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Agosto 25, 2010

Editor de sueños - Gerard Casau

Originalmente en Contrapicado.net

Origen (Inception, Christopher Nolan, 2010)

inception.png Cosas que no conviene pasar por alto: Origen es la primera película que Christopher Nolan escribe en solitario desde Following (1998), su ya un tanto lejano -y semi-underground- debut. Ambas son también los únicos títulos de su filmografía que no adaptan de una forma u otra un material ajeno, ya que incluso Memento (2000) se basaba en un relato de su hermano -y habitual co-guionista- Jonathan. Basándonos en este hecho podríamos llegar a la conclusión de que Origen es el film más personal de Nolan en muchos años, lo cual quizás sea un poco precipitado. Sin embargo, no resulta descabellado pensar que es el que más se aproxima a lo que el director considera que debe ser el cine.

Resulta significativo observar los paralelismos que se dan entre ambas películas, lo que permite deducir que la idea central de Origen llevaba dando vueltas por la cabeza del director desde sus tiempos de estudiante de Literatura Inglesa. El protagonista de esta (interpretado por un Leonardo DiCaprio tan trastornado como en Shutter Island -2010-) y uno de los personajes principales de Following comparten nombre -Cobb- y ambos se dedican a entrar en la mente de otras personas. Invadiendo y manipulando los sueños ajenos en el caso del primero y mediante el robo de objetos muy particulares el segundo. ¿Es Following el ensayo en clave povera de lo que luego eclosionaría en Origen o acaso Nolan nos ha querido contar la misma historia desde los dos extremos de la industria del cine?


Sabemos que Nolan empezó a tantear seriamente la posibilidad de llevar a cabo este proyecto tras finalizar Insomnio (Insomnia, 2002), cuando todavía estaba por ver si realmente iba a ser “the next big thing”, pero es muy difícil imaginar a un estudio dando luz verde a este inabarcable compendio de inconsciente, anhelos y culpa si el director no se hubiera marcado antes el mayúsculo tanto que significó El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008). El enorme éxito -comercial y crítico- de dicha película le dio a nuestro hombre suficiente credibilidad y margen de maniobra para acometer este inabarcable compendio de anhelos, culpa y buceo en el subconsciente sin que nadie le tosiera en caso de que se le fuera la mano con el minutaje o no incluyese suficientes chistes para destensar el ambiente. No, todo apunta a que el director británico ha contado con la suficiente libertad para realizar su película de la forma en que creía más conveniente, y el resultado es a la vez gran cine y un formidable fracaso.

Pudiera parecer una paradoja, pero no es más que la divergencia entre el incontestable talento de Nolan, que luce aquí en su máximo esplendor formal, y aquello que su última película está pidiendo a gritos para traspasar la barrera que separa el virtuosismo de la genialidad. Una tensión que, por otro lado, habita en toda la filmografía de nuestro hombre, cineasta tremendamente autoexigente que de un tiempo a esta parte parece haberse impuesto el reto de devolver al público de blockbusters el derecho de ser considerado una criatura pensante. Eso le ha llevado a desarrollar una alergia a lo liviano que a veces puede jugar en su contra, ya que resta color y matices a su propuesta, pero que no creo acertado confundir con engolamiento. La seriedad de las películas de Nolan es proporcional al respeto que le merecen sus personajes y, repito, las grandes audiencias. A diferencia de las de Alejandro Amenábar, no son un mero simulacro de buen cine. Tampoco fabrican papilla con ideas complejas, como ocurre en La fuente de la vida (The Fountain, Darren Aronofsky, 2006) y Las vidas posibles de Mr. Nobody (Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009) -filmes, por otro lado, moderadamente defendibles en su bienintencionada desmesura-.

Pero, por muy ingente que sea la cantidad de materia gris que contiene su cine, a veces (sólo a veces) Nolan parece perder la escala humana de sus dramas. Cuando se preocupa más por el diseño del tablero que por el movimiento de las piezas, el director corre el riesgo de perder la partida. En cambio, cuando deja sitio para que bombee la sangre, cada uno de sus movimientos resulta admirable. Si nos quitamos el sombrero ante El caballero oscuro no fue por ser objetivamente perfecta -al contrario, se trata de un film profundamente desequilibrado- sino por el valor que demostraba al asumir su negritud (y la capacidad de sumirnos a nosotros en ella), porque al no tomarse a la ligera los personajes -aunque se pongan capas y salten de edificio en edificio- lograba transmitirnos la sensación de que las cosas que ocurrían en el film eran imprevisibles, de que escapaban a nuestro control. Y es precisamente eso lo que echamos de menos en Origen, lo que más necesitaba el film.

La magnitud del desafío es considerable: plantear una exploración de la mente humana, vía dimensiones oníricas, a través de un enfoque de género puro -fantástico y acción- y a la vez disertar sobre la naturaleza íntima de lo Trascendente -la culpa, las relaciones paternofiliales- sin que la trama se desmorone. Pocos directores serían capaces de llevar a cabo tal empresa, por lo que el éxito de Nolan bien merece un cálido aplauso, si bien no una ovación en pie (que es a lo que aspira el film). El director da lo mejor de sí en su faceta narrativa, logrando que no perdamos el hilo en ningún momento pese a la alambicada estructura de la película, formada por la superposición de distintos niveles de inconsciencia. Que tal castillo de naipes no se venga abajo debería ser suficiente para vencer y convencer a cualquier espectador que disfrute con una historia bien contada. Los hallazgos visuales no le van a la zaga: la secuencia de la ciudad replegándose sobre sí misma y la del hotel sumido en la ingravidez son desde ya hitos en el imaginario de la ciencia-ficción reciente. Sin embargo, y aunque es de agradecer que Nolan los administre en lugar de avasallarnos continuamente, nos topamos aquí con la gran problemática de la película. Y es que, pese a que buena parte de ella transcurre en un plano onírico, la sensación que transmite es de racionalidad extrema. De consciencia. Lo hemos dicho antes: el punto de partida de Nolan es siempre eminentemente cerebral. Precisamente por eso, aunque demuestre estar capacitado para contar esta historia, quizás no era el más indicado para imaginarla. Sus sueños son, en esencia, películas dentro de la película, capas con las que hilvanar la historia. Pero ¿donde queda lo imprevisto? ¿por qué no hay un solo paso en falso en este buceo subconsciente? Con puntuales excepciones -el tren que atraviesa una avenida- no hay aquí rastro de esa intangible extrañeza que podemos encontrar en la obra de Buñuel, Lynch, Pirandello, Delvaux o Resnais, artistas que sí parecen conocer el material con que están hechos los sueños (que dirían The Human League). Todas las piezas encajan con pasmosa lógica, y esa es la peor traición que podía sufrir una historia necesitada de absurdo, de vuelo lírico, y estrangulada por una narración trazada con tiralíneas.

Cada día estoy más convencido de que El truco final (The Prestige, 2006), film eclipsado por el díptico sobre Batman y considerado por algunos como una obra menor -o directamente fallida- es en realidad la película más completa de Nolan, aquella en que todos los recursos expresivos iban en función de las necesidades de lo que se estaba contando, tanto por la estructura narrativa -un truco de magia, un paréntesis de olvido- como por el tono de elegante visceralidad, acorde con la escalada de odio que se da entre los protagonistas, enfrentados y destruidos por la naturaleza de su arte. No diré que en Origen el cineasta descuide a sus personajes, ya que incluso los dibujados mediante cuatro trazos resultan convincentes gracias al cuidado casting -es el caso, por ejemplo, del encarnado por Joseph Gordon-Levitt- pero sí acota su desarrollo, como si tuviera miedo de enturbiar lo narrado. Es por eso que la película funciona en realidad como film de acción (la buena noticia es que por fin ha encontrado su manera de tratar las escenas adrenalinicas: ni rastro de la parquedad que lastraba las de Batman Begins -2005-), incluso como peculiar película de atracos -¿acaso no es esa la apariencia que toma en su primera mitad, con la búsqueda y formación de una banda?- pero plantea serias dudas acerca de su dimensión metafísica: la indisimulada cita a 2001: una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968) que sirve de catarsis para el personaje de Cillian Murphy resulta tan desconcertante -por obvia- como innecesaria la mostración de su Rosebud particular. Más miga tiene el tormento de Cobb, ladrón de sueños ajenos que pagó el precio de querer vivir (literalmente) el suyo propio y al que no le queda más remedio que enterrar en lo más profundo la sombra de la mujer a la que amó y perdió [1]. Fantasmagoría romántica que nos puede traer ecos tanto de la mentada La fuente de la vida -apunte sugerido por Xavi Serra al poco de terminar la proyección- como, salvando todas las distancias, de Solaris o incluso La invención de Morel. La duda que nos queda es por qué Nolan no hizo de ella el corazón de la película en lugar de mantenerla como sugestivo telón de fondo. O quizás era lo que ambicionaba y no ha conseguido alcanzar.

Con todo, dejarse llevar por las objeciones que presenta este texto nos conduciría a una decepción que no es tal. Origen es un film notabilísimo, repleto de ideas estimulantes plasmadas con brillantez. Si algunos mostramos ciertas reservas es porque quizás creíamos que estaba destinado a proyectar el genio de Christopher Nolan hacia el infinito y, en lugar de eso, puede que haya terminado mostrándonos sus límites.


Notas:

1. Este punto conecta directamente con dos de las principales constantes en el cine de Nolan: la dificultad ¿imposibilidad? de hallar una percepción objetiva del mundo real y la traumática desaparición de los seres queridos, en ocasiones por culpa de los propios protagonistas. [Volver arriba]

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