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Enero 31, 2010

Domingo festín caníbal - José Luis Brea

“El arte, o el domingo de la vida
Hans-Georg Gadamer

“La verdadera crítica se acerca a su objeto con la misma ternura con que un caníbal se guisaría un recién nacido”
Walter Benjamin

thecriticsmiles.jpgClaro que la sugerencia gadameriana ya se nos queda corta: no basta ese poner en suspenso el ritmo del mundo ordinario -de su exhaustiva dominación por el peso de lo económico-productivo- si se trata de una mera parada protocolar, de la interrupción que introduce el juego, la fiesta o la ceremonia -que definen un espacio de excepcionalidad cuya función litúrgica última -es lo malo de los dominicales- es al final legitimar precisamente el orden puesto en suspenso, el de lo ordinario -como acaso la función de lo antihegemónico y la otredad que pretende representar empieza a ser cada vez más únicamente secretear -y afianzar con ello- su dominación, la del orden.

Más nos pone pensar esa excepcionalidad cuando acaricia extremos más peligrosos o antropológicamente limítrofes: aquellas zonas bataillo-blanchotianas del exceso, la dépense y la sobreabundancia, lo en plus, todo eso que prefigura el territorio del margen -la parte maldita, acaso algo que hace que uno pueda levantarse en domingo y no sentirse en templo de bendición maldita -iglesia, periodismo o museo- sino arrojado al perfil de alguna, todavía, tierra de frontera aplazada, horizonte en fuga.

De esta tierra, en cambio, demasiada domesticación instalada: demasiadas connivencias cómplices de las dominancias y sus contrafiguras, demasiada procesión de pusilánime y lameculos, demasiados correveydiles hacedores de pasillo gestionando -a la baja- todo el papel “revulsivo” del arte, de la cultura, para complacencia y legitimación de lo que hay, de lo que domina, de lo que impera.

Así que, quédeles claro, esto no es un dominical, ni se quiere -siquiera- un suplemento, ni llama “fiesta” o “juego” u otredad a todo eso que no siendo supuestamente neg-ocio, es en el fondo el núcleo mismo de toda la negociación contemporánea -del mundo como la mediocridad que se nos expende a componenda y única condición de que la llamemos vida y la tomemos en ello por auténtica.

Pero es una vida falsa en su empobrecimiento inaceptable, y sólo queremos saber de aquellos festines en que se la aborda sacrificial para mostrarla puesta en peligro, en su arbitraria intolerabilidad, en su condición baldía, en invocación de otra cosa más alta o más, mucho más, baja, informe, peligrosa, matérica, telúrico.

Esos domingos en cambio, y acaso, de idiotas celebraciones imposibles: esos queremos -de una vez: ¿qué otro sentido tendría hablar de biopolítica?-, invocaciones no de la complacencia autosatisfecha de los conformes, sino alarido artaudiano de quienes sienten el pesanervios insoportable del pulso de la vida robada recorrer atroz en su ausentamiento el interior entonces incomprensible de sus órganos, como la condena más ponzoñosa que jamás les ha sido impuesta, atándoles al repugnante día a día -dimanche de la vie, parte de ella.

Y es entonces, y como siempre, Benjamin, el que nos da la pista más segura -pues de lo que aquí hablamos es al cabo de la crítica. Que ella sea mortificación, punta de herida candente: arrojarse inmisericorde contra esa procesión de santurronerías que los canonjes y meapilas veneran, enjundian y ensalman de canturreo beateros. No, no se trata de eso, ni tampoco de encaramar a esos los viejos cultos -de nuestra depreciada laicidad crítica- a otros objetos nuevos en vez de aquellos, de otras profesiones de fe -en vez de las más manidas: no, basta de baraturas, sucedáneos y paños calientes.

Se trata más bien y en cambio de exigir que el papel de eso a lo que llamamos arte dibuje márgenes de experimentación tan genuina -y radicalmente incomposible con la apestosa normalidad del hoy - con lo que hay, que su mero oteamiento prediga mucha sangre, mucha catástrofe, mucha insostenibilidad, mucho derrumbe jericoniano. De reclamar las prácticas que cuando menos lleven el término innovación a un millón de años luz del último inventito de Steve Jobs o la chistosería epigramática para tontolinos capirotes de Damien Hirst. Cuando menos hasta allá, mucho más allá, donde el pequeño titubeo de una forma -sobre su propia decantación- abre el riesgo de las impredecibles mecánicas de la fisión transcuántica de lo simbólico, para el lenguaje, para la cocción de la palabra o la forma, para la factura de la representación, y todo ello traiga una amenaza real -pesadilla que es nuestro sueño- para este mundo nuestro de estabilidad pactada -en este habitáculo-basura que de modo tan denigrado asumimos llamar cultura.

Y no. Y basta ya. Queremos y creemos en otra crítica: no esa distribuidora de beneplácitos y parabienes, sino aquella que al contrario invita a devorar impío -y desnudar en sus complicidades e insuficiencias- esa nacencia siempre un punto insuficiente y a priori ya negociadas -con el mundo al que antes bien debiera ser, por su sólo gesto y aparición, un derogar y un dictar su edicto de revocación

Y no. Y basta ya. Queremos y creemos en la potencia de las formaciones discursivas para arquitrabar el mundo a nuestro antojo -en su arbitrariedad misma, en su convencionalismo puro, en su carácter meramente pactado y por lo tanto radicalmente subvertible por las propias efectuaciones de las prácticas que las realizan, y en la función -inclementemente analítica e incómplice- que al respecto puede -debe- entonces jugar la crítica.

Esa crítica queremos, y su festín anunciamos como nuestra carta de menú para sus domingos selváticos: una tan dispuesta a atender dónde al mundo le nacen hijos -todavía naturales: de gloriosa bastardía- que no le caben -y nacen inclementes asesinos de lo tan enfermizo del mundo al que llegan- como al mismo tiempo dispuesta a zamparse de aperitivo su carnecita tierna.

Sí: así queremos mirar -y catar- toda esa peligrosería de lo que aún no estaba aquí constelado de necesidad y pacto, por reiteración clonal a la que rendir tributo, y sólo ha sido atraído hasta este suelo caído de fulminación, en cambio, por la fuerza de un puro gesto-potencia (que es el único al que todavía consentimos llamar cultura).

Mirando sus productos, en efecto, todavía con la ternura con que un caníbal se guisaría a un recién nacido.

Saboreando incluso la sospecha de que pudiera tratarse de … nuestro propio -el de la crítica acaso- hijo … ummm.

Felices entonces y en ello estos dominicales festines caníbales; sean de su muy refinado paladar. Como poco, aperitivillos y divertimentos para melancólicos turbios, ahora que tan infrecuente se han vuelto nuestras más amadas elegancias: la de las alegorías mudas y los enigmas de lo ilegible -en el centro genésico de toda escritura-: ese auténtico núcleo polar disperso en que único lo que se escribe dice, ante todo, lo invenciblemente inexpugnable de su potencial inagotable, imantando a la vez y en ello todo acto de lectura profundo o por lo menos apretado, y con, y en ello, también el sino y la solvencia potencial de todo genuino proyecto crítico

Estas son las apuestas del nuestro -y éste nuestro proponérselo.

Vayan pues por unos y otros estos domingos y el brindis de iniciación que ahora les enviamos para compartirlos. Siempre que quieran: amados lectores nuestros, hipócritas soñados, nuestros semejantes, hermanos en esta lunera glotonería insaciable … de tribu, mundo y crimen.

Enviado el 31 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Muy bien jose luis por fin la verdad, sucede que el arte contemporaneo esta podrido.
Sus gusanos: enchufismo, nepotismo, y lameculismo.
Sus parasitos: los listillos, los politicos y casi todos los profesores que en las facultades de bellas artes vomitan cada año una camada de palurdos.
La critica esta como encajada en estos nichos podridos formando parte y sosten del sistema.
HAS MEJORADO INCREIBLEMENTE TU ESTILO LITERARIO ¡ADELANTE AMIGO!


es precioso el texto pero bastaría con alejarse del arte como hace todo el mundo... dentro de poco no quedará nadie habitando esa suerte de arcaismo de lo moderno viejo


Los tiempos cambian a una velocidad y aceleración muy intensa; el arte y la crítica deberán evolucionar en paralelo y la propuesta de camino que haces me parece lúcida y sobre todo pura.
En esta realidad huelepedetes deberían desaparecer con la cara sonrojada, por estar señalados públicamente como despreciables, los críticos y periodistas que engordan sus cuentas bancarias con la intención de sus escritos. Son incompatibles con el buen hacer de críticos y artistas.


Estimado J. L. Brea, Hola!:
la realidad puede que hable de lo que dices, pero francamente es casi lo peor que te he leído. No nos cuentas nada nuevo y el ejercicio, con el rigor debido, no nos acerca a la estética literaria que debiera comparecer. Es más, recuerdo un artículo tuyo en el Pais, cuando era Pais, al principio del año ochenta, yo en Italia, y aquello fue salvífico para los exiliados a mejores facultades. Hoy el discurso, necesita, no de tanta crítica encubierta, sino de ejercicios más operativos dentro de las dependencias que hoy los dirigen."No lenitivos literarios", ostentas un lugar de poder, actúa.
Un cordial saludo
Carmen


Hola José Luis!
Mis felicitaciones por los textos en general. Sobre todo me encantó leer éste. Y por supuesto, a diferencia de Carmen, me parece que hoy más que nunca debemos sumergirnos en los intersticios de la opacidad discursiva, aunque sea para disentir con ella. Me da un gran entusiasmo que estén haciendo este trabajo. Saludos. Alejandra


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