novela norteamericana (a excepción de Philip Roth) de los últimos treinta o cuarenta años, tan afines a sus postulados, tan embebidas de Cervantes, Rabelais y sus incontables discípulos europeos y latinoamericanos.]
La ironía devastadora, el humor corrosivo, la prosa atenta al devenir de lo real, la invención de formas innovadoras, una mirada penetrante y profana sobre la vida humana, la alta inteligencia de las situaciones y los sentimientos, una aguda sensibilidad sexual, la impertinencia moral y la incorrección hacia los valores sacralizados, son el cúmulo de cualidades que cualquier lector ha aprendido a apreciar en las novelas de Kundera y que distinguen, en suma, a la novela genuina del producto editorial más o menos adulterado. El arte de la novela, como expone Kundera admirablemente, “es la esfera privilegiada del análisis, de la lucidez, de la ironía”.
En este sentido, sigue siendo incomprensible (y una prueba de la degradación cultural vigente) que pueda haber todavía quienes, creyéndose inteligentes, desdeñen el género novelístico. Quizá se piense que esos tres atributos destacados (el análisis, la ironía, la lucidez, además del humor) son los enemigos principales del “alma” contemporánea, según el necio credo sostenido por los grandes enemigos actuales del “espíritu” de la novela (la corrección política, la regresión religiosa, la candidez biempensante, el tedio generalizado y el consumo ciego).
Por fortuna, Kundera no está solo en esta guerra cultural contra el desprestigio estético de la novela, lo acompañan numerosos novelistas que siguen dando testimonio elocuente de las inagotables posibilidades de un género cada vez más amenazado por la inercia editorial del mercado, la pereza estética e intelectual de los lectores y la crítica especializada y, sobre todo, el amordazamiento de los discursos y la conversión de la libertad de expresión en un valor formal por entero carente de sustancia.
Enviado el 29 de Junio. << Volver a la página principal << |
