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Marzo 14, 2010

Algunos apuntes sobre la ceremonia de entrega - Daniel González Dueñas

hope&brando.jpgEl humorismo que se maneja durante las ceremonias de la Academia hollywoodense es el único territorio en que se dicen verdades en el tono “mitad en serio, mitad en serio”. Así, el anfitrión Bob Hope abre de este modo la entrega del Óscar de 1971: “Esta noche dejamos a un lado las pequeñas diferencias, olvidamos las viejas enemistades... y comenzamos nuevas”. Otro tradicional presentador, Johnny Carson, inicia la ceremonia de 1982 con un gag: “Esta es la noche en que Hollywood hace a un lado sus pequeñas envidias... y saca las mayores envidias”.

Sólo en ese curioso tono se acepta decir; en todos los demás casos, se sobreentiende. Todos los sobreentendidos están activos en cada segundo de la ceremonia, y ante todo el sentido familiar, esencial en Hollywood: esas envidias, esas enemistades, son “naturales” en el interior del clan y no hacen sino fortalecer su esfuerzo por la excelencia. En su sentido literal, este básico presupuesto ha sido descrito en un diálogo de la cinta Garden State (2004): “¿Conoces ese punto en la vida en que te das cuenta de que la casa en que creciste ya no es realmente tuya? De pronto la idea de hogar desaparece, y no puedes recuperar ese sentimiento hasta que tú mismo creas una nueva idea de hogar para ti, para tus hijos, para la familia que comienzas. Es como un ciclo, añoras una idea. Quizás eso es realmente la familia: un grupo de personas que añoran un mismo lugar imaginario”. Sin duda esto es también cierto en un sentido metafórico, nacional: la familia hollywoodense, al igual que el clan estadounidense, son la nostalgia por un sitio, es decir por un origen que no existe en parte alguna. Es en este sentido de rabiosa nostalgia genealógica que Hollywood produce el cine imaginario.

El otro sobreentendido esencial que rige a la ceremonia de entrega es el de que quien gana un premio es alguien y quien lo pierde es nadie; sin embargo, ese presupuesto indica también que no basta ganar una vez para ser alguien. En 1988, al aceptar el Óscar por mejor actriz, Cher confiesa: “No creo que esto signifique que ya soy alguien, pero... creo que estoy en el camino de lograrlo”. De ese incondicional afán por ser alguien mostrado por esta actriz no hay sino un paso a aquella anécdota sucedida años atrás, en 1974, cuando un individuo desnudo irrumpió en el estrado a la vista de cientos de millones de espectadores televisivos en el momento en que el presentador David Niven estaba por anunciar la categoría de mejor película. El incidente del streaker (parte de una moda subversiva en los años setenta) fue de inmediato incorporado a la fiesta de las nominaciones en el momento en que Niven improvisó un gag salvador de la tensión: “¿Saben? Es interesante... La única cosa por la que él será recordado serán sus defectos [short-comings]” (Niven hace un juego de palabras con short-comings, expresión que aquí fue entendida como “sus pequeños atributos físicos”). La definición de alguien equivale, pues, a ser recordado.

Incluso los disidentes, a la hora de ser premiados, se reconocen como parte del juego. En 1980 Dustin Hoffman recibe el Óscar por mejor actor y declara: “Estoy aquí con sentimientos mezclados. He sido crítico de la Academia... y con razón. Estoy muy agradecido por la oportunidad de trabajar. Me niego a creer que vencí a Jack Lemmon, a Al Pacino, a Peter Sellers. Me niego a creer que Robert Duvall perdiera. Somos parte de una familia artística. Hay sesenta mil actores en el sindicato de actores [Screen Actors Guild], y probablemente cien mil en Equity. La mayoría de los actores no trabaja, y sólo unos pocos de nosotros tenemos la fortuna de trabajar en la escritura y la dirección. [...] Y a esa familia artística que se esfuerza por lograr la excelencia le digo: ninguno de ustedes ha perdido jamás, y estoy orgulloso de compartir este Óscar con ustedes”.

La cuestión de “ganar” (ser recordado) o “perder” (sumergirse en el olvido), con todos sus sobreentendidos y terrores, fue considerada una ley desde la primera entrega en 1929. Una y otra vez el humorismo serio lo confirma; por ejemplo, Johnny Carson comenta en 1979: “Recuerden, damas y caballeros, esta noche nadie se va a casa con las manos vacías. Todos los perdedores recibirán el nuevo juego casero del Óscar”. Pese a intentos como el de Hoffman por conciliar lo inconciliable (“ninguno de ustedes ha perdido jamás”), el carácter olímpico del ganador, así como el estatus infernal del perdedor, fueron tácitamente aceptados durante seis largas décadas hasta que en 1989 la fórmula “Y el ganador es...” fue considerada políticamente incorrecta y de manera oficial fue cambiada por “Y el Óscar es para...”.

Sin embargo, la prueba de que se trata de un eufemismo vacío surge en la entrega del año 2003, cuando Michael Douglas y su padre Kirk son encargados de presentar el premio a la mejor película. Kirk Douglas, símbolo viviente de la “vieja escuela”, dice: “Y el ganador es...”; Michael, políticamente correcto (pero siempre leyendo las líneas en el prompter, es decir, siguiendo el gag escrito), lo corrige: “Papá, se supone que debes decir ‘Y el Óscar es para...’”. Kirk finge enojarse, se vuelve hacia su hijo un momento y dice a la cámara, con tajante insistencia: “Y el ganador es...”. El sobreentendido no podría resultar más claro: “no nos andemos con hipocresías: quien recibe un Óscar gana, y quien no lo recibe pierde; y así como recibirlo es una glorificación, no recibirlo corresponde a una humillación y a una pérdida intolerables”. Finalmente esta “hipocresía” fue abandonada en la entrega de 2010, en donde se retornó ya oficialmente a la “franca” alocución Y el ganador es... Una hipocresía abandonada que refuerza y multiplica a todas las demás hipocresías.

Lo más que pueden hacer los artistas disidentes del aparato es dejar marcada la duda, como lo hizo Jack Lemmon en la entrega de 1974: “Especialmente en años recientes ha habido una abundante crítica acerca de este premio. Y probablemente una gran parte de esa crítica está más que justificada; sólo me gustaría decir que, sea justificada o no, creo que es un enorme honor [one hell of an honor] y que estoy estremecido, y se los agradezco mucho a todos”. Lo que parece un distanciamiento y una crítica en sí (“probablemente una gran parte de esa crítica está más que justificada”), se vuelve adhesión incondicional más allá de toda ética (“sea justificada o no, creo que es un enorme honor”) o, en otras palabras, se trata del esfuerzo por convertir en ética lo que de menos anti-ético tiene el sistema. (La frase one hell of an honor define al honor como rescate metafísico: quien gana es salvado del infierno de perder.

La ambigua declaración de Lemmon es un esfuerzo por sacar un bien del mal, un apostar por el mal menor, y ello implica desesperados sobreentendidos: sea o no una farsa, la entrega del Óscar y el aparato al que sirve, son reales; haya o no una estrategia de manipulación, existe una “buena fe” integrada por aquellos que forman parte de la pirámide ignorándola (al menos dejando de ver sus aspectos más oscuros) y a la vez tratando de dar lo mejor de sí mismos; exista o no corrupción, el trabajo honesto —como el del propio Lemmon— debería ser capaz de transformar la inercia en honor y el canibalismo en excelencia.

A quienes transforman la duda ambigua en afirmación política les espera el regaño oportuno y humillante. En la entrega de 1978, Vanessa Redgrave, al recibir el Óscar como actriz de reparto, dice ante los millones de espectadores: “Mis queridos colegas: les agradezco mucho este tributo a mi trabajo. Creo que Jane Fonda y yo hemos hecho el mejor trabajo de nuestras vidas. Y yo los saludo, y les hago un tributo, y pienso que deberían estar orgullosos porque en las dos semanas recientes se han mantenido firmes y se han rehusado a ser intimidados por las amenazas de una pequeña banda de rufianes sionistas cuyo comportamiento... [aquí la audiencia abuchea] ...es un insulto a la estatura de los judíos en todo el mundo, y a su grandiosa y heroica lucha contra el fascismo y la opresión. Y les prometo que continuaré luchando en contra del antisemitismo y el fascismo. Gracias”.

Pocos minutos después, Paddy Chayefsky, encargado de entregar el premio al mejor guión, improvisa: “Antes de entregar este premio, hay un pequeño asunto que me gustaría corregir, al menos si espero convivir conmigo mismo mañana por la mañana. Me gustaría decir (opinión personal, por supuesto) que estoy harto de que la gente explote la ocasión de los premios de la Academia... [aplausos] ...para la propagación de su propia propaganda política [aplausos]. Me gustaría decir a la señorita Redgrave que su obtención de un premio de la Academia no marca un momento fundamental en la Historia, que no requiere una proclamación, y que un simple ‘gracias’ habría bastado”.

La consecuente ovación de los asistentes a la ceremonia constata su deseo de que los Óscar se libren de la política y se concentren en el arte, pero es sobre todo el esfuerzo común de olvidar. Así como Jack Lemmon elevaba su deseo de “salvar lo bueno” por medio de distanciarse de lo malo (lo que significa ignorarlo), la comunidad cinematográfica norteamericana se impone “ignorar” la política pese a que sabe que no es otro el territorio en que Hollywood está sentado. Y esa ignorancia deliberada (que es en realidad todo el “bien” que puede salvarse) resulta un valor tan grande, que quienes ovacionan el regaño improvisado por Chayefsky se ven obligados a aceptar el fulminante sobreentendido manejado por él mismo sin darse cuenta (puesto que era sólo un medio para humillar a Redgrave): el hecho de que ningún otorgamiento de un Óscar es “un momento fundamental en la Historia”.

No obstante, en sí se trata de un momento fundamental en la historia con minúscula de la Academia hollywoodense; incómoda, la gran familia cinematográfica estadounidense es paradójicamente obligada a recordar que, con toda deliberación, ha olvidado un hecho: el de que la enorme importancia que todo el medio concede al Óscar no es sino convencional y, peor aún, local. Más aún: los que aplauden el indignado arrebato de Chayefsky aceptan, sobre todo, que la ceremonia no requiere una proclamación: el silencio es toda norma esperable, toda ética imaginable: el último reducto de la dignidad. Los “ciudadanos comunes” actúan de igual modo: ya el propio país norteamericano proclama su ley inferida en cada acto, a cada minuto, y se basa en el mismo silencio, el del poder.

Hacerse de la vista gorda es el único modo de supervivencia. Un simple “gracias” habría bastado no porque se valore la humildad, sino porque el acento se coloca en ese punto de la conciencia individual capaz de silenciarse, de ignorar los oprobios en que todo se basa, de dar todo por sobreentendido, de nunca enunciar las verdades auto-evidentes, todo ello para que el propio aparato siga generándose a sí mismo, sin cambios sustanciales, para siempre.

Enviado el 14 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

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