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Junio 19, 2009
La conquista del estilo - Soledad Quereilhac
originalmente en adn*cultura
La primera página de La confesión presenta una situación in media res que captura la lectura de inmediato y que invita al recorrido "de un tirón", tal como lo hacen los buenos relatos: "El Conde Vladimir Hilario Orlov fue presa de un barrunto de pánico al ver los cristales con imágenes en manos del niño. La fase crítica de la alarma duró apenas un instante". La escena no transcurre en la Rusia zarista, sino en la Buenos Aires actual, en una casa donde varias generaciones del clan Orlov se reúnen para pasar el día y en la cual aparece, en manos de un niño travieso, un proyector con imágenes del pasado que amenaza con develar un secreto de ese improbable "conde" Vladimir. Al uso ciertamente anacrónico y humorístico del título aristocrático, se agrega la composición extraña del clan: una mezcla de ricos y pobres, de "blancos" y criollos "negroides", presentados de esa manera por el discurso "canalla" y racista del conde, magistralmente logrado en esta nueva novela breve de César Aira.
La lectura "de un tirón" a la que invita La confesión contrasta, no obstante, con aquello que surge de la relectura, o acaso también de una primera lectura que, mientras se deja llevar, mantiene un ojo atento al estilo y la forma. Porque tras esa apariencia casual y llevadera de muchos relatos de Aira, habita un estilo trabajado, una habilidosa inclusión de registros paródicos (el racista, el miserabilista, el del odio a los niños), y por sobre todo, una efectiva forma de incorporar segmentos que se refieren a la literatura y a las elecciones estéticas del autor.
Todo ello, claro está, sin solemnidad, con la dosis justa de ironía como para instalarse a medio camino entre lo serio y el chiste, pero principalmente, sin dejar nunca de narrar, sin salirse jamás de ese micro-mundo narrativo que, por más extraño, paródico o desopilante que sea, posee, si no su lógica, al menos sí una atmósfera identificable.
En este caso, la situación que construye un escenario que permite lo metaliterario es el diálogo entre el conde y uno de los parientes pobres, Don Aniceto, un hombre que "parecía uno de esos viejos folkloristas borrachines". Mientras el conde le cuenta una historia improvisada, de buscada "asimetría" entre sus partes con "su comienzo realista y su final fantástico" (un puro relato aireano), el viejo criollo le relata una historia de crudo realismo social, efectiva y "transparente" según su juicio crítico. Simultáneamente a esta escena de contrapunto narrativo, en la que el conde y el viejo criollo compiten casi en sordina, porque a duras penas se escuchan, transcurren otros dos niveles de la historia: los juegos del niño del comienzo, ahora convertido en "pequeño caudillo gordo impune y desencadenado", y las elucubraciones paranoicas del conde, quien siente que su "secreto" será súbitamente descubierto por los parientes.
Al cerrar la última página de La confesión, se presenta una sensación nueva y conocida a la vez: la de haber asistido a un buen relato cuyas múltiples líneas abiertas vuelven a fusionarse sutilmente al final, casi a la manera de esos "perfectos" relatos del siglo XIX, pero con la salvedad de que, como está implícito en la literatura de Aira, no hace falta que esa fusión sea deudora de la lógica ni de los contenidos, sino apenas -¿y qué más?- una conquista del estilo.
Enviado el 19 de Junio. << Volver a la página principal << |

Comentarios
La autora de la fotografía creo que es la magnífica fotógrafa española Cristina García Rodero.
Quien no conozca sus trabajos se lo recomiendo. Gracias por el espacio.
comentario de: arturo enviado el Junio 20, 2009 12:00 AM