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Agosto 24, 2009

Con carácter, como un hombre: Trasiegos furtivos entre luces y sombras - Andrés Isaac Santana

A Antonio Zaya, por lo mejor de la herencia

j_caballero_CAUTIVOS_02.jpgTres indicadores describen la personalidad de Javier Caballero hombre que, de una manera irrefutable y hasta visceral se revelan, para suerte nuestra, en tanto marcas de identidad de lo que es y ha sido su ensayo fotográfico. A saber, una mirada penetrante y firme, de esas que atraviesan el umbral de la superficie para hurgar en los recodos de la evidencia; un verbo claro y alto que le hace particularmente enfático y dibujan un silencio tras su vehemente irrupción; y, por último, un amor inconmensurable por el papel y todos sus mundos colindantes. Decir tan sólo esto, parece un intento de no querer decir nada o mucho, un mero ejercicio de retórica baladí que busca el montaje entre obra y vida a favor de digresiones de poca envergadura axiológica. Pero no. En efecto, y así lo creo, no es posible, al menos no desde mis coordenadas interpretativas al uso, embarcarme en una exégesis más o menos correcta del trabajo de este artista, sin la advertencia primera de estas señas que se potencian en un trabajo visual desbordado de visceralidad contenida (permitirme la paradoja), de re-juegos barrocos que se tercian y copulan en el territorio de la luz y de la sombra, y de trasfiguraciones, casi alquímicas, de una realidad exterior que es manipulada desde el más exquisito mimo y tolerancia hacia cada uno de sus accidentes y detalles en apariencia irrelevantes. Javier Caballero, el fotógrafo, es, por fuerza de la persistencia y de la tenacidad consumadas como virtudes, un artesano de la sombra y un artífice de la luz. Es en el territorio de las profundidades, de las dobleces oscuras de la superficie que se piensa tan sólo como el punto cero de la representación, donde habita la gracia mayor de su ensayo visual. Puede que muchos no lo vean, puede que algunos hasta ladean la mirada ante la incapacidad no confesada de advertir lo que, a gritos, se revela como un sello propio, pero eso qué importa cuando sabemos que a la estridencia sucede un silencio demasiado sordo, que al éxito sin causa y motivo le sobreviene el abandono y la fuga del amante de turno, del engañador de los oídos.

Quizás la razón de tal desidia no sea responsabilidad únicamente de “los otros”, los que pululamos por los mundos del arte abdicando ante la afanosa tarea de descubrir nuevos nombres y nuevas poéticas para luego articular exégesis fundacionales, muchas veces poco convincentes, alejadas de la obra en sí y cercanas, muy cercanas, al endiosamiento del ego más fronterizo y anodino. Pero puede, insisto, que ese silencio que se cierne como manto de sombra sobre su obra (y este es ya otro elemento a tener en cuenta dado que el silencio, en tanto categoría estética, es un protagonista de lujo en su trabajo), no sea solo responsabilidad de una de las partes, toda vez que estamos en presencia de una personalidad tan afirmativa como escurridiza, tan hegemónica como (des)centrada, no por patología clínica del desvío de la racionalidad, sino por el claro posicionamiento cultural e ideológico –vehemente al cabo- que le impulsa a disfrutar del margen y sus valores, de lo periférico y alterno de la vida que se opone a toda noción blindada de centro (o centralidad) en sus acepciones más excluyentes y oportunistas. El trabajo de Javier tiene mucho de esto. Algo de camaleónico travesti, de artificio e impostación calculada en un pacto con las cualidades equívocas del espejo que no logro discernir del todo, le identifican y le advierten. Creo que la virtud mayor, la más relevante si acaso, radica en esa capacidad que tiene su obra de fundar artificios pensados como verdad, de engañar a la retina en un retruécano de implicación filosófica que desea y quiere ponderar la sentencia sobre la poca fiabilidad de la imagen y sus submundos infinitos e insondables en los que ésta acredita su permanencia y rentabilidad cultural. Todo parece objeto de una sofisticada manipulación en la que, si bien existe un trasfondo conceptual de rigor (nada en su trabajo, como en él, resulta gratuito), lo que más interesa es la potenciación estética del resultado, la generación de láminas transidas por un hedonismo que a ratos hiere. Un mismo accidente cotidiano visto por ambos, por el artista y por mí, difiere sustancialmente cuando éste me lo devuelve en imagen. Ha ocurrido entonces una alteración de todas las evidencias que hacían e hicieron de ese accidente algo pedestre, algo dentro de la lógica de las cosas cotidianas. Es ahí donde Javier se autodefine, no con el verbo sino con la imagen, como un hacedor de metáforas, un disidente de la evidencia, un fustigador de los registros de lo ordinario alterando sus vértices y enfatizando sus coincidencias y azarares en una constante tensión entre realidad y belleza. Sus instantáneas se convierten entonces en ejercicio de paráfrasis: una especie de explicación o interpretación amplificada de un fragmento de la realidad exterior con el interés de hacerlo más claro e inteligible según su paradigma y rasero de ver las cosas. Esa realidad queda así convertida en un pretexto estético que da paso a la generación de una nueva escritura de realidad sin que la primera, el motivo inicial de tal andadura, se vierta con escrupulosa exactitud sobre la nueva superficie que la expande y la reformula.

Es justo en medio de esta operatoria de re-escritura que mira al tropo con insistente permanencia, donde se infiere el álgebra de su procedimiento estético basado en la traducción /alteración y el reflejo engañoso de esa representación que se permite a sí misma la fundación de una nueva verdad respecto de su referente. Algo que -por otra parte- dista mucho del criterio de lo reproductivo como simple calco banal, como imitación en la que mueren los más altos y sofisticados mecanismos de ciframiento y alegoresis, tan caros al arte. El sentido de la mirada es muy otro en el perímetro de este trabajo. Un cierto aura permeabiliza todo la escena haciéndola rabiosamente seductora, al tiempo mismo en que se advierte una tensión, una situación de anomalía que parece será la causa de un estallido, de un exabrupto, de algo que no esperas que ocurra pero que se sospecha en tanto acontecimiento. La rareza, traducida en términos de manipulación, es forzada a estatuirse en el emblema de su discurso convirtiendo así, de un modo muy personal, algunos elementos surrealizantes en signos de la imagen. Las visiones de Javier están asistidas por ese fantasma de lo onírico y más aún de lo alquímico que tanto ha jugado en el terreno de la estética y del universo literario. Pienso incluso que aunque resulte casi imposible discernir la autenticidad de alguna que otra fuente literaria, muchas piezas suyas se ven abocadas a recordar pasajes de un amplio número de narraciones donde la descripción minuciosa de los detalles irrumpe la dramaturgia interna de la escena a favor de la metáfora visual. Esas mutaciones concatenadas en forma de sistema abren un horizonte polisémico espeso para el cuerpo de instantáneas que conforman su amplio registro fotográfico. De ahí que muchas series suyas, concebidas sin un criterio temporal sino más bien bajo la espontaneidad de la misma cadencia de la vida, parecieran traducir instantes narrativos que acumula el artista en ese territorio fértil que se hace llamar experiencia cultural. Lo que le distancia del autismo repelente de mucho de los ensayos fotográficos basados en el no-lugar y en la bulimia de referencialidad pseudo-cultural que hace de ellos auténticos espacios del aburrimiento y la saturación de intenciones. En la elegancia reside la virtud. En la matemática que afronta con carácter el exceso de las sumas, se localiza la serenidad que subvierte entonces el paradigma hegemónico de la estridencia.

Un elemento adquiere profunda resonancia en este paisaje en la medida en que sus mutaciones y/o alteraciones son convertidas en el punto de partida de un estado constante de contemplación o simplemente refuerzan este principio como parte de un arduo proceso de estetización que desea traducir lo puramente físico en algo cósmico. Transfigurar la realidad para alcanzar un estado de liberación de las dictaduras al uso, parece ser un objetivo consciente en el trabajo de Javier caballero. Al margen de los esquemas orquestados por un tipo de fotografía que hoy circula dentro del sistema del arte, Javier apuesta por un modelo de representación en el que el espíritu y lo anímico, viajan con absoluta libertad por los intersticios de la superficie. Cada imagen es convertida en trazo, en cartografía de una experiencia de vida que halla en el desplazamiento, de hecho él es un desplazado, sus mecanismos de configuración y de relato. Ello puede ser la causa de que a pesar de estos juegos visuales en los que la alteración/manipulación se convierte en la marca de autor, lo literal es siempre rescatado de la somnolencia extendida. Javier es sensualmente literal, porque sabe que en el decir las cosas no radica la gravedad y la muerte de las historias, sino en la anemia de los que no saben narrar la vida y se aposentan en el lugar común, en los espacios del delirio y la ceguera. Su trabajo, por tanto, se fortalece en lo literal, narra la vida exterior pero haciendo de la materia o con esta, un ejercicio de abstracción de sus signos más externos. Sus mundos llegan a ser elásticos por esa capacidad suya de intromisión e injerencia en las distintas capas de la materia, en sus dobleces y orquestadas estaturas.

Un tránsito horizontal evidencia la naturaleza de su trabajo como artista y de su grosor semántico: el recorrido que se dibuja desde el valor y símbolo de la sangre (en tanto fuente de vida) hasta el reino de la clorofila, otra acepción de la vida, desde luego una más ancestral que la otra, con raíces que surcan el corazón de la tierra y se convierten en sus cruzadas arterias. Dije antes que Javier era un alquimista moderno, y lo es porque ha aprendido a servirse de una materia desechada por muchos para fundar en ella, luego de sus meandros y amaneramientos sutiles, un nuevo escenario de belleza. No se trata de rendir culto a las antiguas doctrinas y los experimentos insaciables sobre el orden más versátil de la materia para hallar la tan ansiada piedra filosofal. No se trata de esto, sino de redimir esa misma materia, ese fragmento de realidad bruta, escoltada por los guardianes de la luz, para que de ella nazca -con fuerza y proyección hacia arriba- una nueva visión de la realidad asentada en la experiencia estética más dúctil y expandida. Puntear la realidad de la historia cotidiana que se teje entre luces y sombras, al margen del ruido mundanal de los grandes acontecimientos, es una aspiración insaciable que ocupa toda la subjetividad del artista. Él no se agota, es fuerte, vuelca el visor allí donde advierte un contraste que es, a su vez, motivo de un relato, de una anécdota, de una historia, por más intrascendente que parezca. Javier realiza, pese a sus labores de alterador del sistema, un práctica de mediación simbólica entre esa visión que existe en el mundo de afuera, de esa comunidad ministerial y lo que percibimos de ese mundo traducido en una mirada a ratos ordinaria y mediocre. Parece no importarle mucho el valor y la arrogancia de las mayúsculas, en su lugar prefiere la letra noble, baja en su estatura. Sabe que la historia con mayúsculas no ha sido sino el relato de las exclusiones y las ignominias, los ostracismos y las vacilaciones. ¿Qué es una piedra? ¿Qué es un árbol? Para muchos, la mayoría, eso, solo una piedra y un árbol. Para Javier Caballero tales accidentes de lo natural son el punto de partida de una articulación poética donde, por raro que nos pueda parecer, se cifra parte de la vida nuestra, los vértices ancestrales de la cultura, el plasma seminal primero. La piedra, el muro o el árbol, no son entonces simples textos muertos, sino que por el contrario son una presencia latente que es ofrecida en forma de trofeo estético esculpido con el mimo de la mirada. Esta última es el resorte de plenitud de ese texto que se articula a favor de la emancipación y de la redención de su estado natural, convertido en un otro estado de idealización que trenza la acrobacia entre los órdenes infinitos y azarosos de la belleza. De instantánea en instantánea se va dibujando un ritmo de relaciones y asociaciones sensitivas con alta destreza narrativa, además de cualidades expresivas fuera del ámbito de la sospecha. Esta cacofonía entre lo narrativo, lo expresivo y lo sensitivo, es aprovechada al máximo en toda su rentabilidad por encima de lo que algunos pueden presumir tan solo como encuadres y ardides representacionales al uso que declinan su eficacia estética frente al dominio de la nueva tecnología de la imagen.

El artista entonces, perverso en ocasiones muchas, asume su rol de mediador en el campo de la representación desbordando ese marco físico al que todos pueden acceder para acreditar un acento propio. Ahí se resguarda su función sustantiva de escritor de naturalezas esculpidas y empinadas; cartógrafo de caminos raros que parecen no conducir a ningún sitio porque son ellos el sitio; guardián de lagos insondables donde la manipulación se cruza con los designios de la alquimia y la metafísica; vigilante de arquitecturas culturales cuyas sombras revelan la bondad misma de la vida y del ingenio; artesano de la bruma; poeta de luz que se tamiza tras el follaje de un árbol en el camino desierto. Todas las opciones le son posibles, porque ninguna le es ajena. La belleza está en todas partes, él solo se sirve de ella, la enaltece y la hacer circular en sus formatos más inverosímiles. Javier se mueve como pez en el agua, se agazapa en actitud felina, espera, sabe esperar, lo ha aprendido en esa observación del tiempo de la naturaleza que desdeña la prisa y premia la calma. De ahí, de la posición tranquila que no pasiva, se lanza al instante de captura. Queda entonces la lámina de un momento, el tiempo de un gesto, la gravedad de un respiro que luego se arremolina en sus alteraciones y vibraciones muchas. La sintaxis y la caligrafía que le identifican, pasan entonces por ese momento de depuración y de embestida neobarroca de la que el artista es un extremo cultor, creo que sin llegar a ser demasiado consciente de ello. La escritura definitiva es pulsión del deseo, acorde estridente de disección del “todo” en la sumatoria de detalles que le sustentan y proyectan como imagen. De ello se colige su virtud en lo tocante a la administración de los recursos, a la destreza caníbal respecto de ese mundo exterior que se nos revela siempre en visionados fragmentarios e imprecisos. El ramillete de posibilidades expresivas es tan infinito, en ese mundo que llega en imagen, que sólo somos esclavos de un par de acordes que se escuchan como sonoridad monótona, muchas veces sorda, puro ruido de fondo.

Varios elementos terminan por convertirse, empero, en una constante estilística y argumental dentro de su trabajo. Falta disenso justo a la hora de advertirlos en su totalidad y en el modo en que ellos se relacionan en su propio ámbito sintáctico. En parte porque no abunda la lectura crítica que avale la envergadura de esta propuesta consagrada en el espacio de la diáspora respecto de su lugar de origen: las islas canarias. En parte también porque la crítica se vale muchas veces del consenso y de las nociones de prestigio y legitimidad para embarcarse en una aproximación en la que poco a nada entra en juego. Así el riesgo se minimiza y el crítico y su texto quedan escoltados en su vanidad falócrata y en su seguridad sin puerto, pretextando la epistemología dura como garantía de valor. De tal suerte, abundan esos textos relacionales de tono presuntamente académico, (blandidos entre la soberbia de las citas, las notas al pie y la acreditación del juicio propio –en caso de haberlo- con el del otro), en los que la subjetividad del crítico abandona toda emotividad como si antes no hubiera sido la emoción estética y su desafuero el punto de partida de la consumación de la imagen exterior en obra. Recuerdo ahora de un modo grato y hasta nostálgico la tremenda afirmación de un gran amigo cuando se repite a sí mismo, por suerte, al advertir que “la ciencia de la cultura no puede abandonar el imperio de la metáfora, de por sí subjetivo”. Cuanta razón le asiste en cada afirmación de este tipo, sobre todo por lo que de montaje tiene toda manipulación ideológica del arte y la cultura, de sus objetivaciones textuales. Es tan fácil el cortejo deshonesto a la escritura aparentemente dura; lo mismo que la aprobación desmedida de esas poéticas a veces vacías que demandan énfasis en la estrechez de la sintaxis y la ovación general de los que aplauden sin medida y sin decoro. El juicio moroso se desatiende de la contingencia de aquello que acontece a su alrededor y se concentra, con pereza extrema, en formulaciones ideo-poéticas que tras la mascarada de la densidad conceptual esconden la anemia de una elementalidad escandalosa.

Pero volvamos, tras esta digresión harto necesaria, a esos elementos, traducidos en sistema poético o en señas de identidad escritural, que revelan el perfil de su corpus de imagen. Algunos de carácter enteramente estilístico, lingüístico (en cuanto a estructura), o de interés e inclinación temática. Uno de entre todos resulta el eje sobre el que se esboza la arquitectura de su poética con sello de autor y que estimo como el más recurrente y enfático: 1. La afirmación del simulacro de objetividad como anulación de la duda. Es decir, la propensión de convertir cada imagen suya, previa manipulación y edulcoración de acento pictórico, en reflejo auténtico de la realidad exterior propiciando así un deslizamiento engañoso convertido en metáfora sobre el (anti)valor de la imagen y su ineficacia en tanto reflejo y documento. 2. La confluencia entre los órdenes culturales y los ámbitos naturales. Ambos acaecen en un mismo paisaje conceptual y temporal con independencia de que el artista los disecciona y pondera cada órbita en un campo relacional distinto, enfatizando la rentabilidad moderna del par excluyente cultura/naturaleza. Sobre todo por el aquello de la devastación y sometimiento de carácter falocentrista que de la naturaleza hace la cultura, representada ésta última en la figura de la ansiedad humana por controlar hasta los designios más oscuros y tórridos de un espacio vital que ha maltratado pero del que aún se conoce la mitad de su grandeza. 3. La sustantivación de la franja fronteriza, entendida como horizonte y utopia dentro del marco de la representación. Léase una recurrencia a situaciones visuales en las que se percibe una línea o demarcación limítrofe que se ocupa de contraponer dos fragmentos de lo visual con toda la carga de segregación que ello implica. Dos mitades, dos partes, dos horizontes, una identidad escindida que se volatiza. Esta mirada sobre el límite responde en parte a una “deformación” cultural en el sentido no peyorativo del término. Javier Caballero, como yo, somos hombres de isla, el territorio por antonomasia de la utopía, la añoranza, la decadencia y el olvido, también de la ansiedad y de la emulación sin paralelos. Al igual que yo, que hace siete años abandoné un horizonte del que cada día me aflige más su recuerdo, el artista marcó distancia de ese espacio flotante (el suyo), cruzó la frontera, saltó el límite claustrofóbico de un perímetro vital asediado por el agua en todas direcciones y cegado por un horizonte demasiado profundo e inasible. Su mirada tiene entonces esa carga de antropología cultural que no rentabiliza la diferencia como fetiche dentro de la vulgaridad del carnaval sino que se reconoce en todo aquello que diferente de sí le recuerda su propia ontología. No hay, por tanto, un despropósito en la aproximación a los espacios culturales del otro a donde le han conducido sus viajes. No existe esa pretensión turística banal y deformadora de la realidad frente al espejo de mi entendimiento racional que nombra y clasifica con autoridad y arrogancia probada. Como tampoco se esboza la benevolencia cínica que supone la festividad trasnochada a la estridencia semiótica del buen salvaje.

Estos tres indicadores, señalados como atributos simbólicos del discurso, se sostienen como invariantes en todo el trabajo del artista, sobre todo en las series que he tenido la suerte de revisar con esmero a los efectos de estas líneas. Puede que sean otros muchos los que la crítica posterior alcance advertir, pero en efecto su discernimiento primero pudiera pautar unos contextos lectivos en los que la obra de Javier Caballero permita ser entendida en otras coordenadas de interpretación alejadas de la nota periodística o del catálogo colectivo con una mención poco menos que relevante. Nada resulta a veces tan productivo como la ambigüedad en los juicios para cierto tipo de crítica que espera, con claudicación y sorna solapada, el análisis ajeno para posicionarse respecto de aquello que en principio ignora. Esta razón explica el que haya preferido la frontalidad del enunciado a la digresión pusilánime. Este tipo de acercamiento no reviste, tampoco, un deseo de legitimidad inmediato dado que las plataformas de la consagración o del olvido van encabalgando los índices de la aceptación o del rechazo con simultaneidad escalofriante. En cualquier caso, sirvan estas conjeturas, personales, viscerales, o simplistas, si se prefiere tal sintagma, como un intento de provocación, un ejercicio de interpelación a la conciencia crítica local sin otro pretensión ni doblez que le de estimular la responsabilidad, el seguimiento de todas las poéticas del área con independencia de si sus benefactores son galardonados con premios y/o reconocimientos de “importancia internacional”. Es desde todo punto del debate y de la realidad presumible, que la llegada de las discusiones públicas entorno a la obra de un artista pasan por el reconocimiento primero de la resonancia que ésta tiene en contextos ajenos al de su producción; sin embargo, sujetar la lectura de una propuesta a esa estimación en el contexto de la otredad supone, de hecho, una torpeza y una aniquilación de las funciones misma de la crítica de arte, de su carácter, de sus prioridades en tanto ejercicio de pensamiento que arbitra juicios de valor y asume riesgos en la interpretación. Baste estas aclaraciones últimas para apostar por el relato fotográfico de este artista. La suya es una propuesta exenta de elogios y de esa delectación acrítica que venera el prestigio en un acto de rodillas, pero, por fortuna, eso a penas importan cuando la obra es vehículo de la emoción, apostilla de la cultura, emblema de un tiempo contemporáneo en el que ella tiene lugar.

Javier Caballero hace su embestida, y lo hace desde la tranquilidad que evita la pirueta propia de la ambición y el efectismo.


Enviado el 24 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

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