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Junio 27, 2010

El pensamiento libre - José Luis Brea

eliasson_takeyourtime.jpgDespersonalizar, despsicologizar de una maldita vez el saber, su producción, la forma de su territorialidad, la presuposición de su organicidad y pertenencia a la circunscripción de la biología pura, nuda. No hay tal, y toda inteligencia es juego de artificio. No hay otra vida para lo psíquico que esa instrumentalizad de los aparatos (abstractos, pero efectivos). No hay inteligencia sino artificial, y lo que llamamos vida psíquica es la travesía que un ciclo de producción retroalimentado efectúa negociando la producción innovadora de formaciones de discurso, y el modo en que ellas se encastran en alineaciones, dispositivos, objetos, operadores de producción de mundo que a su vez se constituyen en los mismo generadores del sentido –a cuya pasión por otro lado invencible siempre responden.

Así, todo el movimiento del pensamiento es siempre un vaivén, una oscilación ultrarrápida y apenas perceptible entre el momento genésico y la cristalización en un sistema-mundo instantáneo que, a su vez, se vuelve la condición misma de esa productividad que los viene generando. Claro que aquí hay una vida historizable –casi una historia natural del pensamiento- que relaciona la potencia del producir sentido, concepto -la vida de lo mental- con la producción de los objetos del mundo, pero lo esencial de este flujo de innovación y cristalización de los momentos de fábrica en constelaciones aurales de dispositivos –biopsíquicos- no es tanto ya su regulación bajo órdenes de sincronía, su presunta historicidad –ese juego de apertura de la forma de su presente entre un memorar la cristalización espesada de su pasado inmediato con la prefiguracuión virtual de su proyección indecidida, futura, como innovación de algo que aún no estaba. Sino fundamentalmente el orden y el espacio socioinstrumental en que todo ese vaivén- oscilación se da: que no es otro que el espacio de lo técnico.

Es entonces de una inteligencia técnica –una inteligencia-artificio, pero nunca ha habido otra, todo saber es el producir de los artilugios que él mismo ha venido activamente generando, y la secuencia de sus sedimentaciones y entropías- de lo que hablamos. Este es el reto por excelencia de nuestro tiempo, reconocer un desplazamiento de los dispositivos de saber a su juego y movimiento, a esa eficiencia exenta y potenciada de los dispositivos técnicos. Todo lo que hoy podemos llamar conocimiento es de este orden, juega en esta mesa de apuestas. Fin por tanto de esa voluntad de narrativizar la aventura del espíritu como trazado de concavidades: hacia atrás, hacia lo profundo, hacia lo anterior, hacia lo que ya fue –de un sujeto y su memoria. Fin, sí, de toda la teología esencialista de las almas y sus fantasmas-sujeto

Aquí memoria es tan sólo pura dispersión y solapamiento de suscesos, un oscilar entre la distancia y el roce, trazos en planicies –fogonazos, momentos de sinapsis, relampagueos magnéticos- que describen indistintamente escenarios de sincronía o sintopía –pero siempre entre sucesos tan alejados entre sí como queramos imaginar. Galaxias sin centro ni origen, el plano de este modo de ser de la memoria es una superficie sin límite –y con todas las conexiones entre los puntos pensadas como posibles, como equiprobables, como equidistantes incluso. El centro está en todas partes porque todo es periferia, exterioridad pura: y nada arraiga hacia lo profundo, hacia el arqué, el big bang, o cualquier otra singularidad tensionada que en su opacidad mistérica quisiéramos reponer –jugando todavía a cambiarle los nombres a dios, negrura vacía, usura del ser / para la nada.

En esta diseminación matricial, los recorridos no hacen línea ni orden, sino que fugan multidireccionales en un fragor de secuencias posibles, cursivas, en rizoma. Todo se cruza con todo y cada roce deja sonar su canto: de él surge el sentido como esa mera caricia-chispa de lo encontrado con lo encontrado. No, aquí no hay logocentrismo ni memoria, no hay la regencia de una palabra madre sobre la serie mnemotécnica por ella administrada –en su regular el parecido.

No, aquí la diferencia choca sólo con la diferencia y escucha la producción de secuencias que de ello se sigue: conocer es aquí cualquier cosa menos rememorar, retraer, repetir: es dar flujo y curso y deriva a una cascada de enunciaciones imprevistas, imprevisibles, nuevas en el ser, poéticas.

Sí: ésta es la narrativa promisoria que el instalarse de los dispositivos de la tecnología en el campo del conocimiento –y debemos aprender de una vez a relacionarnos con las imágenes como operadores de su índole- acabarán por brindarnos, acaso como primer microrrelato maestro de una episteme aún porvenir. La de un modo de conocer que nunca antes habíamos ni sospechado, no por asimilación sino por deriva, no por resonancia y eco, sino por desinencia –por disonancia- átona, por vibración de ámbito, de copertenencia (a un plano de consistencia instantáneo, provisorio) a un espacio hologramado, totalizado –por la instantaneidad de un pulso que toca, fulguración, la totalidad de sus puntos posibles.

Aquí el concepto es esa rozadura gramatológica de los signos-materia que en su perfecta mudez absoluta ecualizan nuestra capacidad de escuchar el sentido como puro rumor desecado, tensión de incontenida pasión de ser que surca e inventa lo psíquico –justamente allí donde él se sabe siempre en falta, siempre insuficientemente prometido y puesto, siempre atraída en suplemento –como generosa dación posterizada al trabajo de lectura (ése siempre por hacer, siempre alucinatorio).

Y toda voluntad de trazar una epistemología interpretativa de rigor sobre este macroescenario habrá de apuntar primero, y acaso único, al reconocimiento de esas movilidades fulgurantes que en horizontal aproximan lo distinto a lo distinto –bajo el signo de la copertenencia instante-sistémica a un orden de totalidades siempre en suspenso. Lo que se dice –bien dicho- se dice por respecto a ese juego –antisimétrico, antropología enfrentada a su espejo negro- de casi azarosa coincidencia bajo el cielo protector de una unanimidad signada –como espacio total de posibilidades, universo de discurso eventual, incluso dado …

Ahora y allí el espíritu avanza como guía ciega y muda, materialidad absoluta, certera fuerza de producción que va dejando atrás corporaciones imprecisas –cuerpo, documento, archivo, socialidades truncadas y truculenta apocadas en iglesias, razas, etnias, naciones o estados, formaciones de identidad cristalizadas … para aposentarse en el puro territorio de la virtualidad logical, teatrología abstracta de los signos-aparato lábiles, fungibles, movedizos.

Aerolitos imparables que continúan sus curvas de viaje desde el núcleo más oscuro de la materia muda hasta cada flujo sutil de puras temperaturas, envíos infradelgados de pensamiento libre …

Enviado el 27 de Junio. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

¿De qué lado del cero está el universo? Macedonio Fernández


Conocer. No dar por sentado que el que rememora es el mismo, o que es el mismo artificio técnico - el procedimiento, no el aparato- el que repite o, en este caso, contempla de nuevo una imagen para ver lo que no había visto y que, como a San Agustín, cuando recuerda el olvido, se le presentan la memoria y el olvido; la memoria por medio de la cual recuerda y el olvido que recuerda. Lo demás, lo que fue, no es pero procede, actua por tecnología mnemónica de las células, de la que el alma es el eco del dolor de su puesta en fuga.


pues si,
pero a veces tengo una nostalgia tonta de un sentido que cristalice y dure un instante más que una deriva juguetona. la entropía es excitante, pero la energía podría que hacer chup-chup y ser materia de vez en cuando.


Chup chup? Qué recuerdos...

http://www.youtube.com/watch?v=V7_u5sPF6QI


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