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Septiembre 18, 2010

Decir adiós - Sergio Martínez Luna

(a José Luis Brea)

“Cuando escribo sobre un autor mi ideal sería no decir nada que pudiera entristecerle, o, en caso de que haya muerto, nada que pudiera hacerle llorar en su tumba: pensar en el autor sobre el que se escribe. Pensar en él con tanta fuerza que ya no pueda ser un objeto, devolver a un autor un poco de la alegría, de la fuerza, de la vida amorosa y política que él ha sabido dar, inventar.” Gilles Deleuze.

jlb_entrevista.jpg Apenas podemos en este momento rozar la exigencia planteada por Deleuze en esas palabras. Si acaso- declinándolas sobre las numerosas escrituras de despedida de Derrida- entenderlas como una llamada a la responsabilidad que implica decir adiós como ejercicio de memoria pública, es decir, comprometido mucho menos con la recreación en el dolor que con la constitución afirmativa de una comunidad unida por el duelo. Lo primero se diluye, al fin, en lo incomunicable; pero lo segundo plantea una pregunta pública- dirigida a nosotros- acerca de la muerte como acontecimiento que, acaso inesperadamente, viene a perfilar la tarea de reconocer y construir lo que nos une como límite. En ello, a través de su comprensión, aprender la disposición a aceptar el sentido de la muerte- como desaparición en lo común que posibilita la venida y la vida de los otros- y, así, aprendizaje de la afirmación sin condiciones de la vida (¡hasta qué punto ha sido José Luis ejemplar en ambas cosas!). Decir adiós es enfrentarse a la narración de lo que ha sido, esfuerzo en el que se juega- como muchas veces recordó Derrida- la memoria de aquél a quien se recuerda, de quien se quiere traer a la memoria compartida. A través de ella, en la tarea de su configuración, comparece ineludible el compromiso de reivindicar la condición afirmativa, e incluso performativa, del hacer memoria, como narrar que convoca y conmueve. Aquí se trata, claro, de la responsabilidad hacia el otro, pero también, y de forma decisiva, de entender que ella nunca va a ser cumplida en las palabras que la evocan o, peor, la proclaman. Nada de eso. Tal responsabilidad será tarea siempre inacabada e inacabable que habrá de hacerse nueva, reconocerse sólo en la apertura instantánea, sincrónica, del sentido acontecimiento y de la diferencia. Nada entonces que tenga que ver con algún modelo de rememoración de lo mismo o recuperación de una presencia plena- esas historias tensadas hacia uno u otro horizonte de redención y, en consecuencia, ligadas a la estabilidad de algún orden de la representación – sino, muy al contrario, exactamente al contrario, compromiso compartido con lo por venir, hospitalidad incondicional para lo otro que viene, está ya viniendo, en cualquier momento- en todo momento.

Apenas, entonces, nos es posible ahora empezar a tejer esa hospitalidad desde la que (volver a) recibir palabras y escritura. Con todo, inevitable cruzarse una y otra vez con la generosidad que, inagotable, las ha ido alentando y que ahora se nos regala como don y responsabilidad. Generosidad articulada en la amplitud propositiva de la obra de Brea, para quien toda escritura crítica no llegaba a ser tal si no se implicaba en un compromiso ético inquebrantable con la transformación radical de la cultura. Aquí, ante todo, la exigencia con el discurso propio que, para llegar a la altura de su propio presente, debía involucrarse en el análisis reflexivo de los propios conceptos, de las propias formaciones discursivas por los que funcionaba y se ponía en común. Análisis cultural, entonces, como escenario en el que “los conceptos analizan conceptos y las formaciones discursivas analizan formaciones discursivas”. Nada más equivocado que entender tal orientación como algún tipo de clausura del análisis sobre sí mismo, porque lo que aquella exigencia reclama es la apertura del pensamiento al universo de los signos, a la complejidad de “lo humano producido”, y desde allí, la potenciación ética, activista- adoptando en ello su método-, del entrecruce fértil, rizomático, entre discursos, imágenes, objetos, prácticas, políticas. Qué lejos de cualquier reaccionaria debilitación de la crítica, institucionalizada hoy por las retóricas consensuales de la legibilidad, la claridad o el literalismo. Brea, en la asunción de tal reorientación, subrayó que el alcance iluminador y transformativo del análisis cultural se juega hoy en que sea capaz de reconocer y apropiarse del escenario mutado por el que las sociedades contemporáneas están desplazando la producción de subjetividad al ámbito de la producción de imagen y de imaginario. Si realmente estamos implicados en la dilucidación de las consecuencias radicales que tiene esa transformación- ese cambio de régimen escópico- para los órdenes de la cultura, la economía o la política, será necesario elaborar los contextos de reflexión adecuados para que el trabajo crítico dé cuenta efectiva de aquellas. Brea reconoció en ello la necesidad inaplazable de unas nuevas humanidades, como estudios críticos dirigidos a la comprensión de los efectos de la mutación epistémica a la que están hoy siendo sometidas nuestras formas de producir sentido y de estar juntos. Tal es el alcance de la apuesta que aquí se lanza y tal es el reto que se ofrece al análisis y la práctica cultural. Poner en crisis el juego de distancias concertadas por el que se proclama lo antagonista allí donde sólo hay complicidad con la institución; mostrar a las viejas humanidades el repliegue disciplinar identitario sobre el que se sostienen – y del que sólo se puede esperar ya la sanción acrítica de lo que hay-; reivindicar la acción política en los términos de la producción colectiva de las subjetividades; exponer el espacio de representación a sus propias estrategias de construcción y legitimación. Imposible agotar la multiplicidad de su propuesta, pero ella- y la aceptación plena del compromiso al que convoca- perfila nítidamente el sentido último de generosidad que da aliento al amplísimo arco que dibuja. Nos referimos a la convicción de que no hay transmisión del conocimiento, participación en el conocimiento- educación-, allí donde no germina, a la vez, la generosidad. ¿Tan lejos ha llegado la expansión de las ideologías de la racionalidad económica y de las retóricas de la “excelencia”, que ya nadie recuerda que ni la educación ni la universidad son nada si no están alentadas por la generosidad, que es en ella precisamente donde prende la paideia en su feliz sentido griego?

Para abordar con todas sus consecuencias la tarea de elucidación del cambio epistémico reciente, Brea veía indispensable la transformación de las condiciones contemporáneas de producción y transmisión del conocimiento- algo posibilitado en negativo por la propia deriva “biopolítica” que está tomando hoy la cultura-, configurándose allí un escenario para la elección política y la apropiación reflexiva de los dispositivos de producción de sentido. Pero no olvidemos que tal escenario- el propio de unos estudios críticos de la visualidad y de la cultura, por él tantas veces defendidos- empieza a tomar consistencia a partir del cuestionamiento de la escena y los dispositivos de transmisión del conocimiento. Esto es, en el paso de la regulación y la administración medida del saber “escaso”- aquel constituido en torno al modelo vertical del maestro-alumno- a la puesta en común democrática e igualitaria del saber, por la que éste, en el acontecimiento de darse y ser compartido, se multiplica y se hace más y más abundante- y aquí hablamos ya de unas políticas de la cultura y del conocimiento sobre las que viene a articularse una política de la amistad. En ese viaje crece lo mejor del pensamiento: su apertura desinteresada a la diversidad del mundo hecha invitación a pensar lo que somos y lo que podemos. Aquí se trata nada menos- y así es como, asombrosamente, queda abierto el último libro de Brea- de pensar el futuro de la amistad en el mundo. Pero, incluso más allá, recibir ese desafío como problema llegado desde lo porvenir- pues es desde allí que el pensamiento, en la certeza de que no es posible pensar más que el hecho de que todavía no pensamos, hace posible iluminar en un destello lo oscuro. Y entender que, en su aceptación, nos exponemos aún a otra pregunta que no deja, ni dejará, de retornar: ¿Podemos, en lo que ello abre como destino, atrevernos a decir y hacer una humanidad digna de tal nombre?

Habitando esa interrogación como promesa empezamos a sonreírte.

Enviado el 18 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios


Ahí estás, horizonte ya

sobre el océano del tiempo

que te acoge,

en la espuma que te nombra

bajo los pájaros del agua,

en la estela que de nuevo

abres

atravesando lo infinito.

Es tu nave...,la que fuiste.

Horizonte ya en nosotros,

para el viaje de la vida

que a lo inefable

te sigue...

(A José Luis Brea)


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