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Septiembre 03, 2009

Siluetas marcadas - Andrés Isaac Santana

CeciliaParedes.jpgSutileza y sosiego parecen ser dos de las cualidades más relevantes del trabajo de Cecilia Paredes, aunque ambas afecten más al universo de los sentidos, al de la subjetividad misma, que al de la representación en los términos tradicionales en los que ésta se discute y focaliza el centro de algunas diatribas. Sus narraciones comportan el don de la elocuencia, proyectan un cierto erotismo refinado que busca con ansiedad e incertidumbre galopante su objeto díscolo, al tiempo que asientan un universo donde la belleza y su densidad gravitacional subvierten varios órdenes de la conciencia, de lo concreto, de la maldita objetividad tejida entre lo mediocre y el exceso de lo real.

El mundo insondable de estas nuevas piezas, de sus fondos inasibles y escurridizos, está atravesado por una pulsión que las redime y las enaltece, las acredita y las convierte en una metáfora portentosa de la vida y de la muerte, del ahora y el después, de la permanencia y de la ausencia. Estas láminas del yo constituyen un ejercicio de mascarada, de camuflaje sofisticado de la identidad que juega a desaparecer en los dominios de la superficie, pero son, sobre todo, un relato manierista en el que Cecilia dibuja la arquitectura de una metamorfosis hermosa mediante la cual artista y obra se convierten en cuerpo y momento de una misma experiencia estética.

Respecto de sus trabajos anteriores, en los que la metamorfosis y los procesos de negociación o camuflaje travesti se orquestaban sobre una perspectiva un tanto más literal de la articulación estética, estas nuevas formulaciones adquieren una envergadura conceptual mucho más afilada que trasciende los vectores hedonistas de la obra para hurgan en las dimensiones ontológicas del tejido axiológico del arte. Se aprecia así una especie de agonía de la imagen anterior que rinde culto, ahora, a lo ilusorio en tanto nuevo paradigma de lo real. Ilusión y realidad, presencia y ausencia se elevan entonces a un plano discursivo superior en el que obra y cuerpo no se yuxtaponen sino que se engarzan en un proceso de concatenación y simbiosis que advierten del desvanecimiento de la polaridad eufórica. El deceso de la relación ya clásica e incestuosa figura-fondo que proponen estas imágenes, repercute de un modo directo en la cartografía de un nuevo modelo estructural y narrativo dentro del trabajo de la artista. Texto que, a propósito de sus montajes y yuxtaposiciones, ya no desea la segregación, la ponderación del fragmento o la epifanía del yo y el otro. Por el contrario celebra la cópula, el disimulo de los perfiles, el empaste de realidades contrarias y la pertinencia del palimpsesto horizontal.

De ninguna manera ésta nueva disposición del sentido y de la imagen, contraviene la escritura anterior de sus fotografías. Sin embargo, la manera de trenzarse con ese acervo suyo no suscribe la narrativa diacrónica de los precedentes instantes preformativos que demarcaron con solvencia “lo uno” y “lo otro”, sino que se contenta con una presentación sincrónica del diálogo identidad-alteridad que no deja claro los límites ni las fronteras de ambos lugares de la enunciación. No han de leerse estas nuevas imágenes, entonces, como un acto novedoso de superación bravucona al estilo de ese impulso moderno trasnochado y tardío. Ello alistaría, en el perímetro de los juicios de valor, un ejército entero de equívocos, desafinaciones e hipertrofias del sentido real y más auténtico de esta nueva obra suya. Tales propuestas no reclaman un deconstrucción conceptual desde los instrumentos que permitían la auscultación anterior. Ahora son muy otras las pistas y los modos de acceso que se abren a la nueva disposición retórica de sus imágenes. Estas parecen cifrar un espacio agnóstico en el que la imagen ladea lo coyuntural para presentarse como un acto utópico de imantación de las partes en un todo, resguardado por la inventiva y la avidez.

Cuando la escritura y la imagen permutan con altísima frecuencia y hondura, las aproximaciones al universo visual vienen ya escoradas por múltiples recelos y prejuicios. Por tanto, habría que deponer ese ademán reactivo que se estimula cuando a una escritura posible se le niega su legitimidad, acreditando así los fantasmas y el miedo del otro. La fotografía contemporánea y su interpretación, están demasiado acechadas por unos vicios epistemológicos que le obligan a debatirse entre el pragmatismo vulgar de un lado o cierto trascendentalismo pernicioso de otro. Qué duda cabe respecto de la improcedencia de estos enfoques si la obra misma los rebasa y los anula, los desmiente en su propia elocuencia. Eso sucede con el discurso de Cecilia Peredes. Su obra ha sido leída con gracilidad y en algunos casos hasta con espesura y avidez, pero siento que por sobre alguno de esos intentos sobrevuela la impronta de ese esquema que decía antes y que desdice la naturaleza y el plasma fecundado de su ensayo fotográfico. Su obra ha de ser entonces interpretada mirando el contexto mismo que ella dispone y propone, desde una lealtad encomiable que evite la disección cartesiana o el impulso hormonal de la grandilocuencia. Estas y otras aproximaciones pueden ayudar siempre que no otorguen estatura a la amnesia y la anemia fronteriza que desfiguran y abotargan.

Mucho se habla hoy de las premisas que podrían signar el discurso fotográfico contemporáneo. Y nada más lejos de la realidad misma que la advertencia de premisas que la estrangulan y la achatan. Es por esta razón quizás, que ciertos proyectos artísticos dentro del perímetro de la fotografía – tal es el caso de la propuesta que ahora nos hace la artista Cecilia Paredes- desean sustraerse de esa teorización circunstancial alrededor del símbolo para que sus obras adquieran así un argumento que se sirva gustoso de un carácter robusto, de un sello de identidad que no se escore en la multitud de los enunciados epocales. Toda indica que Cecilia, tal y como hacen sus obras, se esconde, subvierte la estridencia del grito para articular sus propios montajes de sentidos.

Observadora furibunda de las coordenadas suyas, de las altisonancias de su tiempo neo-barroco, Cecilia convierte entonces el ejercicio de la fotografía en un mecanismo de disociación, de repliegue, de enmascaramiento. No importan, al menos no demasiado, la consumación de un ideal, si acaso ello opera en el trasfondo de este discurso. En su defecto, importa y mucho la pausa sosegada, la matemática gestual que contradice la euforia del tiempo de ahora. Cecilia, en épocas de mitos y de sus caídas, se disimula en la superficie. Sabe que al grito le sucede el silencio más atroz, conforme a la ovación sostenida le sobreviene la indiferencia y el olvido.

Ella sabe, sabe bien, que no existe la vida sin emoción, pero que a la emoción le corresponde cierta cuota de cautela. Mira entonces desde allí, desde el interior de su obra, y lo hace enmascarada en un tejido que inquieta tanto o mas que la su presencia desenfundada y violenta. Muchas obras se han inscrito en la historia cuando, a diferencia del ruido del carnaval, han sabido acrecentar la sutil elocuencia del sosiego.

Silencio, intuyo una presencia…

Enviado el 03 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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