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Agosto 14, 2010

Por una rizompolítica. - José Luis Brea

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"La única finalidad aceptable de las actividades humanas
es la producción de una subjetividad que autoenriquezca de manera continua su relación con el mundo".
Felix Guattari

Podríamos decir cuerpos sin alma –pero también, viceversa, almas definitivamente desencarnadas, flotantes en estructuras artificiales, aliviadas de toda esa presión de la biomasa y lo orgánico, esa lacrimosidad siempre premoribúndica de la carne, siempre en podre. Aquí todo es puro artificio, estructuras de flujo y retícula que propician circulaciones y cortes, acumulaciones momentáneas y descargas entre sucesos que se hacen guiños. Fantasmas en máquinas, fantasmas en máquinas: la tensión del sentido que se aposenta en cualquier lugar como fuerza de descarga de una coalición de objetos, de sucesos, de instancias mutualizadas, que busca dejarse caer en alguna dirección de reposo, de equilibrio conjugado.

Sístole y diástole, todo es este juego de pulsos de carga –allí donde (al menos) dos operadores cualesquiera se ponen en vibrato y ejecutan el baile de sus diferencias recíprocas- y distensión, esos momentos en que la economía de totalidad del universo de discurso definido –por la tensión- recupera su momento de entropía y cristal –dejándose caer hacia allá y produciendo al paso la extinción progresiva del roce que, entre tanto, habríamos llamado sentido –fuerza de concepto.

Ahora: esto de lo que hablamos no es sino el espacio de una maquinografía febril. Nada de organicidad, nada de biología telúrica –de esa patetizada que sucumbe a los más bajos instintos: los de la identidad preafirmada y esencializada (en estructuras de individuo o especie, animismo y teología bioquímica). No: aquí no hay sino arquitecturas maquínicas, cualesquiera estructuras reticulares que permitan flujos y reenvíos, rozamientos y cortes, sirven. Allí pensamiento se produce y todo lo que llamar conciencia se da ya, completa –incluso en todo aquello en que ella a sí misma, por definición, se falta. O, lo que es lo mismo, se añade: no hay lectura sin alucinación, no hay escritura sin el vértigo de la pronunciación enigma de todo lo que no se ha dicho, de lo que nunca estuvo ahí …

Ahora bien: no se trata de máquinas frías, geometrías puras, estables o entropizada -autoensimismadas. No: hablamos de sistemas dinámicos, en permanente inestabilidad, que constantemente viven imputándose fuerzas, transidos de afección –recíproca. Son máquinas-pensantes, sí, pero su motorización sigue las figuras del deseo –apertura, desplazamientos, fugas y devenires. Toda una cinética de la experimentación, del siempre estar deviniendo y siendo otro, nunca un "sí mismo".

Pasión pura, nunca son célibes –o acaso como ejercicio preparatorio, o como posibilidad de una experimentación más- sino ensamblantes, abiertas y activadas hacia sus descomposiciones, sus devenires, su transición hacia algo otro, en fuga de sí mismas y en recorrido para ello por cualesquiera otredades, siempre nómadas, siempre en captura.

Libidinidad, es el deseo y la tensión de lo otro lo que mueve toda esta tempestad –que llamamos pensamiento. Siempre una geografía de los afectos, de los puntos que se desplazan, de las cargas que giran –en todas direcciones. Pero esta afectividad es trigonométrica y precisa, cristalográfica –reductible a una secuencia finita de ecuaciones capaces de describir planos, y líneas, y fuerzas y flujos- y nunca oscura, nunca dominada por decaídas tristes, figuras de la conciencia desdichada.

Esto es una economía de afectividad: toda construcción de formaciones de sujección está aquí subrogada a los juegos de influencia mutua, aparatería cortical pantógrafa de las galaxias nocturnas, trazo de constelaciones. Ningún operador está aquí estable o fijo, ningún punto de luz se aquieta enclaustrado en su propia aventura: todo brillo es trayectoria y lance de reciprocidad: crece o decrece puesto en su relación con el otro, y esta aventura podría todavía llamarse ciudad.

Pero está desapegada de la tierra, de la biología, de lo orgánico y esa forma decaída del principio de inercia que es la voluntad de permanecer, de ser igual, de conservación –que afectada individuos y especies, allí donde unos y otros no saben ser lo que son: multiplicidades en juego, colectivos en flujo, la tensión de fuerza que diseña y se deja caer, infinitas veces, sobre todos los devenires posibles …

No: ya no más origen como destino, presente como reposición, presente memoria. Toda la fuerza de lo culturar se dirige ahora en otra dirección que aquella de los aparatos de la documonumentalidad. Nuestra aventura como episodio del universo –no hay “condición humana”, sino este experimento más- habita este nuevo escenario: uno en que las únicas formaciones de conciencia, experiencia o voluntad lo son por encima de todo juego y chispas de deseo, gramatología y momentos de sinapsis que se deben, por entero, a los tensionamientos inducidos por la querencia de aumento siempre de la capacidad de obrar …

Por la fuerza de un incondicional amar más, siempre, la libertad … -que cualquier forma de lamentable bienestar

Enviado el 14 de Agosto. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Tan increiblemente sencillo de leer y tan lucido.
ese es el balanceo de lo real.
Es en cuanto lo construimos e indagamos, en cuanto es ficcion. es representación, es memoria, es estructura. Que es cada vez más lúcida y certera.
Que genera un constante placer insatisfecho de necesidad costante de acumulación de los conocimiento que nos enriquecen o nos distancian cada vez más de lo que sucede.
Y como aún así núnca perdemos la certeza que hubo un primer momento, de experiencia directa, sin duda alguna, sin opiniones paralelas.
Y como ese paraiso primero de la experiencia es tan solo la mayor ficción de realidad ya que sostiene sin duda que lo que hay se muestra e interpreta de igual manera para todos,
Sin tener en cuenta .Cuanto de esto es consecuencia de un mero proceso de reiterar una y otra vez las mismas afirmaciones, que dan ese caracter de naturalidad.


V Demostración Spinoza:

“el afecto hacia una cosa que imaginamos libre es mayor que aquel hacia una cosa necesaria y, por consiguiente, mayor todavia que el afecto por una cosa que imaginamos posible o contingente. Pero imaginar una cosa como libre no es sino sencillamente imaginarla, en tanto que ignoramos las causas por las cuales ha sido determinada a obrar. Por tanto, el afecto hacia una cosa que simplemente imaginamos es, en igualdad de circunstancias, mayor que aquél por una cosa necesaria, posible o contingente y, por consiguiente, es el máximo”
ETH V, prop. V. Demostracion Spinoza. … imagino esta esclavitud en la libertad rizompolitica Ahh ... q u e t u e r e s !


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