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Junio 20, 2010
Hardcore my heart - Eloy Fernández Porta
Habiendo sido adolescente a finales de los ochenta, y teniendo, por carácter ansioso y convicción política, una decidida querencia por el sonido rudo y la agresión sonora, entre mis trece y mis quince años fui pasando del rock radical vasco al hardcore sin saber gran cosa sobre punk. Un crítico musical diría, con toda razón, que en ese itinerario me faltó un episodio básico de la formación estética, pues malamente puede entenderse la importancia de un grupo como, digamos, los Circle Jerks, sin haber escuchado antes a los Clash. Pero, bien lo saben los aficionados a los sonidos ásperos, en ese área del mundo musical, y en esa etapa de la vida, las palabras "entender" y "formarse" no significan nada -y en cuanto a la estética, en fin, no había más que verme la jeta. Esos términos pertenecen al mundo institucional y pedagógico, que para un quinceañero es el enemigo a batir: el referente negativo contra el cual se levantan -pogo, punteo, doble bombo y andanada- los estribillos obstinados del hardcore. Siendo adolescente en Valladolid, sólo había una elección posible: o el hardcore o el Opus.
Poco importaba la Historia del Rock, poco importaban las letras: como tantos otros niños furiosos, cada quien en su periferia, todos unidos por las secciones de contactos de la prensa musical, aun sabiendo suficiente inglés para entender los textos, a veces simplicísimos, no pudiendo leer las transcripciones -pues apenas comprábamos discos: todo eran grabaciones en cintas That's o TDK, que dieron a los grupos una notoriedad insolvente, y una vida efímera a la escena-, me daba por satisfecho cuando, en pleno riff de guitarra, lograba entender una frase o un término espigados. "Sistema". "Resistencia". "Odio".
Esas palabras masculladas, ese esputo de frase, que, tiempo después, escuchados con más demora, se me revelarían como una versión sintética y urgente de algunas ideas de la crítica cultural, en aquel momento eran mis únicos códigos de respuesta. Contra todo, contra Pucela City, ese Lost World austero y cerril, intocado por la Constitución e inmune a la informática: aulas castellanas, mujerucas con abrigo de chinchilla, funcionarios en chándal y camisa que, acodados en su esquina de la tasca, iban volteando página tras página del As.
Así que allí estaba yo, barceloní transterrado a las mesetas, púber repentino, con versos en el coco y parches en la chupa, cortado en pleno solo de bataca: obligado a adoptar una identidad o, cuanto menos, a levantar la barbilla, trataba de averiguar qué me daba menos asco: esa actitud formalista y meliflua que se conoce como "mediterránea" o ese carácter mineral y ratonero que gustan en llamar "mesetario". Aunque estaba hecho un nudo, o precisamente porque era un garabato, una cosa estaba clara: el Opus no. Supongo que también en eso me equivoqué: es seguro que, de haber seguido el Camino del Señor, habría empezado a follar mucho antes, pues he aquí que mis encantos, invisibles para las chicas, eran, en cambio, patentes y, a todas luces, incitantes, para el curita aquel de la parroquia del barrio, quien en más de una ocasión dio a entender, con los rodeos y circunloquios consabidos, que la diferencia entre feligreses y hardcoretas era sólo aparente, y que podía ser resuelta con un episodio de pía sodomía en la sacristía, amigos, no miento.
Gracias a Dios que luego llegó el capitalismo y acabó con todo eso. Gracias, George Soros; gracias, ING Direct; gracias, centros comerciales y Starbucks, por haber terminado, para siempre, con la Pucela que yo conocí. Qué suerte que llegásteis vosotros. Qué puta suerte. El capitalismo, es bien sabido, arrambla con los valores más profundos y arraigados y los sustituye por sucio dinero. Muchas gracias, y a gastarlo en salud.
Enviado el 20 de Junio. << Volver a la página principal << |

Comentarios
la foto de quien??
comentario de: esther planas enviado el Junio 21, 2010 10:20 PM