« Ese vértigo de hacer listas en la vida, el arte y la literatura - Hugo Beccacece | >> Portada << | Podría nacer cierta metafísica crítica como una ciencia de los dispositivos (cap i) - Tiqqun »
Marzo 02, 2010
SOBRE ARCO 2010: O LA PERSISTENCIA DE LOS OCHENTA - Brumaria
Originalmente en BRUMARIA
Después de recorrer la última edición de ARCO, da la impresión de que España —el arte español— sigue anclada en los años ochenta. Ya no es sólo la banalidad relacional que parece dar continuidad a los aspectos más descorazonadoramente superficiales de la Movida. Ni la debilidad de un mercado eternamente adolescente. Lo que llama la atención es el provincianismo de una feria sin galerías internacionales de peso, en la que apenas pueden encontrarse propuestas de interés, y en torno a la cual, sin embargo, parece haberse despertado, una vez más, ese mismo “entusiasmo” acrítico con el que Brea definió nuestra década enferma. Entusiasmo impostado, si se quiere, menos ingenuo, tal vez, pero no por ello menos pernicioso. Las cifras de ventas —la inherente mendacidad del mercado impide conocer si se ajustan o no a la realidad— parecen haber contentado a casi todos. Y aún así, todos sabemos que el modelo —¿hay un “modelo ARCO”?— está definitivamente agotado, aunque la constatación de ello sirva para bien poco.
Este año, por aquello quizás del ambiente de recesión económica, parece ser el año en el cual la feria ha entrado en crisis —crisis de modelo, claro— y ello es insuficiente para conocer y saber qué subyace en su agotamiento. Creemos que la crisis de ARCO no es sino la señal más evidente de la crisis de la Institución Arte en España; institución que en treinta y cinco años no ha crecido, solamente ha engordado hasta la actual situación de obesidad estructural y funcional. El tratamiento que los medios de comunicación han dado a la edición recientemente clausurada es de una enorme banalidad e irresponsabilidad, comenzando por El País, en línea con los discursos que los agentes implicados han tratado de poner en circulación. Como hemos venido sosteniendo en anteriores entregas, ARCO es víctima de la evolución y reestructuración que el mundo del arte ha experimentado a partir de los años noventa; ha perdido su centralidad y sobredimensionamiento en beneficio de los museos, centros de arte e intermediarios; al tratarse de una feria de galerías ha encajado como buenamente podía la pérdida de estatus que las galerías de arte españolas han venido sufriendo en el mismo periodo; y no podía ni puede ser de otra manera. Si a ello se añade una coyuntura económica de altísimo riesgo asaetada por cuatro vectores envenenados —elevadísima y endémica tasa de paro, crisis en los activos financieros, endeudamiento de las administraciones públicas y previsible subida de los tipos de interés interbancarios— deberíamos concluir que la situación no está ni para los festejos de antaño ni para previsibles reformas desnortadas. Los más sensatos teóricos de la economía política llevan años sosteniendo que, en coyunturas de crisis y recesión, reformas las mínimas.
En todo caso, deberíamos preguntarnos si ese “modelo”, tanto el moribundo como el mesiánico que está por llegar, llegó a funcionar en algún momento. Durante cuánto tiempo, hasta qué punto y en qué periodos una feria sostenida en su mayor parte con dinero público ha conseguido cumplir sus objetivos. Pongamos, por ejemplo, fomentar el coleccionismo privado —no únicamente institucional o corporativo—, consolidar un tejido galerístico de calidad, proyectar la imagen del arte español fuera de nuestras fronteras, educar a un público —y sobre todo a unos medios de comunicación— que acude masivamente a la cita, entre otros. En un momento de grave crisis económica, varias instituciones —MUSAC, CGAC, MNCARS, etc.— se ven obligadas a reducir drásticamente sus compras y la feria —claro está— se resiente; hasta el punto que un grupo significativo y altamente adinerado de galeristas del país deciden no acudir. Cuando instituciones y corporaciones reducen drásticamente sus compras para hacer que las cuentas cuadren, brilla por su ausencia un coleccionismo privado ilustrado que es incapaz de tirar del carro. Primer objetivo: nunca conseguido. Queda claro que, a diferencia de otros contextos, en el caso español son las instituciones públicas —y no tanto el mercado— quienes marcan la tendencia a seguir. Las controvertidas declaraciones del director del MNCARS nos hacen pensar en esa dirección y constituyen un síntoma de la voz de quien se sabe protagonista en ese escenario (1).
Paseando por la feria, tras haber escuchado estas declaraciones, nos decíamos a nosotros mismos que Borja Villel debía ser el único director de museo que leía Brumaria —nos encontramos entonces con Juan Antonio Álvarez Reyes, recién nombrado director del CAAC de Sevilla, que asegura leernos fielmente. Ya son dos—. Decimos esto porque algunas de las opiniones vertidas por el director del MNCARS coinciden en gran medida —a buen seguro no comparte nuestras opiniones sobre las políticas culturales del PSOE— con los análisis que Brumaria publicó tiempo atrás (2). Ocurre que lo que entonces sosteníamos y seguimos sosteniendo, a saber, que ARCO está mortalmente pinzado por Frieze, Art Basel y Art Basel Miami en sus pretensiones de convertirse en referente del arte joven y/o emergente y del arte latinoamericano —algo a lo que toda la institución parece haberse agarrado— necesita ser analizado aunque sea someramente. Ese pinzamiento y esa pérdida de posibilidad de ambos mercados no se deben a la debilidad de la feria madrileña sino a la gran potencialidad que Londres, Basilea y Miami representan en el mercado internacional. ¿Se le puede pasar por la cabeza competir con la feria londinense a alguien mínimamente serio e informado? Londres, plaza por excelencia de los flujos de capital procedentes de la economía burbuja y los ex-países del Este, es también, y antes que ninguna otra, la ciudad laboratorio de los experimentos ultraliberales, amén del centro de operaciones de los YBA —querámoslo o no, el último gran proyecto construido del arte emergente en el mundo global—. Nuestra Institución —obesa, pesada, lenta, atontada, débilmente articulada y permanentemente engrasada con recursos procedentes de los fondos públicos— poco puede hacer en una carrera previamente perdida.
Respecto al tema latinoamericano, más de lo mismo pero aumentado de escala. Basilea (Suiza) es un lugar ideal para el dinero limpio, medio limpio, sucio o sucísimo. El salto de la feria de Basilea a Miami estaba cantado. ¿Dónde viven, pasean o coleccionan los grandes adinerados latinoamericanos? En Miami. ¿Por dónde pasan los capitales procedentes del narcotráfico y las actividades criminales y mafiosas latinoamericanas? Por Miami. Pues hágase una feria de prestigio para que se sientan cómodos y coleccionen. Y así es. A pesar de las buenas intenciones de las instituciones universitarias, museísticas y corporativas de Nueva York, Houston, Austin, Zurich y, en menor medida, Londres y Madrid, el boom del arte latinoamericano —víctima propiciatoria y autoconsentida del neocolonialismo Light— se teledirige desde Miami. Pretender que ARCO juegue en esa otra carrera algún papel es algo condenado al más absoluto fracaso, en particular cuando se ha dejado escapar la ocasión histórica de hacerse un espacio en la interlocución Europa-lationamérica.
De momento, la crítica sigue sin aprovechar la ocasión para ejercer su papel. Parece más cómodo dar la razón a Borja Villel, empeñado en rentabilizar cualquier hueco mediático para erigirse en el nuevo gurú de la crítica contrahegemónica —nunca autocrítica, claro está—, atendiendo al precio de los bocadillos (3), cantando las alabanzas de JustMadrid (4), comentando la amplitud de los pasillos y el desconcierto del público (5) y sin llegar nunca a mojarse en aquellos asuntos que afectan a la entrada de dinero público y subvenciones. Nadie ha dicho o publicado una palabra sobre los pésimos y patéticos programas de “comisariado” en la edición de este año. ¿No son capaces los galeristas de construir una feria sin ingerencias externas, máxime cuando las propuestas externas son conceptual y materialmente de una bajísima calidad? Pues no, parece ser que no se dan por enterados. Y en esas estamos cuando aparecen los representantes de la Comunidad de Madrid —una comunidad gobernada por aventureros ultraliberales— tratando de incorporar a medioanticuarios a la feria para contribuir al “crecimiento económico” al precio que sea. A lo mejor por ahí va el nuevo modelo.
En la, por otra parte, grave crisis de demanda parece cuanto menos contraproducente multiplicar la oferta, como si ésta fuese a aportar algo nuevo —una solución, una salida, una bocanada de aire fresco a un mercado opaco, oscuro y tan obsceno como necesario—. Parece pues urgente llamar la atención sobre la actitud un tanto irresponsable que han demostrado los agentes en esta crisis —IFEMA, galeristas, Ayuntamiento y Comunidad de Madrid— atomizando con pequeñas ferias la oferta de un sector que, en teoría, debería estar sufriendo la explosión de la burbuja inmobiliaria.
En suma, y con toda probabilidad, ARCO ha dado de sí todo cuanto podía dar. Sus responsables harían bien en reflexionar seriamente acerca de su futuro, con realismo y sin falsas expectativas. Causa estupor oír las recientes declaraciones de un galerista que confesaba haberse formado en ARCO. Aceptar esto sin empacho y decirlo públicamente puede darnos una idea exacta de hasta qué punto una feria puede ser capaz de producir monstruos. El planteamiento, que podría avergonzar a un profesional en cualquier otro contexto, se presenta aquí en positivo, como haciendo de la necesidad virtud. En plena época de bienalización de las ferias y ferialización de las bienales, la pretensión de seguir con el proyecto de una actividad mercantil de primera línea internacional desde el seno de una institución claramente importadora y deficitaria es una quimera y, por ende, una absoluta frivolidad. Si algo ha aportado ARCO como modelo en su casi treinta años de existencia ha sido la masiva asistencia de público —algo que las instituciones museísticas y universitarias deberían haber equilibrado con una labor propia— y sus programas de cursos y conferencias —en franca decadencia, semivacíos—. Es decir, ha aportado rellenos extemporáneos a huecos estructurales saliéndose de sus estrictas competencias: comprar y vender obras de arte. Este crecimiento desigual y compensatorio, que fue saludado a falta de otra cosa durante mucho tiempo, no puede sostenerse en el tiempo y tiende a reescalarse ante la aparición de nuevas instancias. Sin embargo, la falta de perspectiva sobre la función de los agentes en el contexto artístico español sigue permitiendo la aparición de figuras e instituciones en las que conviven funciones incompatibles. Ese ambiente de precariedad que hay que completar consiente y anima a promiscuidades varias entre los ámbitos de la gestión, la exhibición, la crítica y el coleccionismo. Esta inercia hacia la relajación de los espacios de responsabilidad y de competencia se constituye en la verdadera seña de identidad del caso español. Cabría preguntarse quiénes están ahora ocupando los espacios que deja libres ARCO en su retirada. ¿Se ha convertido quizá la feria en el objeto de un debate que oculta otras nuevas hegemonías?
Su futuro depende no sólo de su capacidad para regenerarse y acoplarse a las fluctuaciones del mercado local y global, sino a la urgente y apremiante necesidad de cambios profundos en el seno de la Institución Arte. Eso es lo realmente importante y, sin duda, improbable. Es sorprendente, por decirlo de una forma suave, que el único debate con visibilidad en el mundo del arte español en el último año haya sido “la crisis de ARCO”. Las organizaciones corporativas y sectoriales, en primer lugar, seguidas de las administraciones públicas, se mueven en un consenso no hablado y no escrito, cuyo producto es Silencio —todos a dormir, mañana será otro día—. Nosotros no somos los del cine, los del canon, los pedigüeños de cualquier condición. NO, nosotros somos gente de orden, divertida, moderna, siempre dispuestos a recibir aunque sea de rodillas el dinero de quien lo quiera invertir en ese espacio corporativo y autosatisfecho que llamamos “arte español”.
Notas
(1) “ARCO perdió el tren de Latinoamérica, en un momento fue referencia para el arte latinoamericano, que es potentísimo, ahora ya no lo es, ahora lo es la feria Miami Art Basel; ARCO fue una referencia para el arte joven, ahora empieza a no serlo o no lo es, porque está Frieze u otras ferias”. “ […] es el momento de sentarse y volver a lo básico. Y lo básico no es vender metros cuadrados. Esto es lo equivalente a la cultura del ladrillo, y de algún modo en IFEMA hay esta idea de que lo importante es cuantos más stands vendas, cuantas más galerías haya, es mejor, y no es cierto. Lo que importa en una feria de arte es el arte, y si el arte es malo, la feria no tiene sentido”. “ […] ARCO tiene la posibilidad de repensarse, puede no ser una feria ligada a un mercado provinciano sino un verdadero lugar de intercambio”.
(2) “The Frieze Art Fair (cuando las arcas públicas financian los negocios privados)”, Documento Brumaria 149, http://www.brumaria.net/documentos/149.htm; “La feria, según la cuentan. Comunicado Brumaria desde ARCO 06”, Documento Brumaria 170, http://www.brumaria.net/documentos/170.htm.
(3) David G. Torres, “ARCO y la alopecia”, A-Desk, http://www.a-desk.org/spip/spip.php?article485.
(4) Motse Badia, “JustMAD”, A-Desk, http://www.a-desk.org/spip/spip.php?article479.
(5) Laura Revuelta, “ARCO 10 mola”, ABCD, http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=13788&num=937&sec=31
Enviado el 02 de Marzo. << Volver a la página principal << |
