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Enero 03, 2010

La década anodina. Los años zero y el Libro de los Cambios - José Luis Brea

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Acaso esperábamos demasiado de ellos: transformaciones tan profundas en todos los órdenes de la producción y sus agenciamientos que a su paso nada quedara intocado -en los mundos de vida, en las formas de la experiencia, en las formaciones culturales y críticas: una nueva égida para toda la axiomática del conocimiento. Y sin embargo, la década se ha descolgado anodina, apagada en su tibieza, consumida en una deriva paralizada.

Pero pongamos que ello estaba escrito así en el Libro de los Cambios, que tiene en su lógica -acaso una no demasiado alejada de aquella otra de “la realización diferida” postulada por Freud- el que tiempos de cambio tan profundo en lo tectónico … resulten por el contrario tan descorazonadoramente continuistas en sus realizaciones afloradas.

Pongamos que, de hecho, el origen de esa medianía de lo visible sea la misma envergadura de las transformaciones sistémicas, en su ponernos frente a un mundo tan radicalmente dispar y para el que carecemos de cartografías eficientes. Tal vez, sí, sea ello lo que ha propiciado el proceso de atenazamiento, lo que ha interpuesto toda una geometría de la reacción, que ha neutralizado los cambios y los ha domesticado para entregarlos al mejor servicio de las industrias y las instituciones, en su timorato e interesado ralentizar -frente a la cautivadora aceleración de los tiempos.

Todo con ellos ha cambiado, sin duda, pero como en la célebre consigna gatopardiana, parece que únicamente para que todo siguiera igual.

Cambios vertiginosos en efecto en todos los registros -de lo político, de lo económico, de las tecnologías, de las herramientas de construcción social y fábrica de la vida cotidiana, en los dispositivos de generación de conocimiento, de afectividad, en las mismas herramientas de producción de las formas culturales … cambios fulminantes miremos donde miremos. A su paso, el paisaje de nuestro mundo se define en escenarios radicalmente desplazados, como perteneciendo definitivamente a otra época.

Pero apenas nada en la vida del espíritu y los órdenes simbólicos -en las narrativas con que nuestra epocaidad se brinda autodescripción- acompaña esos cambios: es como si estuviéramos empeñados en otear los nuevos paisajes por la mediación de los viejos mapas, y todo lo que fuéramos capaces de ver fuera su trazamiento reiterativo y cansino de “lo mismo”, de lo ya conocido. Conocemos todavía como en déjà vu, fascinados por la nueva topografía pero ignorantes de las nuevas herramientas que nos permitirían mapearla: cuando el reto que nuestro tiempo nos arroja al rostro es, más bien, el de activar esas nuevas máquinas en sus potencias instituyentes de un nuevo modo de ver, de mirar, de conocer y comprender … desde la novedad radical -no sólo de nuevos “objetos” sino también, y fundamentalmente, de los nuevos operadores cognitivos.

Acaso ése es el verdadero salto que se nos reclama: abandonemos las viejas herramientas, los viejos instrumentales -conceptuales, analíticos, técnicos. Aventurémonos a prescindir de toda la vieja cacharrería heurística de la ontoteología. Dejemos a un lado los resabios y las seguridades adquiridas, inmovilizadoras. Demos curso no a ese trabajo de asentamiento y estabilización de los viejos modelos epistémicos -frente al tsunami desatado de los cambios- sino a uno que lo apoye en su potencia de desmantelamientos y arrase.

Todo está de nuestro lado si abanderamos esa potencia del trabajo deconstructor, asociado a las nuevas máquinas de producción cognitocrítica. Todo está del lado de los tiempos, dejemos llegar lo que hace ya tanto vibra por llegar. Cierto que todavía los cautos prefieren asentar cambios lentos -que no son cambios- apuntalando seguridades y administrando tibiezas. Pero el viento de los tiempos sopla huracanado, y las prórrogas de consolación se han consumido ya.

Ahora no queda sino arrojarse a un signo que dibuja un mundo radicalmente cambiado, ceder a su audaz exigencia moral, a su magnífica fuerza política. Ella lleva el nombre de una década que acaba de nacer -y olvida el de esta otra, la década anodina, que deja definitivamente atrás-: sea éste nuestro brindis hoy: por su aurora iniciada, por su llegada cumplida y sin más plazo, por su estallido incendiado e incendiario … y por todas las promesas de mundo y futuro con que viene cargada ...

Enviado el 03 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Un comentario interesante, pero el discurso me parece extremadamente romántico. Esa idea de nueva década, nuevo tiempo ¿no podría ser un eco de viejas añoranzas vanguardistas? No sería continuar con la consigna gatorpardiana... El trabajo deconstructor bien podría significar cambiarlo todo para que todo siga igual. Abanderar el cambio por el cambio, sin una consciencia verdaderamente política detrás, es un brindis al sol. ¿Un mundo verdaderamente cambiado? ¿Una ruptura total con el pasado? ¿Un nuevo lenguaje? No creo que ninguna teoría o esfuerzo intelectual pueda dirigir los cambios reales, en la mayoría de los casos deben conformarse con describir.


totalmente de acuerdo con el anodino deja vu !
desde londres una sensacion de sci-fi come true ballardiana
y de loop postmoderno histerico y de "perdidos en el espacio"....
como si el angel de la historia se hubiera transformado en un
reptilian master ilusionista y desdoblara todas las dimensiones
haciendo piruetas y acrobacias que solo el entiende....


No parece que en el texto se trate de una vieja añoranza por la vanguardia. La deconstrucción (a la que se alude) tampoco intenta hacer cambio alguno y mucho menos el cambio por el cambio mismo (qué cosa tan inútil). Pues el cambio (si debe haberlo) solo tiene sentido dentro de cada uno.

Lo que en el texto se dice es que en la exigencia que se haga cada quien y en el trabajo autoimpueso quizás pueda proyectarse un mundo cambiado y ser posible la promesa...

Me ha gustado mucho el texto, dice mucho y de muchas formas, y supongo que a cada quién le revelará algo único y secreto.

Brindemos al sol y a la luna ;-)


Interesante propuesta de un comienzo a partir del cero y la posibilidad de deconstruir para dar nuevos significantes, sin embargo el cero absoluto a partir de la nada es casi imposible de percibir ya que la percepción parte de siempre de algo conocido, se ancla aunque después diverge.
Brindo sin embargo siempre y cuando mi sentido de vacio concuerde con el tuyo y del de varios en que el cero es el punto de partida.
Saludos y buena decada por venir.


sí, la década anodina nos deja y en peores condiciones que nunca para emprender nada, en la pura indigencia de la sugestión. El futuro es el pasado también y tal vez en él estaría la solución a un futuro que se prevé peor que la década que dejamos.
Lo que interpreto en el texto de Brea es la insinuación, entre optimista e irónica, de un cambio de técnica que no puede llegar a ser más que un cambio de estilo que, con urgencia, debería poner en cuestión ese valor injustificado de "lo nuevo" como bueno, habría que llenar ese "lo nuevo" con algo.


Los cambios en la manera de comunicarnos, adquirir información y la inevitable nueva manera de ver lo que nos rodea ya está aquí y sigue transformándose y transformándonos. Como siempre la dirección es de abajo hacia arriba; podemos observarlo en el comportamiento y actitudes de las personas en nuestras ciudades que los asimilan con una naturalidad pasmosa.
Los artistas deben observar y reflexionar sobre esos comportamientos y las herramientas que los han propiciado; supongo que esto ya estará sucediendo y en breve podremos vivir los balbuceos de nuevas manifestaciones creativas y artísticas con sólidos cimientos anclados en la historia.
Saludos y mis mejores deseos para José Luis.


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