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Agosto 02, 2010

Una fuerza que subyuga sin violencia - Charles Fried

Originalmente en lanacion.com

venezia_1.jpgViajeros, diplomáticos y emperadores que visitaron Venecia comentan su asombro no sólo por su riqueza y magnificencia, sino en particular por su belleza. Los visitantes oficiales pueden apearse en la Piazzetta, entre las altas columnas de San Jorge y el león de San Marcos, y ser llevados por entre el Palacio Ducal y el Campanile de cien metros de alto hasta la extensa Plaza de San Marcos que, según la descripción de un visitante francés anterior, es la más hermosa del mundo. John Julius Norwich describe que en 1574, cuando el rey Enrique III de Valois hizo su entrada oficial en la ciudad a bordo de una pomposa barca incrustada de oro, en los palacios situados a cada lado del Gran Canal pendían tapices de oro y seda bordados con su figura heráldica, y que durante su visita hubo banquetes, desfiles y funciones de gala. Enrique posó para Tintoretto y visitó a Tiziano, que contaba con 97 años; después de escoger a su gusto entre un despliegue de miniaturas expuestas en el palacio de la Señoría, se le concedió un interludio con Verónica Franco, la cortesana más celebrada de Venecia. Norwich también relata que los venecianos tenían otra cosa para demostrar: una mañana, el rey visitó el Arsenal para observar cómo instalaban la quilla de un buque, y esa tarde vio la botadura del mismo buque (arbolado, armado y listo para la guerra).

El recibimiento del rey Enrique fue el preludio e inicio de la alta política. Un visitante particular, sin poder pero con infinito discernimiento, que escribía desde el balcón de su hotel unos trescientos años más tarde -cuando hacía mucho que Venecia ya no tenía poder- lo expresaba así: "Mes rêves sont devenus mon adresse" ("Mis sueños han llegado a ser mi domicilio").

Para la Venecia imperial, la belleza era un instrumento de poder, aunque los venecianos, al igual que los espartanos o los hunos, podrían valerse de su reputación de fuerza y ferocidad para aterrorizar a los que querían dominar. Gibbon dijo de Atila: "El paso altanero y el porte del rey de los hunos expresaban la conciencia de su superioridad por sobre el resto de la humanidad; y tenía la costumbre de poner los ojos en blanco con un gesto feroz, como si buscara disfrutar del terror que inspiraba". Así como los venecianos dejaron a Enrique impresionado durante su visita, también Atila impresionó a los embajadores de Roma que acudieron a reunirse con él en su emplazamiento de la ciudad de Naissus, junto al Danubio:

Los hunos habían dejado en las orillas del río cúmulos de huesos humanos y el hedor de la muerte era tan grande que no se podía entrar en la ciudad. Naissus estaba tan devastada que los embajadores romanos que llegaron para encontrarse con Atila varios años después tuvieron que acampar afuera. (Arthur Ferril, "Attila at Châlons")
La belleza es sólo una de las maneras de transmitir poder, de afirmar dominio, de inspirar sobrecogimiento a los demás.

Dado que la belleza provoca admiración y reverencia, suele ser difícil separarla del sobrecogimiento. Una fastuosa exhibición de gemas raras ¿es verdaderamente bella, o nos asombra debido a su rareza y a la fortuna que ostenta? (En las pinturas medievales y de principios del Renacimiento, el dorado era auténtico oro y el azul, polvo de lapislázuli.) ¿La belleza de la Gran Pirámide de Giza -que hasta el siglo XIX era la estructura más alta construida por el hombre- deriva, acaso, de que es una montaña creada, y las montañas son bellas de verdad? (Recordemos a Thomas Carlyle: "¿Qué podría haber más vil que una pirámide de dos pies de altura?".) Y más directa que la relación entre la belleza y el poder, la riqueza o la simple enormidad, es la que existe entre la belleza y el sexo. Sin importar cuánta sea la atracción sexual de una mujer hermosa -y quién podría decirlo- es imposible deslindar el sexo de la belleza. Y aun así experimentamos un asombro diferente, una admiración diferente por lo que es bello, aunque no sea rico, escaso, amenazante, enorme ni erótico; una música, una pintura, la poesía, un niño agraciado. La belleza es, como pocas otras cosas, algo que buscamos por sí misma. ¿Y la libertad también?

En principio, la libertad parece ser muy diferente de la belleza; parece ser esencialmente instrumental. Somos libres -estamos en libertad- para hacer esto o aquello, para buscar este bien o aquel otro; pero la belleza, aunque puede ser instrumental (por ejemplo, un instrumento de poder) es esencialmente valiosa por sí misma. Cuando la belleza es instrumental, como en el caso del despliegue que los venecianos montaron para Enrique III, tiene éxito porque aquellos a quienes está dirigida como ardid o incentivo la valoran por sí misma. Sin embargo, de la libertad se habla con mayor respeto que, digamos, de la riqueza, que es el bien instrumental por excelencia (tiene el valor de lo que pueda comprar). Eso no significa que las personas no cambiarán la libertad por otras cosas, incluida la riqueza. Es una aparente paradoja. La libertad es la libertad de obrar como escojamos o, al menos, de vernos libres de restricciones impuestas por los demás sobre lo que queremos hacer. Entonces, ¿por qué esas cosas que elegimos no tienen un valor intrínseco mayor que el de la libertad para procurarlas?

En un hermoso librito, On beauty and being just, Elaine Scarry afirma que hay una conexión esencial entre la belleza y la justicia. Los ejemplos que ofrece tienden a lo minúsculo: un pétalo, un insecto diminuto. La belleza es una forma de simetría, y la simetría se relaciona con la equidad y la justicia; también con la verdad, como cuando hablamos de una hermosa comprobación en matemáticas. La belleza nos hace salir de nosotros mismos y en esa modestia nos posibilita valorar otras cosas y otras personas. Todo eso puede ser cierto. Existe una conexión entre belleza y verdad, entre belleza, simetría y equidad, pero no es una relación necesaria. Se ha perseguido la belleza con gran desconsideración por el costo humano de producirla. A causa de ella se ha celebrado el desperdicio e incluso la crueldad exquisita. Pienso, por ejemplo, en Salambó de Flaubert. Sin duda, me inclinaría más a invertir el argumento de Scarry: la justicia y la equidad, a veces, pueden ser bellas en sí mismas; es decir, pueden proporcionarnos un deleite que va más allá de nuestra aprobación por su corrección moral. El ejemplo que da Scarry es la perfecta armonía con que los 170 hombres libres de los trirremes de la armada de Pericles barrían el "mar plateado" con sus remos "siguiendo el ritmo de la canción del flautista". Pero podían haber estado trasladándose para amenazar a los melios, como nos relata Tucídides, con la ruina total a menos que se sometiesen al imperio ateniense. Y en la época de los romanos, esos trirremes serían tripulados por esclavos, que se movían en sincronía perfecta con los golpes de látigo y el batir de los tambores. O pensemos en el Rally de Nuremberg de 1943, orquestado a la perfección por Albert Speer y preservado para la posteridad en la filmación de Leni Riefenstahl. Todos eran instrumentos de poder, pero buscaban y lograban una especie de belleza. Con un rumbo completamente diferente, los Salmos a menudo describen la ley de Dios como una delicia para el alma y la perfecta sumisión a ella como nuestro mayor bien. No obstante, esa sumisión quizá sea voluntaria, con conocimiento y con juicio, como la sumisión de una orquesta a su director.

No existe, entonces, una conexión necesaria entre la belleza y la justicia (al menos, si la justicia exige respeto por la libertad de los demás). Aun así, la tesis de Scarry es atrapante. Tal vez, la belleza que surge de la maldad y la justicia está manchada y disimula cuando cautiva a quienes la disfrutan. Pensemos en la esclavitud, la miseria y la muerte de las que fueron testigos los conquistadores de América, cuyo oro se usó para adornar los techos de la basílica de Santa María la Mayor. Tampoco es que la pérdida de la libertad se advierte sólo en aquellos que deben pagar por la belleza; también se observa en quienes la producen, como en el caso de la música sublime que surge de las voces de los castrati italianos de siglos pasados. Si el sexo con una mujer hermosa puede ser considerado como una instancia del goce de la belleza, entonces ¿qué decir del harén de un sultán? Son ésos ejemplos extravagantes. Un Vermont sin Wal-Mart es un ejemplo más común, pero también demuestra hasta qué punto algunas personas están dispuestas a sacrificar la libertad de los demás para asegurar la belleza del paisaje natural y pueblerino.

La belleza es un ejemplo relativamente benigno de un bien por el cual las personas han estado dispuestas a sacrificar la libertad de otros. (No me refiero a la pérdida de libertad que sufren los reclutas voluntarios, porque esa situación puede ser considerada un ejercicio -perverso, si se quiere- de libertad más que de su sacrificio.) La gloria de una familia, de una tribu, raza, nación o religión figura entre los ejemplos más virulentos. La gloria es la belleza magnificada exponencialmente: brillo radiante. Y en su nombre se han forjado miles de cadenas y pilas de cadáveres a través de los siglos, haciendo que el sacrificio de la libertad esté entre los horrores más leves perpetrados en nombre de la gloria. No obstante, es algo crucial [...] porque para las mentes modernas hay algo de paradójico en el sacrificio de la libertad por una meta tan inmaterial como la gloria. La adhesión, la maravilla, la admiración, la reverencia, la postración, si son forzadas, parecen imitaciones falsas de esas reacciones experimentadas libremente. Pero se trata de un error. En primer lugar, cuando el sacerdote azteca abre de un tajo el pecho de su víctima y extrae el corazón latiente, no es para asombrar a la víctima sino para dejar pasmado al público. Del mismo modo, el desfile de cautivos detrás de un general victorioso proporcionaba deleite, orgullo, confirmación de una sensación de superioridad al populacho romano que observaba el espectáculo. Para los cautivos se esperaba que fuese (y así era) una humillación extrema [...]. Su humillación era parte de la gloria del general y de sus compatriotas. Pero, lo que es más pertinente, en ciertas religiones y credos, la adhesión forzada, el homenaje reacio (por ejemplo, la pizca de incienso que se exigía que los pueblos sometidos ofrendaran ante el altar de los dioses romanos) aumentaban la gloria de los dioses. El libre consentimiento mental y la libertad no eran el punto: los dientes apretados, la coerción, eran un agregado al espectáculo del poder.

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