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Julio 04, 2009
La juventud y una épica en decadencia - Luis Gusmán
Originalmente en revista Ñ
El Imperio austrohúngaro ha dado una literatura. Basta nombrar a Robert Walser, Joseph Roth, Robert Musil y quizás más tardíamente, el libro de Sándor Márai, Los rebeldes, se inscribe en esa tradición. Como en El estudiante Törless, la novela de Musil, inmediatamente al comienzo de Los rebeldes se instalan como temas la institución escolar y la institución militar: "En efecto, allí se educaban los hijos de las mejores familias del país para entrar luego en la escuela superior o ingresar en los servicios militares del Estado". En esta obra la acción comienza cuando estos jóvenes en unas semanas más vestirán el uniforme militar, ya como voluntarios, ya de manera obligatoria; y después de un período de instrucción los esperará el frente de batalla.
El pasaje de una pedagogía férrea a otra que comienza a despedazarse lo encontramos también en el instituto Bejamenta, al que acude a estudiar el joven Jakob von Gunten, el personaje de la novela de Walser. Los rebeldes, parece ser la culminación del fracaso de esos padres educadores del siglo diecinueve que pretendían formar la personalidad de sus hijos. Es el grito desesperado de Gunten: "En realidad, nunca he sido niño y, precisamente por eso, tengo la absoluta seguridad de que siempre habrá en mí algo que recuerda a la infancia. Unicamente he crecido, he envejecido, pero la esencia no ha cambiado."
Es el espíritu de una época. Una época en que padres e hijos se encuentran en una indiscriminación generacional. En la novela de Márai, padres e hijos, jóvenes y viejos, parecen confundirse: "Era como si las generaciones, a medida que se aproximaban a la suya, hubiesen ido menguando sucesivamente hasta confundirse con niños". Los jóvenes rebeldes tienen alrededor de dieciocho años. Estos muchachos sofocados, enfermos de tedio, sueñan con insignias; estos niños del siglo diecinueve, distan mucho del joven Werther.
Un tópico privilegiado de la novela de Márai es el adolescente que comienza por vía de la educación a transformarse en un objeto de estudio. R. Musil en sus conferencias, escribe: "El adolescente –opiné– es una argucia. Un material relativamente simple, y por ello maleable para dar formas a estructuras psíquicas complicadas que en el adulto se ven complicadas por muchas otras cosas, todavía inoperantes en él. Un estado de reactividad poco inhibida. Pero, naturalmente, la representación de alguien inmaduro, que busca y es buscado, no es por sí mismo el problema, sino un mero medio para representar o insinuar lo que hay sin terminar en ese alguien inacabado, lo que esté por madurar en ese inmaduro." Juventud que es definida con precisión en una la frase de Roberto Calaos escrita en el epílogo de Jakob von Gunten, como el lugar opuesto a la provincia pedagógica de Goethe. En la jerga pedagógica, el instituto Bejamenta, en vez de formar la personalidad, la deshace, la disocia. Gombrowicz en su Ferdydurke, esa "educación sentimental" que parodia un tratado de la madurez, "hace" una apuesta pedagógica de lo inacabado. Personalidad que se deshace en Gunten, aspiración a la madurez en Musil, burla gombrociana, en Ferdydurke. Más allá de las cronologías, la pandilla de Los rebeldes se inscribe en esta "nueva" provincia pedagógica.
En principio, la educación de los jóvenes se encadena al curso de la guerra: Al final del bachillerato tan sólo quedaban diecisiete. "Muchos habían tenido que abandonar los estudios por diversos motivos. Los hijos de campesinos hubieron de sustituir a sus padres en las labores de la tierra"; otros compañeros del Liceo no pudieron seguir pagando la matrícula y los gastos de manutención. Otros habían desaparecido sin que se supiera el motivo. En efecto varios compañeros del Liceo habían muerto en la guerra.
La Gran Guerra
La guerra necesariamente implica tres tiempos: antes, durante, y después. En Los rebeldes la guerra borra la diferencia de clases, "los miembros de las más altas esferas de la sociedad y los jóvenes humildes yacen en las fosas comunes cubiertas de cal". Esta reflexión pertenece a un zapatero (el padre de Ernó, uno de los jóvenes) que ha regresado del campo de batalla con un balazo en un pulmón y que en un parlamento dice "millones de cadáveres yacen en las trincheras y a mí, la más ínfima de las criaturas, me ha sido dado sobrevivir, en tanto que las clases superiores depositan sus ofrendas en los altares de las tierras y las aguas". La guerra parece igualar las clases pero hay una vertiente mística que hace una diferencia entre el militar, el doctor y el zapatero. De la boca de este último personaje, brota la moral religiosa de la novela. Ya que, la guerra es cosa de los hombres y de Dios que "nos impone la guerra en su infinita bondad para hacernos comprender nuestros pecados, pero una guerra con medios modernos de la muerte ofrece pocas ocasiones para la purificación personal". Para este zapatero la purificación sólo es posible "mediante la ejecución realizada mediante un contacto físico directo". Ni la bala, ni la bayoneta, ni la bomba son equivalentes a las propias manos.
Este es el clima de una época que podemos encontrar también en la novela de Alfred Döblin, Berlín Alexander Platz, donde merced a cierto procedimiento expresionista se mezcla el registro de cierto misticismo con la picaresca. Es un mundo de profetas menores y predicadores ambulantes que dialogan con otra obra, La rebelión de Joseph Roth, más precisamente con su mutilado de guerra tocando el organito al compás de una pata de palo, que retorna para cerrar el círculo en Los rebeldes, con sus predicadores ambulantes y la Biblia como un libro que circula de boca en boca por las calles de Viena, Berlín y Budapest.
Son novelas donde la juventud está de una manera u otra ligada a cierta épica en decadencia. Sus imágenes pueden ser los uniformes destrozados o las insignias que han perdido su brillo; ambos se pasean por Europa durante los años de la Primera Guerra Mundial.
La acción de Los rebeldes transcurre entre abril y fines de junio de 1918 y sus jóvenes protagonistas viven amenazados por la movilización: en agosto, sólo en seis semanas, vestirán el uniforme militar ya fuera como voluntarios o por la fuerza. En agosto, pasado el período de instrucción podrían estar en el frente de batalla. La narración transcurre en una pequeña ciudad de provincia, protegida por montañas, donde la vida continúa a reparo de la guerra. Sin embargo, los ecos de la contienda están siempre presentes como un fantasma que acecha. La guerra se ha vuelto visible por algunos muertos del Liceo, compañeros que fueron acompañados para darles un último adiós, conducidos al cementerio, con la bandera del Instituto enarbolada, adornada con un crespón. También los que acompañaban el cortejo entonaban cantos fúnebres.
En el frente una guerra, lejos del frente otra guerra: "Es como si una burbuja gigantesca e invisible succionara la vitalidad de la ciudad y dejara, a cambio, la atmósfera de las trincheras, esos miasmas pestilentes que, aunque llegaban, filtrados y diluidos desde el frente, aún tenían suficiente potencia para paralizar los miembros, quemar los pulmones y matar a los más débiles". Mientras tanto, el tiempo transcurre y la ciudad se ha acostumbrado a la guerra, ya nadie habla de ella pero sus rastros de miseria para muchos y de prosperidad para otros, se hacen visibles en las calles.
La pequeña guerra
Quizás como una organización paralela, como una resistencia a la Gran Guerra, también como una célula clandestina al mundo de los adultos, un día se formó la pandilla con alumnos del Liceo. "No sabemos nada de la fuerza que lleva a personas que ni siquiera se hablaban la víspera a encontrarse de repente y quedar íntimamente soldadas, más unidas que los padres. Además, porque ellos estaban en guerra "una guerra distinta e independiente de la que libraban los adultos, pero no por ello, menos encarnizada". La pandilla está compuesta por Abel, Tibor, el hijo del coronel Prokcauer que está en el frente de batalla; Ernó, el hijo del Zapatero y Béla. De manera periférica pero funcional al grupo, están los hermanos Garren, Lajos (hermano de Tibor, quien ha quedado manco después de la guerra y es un poco mayor que los otros.) Si para su existencia Cristo necesitó de Judas, la pandilla necesita de una traición y entre ellos, hay un traidor: "Hay algo que los une, algo de lo que nunca hablan, pero en lo que todos piensan. Y uno de ellos es un tramposo". Hay un lema que rige a la pandilla: "perseguir el fin en sí mismo". Ese objetivo tiene que ser común, y sólo una traición podrá romper lo que se ha transformado en un pacto. Entre ellos Judas tiene un nombre: Ernó, el hijo del zapatero. La traición tiene "una clase social", el honor, otra. Pero además, la amenaza en ciernes es que alguien los delate y revele el lugar secreto donde la pandilla se reúne para realizar sus pequeñas fechorías. Una especie de ratería familiar. Es decir, que los jóvenes les roban a sus padres objetos familiares. Béla, que trabaja con su padre que es comerciante, comienza a robar dinero en el negocio. La pandilla crea una suerte de mercado negro donde circulan mercancías cotidianas y bienes de lujo, como trajes, que escasean en la guerra. En la vida de la pandilla aparece Havas, el usurero. Los jóvenes ladrones quedan en manos del prestamista quien se ha convertido en el dueño temporal de los objetos robados y pasan a ser pequeños deudores. Pero la vergüenza los invade ante la inminencia de ser descubiertos y no poder devolver los objetos familiares que forman parte de un esplendor del pasado.
A la pandilla se ha sumado un actor que en la cueva donde permanecen escondidos hace una representación paródica donde en un juego de travestismo hay un episodio homosexual: un simple baile entre hombres. Sólo que uno de los jóvenes, hace de mujer. La novela concluye con la disolución de la pandilla.
En esta pequeña cofradía juvenil lo clandestino juega otro papel además de ocultar las raterías, es la iniciación a su libertad: "Por primera vez, se sentían liberados de la rígida disciplina que los ahogaba con sus horribles tentáculos desde la infancia. En su nuevo refugio podían hablar tranquilamente de todo, incluso de esos asuntos oscuros que los atormentaban."
Padres e hijos
Antes de los hijos, como corresponde, los padres. Ese misterio del siglo diecinueve que convoca esa dimensión de padres autoritarios, imaginariamente terribles. Desde el padre de Schreber al padre de Kafka. En la novela de Márai, el lector es introducido en el nudo de ese drama: "el poder de los padres era ilimitado". Es comprobable que no solamente en la literatura centroeuropea sino también en la tradición victoriana aparece ese "arquetipo del padre". En el libro de E. Gosse, Padre e hijo, se relata la emancipación de un hijo educado en el seno de una familia de estricta moral puritana y desde la primera página se plantea, para decirlo kafkianamente, la descripción de una lucha. En la primera página del libro Gosse expresa: "Este libro es el relato de una lucha entre dos temperamentos, dos conciencias y casi dos épocas. Concluye como era inevitable, con una ruptura. '... Llegó un momento en que no hablaban el mismo lenguaje...'"
El drama con el padre es la obsesión del sueño de Abel, que hace unos meses ha cumplido sus dieciocho años: "Todos nacemos en un lugar del mundo y todos tenemos un padre, eso lo entiendo. Pero el porqué sigue siendo un gran misterio". Los padres están inmiscuidos en la vida de los hijos. Tanto es así que en Los rebeldes el oficio de los padres llena las casas de olores inconfundibles. Abel se pregunta acerca de la locura del suyo: "¿Se ha vuelto loco?" Su padre es médico, alguien que pasa largas horas en silencio encorvado sobre su mesa de trabajo manipulando cortes cerebrales: "El hijo sabe que el dibujo, lleno de sinuosidades imprevisibles, sorpresas y peligros, es una sección cerebral". No es un secreto del padre sino su trabajo que está a la vista "de la imaginación" del hijo. "Más abajo, en un cajón, se guardaban las preparaciones anatómicas, unas secciones de masa encefálica donde su padre había estudiado el proceso de ciertas alteraciones patológicas" con el fin de editar sus investigaciones en un libro.
El hijo recuerda también otra escena de la infancia, entre los cuatro y cinco años, en la cual su padre entra, sin previo aviso a la habitación, y canta una canción sobre un Pierrot. La boca del padre se transforma en una mueca extraña y canta de manera bufonesca. El niño comprende enseguida que su padre pretende borrar el recuerdo de los "penosos años trascurridos desde el nacimiento de su hijo". Se supone que la pena se debe a que su mujer, la madre de Abel, ha muerto; sin embargo, en esta escena ese hecho nunca se menciona.
Ya Abel ha contado la locura de su padre, y ahora es el turno de Lajos, quien recuerda cómo vio, a través de los cristales, a su padre intentando abusar de su madre. Estos hijos no hacen otra cosa que vivir respirando los olores de la sexualidad de sus padres. No hay que olvidar que la pandilla se reúne en su lugar clandestino para hablar sobre el tema. Ya que cada uno, tiene como consigna contar su historia; es decir: "episodios relativos a la opresión paterna".
Ernó también forma parte de este ritual y cuenta la escena de la locura de su padre ante el espejo; mientras él, con un grajo acurrucado en sus brazos, lo mira petrificado sin poder articular palabra: "Mi padre dio un paso atrás y abrió mucho la boca, como si fuese a soltar una carcajada pero en vez de reír, frunció el entrecejo y enseñó los dientes como una fiera rabiosa". El niño empieza a llorar atemorizado y cuando su padre se inclina sobre él, cree que lo va a matar. Ernó ve en esa cara una expresión cruel como nunca la ha visto en un rostro humano. Que el padre desvíe su ataque y retuerza el pescuezo del ganso, forma parte de esos relatos que constituyen parte de ese "mito" de esa ferocidad inhumana, de esos padres del siglo diecinueve. Padres "terribles", ante la mirada de hijos que se preguntaban: "Quiero ser adulto, pero ¿cuándo será eso?"
En la cueva, estos jóvenes juegan el juego de los padres, parodian su autoridad para ejercerla y burlarse de ella: "Todos los niños tienen algo de comediante, y la pandilla se aferraba a ese don olvidado, lo único que conseguía resarcirlos de la pérdida de un mundo que añoraban y aun vislumbraban detrás de la fachada de eso que los adultos llamaban realidad. De vez en cuando Abel creía evocar todavía el frágil recuerdo de algunos instantes felices de esa infancia perdida".
Quizás, toda infancia, feliz o infeliz, esté destinada a perderse. Lo cierto es que al leer la literatura del Imperio austrohúngaro, el lector se encuentra con "esa infancia perdida" en hombres grandes. Fantasmas que recorren Europa vistiendo uniformes militares hechos jirones, arrastrando sus piernas con muletas, o cargando una prótesis. La rebeldía no es solamente contra el mundo adulto sino que es el "afán de rebeldía y la añoranza de ese otro mundo perdido", el imperio austrohúngaro.
Enviado el 04 de Julio. << Volver a la página principal << |
