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Mayo 02, 2010

¿Le gusta este jardín que es suyo? No deje que sus hijos lo destruyan - Mario Bellatin

jardinsuyo.jpgDurante ciertas noches, sobre todo aquellas en las que el asma –o más bien los efectos secundarios producidos por los medicamentos para atenuarla- me dejan en un estado que no podría calificar como de dormido ni despierto, pasan por mi cabeza una serie de escenas y pensamientos que la mayoría de las veces llegan a límites difíciles de describir. Creo que algo semejante le sucede a la mayor parte de personas. Incluso lo deben experimentar algunos animales en la soledad de los gallineros o caballerizas. A mí me consta que les acontece a los perros que acostumbran dormir en mi habitación. A veces los veo, en medio de la noche, mirando hacia un punto indeterminado y advierto cómo de pronto mueven algún músculo en forma compulsiva. Estoy más que seguro de que en esos instantes están viviendo escenas que transcurren en otra realidad. Sería más que redundante nombrar los efectos que estos trances suelen producirnos. Sin embargo, en cierta ocasión experimenté uno de esos momentos de manera distinta a la habitual. Sus rasgos escaparon al modo característico como acostumbran aparecer este tipo de situaciones. Mientras yo me hallaba tendido en la cama noté que Mario Bellatin se encontraba sentado en uno de los bordes. Desde el primer momento advertí que me hablaba sin cesar. Era como si yo sólo me hubiera dado cuenta de su presencia ya en medio de una conversación comenzada desde tiempo atrás. Repetía palabras una encima de la otra. Pasé muchas horas observándolo. Incluso amaneció, oscureció de nuevo, y aquel cuerpo continuó allí presente.Al principio pensé que ver a tal personaje sentado en mi cama podía tratarse de un efecto producido por alguna sustancia que hubiera podido ingerir, o de un estado alterado de conciencia. Poco a poco, mientras lo escuchaba y empezaba a entender lo que de alguna manera Mario Bellatin deseaba expresar, fui comprendiendo que esa presencia era una suerte de obsequio que me otorgaba eso que se conoce como el más allá. Estuve delante de un Mario Bellatin bastante anciano, como si hubiera seguido viviendo después de su muerte.

Mostraba a los lados de la cabeza largos mechones de pelo y las uñas de su mano izquierda eran largas y amarillentas. Las primeras palabras de las cuales capté el sentido fueron las que se refirieron a haber detectado, casi desde los orígenes de su oficio, a una necesidad constante de escribir sin escribir. Es decir, una urgencia por resaltar los vacíos, las omisiones, antes que las presencias. Quizá por eso buscó desde sus primeras obras –las que era posible apreciar en esos momentos- redactarlas sin utilizar las estructuras narrativas en el sentido tradicional, sino como un simple recurso para ejercer, de manera un tanto hueca, el mecanismo de la creación. Tal vez por ese motivo copió sin cesar, sobre todo cuando era niño, los textos que aparecían en los frascos de alimentos o de medicina que se encontraban en su casa. También fragmentos de libros de otros autores. Se dedicó durante algún tiempo sólo al trabajo de transcripción, ejercicio que separa muchas veces a la escritura de su supuesta función original: la de transmitir ideas. Mario Bellatin, a pesar de lo estupefacto como me mostré al verlo con vida sentado allí, pareció no advertir mi reacción y siguió sin más con su discurso. Dijo que muchas veces había constatado, a veces con terror, el carácter profético de algunas de sus obras. Señaló que se había visto envuelto, quince o veinte años después de haberlas escrito, en situaciones similares a las que aparecían en la ficción. Puso como ejemplo una obra en particular: Salón de Belleza. Recordó que poco después de haberse realizado el montaje teatral de aquel libro la enfermedad que lo llevó a la muerte, la misma que supuestamente se retrata en la ficción, apareció en su cuerpo con una fuerza arrasadora. Como me lo dijo poco antes había decidido, al momento de entregar la obra, no tener la mínima participación en la puesta en escena. Confió el libro a aquel director con el fin de que obtuviera un resultado propio. Tal vez sea por esa razón, por no haber estado presente en los ensayos, que el día del estreno Mario Bellatin cayó en una suerte de éxtasis. Todo fue sorpresa. Constató entonces algo fundamental: que nunca antes había podido leerse a sí mismo. En la puesta en escena el texto había sido respetado en su integridad, pero al ser colocado en movimiento fue modificado en su estructura de manera radical. Por esa razón Mario Bellatin no contó en esas circunstancias con la retórica que utilizó para construir en su momento el libro. Carecía de la estructura capaz de salvarlo del embate que le causó apreciar, en su verdadera dimensión, los trazos que había ejecutado años antes. Desde el inicio de la función lo tomó una suerte de estado hipnótico mientras comenzó a sentir, de manera literal, sus propias palabras ingresando sorpresivamente por sus oídos. ¿Qué clase de espanto ha sido capaz de elaborar una obra semejante?, me dijo que reflexionó antes de quedar paralizado. Sin embargo, en el aparente universo abyecto que se representaba en escena, Mario Bellatin creyó descubrir lo que pensó podía ser el origen de su escritura. Apareció ante sus ojos lo que siempre había considerado como la realidad verdadera. Lo que iba sucediendo en el espacio escénico transcurría dentro de una luminosidad y trascendencia de la que carecía la vida de todos los días. Advirtió entonces que quizá una de las razones que lo habían llevado a la escritura era precisamente la construcción de un mundo al cual debía pertenecer para lograr la existencia plena. Daba la impresión de que mientras más sórdido fuera lo representado, la realidad que lo atravesaba brillara de una manera más intensa. Mario Bellatin creyó advertir entonces, según dijo, que el mecanismo que sustentaba su escritura había consistido quizá en colocar un universo terrible por delante como una suerte de protección contra lo que ese mismo mundo iba estableciendo. La existencia de ese recurso se le hizo evidente en otra de las representaciones teatrales que hicieron de su obra. Ocurrió cuando se llevó a escena el libro La Escuela del dolor humano de Sechuán, que dirigió un director taiwanés, donde el tema trataba precisamente de las formas de sacar provecho al dolor humano. Mario Bellatin escribió en ese libro que la presencia del dolor era un instante y su permanencia sólo su representación. Cuando terminó la función de estreno de Salón de belleza –y obedeciendo quizá al carácter profético que estaba ya seguro las manifestaciones artísticas traían consigo- Mario Bellatin corrió detrás de bambalinas y se apoderó de su propio personaje: del peluquero aparecido en escena. Se lo llevó después consigo a su casa. Me dijo que el proceso posterior que se estableció entre los dos fue lento y doloroso. Al actor le llevó algunas semanas despojarse de su personaje parar ser de nuevo él mismo. Antes de partir, aquel individuo inoculó en el cuerpo de Mario Bellatin el mal físico, la enfermedad, que precisamente es el tema a partir del cual se establecen los sucesos en la obra representada. El autor fue contagiado por su propia creación, de una dolencia incurable. De un mal que, además, no parecía extinguirse nunca, no acabar verdaderamente con su vida pues allí, sentado en el borde de mi cama podía seguir viéndolo y escuchándolo hablar de las cosas que siguió realizando después de muerto. Según lo que escuché, el mecanismo por el que pasó el libro Salón de belleza, desde su proceso inicial de creación hasta que se vio representado en la sangre de Mario Bellatin, fue casi perfecto. La profecía presente en toda creación se cumplió de manera precisa. Desde entonces Mario Bellatin fue descubriendo, cada vez con mayor frecuencia, y sobre todo ahora que era un ser casi sin vida, que la realidad era sólo un pálido reflejo de cualquier acto de creación. Lo que más parecía impresionarlo era que cada vez estaba más convencido de que determinado tipo de construcción artística –aquella que suele originarse en la intuición y hace uso sólo de recursos propios para ser llevada a cabo- tras levantar fronteras estructurales para realizar las obras, creando muchas veces sistemas que nos permiten entender el mundo como maquinarias antes que como procesos, motiva que en cierto punto se advierta que no existe límite alguno. Mario Bellatin señaló que a partir de aquello se abren realmente todas las posibilidades de lo real y de lo irreal, de la mentira y de la verdad. Ante esa evidencia no le quedó otro recurso que el de cobijarse bajo un orden trascendente. El mismo Mario Bellatin aseguró que esa instancia se encontraba cercana a la experiencia mística por medio de la cual, después de una serie de privaciones y luchas emprendidas contra la libertad individual, se halla de manera intempestiva algo semejante al infinito.

Enviado el 02 de Mayo. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

A MI PASA LO MISMO ENSOÑACIONES ETC, tambien tomo medicacion para el asma, y mi perro mueve las patas como si corriera en medio de la noche, pero simplemente pienso que todavia mi mente intenta ponerce en funcionamiento para abordar el dia.


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