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Abril 02, 2010
La risa atroz de Samuel Beckett - Juan Ignacio García Garzón
Originalmente en ABC.abcd
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«Nada es más divertido que la desdicha», asegura Nell, uno de los cuatro personajes que Samuel Beckett (1906-1989) reúne en el espacio claustrofóbico donde transcurre Fin de partida. Esa frase resume alguna de las claves de esta pieza de 1957, que Harold Bloom considera la obra maestra del escritor irlandés. Para su puesta en escena en el Teatro de la Abadía de Madrid se han confabulado los talentos del respetado director polaco Krystian Lupa y del gran actor español José Luis Gómez.
A comienzos de esta temporada, en la que La Abadía celebra sus quince años de singladura escénica, Gómez explicaba a ABCD la génesis del proyecto: «Tengo una gran admiración por Krystian Lupa como uno de los grandes creadores postBrook, que ha generado a su vez una pléyade de discípulos extraordinarios. Esa admiración me llevó a hablar con él, y del fértil contacto personal surgió la posibilidad de hacer algo juntos. Me propuso hacer algún título de Thomas Bernhard, y yo le dije que prefería un Beckett. Ninguno de los dos lo hemos hecho antes y él me preguntó que por qué quería hacerlo. Le contesté que porque me parece esencial, el siglo XX no se entendería sin Samuel Beckett. Y aceptó. Este proyecto es producto de una gran empatía, a Lupa le gusta esta casa y este formato de teatro. Él está vinculado al Stary de Cracovia, es la figura de peso pero no es el director, trabaja en la sala B, huyendo de los micrófonos, quiere que la voz humana llegue naturalmente. Así que me parece maravilloso que Lupa nos visite para montar en castellano un Beckett con actores españoles».
Sordo resentimiento
Además del director del abacial espacio, que interpreta al ciego e inválido Hamm, intervienen en el montaje -cuyo texto ha traducido Ana María Moix- Susi Sánchez como Clov, su sirviente, y Lola Cordón y Ramón Pons en los papeles de Nagg y Nell, padres de Hamm, dos ancianos sin piernas que viven en sendos cubos de basura. El propio Lupa ha diseñado la escenografía, el vestuario corre a cargo de Piotr Skiba y la música es de Pawel Szymanski.
Beckett sitúa Fin de partida en una casita junto al mar, aunque por lo que los personajes hablan puede pensarse que fuera del recinto no hay ni mar ni sol, ni tal vez nada. Hamm, el ciego que no puede incorporarse, y Clov, el criado que no puede sentarse, son los antagonistas de una trama repetitiva, cargada de sordo resentimiento y humor descarnado.
Rutina corrosiva
Los dos se necesitan, y en esa inquietante dependencia mutua viven una rutina corrosiva, interrumpida de vez en cuando por las voces de Nagg y Nell, que discuten con atolondramiento o solicitan algo que comer.
Lupa identifica a ese Hamm que da órdenes de forma incansable e inclemente a Clov con el yo, «pero no sólo el yo de Beckett, del lector o del que está escribiendo ahora, mientras descubre con fascinación y espanto los sucesivos espacios del texto beckettiano, no sólo el yo de José Luis Gómez -que esta vez encarna al personaje del ciego- ni el yo del espectador, y así sucesivamente, sino un yo universal: un ente que tiene la oportunidad de ser persona y habitante tan absurdamente central del mundo». De esta forma, escribe el director, «es el yo, mi infantil y vengativa imaginación, quien tira al padre y a la madre a la basura... A quien llamo mi hijo le tengo atado a mi sufrimiento, le he convertido en un abúlico criado de mi propia invalidez. Todo esto ocurrió fuera de mí, por inercia, en un presente interminable».
En la genealogía de la extraña pareja protagonista de esta obra, a la que la que suele adjuntarse la etiqueta de teatro del absurdo sagazmente acuñada en su momento por Martin Esslin, se descubren perfiles del despótico rey Lear y el paciente Job, ecos shakespearianos y bíblicos en una historia desasosegante, angustiosa.
Voraz fascinación
Y también, qué quieren que les diga, divertida según opinión del propio Samuel Beckett, quien, dirigiéndose a los intérpretes que en uno de sus montajes encarnaban a Hamm y Clov, les indicaba: «Debemos arrancar tantas carcajadas como sea posible con esta cosa atroz». De ahí esa pátina de humor feroz, latente como un diapasón oscuro en el teatro de este irlandés que escribía en francés huyendo del involuntario automatismo que conlleva la lengua materna y buscando la simplificación en el extrañamiento de la lengua ajena.
Y es que, como escribió Peter Brook sobre la risa de Beckett en su ensayo "El espacio vacío", si pensamos que es un autor pesimista nos habremos dejado atrapar por su voraz fascinación y convertido en personajes de alguna de sus obras.
Enviado el 02 de Abril. << Volver a la página principal << |
