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Junio 29, 2009
Valéry, lenguaje y espíritu - Juan Malpartida
Originalmente en ABC/abcd
Paul Valéry (1871-1945) fue, como todo el mundo sabe, un gran poeta y un gran pensador, pero también algo más: un extremo, un caso. Como poeta, llevó el simbolismo de su maestro, Mallarmé, a un clasicismo no exento de sensualidad. Pocos poemas como El cementerio marino alían el rigor de la forma a una corporalidad tan suntuosa. Fue poeta a pesar suyo, dijo el abate Bremond del pensador que quiso llevar a cabo una ascesis del yo para convertirlo en un punto cósmico que no observara nada salvo a sí mismo. Se ha hablado de narcisismo (es una de las figuras de sus poemas y prosas) y de soberbia intelectual donde otros ven exigencia. En sus poemas no fue un poeta filósofo, como lo fueron Antonio Machado, Borges u Octavio Paz, sino un poeta de la inminencia del conocimiento, del espacio donde el pensar germina. A partir de 1892 se centró en el análisis del lenguaje y del espíritu, que para él eran coincidentes.
Acto de negación
Como pensador, quiso llevar su reflexión hasta el final, y lo hizo con una honestidad y soledad admirables. Sustentar la conciencia en sí misma supuso en Valéry un esfuerzo de auto-observación cuyo testimonio son los numerosos volúmenes de Variedades. Significa una búsqueda poco socrática en la medida en que no es el pensamiento, sino lo que piensa, es decir, su propia mente, lo que le interesa.
Quiso saber cómo se producía un objeto, un poema, una planta, atraído por el lugar que ocupa la naturaleza o lo oscuro en nosotros mismos, inquieto ante tal servidumbre. De este modo, su descenso a la conciencia fue un acto de negación, porque sólo lo no creado posee una dimensión absoluta, no condicionada. «El universo es sólo un defecto / en la pureza del No-Ser.»
El filósofo alemán Karl Löwith, autor de obras valiosas como De Hegel a Nietzsche o El hombre en el centro de la Historia, dedicó su último trabajo a Valéry; no al poeta, sino al pensador que situó la duda en el motor de su esfuerzo intelectual, un «pensador tan moderno como anacrónico». Löwith estudia la incardinación cartesiana de Valéry (egotismo del pensamiento, automatismo de los seres vivos, implicaciones antifilosóficas de la metafísica) para pasar a sus especulaciones sobre el lenguaje.
Mallarmé estaba enamorado de la obra; Valéry centra su esfuerzo en la posesión del lenguaje, y de este modo el significado del mismo siempre será un valor accidental. Obviamente -comento por mi parte- no podía tener en mucho a la literatura, menos aún a la novela (À la Recherche, por ejemplo), porque además de, según Valéry, duplicar lo social y humano, se trata de un lenguaje que no soporta la duración sin mostrar su oscuridad: es un puente frágil. Sería apresurado juzgar su pensamiento desde una refutación elemental; no en cambio indicar que su búsqueda es metafísica, aunque busque la mecánica. Por lo tanto, el poema (los suyos mismos) y la novela sólo pueden formar parte de la producción, como la filosofía, que él consideró, antes que Borges, un «subgénero de la literatura». ¿Y el lenguaje de la poesía? Ahí Valéry, contradictorio, lo separa del de la prosa, de la comunicación, porque nada puede reemplazarlo y convertirlo en accidente: la alianza del sonido y del sentido engendra una realidad que trasciende la semántica.
Cero matemático
El pensador francés quiso abarcar la totalidad de lo que es: una tríada que denominó cuerpo, espíritu y mundo, cuya armonía buscaba. El yo era para Valéry algo equivalente al cero matemático; nunca una persona empírica, y por lo tanto no puede ser otro (lejos, sí, muy lejos del pensamiento de su tiempo, del mismo Löwith): «El yo es lo que el todo necesita para ser pensado», «es la nada de un todo», porque su vida misma le es ajena. Löwith conocía el budismo pero no lo relaciona con Valéry; sin embargo, sería interesante hacerlo. Lo que Valéry deduce de esto y Löwith, más que analizar, nos presenta, es el problema del conocimiento en el mundo y del mundo en el conocimiento, que no sólo abre un abismo de interrogaciones sino la locura de la razón misma.
Pero mi comentario sólo trata de abrir el apetito al interesante libro de Löwith, donde además se traduce uno de los textos de razonamiento más exactos y bellos de Valéry, «El hombre y el caracol». Les dejo con esta frase: «¿Qué somos sino un equilibrio momentáneo de una cantidad de acciones ocultas, y que no son específicamente humanas?». De aquí la filosofía, la música, la poesía, la novela, Valéry, tú y yo.
Enviado el 29 de Junio. << Volver a la página principal << |
