« Carles Congost: "El éxito es fácil. Lo complicado viene después" - Bea ESPEJO | >> Portada << | La bola del bolero - HORACIO CASTELLANOS MOYA »

Noviembre 29, 2009

El paseante y los demonios - Enrique Andrés Ruiz

Originalmente en | abc.es | ABCD

robert walser is dead.jpgPor los días de 1933 en que el escritor Robert Walser ingresaba en el manicomio de Herisau y dejaba de escribir para siempre, los demonios llevaban a Adolfo Hitler al poder en Alemania. Ese poder era un nuevo poder, qué duda cabe, un poder del tipo que Romano Guardini -uno de los vigías del siglo- llamó precisamente demoníaco. ¿Pero qué es un poder demoníaco? ¿Existe el demonio? Después de leer a Guardini sabemos que no hay en ese nombre y su adjetivo nada poético o alegórico; sencillamente se trata del tipo de poder humano -práctico, técnico, masivo, anónimo, total- que caracteriza nuestro mundo desde su aparición efectiva durante la Gran Guerra, y cuya nota de carácter es que no tiene ya poder sobre sí mismo, es decir, que ha dejado de ser humano.

Enfermedad de la palabra
Es, en fin, aquella «consecuencia mortal de la filosofía alemana» que Karl Löwith vio realizada cuando la voluntad absoluta de la especulación ideal se dispuso, por fin, a transformar la realidad del mundo como lo haría un artista con una masa de barro de plasticidad infinita. ¿No piensan eso, hoy, la tecnología y la política? Pero por eso el de 1933 era ya un poder eminentemente artístico, demiúrgico y demoníaco.

Y muy pocos como aquel curioso y estrambótico hombre que era el escritor Walser sintieron tanta repugnancia por el éxito, por la acción, por la eficiencia, por la productividad, por aquel nuevo poder, en suma, y por todos los reflejos y fulgores sociales y culturales, es decir, políticos, que premian desde entonces la transformación del mundo. Y eso que ya antes de la guerra, Karl Krauss avisó de la enfermedad de la palabra, prácticamente muerta para el pensamiento, para la conversación y para la plegaria -sus antiguos acicates- desde que pasó a manos y bocas de políticos, intelectuales y periodistas, que eran todos nuevos artistas y hombres de acción. Porque desde entonces el arte (y así el Arte mayusculizado que conocemos hoy) no serían ya las viejas artes, humildes y menesterosas, sino algo absoluto: la posibilidad de moldear con la voluntad y la técnica aquella pasta de lo real, de ductilidad infinita, con la humana naturaleza adentro.

El escritor Robert Walser no era un hombre de acción y amaba el mundo tal como era. Hermano de un pintor y secretario por un tiempo de la Secesión berlinesa, parecía siempre contento y no tenía más oficio que sus diarios paseos sin rumbo. No escribió ningún libro sobre arte, y ninguno que se titulara así -Ante la pintura-, pero bajo este título se han reunido sus poemas y narraciones -encantadores- sobre pinturas vistas o entrevistas más o menos deambulantemente. Walser ve las pinturas con ojos antiguos, es decir, ve lo que hay en las pinturas; no el Arte -el poder- del pintor, que le hubiera horrorizado.

Pompas de jabón
Algunos escritos parecen correctas muestras de écfrasis, en la tradición que va de Filóstrato a Manuel Machado; otros, son hermosos poemas como el dedicado al mismo cuadro de Brueghel La caída de Ícaro al que Auden dedicó el suyo. Pero en general, los escritos son tan deambulatorios, imaginativos y arbitrarios como sus paseos. Unas pinturas belgas le recuerdan un café con sus percheros; un pintor renacentista lo lleva a la pequeña ciudad en la que sirvió de soldado; Bélgica, a la vieja Borgoña de Carlos el Temerario? Walser juega y flota como un ángel ingrávido. Ama la palabra gratuita, ineficiente; es alguien que se ha zafado, diríamos, de los demonios del nuevo poder. El paseante adora la «huida de la aspereza de lo cotidiano» vista en Watteau; la levedad y la dicha imaginadas ante El columpio de Fragonard; y piensa que la nuestra es «una época en la que las naturalezas delicadas portan la más brutal cantidad de preocupaciones sobre sus hombros». ¿No es mejor flotar entre las pompas de jabón imaginarias, saltar de aquí para allá, sin porqué, sin razones?

Pero, entonces, este «niño del mundo», y su inocencia y su olvido, ¿no estarán más cerca de Zarathustra que de un ángel? Los demonios, desde luego, ya estaban en danza. Las pinturas que ve Walser son todavía pinturas (porque no son Arte), pero él no puede verlas sino como ocasiones subjetivas para vagar sin centro. Y entonces, ¿no hay ya en su mirada un demonio artista, productivo, con un anhelo creador al que nada importa la verdad -que es una carga- sino sólo la posibilidad de desplegar lo que hoy mismo, hasta en los colegios, llaman creatividad? Todo es fuga ante esos ojos, ensueño. Y su mirada no deja de ser la de un artista que quizá sienta la envidia y el terrible fracaso de no poder alcanzar, mediante el Arte, la irresponsable dicha de los lirios del campo y los pájaros del cielo.

Enviado el 29 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: