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Julio 18, 2009
Poesía y administración - Miguel Cereceda
Originalmente en ABC.abcd
«Cuando dejé mi vida de empleado administrativo para dedicarme de lleno al arte, me di cuenta de que la libertad adquirida implicaba una gran responsabilidad. De ninguna manera quería abusar del arte para lograr una liberación personal que me asimilase al artista cliché, rebelde y marginal, sino que, al contrario, quería permanecer en mi propia realidad pequeñoburguesa para tratarla desde dentro con conocimiento de causa.Por eso, no he dejado de utilizar herramientas y métodos similares a los de cualquier empleado administrativo, trabajando siempre de manera rutinaria y con la rutina como foco temático».
Así de claro se expresa Ignacio Uriarte con respecto a su trabajo, en una especie de manifiesto publicado en 2006 y colgado en su página web. En él explica abiertamente no sólo su compromiso activo con un arte administrativo o un arte «de» y «para» la oficina, que ni rompe ni transforma el entorno pequeñoburgués en el que vive, sino que afirma y reconoce la influencia del arte conceptual (del más ortodoxo, el de los archivadores y los textos mecanografiados) en la orientación específica de su trabajo.
Uriarte aborda así una serie de obras, burlonamente caracterizadas como «de oficina», en las que se enfrenta con elementos muy sencillos al enigmático problema de la creación artística. Arrugar un folio y arrojarlo a la papelera tal vez no constituya una obra de arte, pero cuando ese gesto tan simple y cotidiano se repite, se filma y se sincroniza sesenta veces por minuto, constituye entonces una acción enigmática y delirante que nos atrapa y nos hipnotiza con su aparentemente simple búsqueda de sentido. Poner un bolígrafo sobre el papel tampoco constituye en principio obra alguna de arte. Pero poner uno, luego dos y luego tres, y finalmente escribir con ellos toda una serie de números romanos, hasta el cuarenta, y más tarde descomponerlos retornando hasta el uno, y filmarlo o fotografiarlo todo, realizando así una serie sobre el tiempo con elementos banales y sencillos, constituye desde luego una intromisión de la poesía en el mundo anodino y aburrido de la oficina.
Pregunta obligada
¿Se trata entonces de un arte de puro entretenimiento? ¿Un arte solitario, como el que practican los oficinistas muy a menudo, de realizar crucigramas y sudokus, resolver jeroglíficos o charadas, o jugar al solitario en el propio ordenador? A veces uno, cuando se enfrenta con el mundo del arte, se ve en la obligación de hacerse estas preguntas.
El trabajo de Ignacio Uriarte es novedoso, fascinante y luminoso. Dentro de una tradición explícitamente conceptual descubre una veta insospechada y se pone a trabajar con materiales cotidianos, generando una interesante poética. Poética que incluso, mejor que en esta exposición, puede verse en la propia página web del artista. Un mero sobre de papel, abierto y desplegado, constituye una forma fascinante. Con un folio en blanco y una máquina de escribir se pueden construir vídeos impecables. Incluso con la hoja de cálculo Excel se pueden generar interesantes formas poéticas. Y, sin embargo, la pregunta sigue y nos persigue.
Pura rutina
¿Intromisión de la poesía en el mundo cotidiano o arte del mundo administrado? El propio artista lo dice, que no quiere servirse del arte como una liberación personal, que prefiere permanecer en su propia realidad pequeñoburguesa, que no pretende en modo alguno asimilarse al artista rebelde? Parece como si en sus propias declaraciones alardease de ocuparse de un arte sumiso y obediente, un arte que no quiere ser transgresor, sino tan sólo «rutinario».
Fue Benjamin Buchloh, en un sonado artículo de 1989, en el que trataba de establecer una perspectiva crítica sobre el arte conceptual veinte años después, el primero que insistió en que el conceptual era posiblemente el arte del mundo administrado. Un arte que se proclamaba tautológico precisamente porque ya no quería saber nada del mundo con el que tenía que enfrentarse. No sé si estas críticas siguen siendo todavía pertinentes. Tampoco sé si Ignacio Uriarte las toma en consideración cuando aborda explícitamente esta tradición y esta línea de trabajo. Pero sí sé, en cualquier caso, que una obra que se remite explícitamente a la situación anodina y rutinaria de la administración burocrática y que consigue con sus propias rutinarias armas (con papeles, papeleras, hojas de cálculo e impresoras) hacer poesía, se redime, sin duda, de aquella miserable situación que nos envuelve, y, con ello, seguramente también nos redime de nuestra enajenada situación en el entorno de un mundo plenamente administrado.
Enviado el 18 de Julio. << Volver a la página principal << |
