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Abril 06, 2010

Alteroscopio (quinta parte) - Daniel González Dueñas

Originalmente en textos, imágenes, resonancias

www.cubaliteraria.JPG Se atribuye a Einstein una sentencia precisa: “Sólo hay dos maneras de vivir. Una es como si nada fuera un milagro. La otra es como si todo lo fuera”. Aquella inicial manera es típica del racionalismo occidental (la ciencia lo explica todo, y lo que no explica queda englobado en los “misterios de la ciencia”, y nunca en el misterio sin más); la segunda manera equivale al mundo mismo, apenas uno logra deshacerse de las anteojeras racionales. Por la época en que había creído que las revelaciones de esta investigación habían terminado, el azar, siempre creativo y egregio colaborador, me puso ante los ojos una imagen ante la que habría pasado de largo si no hubiera tenido los ojos entrenados por los hallazgos que he narrado hasta este punto. Si el propio alteroscopio no me hubiera puesto en un determinado camino, sólo habría sido para mí una más entre los millones de imágenes que acumula Internet, encarnación del inconsciente colectivo. Esta es la imagen:

[la que vemos]

En ella puede verse a un niño en un entorno árido y deslavado. Su atuendo resulta vagamente militar —¿explorador, boy scout?—: botas, pantalón de montar, chaleco con grandes bolsas, ancho cinturón de campaña, una cantimplora, en la mano derecha una vara que podría ser una fusta. El brazo izquierdo se ve sólo hasta el codo: el modelo parece tener esa mano tras la espalda. El rostro está parcialmente oculto; no puede apreciarse con certeza si sus ojos miran a quien toma la foto o si están dirigidos hacia el extraño aparato ante el cual posa, sostenido por un tripié, y que sólo puede ser descrito como un alteroscopio.

La magnitud de este hallazgo no hizo sino acrecentarse hasta el infinito cuando busqué el pie de la misteriosa foto. Ahí se develaba escuetamente el año en que había sido tomada, 1914, y la identidad de ese niño: no es otro que José Lezama Lima, el inmenso autor de Paradiso, a los cuatro años de edad.

La imagen puede verse en esta página, entre otras de la vida de Lezama —de quien, en otra bella simetría, se celebra el centenario de su nacimiento.

El año indicado concuerda con los elementos que aparecen en esa imagen: es la época en que el padre del poeta, José María Lezama y Rodda, había sido nombrado director de la Academia Militar del Morro en Cuba, y la familia se había establecido en la Fortaleza de la Cabaña. Una vez más aparecen los referentes castrenses: Joseíto —tal como Lezama era conocido en la infancia— posa ante un telémetro de campaña, pero qué diferente es éste de los otros que aparecieron en la búsqueda: parece un modelo aerodinámico, o incluso una escultura expresionista, menos un instrumento de guerra (el telémetro fue perfeccionado en la segunda guerra mundial, pero existía ya en 1914, año de la primera guerra) que un juguete imaginativo y hasta lezamiano, como si en la imagen hubiera sido objetivizado el modo en que el futuro autor de Paradiso contemplaría a un simple objeto de utilidad bélica, transformándolo en otra cosa —o bien profundizando en las apariencias para llegar al núcleo; y en el núcleo de todo objeto, sea cual sea su “utilidad práctica”, late el misterio.

El propio Lezama, en una célebre entrevista conducida por Salvador Bueno, había hablado de los encuentros “casuales” en la escritura de Paradiso: “En los últimos tiempos he repetido la frase azar concurrente. En mi novela los enlaces familiares se apoyan en ese azar que sin concluir esclarece”. Para mí, la foto del infante Lezama apareció en el momento exacto, fruto de un azar concurrente, de una direccionalidad que sin concluir esclarece.

No hay conclusión, sino esclarecimiento, en esa fotografía en la que José Lezama Lima está contemplando el mundo desde un alteroscopio. Y eso debe subrayarse: lo que hay aquí es la imagen de un Lezama niño que contempla el mundo de una manera especial, es decir, concurrente. Esta fotografía portentosa no parece prefigurar sino lo que más tarde obsesionará al poeta: lo que él habrá de llamar imago.

El hallazgo consiste en una imagen en la que un niño contempla una imagen que ya desde entonces lo obsesiona. Esa difusa y remota fotografía, a la vez tan clara e inmediata, explica (en el sentido lezamiano) su concepto más famoso: “La imagen es la realidad del mundo invisible”.

¿Quién vio al poeta mirando a través del alteroscopio y qué vio el poeta? Quizás más tarde lo mirado llegará a la mirada de Paradiso (1966), en donde Lezama hace una categorización esencial: lo invisible es lo opuesto de lo irreal. La diametral diferencia estriba en que lo invisible tiene una “pesada gravitación”, mientras que lo irreal “tiende más bien a levitar”. Y en aquella entrevista confirma: “Yo no distingo entre lo real y lo irreal, lo visible y lo invisible; la expansión de las capas concéntricas entre lo telúrico y lo estelar ofrece un continuo, un cosmos infinitamente relacionable. [...] Por la contemplación de lo estelar, el hombre penetra por la mirada en el espacio gnóstico o creador, en una dimensión más profunda [...]. En mí el Eros de la lejanía se encarna en el Eros del conocimiento”.

Esto se liga con ciertas palabras de “Pascal y la poesía” (Tratados en La Habana, 1958): “Toda materia tocada despide como un fulgor, su herida de costado, por la que se ve y penetra”. Ahí mismo dirá: “La poesía es el único hecho o categoría de la sensibilidad en donde no es posible la antítesis”. Y en otra parte: “Apesadumbrado fantasma de nadas conjeturales, el nacido dentro de la poesía siente el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Su testimonio del no ser, su testigo del acto inocente de nacer, va saltando de la barca a una concepción del mundo como imagen. La imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la última de las historias posibles” (“Las imágenes posibles”, en Imagen y posibilidad).

Sin duda en la antítesis se basa la economía del rostro, que por algo divide la visión en dos ojos y separa a ambos de acuerdo con la proporción dorada que sostiene al mundo; de ahí que romper tal simetría sagrada, acrecentar la distancia y alejar la visión de un ojo respecto del otro, es un hecho de arte: arrastrarlos a donde únicamente la poesía permite no sólo que se extinga la antítesis entre el ojo derecho y el izquierdo, sino que ya no sea posible separar y contraponer. En vez de inmovilizarse uno al otro, los ojos separados vuelven por fin a la imagen primera: “en la hipóstasis”, dice Lezama, “los sentidos se transfiguran, necesario esplendor para la irrupción de la gracia”.

¿Recuperación de la gracia? ¿Necesidad de recobrar aquella mirada sin antítesis que se poseía en la infancia? “La niñez, con su simultaneidad y su desdén innato de la causalidad”, dice Lezama en aquella entrevista, y sobre todo: “Me fue concedido saber que la niñez era un estado repetible por instantes, por eso decidía prolongarla, hacer poesía. Más viejo significa más sabio; más sabios que somos, más niños. Viejo sabio niño era el nombre de Lao Tse”.

La mirada sin antítesis que se poseía en la infancia es poesía. El método es claro a través de la aliteración (aquí entendida como anagramación). Y la aliteración es alteración. El alteroscopio es también un aliteroscopio.

La alteración que aguarda al final de la metáfora del alteroscopio se encuentra magníficamente expresada en un poema de Novalis que concuerda de manera profunda con la imago concurrente de Lezama y que Michael Ende —otro entrañable Viejo sabio niño— cita en su declaración de principios (“Reflexiones de un salvaje”, incluido en Carpeta de apuntes, 1996):


Cuando cifras y figuras
ya no sean la clave exacta de todas las criaturas,
cuando aquellos que cantan y besan
sepan más que los sabios de honda ciencia,
cuando el mundo regrese al mundo
y otra vez, dentro de él, la vida vibre,
cuando se unan luz y sombra
en verdadera claridad,
y en cuentos de hadas y poemas se descubra
la verdadera Historia del mundo,
entonces, al sonar la voz secreta,
volando se irá todo el ser alterado.

Enviado el 06 de Abril. << Volver a la página principal << | delicious

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