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Octubre 20, 2009
Las relaciones de bolsillo - Zygmunt Bauman
Originalmente en Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vinculas humanos. Visto en el número 5 de El Polemista: "La brevedad".
«Las miradas se encuentran a través de una habitación atestada; se enciende la chispa de la atracción. Conversan, bailan, se ríen, comparten un trago o una broma y, antes de darse cuenta, uno de los dos dice: '¿Tu casa o la mía? '. Ninguno de los dos está en busca de una relación seria, pero de alguna manera una noche puede convertirse en una semana, después en un mes, en un año o más tiempo», señala Catherine ]arvie».
Ese imprevisible resultado del fogonazo del deseo y de una sola noche para sofocarlo es, según Jarvie, «un punto intermedio entre la libertad de los encuentros ocasionales y la seriedad de una relación importante» (aunque la «seriedad», tal como la propia Jarvie recuerda a sus lectores, no sirve para proteger a una «relación importante» ni impide que ésta termine en «dificultades y amarguras» cuando un miembro de la pareja «sigue comprometido con la relación mientras el otro ansía buscar nuevos campos de pastoreo»). Los puntos intermedios -como todos los otros acuerdos «hasta nuevo aviso» dentro de un entorno fluido en el que comprometerse con el futuro es tan imposible como ofensivo- no son necesariamente malos (según la opinión de Jarvie y la doctora Valerie Lamont, un psicóloga colegiada a quien cita en su nota), pero cuando «se comprometa, aun a medias», «recuerde que le está cerrando la puerta a otras posibilidades románticas» (es decir, renunciando al derecho de «buscar nuevos campos de pastoreo», al menos hasta que su pareja reclame primero ese derecho).
Una observación aguda, un cálculo sensato: usted se encuentra ante una elección. Elige el amor o elige el deseo. Más observaciones agudas: sus miradas se cruzan a través de la habitación y antes de darse cuenta ... El deseo de compartir la cama brota de la nada, y no necesita golpear muchas veces a la puerta para que lo dejen entrar. Aunque no es una característica común de nuestro mundo obsesionado por la seguridad, esas puertas tienen pocos cerrojos, o ninguno. Nada de circuito cerrado de televisión para estudiar detalladamente a los intrusos y distinguir a los perversos merodeadores de los visitantes de buena fe. Simplemente, comprobar la compatibilidad de los signos del zodíaco (como ocurre en los comerciales de una marca de teléfonos móviles) será suficiente.
Tal vez decir «deseo» sea demasiado. Como en los centros comerciales: los compradores de hoy no compran para satisfacer su deseo, como lo ha expresado Harvey Ferguson, sino que compran por ganas. Lleva tiempo (un tiempo insoportablemente largo según los parámetros de una cultura que aborrece la procrastinación y promueve en cambio la «satisfacción instantánea») sembrar, cultivar y alimentar el deseo. El deseo necesita tiempo para germinar, crecer y madurar. A medida que el «largo plazo» se hace cada vez más corto, la velocidad con que madura el deseo, no obstante, se resiste con terquedad a la aceleración; el tiempo necesario para recoger los beneficios de la inversión realizada en el cultivo del deseo parece cada vez más largo, irritante e insoportablemente largo.
A los gerentes de los centros comerciales, los accionistas no les han dado ese tiempo, pero tampoco quieren dejar que la decisión de compra sea determinada por motivos que surgen y maduran arbitrariamente, ni abandonar su cultivo en las manos inexpertas y poco confiables de los comparadores. Todos los motivos necesarios para que los compradores compren deben surgir de inmediato, mientras caminan por el centro comercial. Y también deben morir de inmediato (gracias a un suicidio asistido, en la mayoría de los casos), una vez que han cumplido su cometido. Su expectativa de vida se reduce al tiempo que les lleva a los compradores recorrer el centro comercial desde la entrada hasta la salida.
En nuestros días, los centros de compras suelen ser diseñados teniendo en cuenta la rápida aparición y la veloz extinción de las ganas, y sin considerar el engorroso y lento cultivo y maduración del deseo. El único deseo que debe emanar de una visita al centro comercial es el de repetir, una y otra vez, el jubiloso momento en que uno «se deja llevan> y permite que su propio anhelo dirija la escena sin ningún libreto prefijado. La breve expectativa de vida de las ganas es una de sus mayores ventajas, que le confiere superioridad sobre los deseos. Rendirse a las propias ganas, en vez de seguir un deseo, es algo momentáneo, que infunde la esperanza de que no habrá consecuencias duraderas que puedan impedir otros momentos semejantes de jubiloso éxtasis. En el caso de las parejas, y especialmente de las parejas sexuales, satisfacer las ganas en vez de un deseo implica dejar las puertas abiertas «a otras posibilidades románticas» que, tal como sugiere la doctora Lamont y reflexiona Catherine Jarvie, pueden ser «más satisfactorias y plenas».
Las «relaciones de bolsillo», explica Catherine Jarvie, comentando las opiniones de Gillian Walton de London Marriage Guidance, se denominan así porque uno se las guarda en el bolsillo para poder sacarlas cuando le hagan falta.
Una relación de bolsillo exitosa es agradable y breve, dice Jarvie. Podemos suponer que es agradable porque es breve, y que resulta agradable precisamente debido a que uno es cómodamente consciente de que no tiene que hacer grandes esfuerzos para que siga siendo agradable durante más tiempo: de hecho, uno no necesita hacer nada en absoluto para disfrutar de ella. Una «relación de bolsillo» es la encarnación de lo instantáneo y lo descartable.
Pero su relación no adquirirá esas maravillosas cualidades si no se han cumplido previamente ciertas condiciones. Adviértase que es usted quien debe satisfacer esas condiciones, y ése es indudablemente otro punto a favor de la «relación de bolsillo», ya que su éxito depende de usted y sólo de usted; por lo tanto, es sólo usted quien ejerce el control, y seguirá ejerciendo el control a lo largo de la corta vida de la «relación de bolsillo».
Primera condición: debe embarcarse en la relación con total conciencia y claridad. Recuerde, nada de «amor a primera vista». Nada de enamorarse ... Nada de esas súbitas mareas de emoción que lo dejan sin aliento: nada de esas emociones que llamamos «amor» ni de ésas a las que sobriamente denominamos «deseo». Usted no debe permitir que ninguna emoción lo embargue ni conmueva, y sobre todo, no debe permitir que nadie le arrebate la calculadora de la mano. y no se deje confundir con respecto a la relación en que está por embarcarse, en cuanto a lo que no es y nunca será. La convivencia es lo único que cuenta, y la conveniencia debe evaluarse con la mente clara, y no con un corazón cálido (por no hablar de un corazón ardiente). Cuanto más pequeño sea se préstamo hipotecario, tanto menos inseguro se sentirá cuando se vea expuesto a las fluctuaciones del futuro mercado inmobiliario; cuanto menos invierta en la relación, tanto menos inseguro se sentirá cuando se vea expuesto a las fluctuaciones de sus propias emociones futuras.
Segunda condición: mantenga las cosas en ese estado, recuerde que la conveniencia necesita poco tiempo para convertirse en su opuesto. Así que no permita que la relación se escape de la supervisión de su cabeza, ni que desarrolle su propia lógica, ni -especialmente- que ocupe otros territorios, saliéndose de su bolsillo, que es adonde pertenece. Esté alerta. No baje nunca la guardia. Vigile cuidadosamente hasta la más mínima alteración de lo que Jarvie denomina «las clandestinas corrientes emocionales» (obviamente, las emociones tienden a convertirse en clandestinas cuando ya no están sujetas al cálculo). Si advierte que aparece algo que no negoció y que no le interesa, ha «llegado al momento de seguir el viaje». Si viaja con cautela, evitará el hastío de la llegada. El tráfico es lo que le depara el placer. De modo que mantenga su bolsillo vacío y dispuesto. Muy pronto necesitará poner algo allí y -cruce los dedos- lo hará ...
Enviado el 20 de Octubre. << Volver a la página principal << |
