|
« Carles Congost: "El éxito es fácil. Lo complicado viene después" - Bea ESPEJO | >> Portada << | La bola del bolero - HORACIO CASTELLANOS MOYA » Noviembre 29, 2009El paseante y los demonios - Enrique Andrés RuizOriginalmente en | abc.es | ABCD
Enfermedad de la palabra Y muy pocos como aquel curioso y estrambótico hombre que era el escritor Walser sintieron tanta repugnancia por el éxito, por la acción, por la eficiencia, por la productividad, por aquel nuevo poder, en suma, y por todos los reflejos y fulgores sociales y culturales, es decir, políticos, que premian desde entonces la transformación del mundo. Y eso que ya antes de la guerra, Karl Krauss avisó de la enfermedad de la palabra, prácticamente muerta para el pensamiento, para la conversación y para la plegaria -sus antiguos acicates- desde que pasó a manos y bocas de políticos, intelectuales y periodistas, que eran todos nuevos artistas y hombres de acción. Porque desde entonces el arte (y así el Arte mayusculizado que conocemos hoy) no serían ya las viejas artes, humildes y menesterosas, sino algo absoluto: la posibilidad de moldear con la voluntad y la técnica aquella pasta de lo real, de ductilidad infinita, con la humana naturaleza adentro. El escritor Robert Walser no era un hombre de acción y amaba el mundo tal como era. Hermano de un pintor y secretario por un tiempo de la Secesión berlinesa, parecía siempre contento y no tenía más oficio que sus diarios paseos sin rumbo. No escribió ningún libro sobre arte, y ninguno que se titulara así -Ante la pintura-, pero bajo este título se han reunido sus poemas y narraciones -encantadores- sobre pinturas vistas o entrevistas más o menos deambulantemente. Walser ve las pinturas con ojos antiguos, es decir, ve lo que hay en las pinturas; no el Arte -el poder- del pintor, que le hubiera horrorizado. Pompas de jabón Pero, entonces, este «niño del mundo», y su inocencia y su olvido, ¿no estarán más cerca de Zarathustra que de un ángel? Los demonios, desde luego, ya estaban en danza. Las pinturas que ve Walser son todavía pinturas (porque no son Arte), pero él no puede verlas sino como ocasiones subjetivas para vagar sin centro. Y entonces, ¿no hay ya en su mirada un demonio artista, productivo, con un anhelo creador al que nada importa la verdad -que es una carga- sino sólo la posibilidad de desplegar lo que hoy mismo, hasta en los colegios, llaman creatividad? Todo es fuga ante esos ojos, ensueño. Y su mirada no deja de ser la de un artista que quizá sienta la envidia y el terrible fracaso de no poder alcanzar, mediante el Arte, la irresponsable dicha de los lirios del campo y los pájaros del cielo. Enviado el 29 de Noviembre. << Volver a la página principal << |
|
