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Enero 09, 2010
Sobre El ritual de la serpiente - Vicente Luis Mora
Originalmente en Diario de Lecturas
Aby Warburg, El ritual de la serpiente, Sexto Piso, Madrid, 2008.
Mi primera noticia de Aby Warburg (Hamburgo, 1866 – 1929) me llegó mientras leía hace muchos años el magnífico ensayo de Edgar Wind, La elocuencia de los símbolos (1983), donde el retrato de la figura (y de la biblioteca) de Warburg que hacía Wind me cautivó desde el principio:
“A pesar de una considerable vena de melancolía en su temperamento, que desde los primeros años le hizo presa fácil de ataques de abatimiento y depresión nerviosa, Warburg no era un introvertido malhumorado, sino solamente un ciudadano del mundo que, sabiéndose poseedor de un caudal intelectual y económico, desempeñó su papel con un entusiasmo expansivo y con un gran sentido del humor, por no hablar de la considerable dosis de vanidad personal que siempre caracterizó su porte. Admirado en su juventud como un bailarín espléndido, llegó a ser conocido cuando estudiaba en Bonn como uno de los más tumultuosos estudiantes juerguistas”[1]
Warburg fue, además de uno de los grandes estudiosos de la imagen simbólica, mecenas, erudito, coleccionista de libros, historiador del arte, lector universal. Lo que me conquistó de su persona fue que renunciase a su parte en un banco que legara su padre a favor de su hermano, pidiéndole a este a cambio que le fuese comprando todos los libros que necesitase durante su vida. Enis Batur esa anécdota cuenta en su breve y ameno ensayo Las bibliotecas de Dédalo (Errata Naturae, Madrid, 2009, p. 69) y recoge una frase memorable de Warburg: “no puedes establecer como norma que el libro que buscas es siempre el que mejor cubre tus necesidades. El que tiene justo al lado puede ser una elección mejor”. He leído sobre Warburg y sobre las aventuras de su fabulosa biblioteca de 80.000 volúmenes [imagen arriba a la izquierda] a través de Wind, de Batur, de Gombrich, de Didi-Huberman, y últimamente de Fernando R. de la Flor que lo cita mucho y bien en su interesante ensayo Giro visual (Ediciones Delirio, Salamanca, 2009). Fue precisamente en este último ensayo donde supe que Warburg había escrito un texto sobre los indios pueblo de New Mexico, y sobre sus danzas típicas, a las que he podido asistir en persona.
El libro en cuestión es El ritual de la serpiente, que publicara ese lujo editorial que es Sexto Piso. Warburg planteó la escritura de esta conferencia como un desafío personal, para demostrarse y demostrar que, después de un largo estadío en el sanatorio mental de Kreuzlingen, estaba en condiciones mentales de volver a la investigación y al mundo. Diría que a la vista del texto puede comprobarse que el sabio superó la prueba con creces. A partir de una serie de fotografías tomadas en su visita a los pueblos indios en 1895, Warburg analiza, partiendo de los rituales y tradiciones indios de la zona sur de Estados Unidos, cómo el símbolo de la serpiente es uno de los más poderosos y enraizados en las culturas ancestrales. Y así es, desde luego: amén de los antecedentes que cita Warburg, debemos recordar que desde la tradición bíblica a la nórdica del Uroboros, pasando por la alquímica que la relaciona con Hermes o el Agatodaimon griego[2], sin olvidar su profuso tratamiento poético y narrativo (de Horacio Quiroga a César Aira), la serpiente conecta con el inconsciente y la psique profunda precisamente porque apela, como señala con agudeza Warburg, a lo enterrado, a lo que vive por debajo del suelo y sube para traer la muerte (p. 51). Warburg estudia también sus conexiones con lo religioso y establece paralelismos con otras culturas, con una metodología con la que no es preciso estar de acuerdo para disfrutar. A título de anécdota, comentaré que la foto de los danzantes indios vestidos de antílope recogida en la página 29 podría pasar por actual, 110 años después: los trajes de los celebrantes y la disposición de los cuerpos en el baile es exactamente la misma que cuando yo los vi el pasado año.
La inteligencia del planteamiento, la elegancia del estilo de Warburg y la cuidada edición de las fotografías y los textos llevada a cabo por Sexto Piso (que sólo tiene un fallo, el excelente epílogo es de Ulrich Raulff, pero en la página 67 aparece el nombre de Ulrich Tabbi) nos hacen recomendar vivamente este libro.
Enviado el 09 de Enero. << Volver a la página principal << |
