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Marzo 19, 2010

Siempre se queda algo en la frontera. Entrevista a Teddy Cruz - Iván López Munuera

cruz3.jpgEn su ensayo sobre urbanismo contemporáneo y estrategias metropolitanas Urbanalización. Paisajes comunes, lugares globales, Francesc Muñoz alertaba del deseo latente en algunas autoridades por ver la ciudad convertida en una gran extensión urbanizada, aséptica e idéntica a cualquier otra metrópolis del mundo eliminando buena parte de los procesos sociales y culturales que en ella se daban. Decía: “La ciudad puede y debe ser mucho más que una superficie limpia, rasa y pulida. Puede y debe ser mucho más que una lámina transparente ante la cual ver reflejada la propia sonrisa y la de los que saben o pueden sonreír. La ciudad puede y debe ser el lugar donde poder recuperar la variedad de gestos perdidos en el camino hacia lo urbanal” (Barcelona, 2009). Sobre posibilidades, realidades y variadas diferencias en el seno de la ciudad contemporánea también reflexiona Teddy Cruz, arquitecto y profesor de urbanismo en la University of California, San Diego, cuyo trabajo pudo ser visto en la última Bienal de Arquitectura de Venecia del año 2008 y que ha sido galardonado con diferentes premios, entre ellos, el prestigioso James Stirling Memorial Lecture On the City (2004-2005).


ILM: Teddy, tu trabajo y el de tu oficina ha sido reconocido internacionalmente por la investigación Cross-Border Suburbias, desarrollada sobre la frontera Tijuana-San Diego desde el año 2003. ¿Podrías explicar este proyecto, de dónde surge y cuáles han sido sus implicaciones?

TC: En esencia, todo parte de la realidad surgida en torno al territorio donde vivo y trabajo, la frontera más concurrida del mundo: el paso entre Tijuana, México, y San Diego, Estado Unidos. Lo cruzan más de sesenta millones de personas al año. Es, por tanto, un territorio fértil para cualquier investigación específica. Creo en la noción de radicalizar lo local, algo básico en mi proceder y en el de aquellos estudios que me interesan. En los últimos años hemos estado bastante obsesionados con la noción de globalización pero creo que en diversas ocasiones se ha abstraído en exceso este término, este concepto, olvidando intereses más cercanos e investigaciones más detalladas. A mí me interesa ver cómo todas esas dinámicas de la globalización afectan a presupuestos o situaciones locales muy definidas. Ver los diferentes registros a los que llegan, del plano económico a las migraciones humanas o las consecuencias sociopolíticas. Toda una serie de conflictos que vienen a converger y a inscribirse en el territorio, en su propia fisicidad, en esa frontera que, como acabo de decir, es la más traficada del mundo: Tijuana-San Diego. He querido entender este paso fronterizo como un laboratorio donde cuestionar todos los debates contemporáneos, como un instrumento para redefinir nuestro conocimiento como práctica arquitectónica a través de temas clave en la agenda contemporánea, como son las políticas de migración, la vigilancia, la mano de obra barata y la economía que surge a través de esta situación. Porque de esta nación inmigrante que se instala desde México en Estados Unidos depende, y mucho, la configuración de las metrópolis, en este caso San Diego, a través de la construcción y el urbanismo que proponen, elaborando tensiones entre lo formal y lo informal, entre el sprawl [urbanismo horizontal y extensivo] típico de Baja California y la densidad de los nuevos poblados periféricos. En este territorio he encontrado condiciones de conflicto que chocan y se repelen mutuamente en una frontera muy dramática y muy disputada.

Siendo más específico en la respuesta a tu pregunta, en la frontera de México con Estados Unidos puedes encontrar múltiples ejemplos de realidad muy contrastados a todos los niveles. Por un lado se da el coste inmobiliario más caro del mundo, toda la zona del sur de California, a las afueras de San Diego, y sin embargo, a menos de veinte minutos, puedes ver uno de los asentamientos más pobres de Latinoamérica, la periferia de Tijuana. Es un material de estudio muy específico que permite conocer mejor la situación de las grandes metrópolis actuales. Porque desde Dubai hasta Nueva York la regeneración y el desarrollo urbano implican que unos enclaves de megariqueza construyen y son construidos por una mano de obra barata y unas comunidades de servicio que deben alojarse en otro lugar, diferenciado pero cercano, formando otro urbanismo que nadie espera, pero que existe. Se dan círculos concéntricos donde las comunidades más favorecidas quedan rodeadas por otras de precariedad, destinadas a servirlas. Tijuana-San Diego dramatiza esas relaciones, haciendo visible estrategias interesantísimas que provienen de lo informal y afectan a temas como la infraestructura o el desarrollo.

ILM: Lo que denominas “practices of encroachment” (“prácticas de asentamiento”).

TC: Sí, la implementación de un nuevo tipo de vivienda que pueda servir como excusa para la transformación de las políticas de vivienda existentes en la zona de San Isidro, la periferia obrera de San Diego. Mi investigación aborda estos aspectos eludiendo la taxonomía para traducir las estrategias y los procedimientos de lo informal más interesantes, en relación a sus economías y a otras estructuras sociales y culturales, también formales. La observación de estas ecologías me parece fundamental. Los dos aspectos que más me han interesado en las fronteras entre estas dos ciudades son el flujo físico de inmigrantes y el propio papel de ese inmigrante en la transformación radical del barrio estadounidense tradicional. Ver cómo el flujo de los residuos atraviesa el borde entre los dos países, cómo los pedazos de los barrios tradicionales estadounidenses pasan al otro lado de la frontera al renovarse los enclaves del norte. Es decir, todos aquellos barrios periféricos, aquellos Levittown formados por casas prefabricadas producidas en serie durante los años cincuenta, han sido desmontados en las últimas décadas para construir otras casas. Y todos estos materiales de desecho han sido utilizados por los obreros, inmigrantes mexicanos, que construían los nuevos enclaves para transformar la periferia de Tijuana, pero de maneras absolutamente diferentes. La mano de obra que los había despiezado los reelabora, se lleva estos bungalows prototípicos a sólo veinte minutos. Pero algo se queda en la frontera, porque al volver a montar estas estructuras se introducían cambios. Por ejemplo, se fabrican grandes pórticos de metal sobre los que se sitúa la casa, dejando un espacio para el coche, a modo de garaje, o para poner un local comercial abajo. En otras ocasiones se pone una casa encima de la otra fabricando una torre de apartamentos a partir de antiguas residencias unifamiliares. Todo este desperdicio construye la nueva periferia de Tijuana y deja ver qué condiciones y qué economías existen a un lado y a otro de la frontera. Es algo dramático. Mientras, en California, ves otro tipo de urbanismo construido de nuevo por los flujos de inmigrantes. Al tener que construir sus viviendas en espacios baratos, como garajes, aparecen dinámicas ilegales e informales que redefinen el territorio y el uso del suelo.

En fin, lo que me interesa es entender estos barrios de inmigrantes como lugares de experimentación donde realmente se están produciendo configuraciones socioculturales y económicas muy sugestivas. Es ahí donde los arquitectos deberíamos estar construyendo condiciones de espacio y de colaboración que puedan ayudarnos a entender diferentes categorías contemporáneas, al cuestionar el papel del arquitecto en lugares de conflicto y proponer nuevas actuaciones, diferentes procedimientos. A mi manera de parecer las mejores ideas en cuestiones de infraestructuras, de espacios y de redefinición del territorio están surgiendo en el Sur Global, en Latinoamérica por ejemplo. Ya no son los lugares de abundancia donde brotan las teorías más ambiciosas, como los grandes centros urbanos de Dubai o China, cuyos debates parecen no ir más allá de ciertas experimentaciones formales, sino que son esos otros lugares de escasez los que a través de una emergencia socioeconómica sugieren aspectos interesantes e imprescindibles. Y esto se ha dado gracias a algunos líderes políticos latinoamericanos, como los alcaldes de Bogotá, Enrique Peñalosa y Antanas Mockus, Sergio Fajardo en Medellín o Jaime Lerner en Curitiba, al fijarse en las redes sociales y en las economías informales como modelos que podían redefinir la urbanización. En fin la noción de conflicto en sí misma como algo fundamental a la hora de plantear un urbanismo y unas tácticas de intervención en el territorio, algo que ha de visibilizarse.

ILM: Quería volver un momento a Levittown, a aquellas casas producidas en serie por el empresario William Levitt y su empresa Levitt & Sons tras la Segunda Guerra Mundial, vendidas en los grandes almacenes a precios económicos. Estas viviendas eran vistas como ejemplos del capitalismo y del progreso estadounidense, así como del American Way of Life, con su ideología cargada de optimismo y personificada por el rol de la familia tradicional, englobando las ideas de comunidad e individualidad al mismo tiempo. Quería preguntarte si hay algún tipo de traducción de esta ideología tan específica en esta tipología arquitectónica al traspasar la frontera y alterar su forma en el nuevo destino, en Tijuana.

TC: Evidentemente. De hecho es crucial la idea de traducción y traslación, porque al final lo que ha sido interesante es entender los asentamientos informales en Tijuana en toda su extensión, desde su aspecto formal a la ideología o las implicaciones que conllevan. Porque no hay que olvidar que la imagen resultante es imprescindible. Este aspecto me ha ocasionado ataques y discusiones. Hay personas a las que les parece que romantizo la pobreza, pero no es la imagen de lo informal lo que me interesa, y me gustaría dejarlo claro porque hay cierto enamoramiento por esa estética del bricolaje y de los tejidos diversos que puede hacer olvidar lo que late tras ella. Es cierto que son imágenes hermosas de la diversidad, pero no hay que olvidar que estos asentamientos están definidos por la pobreza, la precariedad y la explotación. Yo quiero ver lo que está detrás de esa imagen, los procedimientos económicos y sociopolíticos que están detrás, que pueden abstraerse y traducirse casi en recetas urbanas o tácticas que puedan ayudarnos a la hora de entender la ciudad oficial. Me interesa la traslación de tácticas y estrategias, entender, por ejemplo, cómo esos asentamientos se posan en el terreno de una manera muy liviana, cómo los primeros vestigios físicos empiezan a surgir a partir de una negociación con los límites redefiniendo las condiciones de propiedad, cómo diferentes organizaciones sociales vienen a consolidar maneras de operar y cómo el suelo puede convertirse en territorio de disputa. Como arquitecto y urbanista, trato de abstraer estos procedimientos para entender que hay otra manera de construir y de operar. De ver cómo estos asentamientos pueden dar lecciones muy sólidas a la hora de abrir un espacio de debate pero también un espacio operativo entre lo grande y lo pequeño, lo formal y lo informal, así como ciertas condiciones temporales del desarrollo.

En el caso específico que me preguntas, en la traducción de las ideologías, puedes ver cómo del lado de Estados Unidos este desplazamiento de actitudes ante el espacio produce una suerte de “promiscuidad espacial”, donde una cosa puede ser muchas. En Estados Unidos se viene a pixelar el territorio, a transformar algo que es diverso en un tejido homogéneo, en un urbanismo beige. Y esto es comprensible gracias a las estrategias de adaptación y alteración de las comunidades migratorias. Cómo se pueden reutilizar los materiales de desecho, cómo se pueden ubicar viviendas en lugares poco frecuentes, cómo se pueden dar urbanismos informales y cómo se pueden solucionar los problemas y necesidades que toda esta situación provoca. Esto es fundamental, porque con la crisis medioambiental que vivimos es decisivo entender que ya no se trata de construir de nuevo, sino que hemos de adaptar y de reformular lo existente. Podemos extraer ciertas conclusiones de compartir espacio y de poder disolver la línea de propiedades que separa la comunidad. Porque en EEUU la noción de propiedad es consustancial a la de ser libre y es muy difícil alterarla. Estos patrones de uso han de variarse, y puede hacerse gracias a las actitudes socioculturales de los inmigrantes al redefinir, por ejemplo, una gran casa unifamiliar en una especie de miniurbanización donde viven varias familias. Esta disolución de límites, estas dinámicas operativas experimentales casi inconscientes -porque muchas veces no saben qué alcance tienen estas decisiones- traducen ideologías diferentes. Algo se queda en la frontera, en el camino de un lado a otro, en la reconstrucción y la adaptación. La obsesión por el estilo y por la forma aquí no tiene sentido. Lo que he tratado de hacer, de problematizar, es entender que un sentido de identidad de lugar tiene que ver menos con la imagen y más con las condiciones operativas invisibles, las maneras de actuar en el espacio. Detrás de estas transacciones hay un ADN de un urbanismo diferente y sugestivo, mucho más experimental. Ellos, los obreros que trabajan y viven a un lado y a otro de la frontera, son los arquitectos de un urbanismo extremadamente complejo.

ILM: Como decías al principio de la entrevista, Tijuana-San Diego es el paso fronterizo más concurrido del mundo. En él, necesariamente, las condiciones de diferencia y similitud han de chocar y se solaparse. Ha de darse una interiorización de la frontera en sus habitantes. Algo similar a lo que ocurría en el personaje de Charlton Heston, Vargas, en Sed de mal (Touch of Evil, Orson Welles, 1958), que Stephen Heath (Nueva York, 1975) y después Homi K. Bhabha (Nueva York y Londres, 1994) veían como uno de los paradigmas del sujeto contemporáneo al hacer física, palpable, la idea de frontera y la metáfora del sujeto escindido, algo inasible pero desde luego presente. Este personaje, de origen mexicano, detentaba la ley de Estados Unidos, al ser policía de este país; pero, al ser mexicano y tener la piel oscura, siempre era visto como extranjero, en un lugar y otro. Es llamado, según el territorio donde se mueva, Miguel o Mike. Por eso sólo puede habitar, y con una gran violencia, en la frontera entre ambos países, en la de Tijuana-San Diego precisamente, demostrando que las ideas de pureza y mezcla son restrictivas pero siguen vigentes.

TC: Estoy completamente de acuerdo, el análisis es muy acertado. Pienso también en las palabras de Carlos Monsiváis, quien habla de una “frontera portátil”, la última, aquella que está interiorizada dentro del sujeto. Y esto, no nos olvidemos, también se romantiza, cómo no. Son como túneles, como atajos o tácticas que tienen mucho que ver con un urbanismo situacionista, donde el ente cotidiano, el ciudadano, es también un arquitecto, un urbanista. Una categoría de ciudadanía diferente, porque ocupa estos umbrales imprecisos y olvidados para dar pie a nociones que, desde el punto de vista teórico, social y cultural, son de mucha inspiración. El day labour, el inmigrante, se inventa tácticas novedosas que transgreden la mecanización de la ciudad oficial, da pie a multitud de espacios alternativos, testificando la pugna entre la ciudad planeada y la no planeada. Él mismo, como decías en tu pregunta, porta ese concepto, esa dialéctica.

ILM: Has hablado de una apuesta por la visibilización del conflicto, ¿mediante qué estrategias y con qué resultados?

TC: En esta pregunta convergen varios asuntos importantes, ya que los análisis de las situaciones deben ser siempre específicos. Recientemente se podría argüir que toda la crisis económica se ha hecho visible a partir del escándalo de las hipotecas basura, al darse préstamos fáciles a personas que no podrían pagarlas nunca. Creo que tras esta situación se perpetúa esa noción tan estadounidense –aunque no sólo- de que para ser libre y feliz has de ser dueño de una casa, de una propiedad. Y esta crisis ha demostrado que el sueño americano se ha desplomado en condiciones de pobreza y marginalidad. Al investigar en los barrios periféricos de San Diego he podido comprobar que, a pesar de la explosión inmobiliaria de los últimos años, no se ha construido en este lugar ningún proyecto de vivienda de bajo coste, ningún ejemplo de vivienda social. Esto, en Estados Unidos, directamente no existe. Y no lo hace por varios motivos. En estos barrios no se construyó ninguna vivienda social porque la política económica de desarrollo vigente en la zona hace que, para un promotor privado, el construir en estos barrios marginales resulte insostenible. No produce ningún tipo de ganancias, sólo podría hacerlo a través de subsidios. Y los subsidios o tax credits, en Estados Unidos, son muy competitivos. Como decía, para que a un promotor privado le salga rentable esta operación, debería hacer al menos 50 unidades de viviendas. Sin embargo, en muchos de estos barrios, 50 unidades están prohibidas por el uso de suelo. No pueden realizarse edificios en altura en estas condiciones, densidades verticales, y la tendencia es al urbanismo extensivo, horizontal. Este urbanismo, en términos económicos, sociales y medioambientales es insostenible. Existe, por tanto, un conflicto entre el uso del suelo oficial y los procesos de subsidio, de préstamos. Y mientras te encuentras con la situación de que una gran parte de la población jamás podrá pagar las hipotecas que les han concedido para adquirir una gran parcela y tener su vivienda unifamiliar, una residencia que no es necesaria en estas condiciones, de la misma manera en que tampoco lo es la idea de una vivienda en propiedad. Los marcos económicos apoyan sólo cierta escala de proyecto que sólo beneficia a ciertos promotores, a ciertas directrices y a ciertos sectores. Este conflicto entre uso del suelo y los procesos económicos me parece primordial. Hay que dinamitarlo para diseñar procesos políticos y económicos que puedan ajustarse a todo esto. Puede haber un nuevo territorio fértil en la reconfiguración de todo este urbanismo sin la necesidad de construir, sólo con la reordenación, con la alteración, con la incorporación, tal y como ya hacen las comunidades de inmigrantes. En ningún momento estoy tratando de volver a esas ideas de los años sesenta de la vivienda colectiva, o no en los mismos términos. Se necesitan nuevas actuaciones, nuevas formalizaciones y nuevas definiciones, porque ya hay nuevos urbanismos, nuevas economías y nuevas asociaciones. Y hay que responder a todo ello. El planeamiento se va a dar de todos modos, la cuestión es hacerlo de la mejor manera posible.

ILM: Dotar de garantías a estos planeamientos y hacerlos públicos.

TC: Sí.

ILM: Tanto en la arquitectura como en el arte contemporáneo hay un uso (y a veces un abuso) del concepto de “lo público”. ¿Qué entiendes por espacio público y cómo ha de ser gestionado?

TC: Es cierto que, en ocasiones, el denominado “arte público” no es más que una manera de decorar un planeamiento urbano irresponsable. Para mí el arte público y la gestión del espacio implican inyectar cierta complejidad. No tiene sentido una plaza donde se posa un objeto artístico sólo para contemplarlo. Tiene que activar otras consideraciones. Y no quiero que se me malinterprete, valoro mucho el placer producido a través de la experiencia estética, pero es que en Estados Unidos el espacio público es inexistente, no hay inversión, y, sin embargo, de alguna manera siempre existe. Se puede dar en otro lugar, adoptar formas híbridas que sugieren conflictos, situaciones de inclusión y exclusión, al verse claramente beneficiadas ciertas zonas y otras no, relacionadas, por ejemplo, con el interés del visitante foráneo por un lugar, sin atender las necesidades del usuario habitual. Y el espacio público no es sólo un espacio de ocio, sino también económico. Los espacios públicos siempre han de tener un apoyo institucional. Como has dicho antes, han de estar dotados de garantías, y hay muchas opciones, como los parques-biblioteca de Medellín. Programan conocimiento, producen diversidad. El espacio público es el esqueleto a la hora de crear ciudad, no es sólo que deba serlo, sino que lo es. El urbanismo que suscita depende de su manera de gestionarlo.

ILM: Porque un espacio público no es sólo un lugar de esparcimiento estético, un lugar donde contemplar un paisaje. En él se dan mercados, se celebran festividades, juegos, transacciones culturales o comerciales. La cuestión es atender también a ello u olvidarlo. En cualquier caso seguirá produciéndose, pero sin ninguna garantía.

TC: Exacto.

ILM: Los arquitectos, cada vez más, debido a su papel en la gestión de riesgo asumen un posicionamiento político y una responsabilidad dentro de la sociedad. ¿Podrías explicarme el tuyo?

TC: Muchas veces se me ha criticado hablar de política desde mi posición de arquitecto. Creo que mi posicionamiento tiene que ver con una noción de ciudadanía más que con una militancia a un partido.

Y repito esto porque, a mi parecer, los temas relacionados con “lo político” parecen haber degenerado un poco, parecen excluir otros intereses. Todos contribuimos a construir la ciudad, de una manera a otra, y hemos de aceptar nuestras responsabilidades. Además podemos actuar. A esto me refiero yo cuando hablo de mi posición política como ciudadano. Podemos concebir maneras de acción y de anticipar procedimientos. Al final tiene que ver con un sentido de actuación, de presencia, en las geografías del conflicto, en aquellos lugares donde se da una tensión excesiva. Es en esos puntos donde quiero poder producir nuevas prácticas y nuevas instituciones. Creo que en esos lugares sí podemos hablar de prácticas alternativas. Pienso que los arquitectos no sólo tienen que construir edificios. Porque, de hecho, no hacen sólo eso. Al elaborar un espacio, marcan también una ideología, una manera de relacionarse. Creo que, ahora mismo, lo más interesante no está en la construcción de edificios nuevos, sino en la reelaboración, en la creación de mapeos, en entender qué es lo que ha pasado, cómo operan los espacios vacíos y qué ha sucedido con las burbujas inmobiliarias. Estamos en un momento en el que es básico entender estas dinámicas, qué se ha producido. Y eso implica mezclar la práctica con la investigación, sin caer en el cliché de lo político, del adoctrinamiento y de la militancia restrictiva. Son maneras de operar alternativas.

ILM: ¿Crees entonces que los arquitectos deben potenciar o representar un rol militante? Es decir, ¿qué papel juega la reivindicación en tu trabajo?

TC: Sí, es que lo representan. Todo trabajo es militante de algo, de una idea, de una manera de entender las cosas. En algunos casos puedes elegir sus implicaciones. En otros no. De nuevo quiero decir que no me refiero a posicionamientos políticos panfletarios o de adoctrinamiento. No. A mí me gusta trabajar en tácticas de guerrilla, introducirme en las instituciones y entender la vivienda de una manera oficial. Comprender qué entienden por vivienda en el lugar donde se toman las decisiones. Y después tratar de introducir conceptos extraídos de los asentamientos informales, así como tratar de incluir estos asentamientos en las agendas oficiales.

ILM: ¿Crees que existe una cierta estetización y, por tanto, desactivación de conceptos como “lo precario”, “lo informal” o “lo no reglamentado”? Conceptos que, a veces, quedan unidos a nociones como “lo juvenil”, tal vez para indicar que no tienen capacidad de actuación o que están situados en lugares de utopía y de no realización.

TC: Totalmente. Lo no reglamentado, en vivienda y urbanismo, no es deseable.

ILM: De hecho, sólo beneficia al especulador.

TC: Sí. Ha habido, y todavía hay, una trivialización de estos temas a través de su estética y de una identificación con una moda. Es una pena. Parece haber una euforia por arquitecturas activistas que, muchas veces –conscientemente o no-, esconden actuaciones totalitarias y colonialistas, las mismas que trataban de derribar. Esto lo he hablado con Thomas Hirschhorn, alguien a quien admiro muchísimo. Creo que Hirschhorn ha entendido lo informal de una manera muy potente, al sugerir actuaciones dentro de comunidades, al realizar transacciones a través de instituciones y de territorios. No sólo crea una imagen, hay mucho más. En cualquier caso, creo que es un tema muy delicado. Yo mismo soy víctima de ello. Se me ataca de colonizador por no vivir ahí, en los slums [chabolas] de San Diego o de Tijuana. Dicen que romantizo la pobreza, por decir que esa estética -¡claro que sí!- es hermosa y desafiante. Creo, en cualquier caso, que es un riesgo que vale la pena correr. Pienso que, al menos, temas como lo informal o lo precario pasan a formar parte de la agenda de los asuntos importantes dentro de la arquitectura. Ya no puede eludirse. Y a partir de ahí podremos trabajar de otra manera. Es necesaria la autocrítica, del mismo modo en que es básico apreciar el valor iconográfico de las situaciones o de los resultados. Creo que se da una confrontación entre lo metafórico y lo operativo, entre lo iconográfico y el proceso, de manera innecesaria. Son términos que se complementan, pero muchas veces se queda en lo metafórico y lo iconográfico, y al hablar de pobreza, de precariedad y de informalidad, esto es un tanto peligroso.

ILM: En la entrevista ha salido el nombre de la Internacional Situacionista, y han aparecido conceptos que podrían rastrearse como propios de Guy Debord, Constant o Pinot-Gallizio, como el urbanismo informal o el arquitecto-ciudadano. También nociones como lo eventual o lo efímero, paradigmáticos de Archigram, Cedric Price o los Smtihson. O los mapeos, que podrían recordar a Buckminster Fuller. Todos ellos se inscriben en un marco cronológico que iría desde finales desde los cincuenta hasta mediados de los setenta del pasado siglo XX. A pesar de que hoy se dan multitud de voces que apuestan por la investigación y el riesgo, ¿crees que comparado con esta etapa la arquitectura y el urbanismo han perdido parte de su potencial propositivo y de experimentación en la construcción de la sociedad?

TC: Sí. Esto se enlaza con lo que hemos estado hablando hasta ahora y es fundamental volver a hacerlo. Es muy importante recuperar todas las teorías y el clima propositivo de aquel momento, porque hace poco oí decir a Peter Cook que Archigram no era poco más que una broma. Esto es horrible. Fue algo que me desilusionó mucho. No se puede caer en eso. Debemos recuperar todas esas nociones porque implican estructuras más complejas de entender la construcción del espacio a través de procesos relacionales desde el punto de vista de, por ejemplo, las nuevas redes sociales. Mi punto de referencia son esos movimientos que has citado, pero creo que en la actualidad estamos en otro momento, con otras implicaciones. Las organizaciones sociales, debido al impacto de las redes informáticas, tienen unas necesidades y unas estructuras diferentes, hay otra condición estructural en relación a la configuración social. Es un terreno muy fértil para poder imaginar arquitecturas que tienen menos que ver con lo emblemático de lo flexible o de lo evolutivo y más con crear espacios que den cabida a las nuevas formas de socialización. Creo que este es el momento de recuperar muchos de los presupuestos que has citado para pasarlos a otro nivel de operación. Por eso no entiendo las críticas que se pueden hacer a Rem Koolhaas. Es cierto que tiene actuaciones más que discutibles, especialmente todo lo relacionado con China y Dubai, pero no podemos olvidar sus análisis y lecturas infraestructurales, cómo entiende las propias relaciones sociales como material de trabajo. Creo que esto es fundamental, porque a veces se lee el trabajo de OMA [The Office for Metropolitan Architecture] sólo como una oficina que crea edificios icónicos. Su trabajo va más allá, es mucho más complejo. Y sí, esa es la actitud de Archigram, Constant o los Smithson, no dejar nunca fuera los procesos sociales novedosos y reales que se dan a nuestro alrededor. Veían en la realidad misma los procedimientos, los métodos de actuación. Los procesos eran el propio material del trabajo, no las imágenes. En cualquier caso, como también has apuntado, muchos equipos actuales trabajan con todo esto, y sus proyectos deberían gozar de una mayor visibilidad.

ILM: ¿Qué frontera te parece que va a determinar la agenda urbanística, arquitectónica y sociocultural durante la próxima década?

TC: Creo que la agenda de los próximos años estará copada por un triangulo de mucho conflicto definido por las fronteras geopolíticas, las comunidades marginales y los recursos naturales. La redefinición de las fronteras a partir de los recursos naturales es algo básico, ya lo vimos en la pugna de Ucrania por el gas natural o en las políticas del agua en diversos lugares del mundo, como en Tijuana-San Diego, sin ir más lejos. En mi oficina confeccionamos un “Ecuador Político” que es un diagrama que marca geográficamente diferentes fronteras: Tijuana-San Diego, Ceuta-Melilla-Marruecos, Israel-Palestina… que van dibujando un corredor de conflictos en el Paralelo Norte 28’32. Es increíble, porque justo debajo de ese Ecuador Político está el Ecuador Climático y es el lugar donde mayor cantidad de comunidades marginales y de pobreza existen. Y justo debajo se sitúan los mayores yacimientos de recursos naturales todavía no explotados. Por eso creo que la redefinición de las fronteras geopolíticas, las comunidades marginales y los recursos naturales forman un triángulo fundamental en el urbanismo contemporáneo. Es algo que Buckminster Fuller puso de relieve hace ya tiempo, al inventar su sistema de mapa y decir “empecemos el debate con documentar dónde y quiénes son las comunidades, los recursos y las fronteras”.


Enviado el 19 de Marzo. << Volver a la página principal << | delicious

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