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Febrero 20, 2010
Arqueologías del futuro: una presentación de Fredric Jameson
Originalmente en El Viejo Topo. nº 219 (abril 2006). Visto en, y tomado de, nuestro funeral
Me gustaría hacer, más que nada, un breve resumen del libro. Hay algunas secciones especialmente arduas o más técnicas que sólo voy a mencionar de pasada. Trataré simplemente, por tanto, de dar una imagen general de todo el libro, sin entrar en detalles.
Cuando se escribe un libro sobre utopías se debe empezar por responder a dos cuestiones iniciales: antes de nada, cuál es su función política y en segundo lugar, qué es lo que uno está haciendo o cómo responde o tiene en cuenta los prejuicios contra la utopía por parte del antiutopismo contemporáneo, así como los sentimientos contra las utopías en general: las “resistencias” a la utopía, la “crítica” [en castellano en el original].
En primer lugar centrémonos en el contenido político: Hoy día es muy apropiado plantearnos qué ha sucedido cuando, desde [al menos] la señora Thatcher, se dice que “no hay alternativa al capitalismo”. Cualquier forma de política genuina debe empezar hoy por refutar esta afirmación y tiene que, de algún modo, proyectar una alternativa a este sistema; si no, no se tratará de un discurso verdaderamente político.
En la base de las opciones políticas que yo considero no válidas está la política reformista. Quizá no debería decir eso en este país pero… me refiero a que los aspectos más lamentables de la socialdemocracia ilustran aquello a lo que me estoy refiriendo: las políticas reformistas no son una verdadera forma de política, sirven sólo para reforzar el sistema. De cualquier modo, y al margen de lo que penséis al respecto de esta cuestión, creo que sólo los utopistas proponen una verdadera alternativa al sistema: la utopía es, de hecho, un intento de imaginar una auténtica alternativa al sistema, y hoy día éste es el genuino espacio para la política, mucho más de lo que jamás lo ha sido.
Se podría decir que en esta sociedad es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, con lo cual la utopía nos permite ver lo lejos que estamos de imaginar el fin del capitalismo.
Al respecto del segundo aspecto de la cuestión, el tema del antiutopismo al que nos referíamos antes, me parece que desde la guerra fría y, particularmente, en la guerra fría, las utopías se imaginaban siempre como formas de política que conducían inevitablemente a dictaduras: así Stalin y su relación con el Gran Hermano... Y pienso que esto es aún lo que ocurre en muchos lugares [cuando se habla de utopía].
La idea [más extendida] es que una política utopista siempre acabará siendo una política de la violencia. Consecuentemente, hoy día se propone que renunciemos a estas políticas absolutistas de la utopía y volvamos a las formas más modestas de las políticas reformistas. Lo que tradicionalmente ha representado una visión esencialmente anticomunista de la utopía [la crítica antiutopista de la guerra fría] hoy se ha transformado. Ahora, los formatos políticos por los que se opta, más por la izquierda que por la derecha, son de políticas antiestado, formas de política que identifican la utopía con el estado. Esta posición es generalizada y está presupuesta en los debates políticos contemporáneos de la izquierda; para ser exactos, más que un marxismo versus anarquismo, lo que nos encontramos sería algo así como una política de estado frente a la alternativa anarquista. Desde mi punto de vista este es un problema fundamental para una izquierda que, en este momento es, como he dicho, predominantemente anarquista en sus tendencias antiestado y que tiende a asociar, por tanto, la utopía con el marxismo y con el estado.
No pretendo decidir esta cuestión esta misma noche, pero pienso que es una cuestión política actual y absolutamente crucial. La solución que propongo [en el libro] no es necesariamente una solución utopista, una solución estatalista, pero, aún así, creo que debemos tomar una posición anti-antiutopista; quizás sea una posición menos celosa con la utopía [que el utopismo clásico] pero que evita caer en brazos del antiutopismo generalizado. Habría mucho más que decir, de cualquier modo, sobre el tema político y sobre la cuestión del antiutopismo.
Mi libro está dividido en dos secciones fundamentales. En la primera trato la utopía como una forma, en la otra como un contenido. Es muy difícil separar completamente ambos aspectos pero lo que me gustaría mostrar es que si se observa la utopía en tanto que forma debe de ser contemplada en un modo no representacional. Las utopías tratan [desde este primer punto de vista] más sobre la dificultad de imaginar la utopía que sobre una visión certera del mundo perfecto.
Estamos, en algún sentido, constreñidos por una enorme dificultad para imaginar el futuro, de tal modo que la utopía debe empezar por mostrarnos [simplemente] que todas las imágenes del futuro son proyecciones de este sistema, que no podemos imaginar el futuro; esta es la primera lección. Sobre nuestro encierro en este sistema, hay razones de sobra que explican por qué es tan difícil para nosotros imaginar algo distinto a lo que [de hecho] existe. Los trabajos utopistas en la actualidad tienden a señalar esta cuestión; no tratan de representar una sociedad perfecta, tratan de representar nuestra dificultad de imaginar una.
La utopía es, esencialmente, un “cumplimiento de deseos” –Wish fulfilment, un concepto central en este libro–: un cumplimiento de deseos colectivos [un deseo colectivo y un cumplimiento, a su vez, colectivo: “a collective wish-fulfilment”]. Representa la emergencia a la superficie de estos deseos inalcanzables que todos nosotros, todos en esta sociedad, tenemos al respecto de la colectividad. En el cumplimiento de los deseos la utopía expresa esa profunda ausencia de comunidad, este anhelo de comunidad, algo que en la sociedad individualista actual echamos de menos. Pero el problema es que cada uno imagina este cumplimiento de forma diferente, cada uno refleja [en sus propias utopías] su posiciones ideológicas, la posición de clase individual, etcétera… y eso significa que cuando presento un dibujo de mi sociedad ideal, aun sabiendo que sigue expresando el impulso utópico [compartido], no siempre resulta necesariamente atractivo para el resto de la gente y quizás, de hecho, puede resultarles repulsivo. Consecuentemente, las utopías exitosas tienen que representar este deseo utópico y no las especificidades del mismo, no el contenido de mi deseo individual. Aquí estoy siguiendo a Freud en sus escritos sobre el creador y el ensueño, los cuales tratan de la cuestión del cumplimiento de deseos en literatura.
Otro aspecto fundamental sobre el deseo es que nunca se realiza. El cumplimiento del deseo es, por definición, imaginario. Los ejemplos que quiero dar como ilustraciones de esto no los tomaré en este caso de la literatura utopista sino, por ejemplo y en primer lugar, de los cuentos de hadas. Este probablemente lo conozcáis. Es el del pescador y el pez mágico
El pescador captura al pez mágico y éste le promete cumplir tres deseos si le deja marchar. Así que el pescador se pone muy contento, pero como es la hora de la comida y tiene hambre, dice: “Ojalá tuviera unas salchichas”. Su mujer se enfada con él porque ha malgastado el deseo, así que dice: “Ojalá te salieran esas salchichas por la nariz”. El tercer deseo es obvio: quitárselas de la nariz. En definitiva, esta fábula muestra algo básico al respecto de la dialéctica de la utopía y del cumplimiento utópico del deseo. Hay una novela de Ursula K. Le Guin, que no sé si la conocéis, el título en inglés es Lathe of heaven [La Rueda celeste]. Es una novela espléndida. En esta novela hay mucho respecto del tema del cumplimiento del deseo propio de la utopía, especialmente en la figura del héroe de la novela; todos los sueños del héroe se realizan pero, a la vez, con el cumplimiento del deseo se ve modificado todo el sistema del mundo y, desgraciadamente, en su realización todos sus deseos se vuelven antiutópicos. Por ejemplo, desea que se resuelva el problema de la superpoblación mundial, así que se despierta una mañana [de este sueño redentor] y nota que el mundo, efectivamente, parece diferente: se da cuenta de que ha habido una plaga que ha matado a la especie humana. Así que los deseos se cumplen pero de un modo inesperado. Creo que las utopías hoy, tal y como demuestran este tipo de relatos, tienen que tener en cuenta esta ambigüedad del cumplimiento del deseo, el modo en el que los deseos poseen esta doble cara positiva y negativa (de bien y mal: good and evil).
El tercer ejemplo está sacado de un texto de Proust que no voy a leer, pero tiene que ver con su gran amor. Proust imagina que ella le escribe una carta confesándole el amor que siente por él [el amor que él desearía ver correspondido en esta carta]. Y se imagina la carta, qué es lo que la carta debería decir, cada palabra, cada detalle... Pero de repente, se detiene, al darse cuenta de que: “si alguna vez recibo una carta de mi amada no podría ser ésta, no podría ser la que me estoy imaginando aquí porque la he escrito yo mismo”. En definitiva, en todos estos ejemplos nos encontramos con la cuestión de que la realización del deseo utópico puede resultar utópica unas veces y otras distópica. Las mejores utopías recientes son, a mi parecer, las que mantienen ambos aspectos en equilibrio. Ahora me gustaría pasar a hablar desde el punto de vista del contenido [sección 2 del libro], la perspectiva más evidentemente política.
Las descripciones de las [distintas] utopías siempre las hacen aparecer en forma de oposiciones. La problemática de las utopías actuales tiene que ver con estas oposiciones, con estas opciones utópicas opuestas. Voy a ilustrar este punto.
Hay muchos ejemplos, pero empezaré hablando del trabajo. Me parece que una de las formulaciones utopistas actuales al respecto del trabajo tiene que ver con el paro estructural (ese elemento estructural que hace que muchas personas en todo el mundo no vayan a encontrar jamás un trabajo). Una de las formulaciones al respecto sería, entonces, la del pleno empleo universal. Esa es una de las posibilidades pero, en otra tradición utopista, y es una tradición muy fuerte y anterior al propio Marx, la meta absoluta de la utopía sería la eliminación del trabajo: no que todo el mundo tenga trabajo, sino que nadie tenga que hacerlo, que todo el mundo carezca de trabajo. Por ello, cualquier formulación actual de la utopía tiene que tener en cuenta estas formas aparentemente contradictorias de la utopía al respecto del trabajo.
Del mismo modo, podemos tomar en consideración la cuestión de los objetos [en tanto que bienes de consumo]. Podríamos considerar que [en el pasado], particularmente en los sesenta, la gente era muy optimista sobre las posibilidades de las utopías de la abundancia, en las cuales todo el mundo puede disfrutar de la abundancia en un alto nivel de la producción [la “superproducción”]. Pero hoy recurrentemente nos encontramos casos de lo que podríamos llamar utopías franciscanas, utopías basadas en la reeducación del deseo para el rechazo del derroche y el fetichismo de la mercancía [Commodification and Consumption], utopías basadas en una forma de austeridad franciscana, no auténtica pobreza pero tampoco derroche. De este modo, aquí tenemos de nuevo dos posiciones [aparentemente opuestas] y ambas muestran un profundo reflejo de un común impulso utópico.
Un tercer ejemplo podría ser el de la ciudad y el campo. Por un lado, tenemos las utopías pastorales del mundo rural: las comunas con su ideal de aislamiento en pueblos pequeños y autoabastecimiento y, por otro lado, las utopías de la gran ciudad; no diría de la superpoblación pero sí de la población masificada: multitudes anónimas en movimiento, todo tipo de cosas sucediendo todo el tiempo... Ambas son sistemas utópicos tan inconmensurables como necesario es tomarlos en cuenta, y ambas son expresiones profundas del [mismo] impulso utópico.
Habría una parte más técnica de esta sección que voy a eludir. Pero, en resumen, la respuesta [a estas aparentes contradicciones o aporías] no es una síntesis de estas dos opciones sino una suerte de unión de los opuestos. Aunque creo que, definitivamente, no voy a continuar con esta cuestión; podéis mirarlo en el libro… es demasiado complicado.
Entonces, ¿cómo se está abordando la cuestión en este momento? [¿cómo son las utopías actuales?]. Hoy la idea es que una utopía propiamente dicha no tiene que representar una sociedad perfecta sino que presenta el acto de imaginar una sociedad perfecta (…), representa el deseo utópico en lugar del cumplimiento de la utopía. Y esto ocurre en un tipo de sociedad en la que nos podemos encontrar con distintos grupos en busca de distintos tipos de utopía. Volvemos aquí, por tanto, al uso político de la cuestión.
Hay un pasaje muy interesante de Habermas en el que habla sobre la crítica del progreso de Benjamin. Benjamin entiende el progreso como la forma en que, tanto la clase media occidental (burguesía) como el stalinismo, colonizan el futuro, con una lógica similar a la del imperio cuando se hace con sus colonias. Con esto se viene a decir que, aunque tratemos de pensar el futuro, el sistema está ya ahí antes de nada: él [el sistema, el presente] conoce ya el futuro [antes que nosotros]. De este modo, Habermas interpreta la filosofía de la historia de Benjamin como un intento, y este es su término, de interrumpir o romper con la continuidad entre presente y futuro.
Benjamin no era un utopista; aún así, aplicar sus categorías al presente tema puede resultarnos muy útil. Podríamos considerar que la función política de la utopía consiste precisamente en interrumpir y/o romper nuestras ideas heredadas al respecto del futuro: romper ese futuro prefabricado. Incluso aunque no se acepten los términos de una visión utópica particular, es central para una forma de política genuina luchar, antes que nada, por la interrupción y ruptura de ese futuro falsificado.
Mi posición en este libro es que actualmente nos resulta muy difícil hacer política porque no podemos imaginar el futuro excepto en los términos del sistema. Sin embargo, lo que propongo es que no tenemos que aceptar los términos de esta o aquella utopía, no necesitamos suscribirnos políticamente a esta o aquella utopía, porque la auténtica función de la utopía no es presentar un programa político sino romper /interrumpir el futuro y abrirlo para nosotros de nuevo.
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(Transcripción de la charla de presentación del libro Arqueologías del Futuro en Madrid, recogida por Irene Fortea y Garikoitz Gamarra)
Enviado el 20 de Febrero. << Volver a la página principal << |
