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Enero 20, 2010
Mucho ruido - Pablo Gianera
Originalmente en adn*cultura
Véase también en salonkritik: Partituras para un tiempo convulso
El ruido eterno (traducción un poco libre de The Rest Is Noise, el shakesperiano título original) tuvo el raro privilegio de haberse convertido en best seller, tanto en Estados Unidos como en España, aun cuando su objeto es una música, la del siglo pasado, que, salvo contadas excepciones, ha quedado para bien y para mal al margen de las transacciones mercantiles.
"El predicamento cultural del compositor en el siglo XX", tal el tema de El ruido eterno según su autor. No se trata aquí de un ensayo sino de un manual, o de un informadísimo diccionario biográfico articulado como un relato que empieza con el estreno de la ópera Salome, de Richard Strauss, en mayo de 1906, y concluye en el presente. Pero Ross no es un pensador. Su pericia es la del aguafuertista que pinta escenas rápidas y notablemente vívidas. Esta virtud narrativa alcanza su plenitud en los capítulos más políticos: la música en la Rusia de Stalin, en la Alemania nazi y en los Estados Unidos de Roosevelt. El autor logra que veamos a Shostakovich frente al cajón de Prokofiev, a Hitler escuchando el preludio de Parsifal en un vagón de tren o que recorramos Bayreuth ocupada por soldados aliados que tocan jazz en el piano de Wahnfried.
No menos eficaces son algunas descripciones fulminantes (se recordará la definición de Pierre Boulez como "bombón intelectual"). Los cuadros (escándalos públicos, tragedias íntimas) suelen ser más bien tarjetas postales. En los últimos capítulos el viaje se acelera y el guía nos muestra a vuelapluma los paisajes sonoros actuales del Lejano Oriente y de Sudamérica. En el fondo, el libro se lee como se vería un documental televisivo con Schönberg y Stravinski como protagonistas principales. Tal vez a la larga semejante documental se realice, y Ross sea un host afable que cuente esta historia en escenarios naturales. El precio de la divulgación es aquí la renuncia a la agudeza. Otro tanto podría decirse de los análisis musicales, banalmente descriptivos. El autor es ecuménico, pero resulta inocultable que se siente más a gusto cuando escribe sobre Strauss, Sibelius, Britten o Pärt. También debe de haber pensado en el lector estadounidense; de otro modo, resultaría injustificable el exagerado espacio que ocupan Aaron Copland, y Philip Glass, John Adams ("fuente de inspiración para el estilo del libro") y todos los avatares del minimalismo. En cambio, pocas palabras se les dedican, por ejemplo, a György Kurtág, Helmut Lachenmann, o al espectralismo. Y ninguna al arte sonoro. En compensación, el pasado siempre se reedita: así, una canción del grupo Public Enemy es La consagración de la primavera de la América negra y Schönberg, un precursor de The Velvet Underground. Como si hechos remotos en el tiempo y unidos por casualidad en la cronología (o a veces lo exactamente inverso) formaran parte de un plan secreto de prefiguraciones y de ecos. Ross parece iluminarse cada vez que exhibe uno de esos milagrosos tejidos temporales.
Hacia el final, cuando compara a la cantante Björk con el ciclo Ayre de Golijov, encontramos su credo para el siglo XXI: "Una ´gran fusión final´: los artistas pop inteligentes y los compositores extravertidos hablando más o menos el mismo idioma". Hay un relativismo radical, y algo superficial, en el libro. En parte, él mismo parece anticipar esta objeción: "Modernismo es de por sí un término tan equívoco que añadirle un ´pos´ lo empuja al borde mismo de la absoluta carencia de sentido". Quizás a Ross se le escape un detalle. Si fuera lícito retocar el título de un famoso ensayo de Jürgen Habermas, podría decirse entonces que el modernismo musical es también un proyecto incompleto; que seguirá visitándonos todavía con distintas máscaras, por más que se intente ahogarlo con ruido
Enviado el 20 de Enero. << Volver a la página principal << |

Comentarios
viva el ruido!!
comentario de: esther planas enviado el Enero 20, 2010 04:49 PM