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Junio 30, 2009

Un palíndromo desencantado - Fernando Castro Flórez

Originalmente en ABC/abcd


pornart.jpg Todos recordamos que significa Sympathy por the Devil. Como rastros de la pirotecnia punk o del fondo de un pantano surgen frases sueltas: «At home he feels like a tourist». Lo malo es que la mad parade hoy es «global». No son los escupitajos verdes o los insultos más descarnados lo que nos afecta para siempre. En plena regresión infantil sabemos donde comenzó el trauma. Para Mike Kelley, Disney encarna la verdadera cultura oficial de nuestra época -la forma más limpia y transparente del pop-, respecto a la cual el arte sería un ritual paralelo que ocurre fuera de la cultura. Todas aquellas fábulas animalísticas materializan lo unncany, ese retorno de lo reprimido tan extendido en las prácticas artísticas. No hace falta retomar los «rastros de carmín» para comprender que carecemos de futuro. Seguimos convirtiendo lo trivial en excepcional, como sucedía con aquel canto y silbido de la ratita Josefina que narrara Franz Kafka. Aunque el rock sea nuestra «religión», la cantinela es otra, bastante casposa, ajustada para los héroes del karaoke.

Una ruleta rusa

Lo macabro, lo cutre y la pantomima penosa hacen un perfecto maridaje. No me extrañó nada que Tania Bruguera jugara a la ruleta rusa mientras daba una conferencia en el pabellón murciano en Venecia. Los escándalos pactados y la provocación de pacotilla configuran un círculo pastelero del que no resulta fácil salir. La acelerada academización del vandalismo y la actitud tan snob cuanto acrítica de la práctica curatorial contribuyen a generar una suerte de estanflación estética.

Pepo Salazar ha desarrollado una intensa síntesis del espíritu iconoclasta punk con las vanguardias constructivas, especialmente con ciertas obras de Rodchenko. El palíndromo que sirve como título a su primera exposición en Madrid (Rats live on no evil star) da cuenta con enorme lucidez de la dimensión paradójica o de puro oxímoron que habita las pretensiones críticas del arte contemporáneo.

«Los artistas -afirma Kaprow- no pueden sacar provecho de la adoración a lo moribundo; ni tampoco combatir todas esas reverencias y genuflexiones, cuando momentos después elevan a los altares sus actos de destrucción, objetos de culto para la misma institución que pretendían destruir. Esto es una impostura absoluta. Un puro ejemplo de la lucha por el poder». Sin embargo, lo que nos queda es el sarcasmo, la actitud infantil o psicótica de «cagar sobre el mundo entero». También funciona la llamada denegación fetichista: «Lo sé, pero no quiero saber que lo sé, así que no sé». Sabemos con certeza que la cultura del entretenimiento no es nada divertida y que, en última instancia, todos los derramamientos de sangre, toda la crueldad artística, no eran otra cosa que exorcismos o pura mascarada, fake estricto.

Acaso las performances que Pepo Salazar realiza en su estudio, sedimentados en la serie The Loft (Walk among us) tengan una tonalidad melancólica, esto es, surjan desde la conciencia de que el acontecimiento no se da, o tan sólo adquiere la dimensión de lo escatológico. En medio de imágenes absurdas -como la del balón que intenta sujetar al cuerpo con cinta- aparece una vela amarilla sonriente que proyecta un sentido inhóspito. Aumenta, hasta afectar a casi veinte millones de americanos, Social Anxiety Disorder, la ansiedad que llega sin que se sepa la razón.

Lo que da miedo puede ser una mancha o borrón informe (blob), una baba o el moho. Frente a eso que apenas puede nombrarse aparece la carita sonriente, el pin amarillo, la cifra del vacío, «el último estertor -escribe con lucidez nihilista Tony Oursler- para perseverar en los sentimientos, para aferrarse a una imagen de felicidad que se desvanece». Con todo, la consigna -«No te preocupes, se feliz»), tropieza con las pesadillas y los traumas. Cuando faltan lo político y la comunidad es gaseosa (podríamos derivar en la cosa: un pedo), el pódium «internacionalista» para el mitin es sustituido por el tuning.

Vandalismo de galería

Unas extensiones de pelo forman parte de collages que transmiten una mezcla de rabia y desencanto. La foto de una porno-star enseñando las tetas siliconadas está «mancillada» por unos chorretones de cera a falta de mejor eyaculación; unos espejos han sido atacados por ácido y diamante, puro ejemplo de vandalismo reconvertido galerísticamente. Salazar intenta partir del detournement, aunque sea con gestos mínimos, como el de transformar el nombre de la banda Judas Priest en «just die». Una oreja cuelga en medio de esas situaciones construidas; tal vez sea la materialización del deseo de que, en medio de las cansinas cantinelas, aparezca lo inaudito, aunque eso suponga que nuestra vida se convierta en un infierno, como aquel giro en la noche para que nos consuma el fuego.

Enviado el 30 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

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