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Agosto 04, 2010

(BARROCO AJENO) Lectario de la isla emocional* - Roc Laseca

-cuanto aquí se diga respecto a la memoria concierne especialmente a la isla, laboratorio de la periferia, esquina de este mundo.

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La memoria no pertenece a este mundo, como tampoco pertenece lo real. Quien se dedique plenamente al recuerdo está abocado a morir de una afección pulmonar –joven-, como Irineo Funes, aquel personaje humilde y memorioso que Borges nos introduce y cuya historia conocemos por el recuerdo narrado de quien recordaba en exceso, a propósito de un breve texto que, al argumentar, presenta excusas, pleitea y llama los acontecimientos de la vida de Funes poniendo en juego las jerarquías de sentido, forzando la exterioridad del relato –de la cosa- y evidenciando la argucia y el desamparo retórico que lo posibilita. Pero es así como la memoria ha venido a darse a este mundo –a la vez comprendido y firmado-, en un después al extrañamiento del recuerdo, en un posterior a la rareza de su gestión, de la administración de ese recuerdo. Ha venido a darse casi como un a propósito –de su promesa. Este mundo de dispositivos y cultura no ha sido capaz de excusar la dificultad con la que se enfrenta al anhelo de la memoria, y ha levantado toda una asociación mecánica que promete a propósito de cuanto recuerda, armando una tupida malla maquinal irrefutable –acaso extremo nostálgico que desborda los posibles y rezuma el desespero: deseo de más ser.

“Cuando se dice a propósito, a propósito de…, una pragmática marca siempre una referencia, una referencia-a, pero una referencia a veces directa, a veces indirecta, furtiva, tenue, oblicua, accidental, maquinal, a la manera también del casi evitamiento de lo inevitable, de la represión o del lapsus, etc” [Derrida, 2001:36]

La memoria no se ha venido a dar más que bajo el signo de la promesa -casi cabría decir-, soterrada en el peso de una ideología estética indiferenciada, que no se rinde en ubicarla bajo el desplazamiento temporal –que parece apuntalar la idea misma de cultura- y entenderla como un estricto instrumento que es capacitado por (y capacita) el orden teleológico. De hecho, ninguna acusación tan reiterada como la que incardina la noción de memoria a la de cultura –moderna, suponemos- y despliega todo su proferimiento hacia las herramientas del proyecto, el programa y la emancipación. En tanto una toma de conciencia de tal carácter, las sociedades occidentales –temerosas de la función activa del vacío- desembocan el abanico interpretativo de la memoria hacia los procedimientos enunciativos alegóricos que expresan, en el plano de la práctica, una suerte de juramento cívico muy cercano, de nuevo, al verbo de la promesa –lo que no deja de constituir una inconfesada marcha paradójica que permite a la idea romántica de memoria perpetuarse bajo toda una economía de la máquina social, y de sus actos de fe: jurar, conjurar, abjurar…prometer, siempre, en todo caso. El recuerdo y su respeto quedan así trabados con una plétora de últimas palabras, en las que jamás nos hemos reconocido, pero que rescatan el objeto de estetización de la noción misma de sociedad: culpa, hurto, mentira advienen como las consecuencias directas de una mala gestión de la memoria, que no se expresa sin clamar su inocencia radical, amparada en el orden descabellado de lo prohibido e inconfesable, -el olvido. Dejar de recordar parece alinearse -en la forma alegórica y el carácter teleológico- con el destino del traidor, del ciudadano que está llamado -¿por quién?- a garantizar la perpetuación no tanto del recuerdo como de su corteza. Bajo el régimen moderno hegeliano, la tecnología social hace así apología del acto mismo de la memoria, al margen del valor de uso –ético o temático- que pueda recordar. Al comienzo, ello supone un romántico ejercicio metalingüístico. Seguidamente, volcados en la euforia del recuerdo tautológico –puramente elocutorio-, el juego deviene política, y quien se mantenga al margen del respeto lúdico, no le queda sino refugiarse –de espaldas al deber social- en las Confesiones de Rousseau: “pesar, remordimiento, arrepentimiento” [Rousseau, 1769].

No sólo el olvido se presenta como un descrédito cívico –confrontado a la memoria denostada-, sino que se explica a través, de nuevo, del canon de las culturas occidentales, reconociendo, siguiendo a Todorov, que “un ser desprovisto de cultura es aquel que no ha adquirido jamás la cultura de sus antepasados, o que la ha olvidado y perdido” [Todorov, 1995:22]. Pero el juego maquinal, aquí, consiste precisamente en hacer funcionar el mecanismo sin plantearse los estatutos (ya no digamos éticos o especulativos) que lo sustentan –algo propio del ámbito legítimo de la modernidad y de su economía que organiza el punto de proyección de cuanto puede o no ser visto, de cuanto debe o no ser recordado. Así es como parece que se ha relacionado la construcción moderna de la sociedad con las fuerzas derivativas de la cultura, a modo de cuerpo engrasado que explicita su perfectibilidad y aliena el olvido en otro juego-dispositivo que exhorta la supervivencia bajo un régimen de plenitud: el archivo. Pero aquí no tiene cabida la línea de supervivencia orgánica planteada bajo la forma del Nachleben de Aby Warburg –este mundo no concibe el principio superviviente per ser por motivos de determinismo extrínseco: la cosa no sobrevive por estar atravesada-, sino que se fuerza la no desaparición en una suerte de devenir-memoria, ante el que todo dispositivo cultural se vuelca a fin de garantizar la pervivencia del propio juego del recuerdo, toda vez que facilita la demonización del olvido.

Indefectiblemente, la idea misma de memoria es causante de la preformación del código moderno de sociedad y cultura, y no sólo por cuanto ancla su réplica en este temple dialéctico recuerdo-hombre, sino, fundamentalmente, debido a que se infiltra en las consecuencias atribuidas –de un modo ilustrado- al mismo orden cultural, a todo cuanto este orden baña. Bajo esta línea, las conclusiones vertidas por Todorov zarandean las periferias que ocupa la moral cívica y entienden, a modo de campo expandido, la labor de la memoria en recta sintonía con las esferas de la humanidad: “la memoria se articula con otros principios rectores: la voluntad, el consentimiento, el razonamiento, la creación, la libertad” [Todorov, 1995:23]. Pero se trata, en cualquier caso, de advertir la incesante mediación que posibilita la cultura entre los objetos sensibles de la sociedad y los suprasensibles de la memoria. Esta triangulación (cultura-memoria-sociedad), parece operar de una manera primitiva -casi cabría decir-, motivado por un secuestro antropológico del que no podemos escapar y cuyos puntos de fuga se proyectan a la construcción del propio “sujeto fuerte” benjaminiano, aquél que insertado de un modo tan profundo e incuestionable en el aparato del recuerdo, y el archivo, lo consume como una “sucesión de hechos infinita […] y hasta sagrada” [Benjamín, 1991:52]. En suma, la especulación -y casi diríamos la experiencia- de la memoria se recobra constantemente por medio del rescate devuelto de la cultura, de un modo tan intrínseco y hormonal, que ni tan siquiera la política ecológica que se responsabiliza de las relaciones de complementariedad e interdependencia, puede ser garante del enfermizo vínculo que las conecta –acaso interioridad atribuida, acaso romántico lazo primitivo.

“La cultura, en el sentido que los etnólogos atribuyen a dicha palabra, es esencialmente algo que atañe a la memoria: es el conocimiento de cierto número de códigos de comportamiento, y la capacidad de hacer uso de ellos”. [Todorov, 1995:22]

Todo ocurre bajo un régimen de plenitud, bajo un fantasma de llenado que no sólo participa de la apoteosis auténtica del sentido de cultura, sino que la engendra como una isotopía genital, buscando abarcar –siempre todo- el útero semántico que la acoge y la dice, que la posibilita en su enunciar. La memoria cabe aquí en una tendencia de interioridad archivable –acaparar, pautar, ordenar, justificar…prometer siempre, en todo caso. Quizá la quiebra se evidencia por la presencia misma del olvido, que acontece, de un modo inagotable, en el mismo tiempo compacto de la memoria. Y no, por ello, de una manera simbólica o especulativa, sino críticamente apasionada, gráfica, problemática. Al contrario que el juego de la memoria –que corre entregado a registrar los vectores propositivos del orden cultural del que es preformador-, el olvido no se deja gestionar, y su no administración pone en tela de juicio no sólo la práctica lúdica de la modernidad, sino el crédito mismo de la cultura. En su forma de aquello que no puede ser enunciado –ni gestionado-, el olvido se acusa como un instante fugaz, íntegro y borroso, que desemboca la anomalía maquinal del archivo. Un ser complejo, que por figurado y entregado, no puede, a pesar de ello, ser nombrado. El olvido (en su dejar de prometer) es lo prohibido porque es lo inarchivable –cuanto se escapa de la forma afirmativa y plena del devenir-memoria. He ahí una articulación desarticulable de alusiones a la contingencia, al casi discurso del inconsciente, al fragmento que dispara la problemática del sistema sin caer en acusaciones directas. Sólo a modo de un a propósito derridariano –esta vez, del vacío, de lo innombrable, de lo que incluso ha dejado de participar de lo fenoménico. Pero no sólo el olvido deja de sucumbir al ejercicio de la pauta y la precisión, sino que desborda la propia noción de cultura, la desampara. Y lo hace de un modo tan certero –acontece, sucede, es, tiene el espesor abierto y diferido tan intenso como la alegoría de Benjamin o la diffèrance de Derrida- que discute la propia filiación (primitiva, habíamos dicho) entre memoria y cultura.

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* El presente texto es un fragmento introductorio del ensayo homónimo publicado por la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, en 2010; a tenor de la exposición celebrada en el Espacio Cultural El Tanque de Santa Cruz de Tenerife bajo el título de La Isla Emocional: un proyecto sobre la construcción de la memoria, participando en la misma Elsa López, Dori Díaz-Jerez, Jessica Curry, Beatriz Lecuona y Óscar Hernández, y actuando como curador el autor Roc Laseca. 16 julio - 29 agosto.

Enviado el 04 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

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