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Junio 01, 2009

El mapa del silencio y/o las pequeñas escaramuzas - José Luis Brea

derinkuyu_02.jpgNo tengo apenas nada que añadir a la nueva entrega de Brumaria. Creo que en el curso de nuestro intercambio se han ido poniendo muchas cosas sobre el tapete, y también manifestando la diversidad de las posiciones. Quizás algo menos escéptico de lo que ellos declaran ser en cuanto a las posibilidades del diálogo abierto, confío en que algo se ha movido ya y algo más va a moverse pronto, tan pronto como otros muchos participantes de nuestra escena cultural se sientan motivados para manifestar sus posiciones en público –hoy mismo y sin ir más lejos acabamos de rebotar un post de los YP que (a su manera, claro está, y sin entrar directamente en las cuestiones de nuestro debate), plantea muchos temas de nuevo fundamentales y que obligan a abrir y continuar en otros frentes la reflexión sobre si nos hallamos en un proceso de normalización y domesticación o de transformación instituyente de las estructuras existentes (utilizando sus propios términos) ...

Sólo sobre una cuestión querría hacer una pequeñísima puntualización, pues se refiere a lo que los propios redactores de Brumaria consideran el núcleo mismo de mi toma de posición, reconociéndoles que efectivamente puede que si lo tiene (un núcleo, un centro) esté ahí: digamos en mi toma de partido o expresión de confianza en el valor último del procedimiento democrático como legitimador válido del campo de lo político. Lo único que puntualizaría es que mi posición desde luego no se identifica con una defensa de la mera democracia formal-liberal –aunque tampoco con esas otras "democracias" (y mis comillas ponen años luz de distancia frente a ellas) en las que la idea de libertad pueda sacrificarse a otra idea determinada de justicia social, desde luego estoy muy lejos de su “final pro-coreano”- sino con un concepto más cercano a la que llamaría la democracia profundizada, radical, como el defendido por Chantal Mouffe. Por lo tanto, por una toma de partido siempre a favor del diálogo, de nunca cerrarlo, y de en él apostar por la posición que más contribuya a hacer posible que el sistema admita el máximo de disentimiento imaginable (es decir, la posición que más haga aumentar el grado de *agonismo* posible en un sistema, y por lo tanto y por definición estructural la más contraria a que en él se fijen “hegemonías”, posiciones “dominantes”). Algo que me pone a distancia de autores que seguramente les son más próximos –como Badiou o Zizek, quizás- y más cerca en cambio de otros como Simon Critchley, Rawls, Rorty o la propia Mouffe -para no destapar en un orden que no es el que le corresponde, pese a todo, mis verdaderas simpatías políticas, que no son otras que las que se siguen de una lectura no trapisondista del antiedipo deleuziano, que me consumió muchos de mis años de formación investigadora..

En todo caso, el debate sobre lo institucional y cómo intervenir en su transformación, a qué distancia y con qué utillajes, es un debate difícil, y en el que no creo que existan soluciones ni sencillas, ni definitivas, ni universalizables, sino una fábrica activa de modelos que ha de ir contrastando sus potencias en el día a día de una renegociación permanente de operadores, agencias, aparatos de captura y dispositivos activables. Hace falta, pienso, moverse siempre deprisa, trazar las líneas de fuga casi a tanta velocidad –o más- de la que los mecanismos de institucionalidad tienen para atraerlas y redibujar con ellas sus nuevos planos de consistencia, de inmanencia, de hegemonía y dominación (en realidad, y en el fondo, éste es el núcleo de mi crítica a las políticas del Reina: que aún nominándolas de antagonismo sus políticas efectivas definen hegemomías y líneas de dominancia, haciéndolas cristalizar en institución, en poder). Trabajar en su horadamiento permanente –a la busca de sus pequeños intersticios o sus más grandes agujeros negros, de ahí las imágenes elegidas para ilustrar ambos posts- puede ser el *dictum* hipotético, heurístico, para definir una *política abstracta*. Pero su concreción es siempre asunto de decisiones pequeñas, que quedan en manos de agentes que reconocen toda la complejidad de los movimientos que adoptan, sin presumir nunca tener en su mano la fórmula de la gran solución, de la gran salvación. Tal es la que, en efecto, no hay: pero sí espacio y escenario para los pequeños debates y las pequeñas escaramuzas.

Puede que en efecto lo que aquí hemos tenido con el sistema, con la institución, no haya sido otra cosa que eso, una pequeña escaramuza –aunque no creo que nadie se haya sentido especialmente “acariciado”. Yo no pretendo pensar que haya sido más que esa minúscula refriega abierta por el sentido de la criticidad del conocimiento entre nosotros, pero pongo mi confianza en el grado de contagio que esas pequeñas efervescencias del pensamiento crítico promueve en los otros, y que ello, como digo, anime a muchos más a empezar a decir lo que piensan –y sobre todo, a empezar a pensar lo que dicen ;-)

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Comentarios

josé luis, gracias por tu mención y un breve comentario. Creo que en el fondo, sí entramos en las cuestiones del debate, probablemente no de forma directa -si es que esa forma existe- pero nuestras preocupaciones inmediatas -una inmediatez lánguida ya que estamos sobre ellas hace tiempo- siempre acaban por no caer en la crónica. Y no porque pensemos que sea un género menor, sino porque la agenda que de forma más o menos natural construimos nos lleva a un análisis crítico largoplacista, donde las políticas culturales y los discursos sobre las que cabalgan, entendemos necesitan un destripamiento donde el aquí y ahora se queda algo inválido. No es un tema de soberbia, es probablemente ésta una cuestión tanto metodológica como estratégica.

Tal y como concluimos nuestro último post -ese que habéis enlazado- siempre esperamos reacciones que tal vez tomen otra forma inesperada y tampoco queremos pensar que todo sean puños al aire. Tiene que haber o estar pasando una manera, probablemente se instituya de forma invisible -tal vez este el primer oxímoron como metáfora que nos permitimos- bajo estructuras que, de momento, existen en potencia pero no se están activando. Tal vez la anemia, tal vez el tedio, o bien seguro un espíritu sofisticadamente conservador.

Agradecemos sinceramente el intercambio que (n)os habéis dado y en gran parte compartimos lo que se ha dicho, sobretodo en este último refriegue. Respiramos mejor en ese ditanciamiento de la democracia formal-liberal y del, si bien distante, abrazo a Rorty..y sus orquídeas trotskistas ;) Entre otras pocas cosas, podemos seguir en ese régimen de acumulación en la esfera de la vida, con blogs que rebuscan y especulan..hasta que estalle la burbuja.


Poco que añadir, también, por nuestra parte, a la contestación de José Luis Brea. No obstante, hemos de hacer algunas puntualizaciones respecto a pequeños detalles que puede llevar a confusiones de alto calado. Nuestro “final-procoreano” —¿cómo decirlo?— era claramente una boutade, un guiño o ácida broma para quitarle hierro al asunto; algo perfectamente prescindible en el contexto de nuestra respuesta. Respecto a las otras “democracias” —entrecomilladas— hace tiempo derrotadas, no parece muy acertado seguir perdiendo tiempo y energías en la dicotomía libertad/justicia social; entre otras cosas porque la libertad —máxima panacea del liberalismo— no es más que un concepto y una idea relativos cuyo uso por parte de los sujetos no es demasiado diferente a desayunar u orinar, algo que practicamos todos los días, acciones limitativas a las cuales dedicamos un tiempo y unos recursos. La libertad es como un kleenex y quien no la tenga y la desee que se la trabaje. La justicia social es otra cosa, mucho más ardua y difícil de gestionar en el día a día. Pero por no pasar por alto las prescindibles “democracias” —las antiguas del Este, vamos— y por seguir con el rosario de autores citados, no son precisamente Badiou o Zizek los valedores de dichas formulaciones de construcción de la práctica política sino sus más rotundos críticos, Negri, Derrida —no digamos Groys o Carl Andre entre otros— mantenían o mantienen una posición sumamente centrista a la hora de enjuiciar los logros de su máximo representante, Stalin. Asunto bien distinto son los efectos de luces y sombras que las “democracias” entrecomilladas han proyectado sobre la participación civil en la toma de decisiones que afectan a la esfera pública, el fortalecimiento de los sistemas públicos en educación, sanidad y prestaciones sociales en las democracias no entrecomilladas. Pero bueno, estas son cosas que nos apartan del núcleo central de la discusión, la salida de carril de la Institución Arte para la cual, como para la constitución de una Democracia acorde a nuestro tiempo, estamos de acuerdo: “no creemos que existan soluciones ni sencillas, ni definitivas, ni universalizables, sino una fábrica activa de modelos que ha de ir contrastando sus potencias en el día a día de una renegociación permanente de operadores, agencias...”


No suelo participar nunca en los debates de los blogs sobre ningún tema porque creo que, lejos de producir democracia y opinión, son terreno abonado para las miserias y las chorradas de demasiada gente, y veo con desesperación la energía perdida en ellos y con desesperanza la posibilidad de que sirvan para algo más que para alimentar el tono de puñalada trapera en los coros de nuestras peluquerías. En este caso, lo haré impulsado solamente por la amistad que profeso hacia los dos principales implicados en el asunto, José Luis Brea y Manolo Borja, las dos cabezas más lúcidas entre todas aquellas con cuantas he tenido el placer de trabajar a lo largo de estos 30 años, y en tanto que espero seguir haciéndolo con ambos en los próximos tiempos debo subrayar mi opinión como particularmente parcial e interesada.

1.
Helada se quedó mi sonrisa, ciertamente, tras la lectura del post de marras. Me pareció que un interesante y legítimo tema de debate y algunas finas ironías -como la de llamar “profesionales” a algunas de las asociaciones que promovieron el código de buenas prácticas- quedaban algo oscurecidos tras una introducción con demasiada hiel y que caía en un hiriente episodio de salivazo y abofeteado. Parece que la respuesta de Brumaria recondujo el asunto hacia derroteros más sosegados y que los contenidos ensombrecidos por el exabrupto original han acabado reflotados en un espacio de mayor calado intelectual con alguna correspondencia con aquel en el que podían y debían haber aparecido.

2.
El “Código de buenas prácticas profesionales en las artes visuales” -se llama así por lo menos en la edición catalana, cuya portada es ocupada visualmente por la palabra CODI y en la que se hecha en falta la imagen de ET con su índice iluminado y su admonición famosa: ”Sed buenos”- es, como dice Brumaria, papel mojado. No obstante, conociendo y reconociendo las instancias de buena fe que pusieron en marcha el proyecto, acepto que sobre la pobreza discursiva del CBP y su esfuerzo por incrustar las prácticas artísticas en un mercadillo del que no tienen porqué formar parte y que sin duda las desactiva en su potencial político mucho más que su inclusión en la institución museo, se levantan elementos valiosos para definir ese instrumento de mínimos al que se refiere José Luis Brea y que debatimos, básicamente, en relación al tema de los concursos. Estoy de acuerdo con también con él en que la máxima transparencia es imprescindible y añadiría que ésta debe igualmente iluminar la configuración de los jurados y, aún más, exigir a los mismos una justificación por escrito de la conclusión de sus deliberaciones, que deberían ser grabadas y publicitadas junto a los proyectos debatidos.

Queda otra cuestión importante respecto a este tema sobre la que me gustaría apuntar, aunque muy sucintamente, cierto desacuerdo con José Luis y con Brumaria. Me refiero a la supuesta promoción de la “negación del carácter político del cargo” elegido en los concursos o a la mezquindad con que se procura el apartamiento de los “políticos” para su substitución por “profesionales” y su relación con el consiguiente vaciamiento de ese lugar de gubernamentalidad en nuestra sociedad. Comprendo y comparto los elementos de análisis que desde ambas posiciones se ponen en liza si son pensados desde la mezquindad comprobada de algunos personajillos y desde la lógica del sistema que se nos ha impuesto como democrático (con la intocable constitución a la cabeza), pero es que cabe pensarlos -y así hay que hacerlo- desde fuera, desde un espacio de esfera pública constituido por pura ciudadanía liberada y autogestionada. Me sorprende por ello la idealización y defensa tan apasionada de los programas culturales de los partidos cuando es sabido por todos que esos programas son su hazmerreír (véase sino al último debate sobre el estado de la nación, por ejemplo) o la reducción a mera descalificación primaria de esos “políticos” como núcleo del asunto.

Vengo defendiendo desde hace años que el último espacio democrático en el seno de las economías del capitalismo avanzado es el de las producciones culturales, esto es, que el espacio de producción cultural es el espacio público por excelencia y que es desde ese lugar que las condiciones de gubernamentalidad contemporánea pueden tener un desarrollo verdaderamente democrático y desde el que se pueden incluso modificar los cimientos de la estructura económica (con respecto a eso ahora mismo estamos sufriendo una derrota en nuestras universidades con el tema de Bolonia). Entiendo que la separación de la organización del espacio de producción cultural del, así llamado, sistema político es un logro democrático de primer orden en el contexto de lo que debatimos porque lo que articula es, precisamente, un lugar otro de lo político verdaderamente generador de democracia y un valioso contrapeso al que ya existe. Por ello pienso que no se da en este caso ningún travestismo de lo político en profesional o técnico ni el consiguiente vaciado de poder democrático de la ciudadanía mediante esa operación sino todo lo contrario, es decir, que se carga de sentido político y de responsabilidad ciudadana a las prácticas artísticas. En Cataluña se ha dado un pasito adelante al respecto con la creación del Consell de les Arts, aunque a las primeras de cambio, con el caso CASM, hemos podido ver cómo el poder político establecido -bien arropado por los medios de comunicación- se ha pasado esas instancias, a un grupo de ciudadanos erigidos en plataforma con capacidad crítica y al, así llamado, sector profesional, por la entretela. Otra cosa es, y aquí os doy la razón, que el sentido ético y la voluntad de compromiso en nuestro país sean una pena (el CBP debería tener un capítulo dedicado a los esquiroles), o que dispongamos, como mucho, de un mero instrumento sobre los mínimos de los mínimos, o que el peso específico de ese mapa del silencio sea una de nuestras calamidades endémicas (recordemos que España es un país esencialmente católico formado en las tradiciones del diezmo, el pago de prebendas, la delación y la expiación en la hoguera). Con todo me parece curiosa vuestra atención a los organigramas institucionales y la insistencia en que se elijan cargos en orden decreciente (directores generales, secretarios, ujieres, personal de la limpieza) cuando lo lógico sería pedirlos en dirección contraria hasta llegar al rey.

Otro aspecto que me parece interesante de este asunto es que el hecho de que el cargo ganador en concurso deberá poder cesarse de una forma u otra ya que no podrán hacerlo el ministro de turno o las meras circunstancias derivadas de las elecciones generales sino que ello exigirá el control y la presión de todos aquellos que se atrevan a fracturar ese mapa del silencio del que venimos hablando. Por ello, y a causa de la importancia de las grandes instituciones culturales habrá que ver cómo se organiza la emergencia efectiva de esas voces críticas, aunque hacerlo, claro, redunde en institucionalizarlas de alguna manera (¡qué contradicción!). También habrá que ver como los poderes fácticos de siempre -especialmente el económico- intentan usufructuar los logros en la institución que dirija el cargo en cuestión. También los medios y la prensa, desde luego.

3.
No me parece demasiado sólido afirmar, así por las buenas, que el proyecto del Reina se “lleve desde los periódicos” ni tampoco caricaturizar desde las noticias que nos llegan por esa vía una exposición necesariamente compleja y que todavía no se había abierto cuando comenzó esta polémica, aunque estoy de acuerdo en que a veces parece que la prensa sea la única forma de enterarnos de las cosas. Pienso que con ese tipo de actitudes renunciamos en parte al patrimonio político crítico que he intentado apuntar más arriba y propiciamos que las cosas se conviertan en un pitorreo. Sin ir más lejos en este salonKritik se puede leer un post de alguien que se arranca a lloriquear porque su Santiago Sierra no aparece en la lista de Schindler... Me parece más interesante abundar en la necesidad -opinión que comparto- de que se conozca el proyecto que se quiere desarrollar en el museo (lo que parece que se va a hacer según nos cuenta José Jiménez) o investigar, como nos comunica que está haciendo Brumaria, en el suculento tema del “Gran Prado”, porque desde luego que nos interesa a todos conocer los entresijos de las grandes operaciones inmobiliarias y de organización del poder que se realizan como maniobras envolventes de las dinámicas culturales aún cuando éstas estén demasiado conformadas por pequeños grupos que a veces puedan parecer más que afines al podercillo.

4.
Me pregunto si con la expresión (que ya empieza a hacerse omnipresente) “estética de archivo” no se estarán simplificando planteamientos que son mucho más complejos, empezando por perder de vista el hecho de que un museo ES un archivo y sabedores de que la labor de la mejor crítica contemporánea, así como el trabajo de muchos artistas, se ha ocupado muy bien de activarlo -en un trabajo seguramente anarchivístico, como muy bien dice José Luis Brea- desde múltiples debates y trabajos productivos en términos de discurso y de obras. Dejando al margen, no es este el espacio para ello, los discursos sobre los procesos de generación e irrupción de lo nuevo en ese archivo-museo.

Si proyecto esta pregunta a lo realizado por Manolo Borja en su anterior etapa en el MACBA encuentro rápidamente ejemplos claros de las diferentes facetas que puede mostrar el discurso sobre el archivo sin ensombrecer un ápice la capacidad crítica de los trabajos ni alterar lo más mínimo el proceso mismo de los artistas implicados. Otra vez muy someramente, pienso en la incorporación del archivo Fahlström en el 98, que se puede ver como la primera piedra del estupendo centro de documentación que en la actualidad está articulando el MACBA. Pienso en mi propia retrospectiva en el museo -en el 2000- realizada casi exclusivamente con trabajos que no existieron en “su momento” y que se produjeron a partir de mi archivo para articular con ellos una determinada proposición crítica (por cierto que para ella conté con un estupendo texto de José Luis Brea). Pienso en la incorporación en la colección de la obra de Harun Farocki, hacia 20005, realizada como es sabido con materiales de archivo tratados como material cinematográfico. Pienso en los trabajos de Francis Alys o de Pedro G. Romero. En suma, que las apreciaciones de José Luis Brea sobre la “estética de archivo” las puedo compartir si son un presupuesto teórico pero no si se despliegan para aplicarse a lo realizado en el MACBA estos años porque reducirían su programa a un mero regodeo esteticista del que ni mi obra ni la de otros creo que sea partícipe.

En cuanto a la cuestión de los estudios mediados por agencias independientes del gran templo del saber que es la universidad tengo que decir que la universidad española me parece muy lejos de ser ese templo y muy particularmente las facultades que imparten Bellas Artes e Historia del Arte. No puedo menos que compartir algunos de los argumentos de José Luis Brea (como suscribo el artículo de José Luis Pardo “El conocimiento líquido: sobre la reforma de las Universidades españolas” que puede leerse aquí mismo en salonKritik) pero otra vez no estoy seguro de que se puedan aplicar aquí de forma tan cerrada y contundente.

Pep Agut


Querido Pep

Entiendo que escribes desde tu amistad compartida con Manolo y conmigo. Como he intentado dejar bien claro, finalmente mi crítica no tiene nada que ver con lo personal, así que para mí es fundamentalmente motivo de satisfacción que alguien pueda escribir aquí sin que la marca de una amistad u otra decida su toma de partido. La que declaras como “parcialidad interesada” es, así, una que te respeto –aun cuando, como suele decirse, no te comparto.

No siempre entiendo el sentido de tus aportaciones, así que espero me disculpes por contestarte únicamente a las que comprendo, y sólo en aquello en lo que, pareciéndome muy muy importante, sospecho que no estoy del todo de acuerdo contigo.

Hablas de hiel en la primera entrega. No digo que no la hubiera, pero respondía sobre todo a un sentimiento de usurpación, de invasión, de suplantamiento (de pisoteo, si quieres entenderme): el del saber por el poder, el de quien se siente finalmente amenazado por una dinámica de apoderamiento implacable por la cual la posición institucional de los gestores culturales –de unos cuantos muy particulares- viene ejerciendo la absorción interesada de toda la autoridad del conocimiento retirándosela –y aquí el proceso ha sido largo, y tú has visto suficientemente de cerca alguna de las operaciones mediante las que ese proceso, muy sucio, se ha consumado- al discurso crítico riguroso. Creo que el momento de mantenerse indiferente a ese proceso –desde la elegante posición de un Hamlet al que las cosas le huelen demasiado a podrido, posición que algunos de nosotros hemos compartido tal vez demasiado- ha terminado. No hay hiel, sino hartazgo de ver tanta mediocridad y tanta voluntad de poder, por sistema disfrazada de cualquier otra cosa, reinando.

No estoy de acuerdo tampoco con tu afirmación de que un museo es un archivo. Mira, no. Son cosas –dispositivos, instituciones, agenciamientos, dinámicas- muy diferentes. Y si sin más se afirma su radical identidad (así como tú lo haces, con mayúsculas) entonces no resulta fácil continuar el debate. Lo siento, pero creo que mi crítica a la “estética archivística” se mantiene totalmente en pié frente a tu reflexión, no soy capaz de reconocer en tu comentario argumento alguno de peso que la salve.

Finalmente, tampoco me identifico con tu crítica a la universidad como tal frente a mi crítica (implícita) al museo. No se trata de afirmar –yo sería el último en hacerlo, y sabes que mi empeño desde hace muchos años tiene este objeto de transformación por el principal en mi trabajo- que la universidad que hay sea la que queremos. Todo lo contrario: se trata de afirmar que la universidad que queremos es la *sin condición* por la que luchamos, una capaz de abordar y desarrollar con toda su fuerza el espacio de unos estudios críticos, incómplices con sus objetos -y éstos son el mundo contemporáneo y las producciones simbólicas que hay. Para mí es evidente que tales estudios críticos sólo pueden desplegarse en el ámbito de un independencia funcional con los objetos de que se ocupan, y me parece evidente que la institución que trabaja (y se nutre de) para ellos –la cultural- no es la indicada para proclamar esa querida independencia crítica –que por cartografía y dinámica de funcionalidad le es impracticable (es ella misma de lo que la independencia es requerida, quizás te olvides de esto). Es como si unos estudios críticos "independientes" sobre la religiosidad se impartieran desde el Vaticano. ¿Credibilidad que les otorgaríamos? Escasa, claro. Y sin embargo aquí queremos dársela toda ...

Sea como sea, no se trata –en mi posicionamiento- de afirmar la universidad frente al museo. Se trata de afirmar que en la suplantación de la universidad-universidad por la universidad-museo se sentencia el estado de cosas existentes: es decir, una institución-Arte sin interlocutor crítico que pueda cuestionarla, y una universidad sin autorreflexión interna que pueda someterse a autodesmantelamiento y transformación.

Creo que en efecto ésta es la cuestión que más me importa: en el fondo, la totalidad de lo que vengo poniendo en discusión podría resumirse en esta pregunta: cuál es el lugar adecuado –cuales son las dinámicas que lo harían posible y eficiente- para hacer florecer con fuerza la potencia del trabajo crítico riguroso –que yo sitúo asociado a la del florecimiento efectivo de unos estudios críticos, todavía inexistentes entre nosotros. Para en su estela apostar con fuerza por la “institución de un campo intelectual” para el arte español.

Algo cuya pertinaz carencia no veo que se esté combatiendo, ni de lejos, en las políticas artísticas que son dominantes, las amparadas por quienes llevan tiempo en el empeño de tomar el poder –y ya lo han logrado, sin resquicios. Todo lo contrario, me parece que en su movimiento –en eso que he llamado sus micropolíticas del día a día, las calculadas y disciplinarias maquinaciones de inclusión y exclusión- lo que se produce es la desinstitución creciente, el socavamiento, de un “campo intelectual” que apenas estaba en germen. Y ello mediante un enconado trabajo en el que se vuelcan empeñados, el que he titulado de la “denigración de las voces” –y que es fatal no sólo para las que absorben, sino igualmente para las que segregan- en el que, te aseguro, no es mi voluntad participar ya más, ni por activa -nunca lo hice- ni por pasiva –y de eso sí que probablemente hemos sido mucho más tiempo cómplices, otorgándoles el beneficio de un elegante silencio que seguramente nunca hubiéramos debido concederles.

un abrazo


Querido José Luis,

Llego tarde al post, lo siento...
Comento 2 puntos brevemente:

1. Sobre la “estética de archivo”
Quizás la forma de mi frase con el “ES” en mayúsculas era demasiado tajante, pero no me parece merecedora de cerrazón ninguna como proposición de debate. Parece que por lo que hace a este punto tenemos algunas diferencias que los ejemplos mencionados por mi no han contribuido a delimitar en nada. Lo intento de nuevo.
Una parte importante de nuestra cultura se erige sobre un sistema universalizado de archivos del que forman parte bibliotecas, hemerotecas, museos, etc., y también, claro, lo que llamamos habitualmente archivos. Esos archivos culturales ejercen una gran influencia y una enorme capacidad de arbitrio y legitimación en nuestro modo de percibir nuestra sociedad y a nosotros mismos. Es en ese contexto en el que me parece claro que un museo es un archivo y pienso que, efectivamente, en tanto que dispositivo, que institución, en sus formas de admitir o rechazar nuevos objetos y contenidos y en las dinámicas que las conforman, hay o debería de haber cierta identidad con lo que comúnmente llamamos archivo siendo imprescindible desarrollarlos como espacios generadores de criticidad para lo que deben quedar abiertos como espacios de producción, consulta e investigación. Contra lo que podría pensarse considero que su naturaleza no es conservadora sino que, todo lo contrario, actúa como generadora de mucho de lo que en algún momento pueda verse como nuevo, es decir, como generado desde un pensamiento verdaderamente crítico, y entiendo que es este hecho el que integra esta institución en la dinámica económica sobre la que se asienta nuestra civilización. El museo de artes plásticas moderno me parece un caso paradigmático al respecto. No siempre el de arte contemporáneo que, falto de distancia crítica -no es un problema de horizonte temporal-, tan a menudo se convierte en simple producto, cuando no en simple mercadería orientada al consumo turístico o viciada por el discurso populista, y funciona como un mero escaparate o depósito (una pura aglomeración sin sentido) y no como un archivo en el que el análisis crítico articula qué y cómo se integra en él al tiempo que produciéndose como apertura incentivadora de sucesivos trabajos y mostrando en ello su fuerza crítica autónoma. Creo que esta es la apertura que está intentando articular Manolo Borja-Villel en el museo y considero que este posicionamiento del museo-archivo como estructura presenta, efectivamente, alguna resistencia crítica a la naturaleza espectacular-integrada de la función del arte en el capitalismo avanzado y que lo abre precisamente a tomas de posición y discursos críticos como el que encabezas tu en el seno de este debate.

2. Sobre los estudios independientes.
Ya sabes de mi interés por temas de religiosidad y teología y lo aprovecho para decirte que son legión las tesis doctorales espléndidas y ultra críticas realizadas en la Universidad Pontificia y aún en muchas otras vinculadas a la Iglesia, muy frecuentemente debidas a sacerdotes suramericanos relacionados con la Teología de la Liberación. Más aún: Juan XXIII, motu propio y desde el Vaticano, puso expresamente en marcha una estructura de estudios independientes que sirvió de base para la realización del concilio Vaticano II, con teólogos como Hans Küng, por ejemplo -hoy tan enfrentado a Ratzinger-, y que resultó en uno de los momentos culminantes del siglo XX. No se me ocurre mejor ejemplo para mostrar la posibilidad cierta de generar pensamiento crítico desde donde sea, Vaticano incluido.
Por otra parte, nadie que te conozca pondrá en duda -y yo menos aún-, tu compromiso en la lucha por la mejor universidad posible. Pero la universidad no es neutral ni, afortunadamente, lo podrá ser nunca con respecto al tema que nos ocupa ni a ningún otro porque ese es en parte su cometido y porque está gobernada y formada por personas, personas que trabajan desde esa institución en el seno de la producción cultural con tanta o tan poca independencia crítica como podamos tenerla tu o yo. De ahí el valor de pronunciarnos críticamente ante cualquier asunto como lo intentamos hacer aquí asumiendo públicamente los riesgos de nuestra incomplicidad con todo aquello con lo que disentimos y aún y todavía con todo aquello con lo que estamos de acuerdo por merecer igualmente ser sometido al ejercicio crítico de tomar distancia para pensarlo. Abundando en tu ejemplo -y tómatelo, por favor, como una carantoña entre amigos- a mi me parece que lo que reclamas sería como desplazar el asunto desde el Vaticano hasta los Jesuitas. Pienso que la cartografía del territorio sobre el que levantamos esta discusión lo unifica todo porque se extiende por debajo de su superficie como lo hacen los túneles del metro uniendo todas las estaciones existentes e indicándonos aún mucho trabajo para abrirnos a nuevas zonas inexploradas. El museo como espacio de estudios críticos puede ser una de ellas y es todo un reto que hace digno de alabanza a quien intenta llevarlo seriamente a cabo. La Universidad, así con mayúscula, ya es una vieja conocida en esta brega y me parece oportuno reconocer el trabajo de los que estáis luchando por estructurarla en las condiciones adecuadas, pero siempre al lado de los que estamos comprometidos desde otros espacios en la producción de conocimiento.

Un fuerte abrazo.


Pues, querido Pep, aunque entiendo mejor ahora lo que quieres decir, sigo sin estar de acuerdo contigo en ambos puntos.

A mi tu exposición de cómo entiendes la idea del archivo como una categoría más allá de la del archivo concreto (que sólo sería un subcaso) me parece, te lo digo con cariño y sin ánimo de molestarte, un tanto difusa. Y desde ella me parece que el debate sobre una estética archivística se desdibuja, porque según entiendo tu punto de vista toda la actividad artística (y ahora comprendo que consideres archivística tu propia obra, lo que de entrada me había dejado ojoplático) sería productiva de archivos (me imagino que desde tu punto de vista también un cuadro es un archivo, una fotografía es un archivo, un libro es un archivo y una película es un archivo), y lo que veríamos en los museos serían siempre archivos –un poco a la Borges, como los catálogos de catálogos, aquí archivos en los que se muestran archivos. La verdad es que yo prefería manejarme con un uso más riguroso del concepto, pero vale, acepto que lo que dices –salvando que ese uso es en mi opinión un poco laxo- tiene su sentido.

En cuanto a la discusión teológica sobre la universidad, reconozco que tu formación e información es muy superior a la mía en la materia, pero a mí lo que me parece jesuítico es precisamente lo que se intenta realizar llamando independiente al programa que elabora la propia institución que trabaja en favor de la promoción del valor –simbólico, pero también mercantil y de dominación- de las prácticas de representación e imaginario para las que procura propagación y proselitismo. En mi opinión ha de ser una instancia “incondicionada” –y si quieres que te diga más, incómplice con el dogma que constituye su objeto de fe- la que debe de ellas juzgar y cuestionar su valor público y social, para lo que debe activar un dispositivo de análisis riguroso cuya doble condición, necesaria aunque no suficiente, requiere la distancia epistémica y la independencia funcional.

Yo no distingo mucho entre jesuitas y otras especies domingueras, lo reconozco, pero me parece que lo que dices suena a lo de estar en misa y repicando. No seré yo quien cuestione que el capaz de hacerlo merezca el cielo –pero ni tú ni yo, me temo ;-)

Un abrazo grande.


Que no, José Luis, que mi texto no afirma eso. No se dice en ninguna parte que mi obra sea archivística o que lo sean o deban serlo las obras de arte en general. Defiendo que las instituciones que las conservan -como los museos, por ejemplo- y que las ponen en juego de una forma u otra (la exposición es una posibilidad) sí son parte del sistema universal de archivos culturales sobre el que nos organizamos. También sostengo que estos archivos tienen una enorme influencia en las producciones simbólicas en el mundo contemporáneo y por eso mismo una enorme responsabilidad política. Y añado, finalmente, que deben desarrollarse como estructuras generadoras de criticidad y quedar abiertas como espacios de producción, consulta e investigación.


Pues perdona, Pep, pero si no es porque entendías tu obra como ejemplo más de las estéticas del archivo no acabo de ver a cuento de qué la mencionabas en una serie que comenzabas con el archivo Fahlström y continuabas, tras la mención a ti mismo, con Farocki, Alys y Pedro G.

Igualmente te insisto en que tu manera de entender el museo como parte del “sistema universal de archivos” contiene una idea mucho más laxa –no digo que no sea válida, pero sí más laxa- que la que yo empleo. Para mí el Atlas Mnemosyne de Warburg sí que es un archivo -por supuesto, lo que no es es un museo, claro está- como en cierta forma también lo es -un archivo, digo- el museo imaginario de Malraux, pero no lo es -un archivo- un museo cualquiera y porque sí. Entre otras cosas y precisamente porque en ellos, en los museos, uno no puede “manejar” los objetos culturales que están en él –y pese a que contengan formas de la memoria cultural- como tales herramientas de “producción, consulta e investigación”. Para eso –para manejarlos como herramientas de consulta e investigación- están efectivamente los archivos, que entre otras cosas, y por lo mismo, pueden perfectamente serlo -por ejemplo- de reproducciones.

Y esto es así por una razón que es sencilla de entender: a saber, que en los archivos el valor de conocimiento tiene necesariamente mayor peso que el exhibitorio (y estoy seguro que conoces esta distinción de Benjamin). Y eso es lo contrario de lo que ocurre en el espacio museo, donde el primero se sacrifica siempre al segundo (por eso las cosas se meten en vitrinas, se enmarcan, etc). Con lo cual llegamos, en efecto, al núcleo de mi crítica a la “estética archivística”. Como tal, el museo que la practica se alimenta del efecto de producción cognitiva que tiene un archivo, pretendiendo en virtud de ello que se “cognitiviza”, pero a la postre lo que hace con el “docu-monumento” que muestra es disponerlo en un escenario y bajo una lógica –la de la exposición- que impide (incluso físicamente) el trabajo de verdadera producción cognitiva, investigación y consulta. Razón por la cual -y resumo y cierro esta serie si me lo permites, creo que nuestras posiciones ya están suficientemente aclaradas para todo el mundo- me parecía oportuno denunciarla como lo que efectivamente es: un caso ejemplar de las “estéticas de lo pseudo”, de aquello que pretende parecer y legitimarse como conocimiento, pero no es más que espectáculo o entretenimiento.


... en fin, José Luis, más claro no se puede ser: claridad meridiana la tuya. El concepto de archivo es mejor tenerlo claro para poder trabajar en cualquier sentido a partir de él. Un abrazo grande y un fuerte abrazo, y todo tipo de abrazos (para ambos)


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