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Septiembre 11, 2010

Nadie, cualquiera* - Ignacio Castro Rey

[El presente texto será publicado muy pronto en la revista FronteraD y nos fue cedido por el autor como un gesto de amistad y generosidad]

A José Luis Brea In memoriam


las-vidas-posibles-de-mr-nobody-1.jpg Imagínense la hipótesis de que a fuerza de ser "libres" y gozar de un amplio menú de opciones alternativas, no existamos, es decir, hayamos perdido la experiencia de algo único, sin equivalencia. Una forma patética de esta hipótesis la encontramos día a día en el ciudadano archiconectado a distancia y mudo en la cercanía; libre virtualmente, pero reservado y sumiso analógicamente. Si sometemos a la prueba de la gravedad y la cercanía, que es la de la existencia, a las personas y las ofertas tecno-culturales que nos rodean, veríamos que casi todo se derrumba, como las torres gemelas ante el impacto de unos aviones fabricados con un material similar.

Mientras tanto el último mortal no lobotomizado repasa su vida en el año de gracia de 2091, imaginando el curso de las distintas tentaciones que dejó al margen. Si una mañana, en la playa, te hubieras atrevido a hablarle a aquella joven adorable que se acercó al agua -en la forma de no mirarte, parece que te atendía-, tu vida podría haber tomado un rumbo distinto, lejos de esta medianía en la que chapoteas. Pues bien, con una textura que la mediocridad de los críticos españoles encuentra "excesivamente compleja" -cuando no "confusa" y "pretenciosa", "grandilocuente" y "reiterativa"-, Mr. Nobody intenta seguirle la pista y salvar, poética y científicamente, esas otras posibilidades que, por una prudencia que hace mucho que no llamamos cobardía, dejamos pasar al lado.

Como Europa de Lars von Trier, aunque menos expresionista que ella, Mr. Nobody resulta de una excelente alianza de metafísica europea y medios norteamericanos, de lirismo y ciencia ficción. Después de una larga preparación, con una riqueza formal alucinógena que en general resulta malentendida, Dormael nos invita en 138 minutos a la humildad de reconocer de una vez lo poco que hemos comprendido del mundo.

El belga Jaco van Dormael introduce en nuestra metafísica plana y segura el virus de la duda, un poco al modo en que lo hace el graffiti urbano, complicando nuestras largas paredes con la entropía, la algarabía de selvas exteriores y toda clase de tribus escondidas. Dormael aprovecha este múltiple determinismo informativo que nos acosa -usando versiones muy distintas- para liberar el sentido de la contingencia, la dignidad ética y estética de nuestras otras vidas. Además del defecto mercantil de no ser estadounidense, esta película tiene justamente el defecto político de su complejidad. Esto la alejará del gran público y de la gran crítica, que igual que ayer -la edad media y la de los media se parecen- quiere solamente papilla triturada, productos análogos del último éxito. Esta época digital es profundamente analógica. Mientras Dormael, de la percepción a la memoria, trabaja con la dignidad de nuestros restos olvidados, con el lirismo de las variantes rechazadas. Se podría decir que la alta resolución técnica de este largometraje está puesta al servicio de obstaculizar la forma actual de la estupidez, esta obsesión por lograr a lo largo y ancho de la vida social el apagón analógico, en suma, que el hilo directo con lo real se rompa en momentos cruciales. Bendita "crisis", si consigue retardar un poco este objetivo infame.

Si de verdad quisiéramos no ser "violentos", la primera tarea sería abrazar las secuencias temporales, apearnos de este "tren de vida" cuyo tensado vector dibuja un tiempo veloz, único, lineal. Mientras el estrés oculta la uniformidad, Dormael se atreve a cuestionar el canon que separa pasado, presente y futuro. Y todo ello a partir de la atención a los rastros en el presente, a partir de la percepción como acontecimiento. Leibniz decía: si pudiera percibir la infinita riqueza de esta cara, de esta persona, sabría predecir lo que le va a ocurrir, su futuro. El joven Nemo (Toby Regbo), pálido y existencial, juega peligrosamente a eso... De ahí que en su vejez, ante la desesperación del periodista que le entrevista, le cueste dar la auténtica y definitiva versión. En Memento había también un juego con las dimensiones del tiempo y el hilo de la memoria. Pero aquí las interesantes pinceladas científicas sobre la entropía, la teoría de las cuerdas, las fractales, el efecto mariposa... son variaciones de segundo grado con respecto a una intensidad narrativa que pone en escena una especie de infinito en acto. Como en los nenúfares de Monet: en cada planta, todos los mares; en cada gota, todas las aguas. Si un brasileño al cocer un huevo puede provocar una tormenta que borre la tinta de un número telefónico, todo es posible, tal y como insistía Chéjov. Aunque Jaco van Dormael está muy lejos del culto a la complejidad encadenada, tipo Babel o Clash, que en cada punto es muy simple. Más bien le interesa la complejidad que ocurre a la vez, de tal manera que cada decisión -si se logra tomar: elegir a Anna, reencontrada en una muchedumbre azarosa- arrastra el temblor de muchas otras.

El conjunto no es espectacular a la manera habitual de la ciencia ficción, tal como a veces se presenta la película, sino de un realismo hipnótico. Como si hubiéramos ingerido alguna droga que por fin hace real el mundo -nada de psicodelia aquí-, tenemos la sensación de estar atravesando la existencia sin guión ni subtítulos, en una visita no guiada que tropieza con los entresijos de lo que normalmente rechazamos. Mal que le pese a la mayoría de los críticos, la película se presenta como un drama, no como un producto del género fantástico, por digno que éste sea. La osadía de lo que llamamos "ficción" -casi siempre la justificamos con el letrero "basado en una historia real"- es lo único que puede captar la mutación real, una posibilidad que, en virtud de la irrealidad central de la muerte, siempre es anterior y posterior a toda realidad. Y Dormael tiene la osadía de intentarla. Lo peor de su cinta es lo que en ella hay de no fantástico, lo que nos recuerda de lo diario. Como el director Martin Ritt, Dormael es poco prolífico, muy lento. Su primer largometraje es la "inquietante" Totó el héroe, de 1991, y la siguiente es El octavo día, de 1996. Por lo tanto, casi quince años desde el último rodaje. Cuando a Dormael le preguntan por qué ha tardado tanto en volver a rodar, responde. "Me he dedicado a vivir y a escribir". Vivir, escribir: así que para rodar esta película "sobre la vida" Dormael tarda siete años en darle forma al guión.

Uno se siente de inmediato ante una película muy especial, que solamente no se convertirá en un clásico del cine por la estupidez informativa de un presente que siempre, hoy más que ayer, premia en masa productos ranciamente newtonianos: Lady Gaga antes que Animal Collective, Almodóvar antes que Guerín, Tony Soprano frente a Nemo Nobody. El film de Dormael es brillante en su formato, pero oscuro y difícil en el desarrollo; fantástico, pero verosímil; triste, pero poético. Peregrinaje submarino con significativas escenas de agua –aunque al joven Nemo le aterra-, la nitidez hiperreal de una fotografía de Beaucarne que a veces recuerda a Parr, a Hitchcock, esa saturación de los encuadres, se carga de espectros y ecos, las mil envolturas de la muñeca rusa en la que siempre estamos. La densidad plástica produce un efecto cegador, desdibujando la definición a través de la definición. Dormael y Beaucarne nos colocan tan cerca de las situaciones y los rostros que la precisión difumina los contornos de las identidades, de las vidas distintas, de las elecciones separadas. Pasado y futuro se entremezclan también por esto, a partir de la intensidad emocional y plástica del instante.

¿Somos la leve oscilación en el sueño de un dios, un fragmento de su duermevela? Sabiéndolo o no, esta intuición de la sabiduría hindú está detrás de la metafísica de Mr. Nobody. A la manera de algunas películas tipo Matrix o El show de Truman, la pesadilla de un decorado que nos envuelve, que a su vez está envuelto por otro decorado, forma parte del agobio de esta narración. ¿La verdad siempre está fuera, lejos de la caverna en la que nos refugiamos? Aunque la intensidad poética de cada posibilidad, contenida en una escena, le resta ese tempo fantasioso que en el fondo resulta tranquilizador. Lo peor de Mr. Nobody es que varía nuestras vivencias cotidianas. Por ejemplo, sobre este vicio de no estar del todo en ningún lado: "Nunca estás aquí", dice con pesar Jean (Ling-Dan Pham), una de las mujeres del Nemo adulto (Jared Leto). Quien, no obstante, quiere sinceramente a las tres: Anna (Diane Kruger), Elise (Sarah Polley) y Jean. Al contrario de una de las protagonistas de Avatar, Jean parece decirle con lástima a su marido: no te veo. Pero el viejo Nemo que repasa las alternancias de su vida no delira, tiene solamente una sabiduría mortal. Según preguntaba Baudrillard un día: ¿Cómo reconocer la mujer de tu vida si tienes varias vidas?

El joven Nemo es un artista clásico, diría Joyce: inmaduro, inestable, ansioso, aparentemente ensimismado y egocéntrico. Digamos que Nemo se ha elegido a sí mismo por la exterioridad que le habita. ¿Cómo no enloquece, qué tipo de identidad se labra quien no puede dejar nada fuera del molde? Mr. Nobody es, hasta cierto punto, un "Retrato del artista adolescente". En paralelo al joven Ricky de American beauty, el Nemo adolescente vive en la oscilación entre la dulzura y la furia. Es alguien tan cándido, digamos, que vive paralizado en la indecisión, en una beatitud que pasará por demoníaca para la sociedad bienpensante.

A partir de aquella encrucijada inicial a la que le somete el egoísmo moderno de sus padres, Nemo no puede tomar partido, no puede abandonar ninguna senda. Recuerden una escena de Carver donde un personaje decía aproximadamente: "Te quiero. Pero antes le he dicho esto mismo, con la misma sinceridad, a otras mujeres. ¿Qué significa esto, cuál es la verdad?". Bien, ¿se imaginan que todos nuestros sueños, nuestras creencias pasadas, nuestras mentiras, nuestros amantes, nuestros dispares amigos, nuestras dobleces diarias se juntasen en una sola escena, en una sola historia? ¿Se imaginan que nuestros amigos viesen de pronto la disparidad de personajes que somos, disparidad que nos hemos ocultado a nosotros mismos? Lo peor es que, cuanto más honestos seamos, más esquinas tendremos. No sé si saben que al propio Jesucristo se le acusa (Jn. 8, 49) de estar endemoniado, de ser dos, de estar desdoblado. Con una sabiduría que dice no ser solamente de este mundo, Cristo puede con ese doblez: "Yo y mi Padre somos una sola cosa". Sin embargo, Nemo asiste a la lluvia de sus capas un poco atónito, como si no supiera nunca donde está el milagro y dónde la regla, donde la anomalía y dónde la norma. A veces, por fuerza, la película es muy triste. ¿Hay algo más desolador que la verdad cuando ésta es inextricable?

Otra pregunta que brota de esta ardua investigación es: ¿cómo ser un militante de la percepción, cómo tomar en serio la apariencia y no volverse loco? Siempre serio y descolocado, como un homeless bien vestido con ojos de husky, parece que a la tristeza de Nemo le faltase ese órgano de selección que nos libra de la locura, que nos especializa anímicamente, normalizando nuestra parcialidad. Digamos que el joven Nemo, desde aquella encrucijada brutal y prematura, mantiene un acceso directo a lo real, sin mediación simbólica. Esto es lo que hace creíble, para algunos, que pueda adivinar el futuro. Con una rara resolución y belleza, Dormael vuelve una y otra vez la tristeza infinita de las sendas laterales que hemos ignorado. Y esto de la peor manera, en la alta definición de la luz, como en algún cuadro de De Chirico.

Némesis informativa por boca del último mortal, la película de Dormael equivale a un medio periodístico que tuviese memoria de todas las imágenes y las palabras que ha trasmitido, de manera que su ansiada actualidad se ahoga en la nieve de mil interferencias. Claro, así no puede vivir: ni ayer ni, menos aún, hoy. Desde luego, así no se puede adoctrinar a nadie, ni programar un público cautivo, que es el fin oculto de los medios. También de un cine que tiende a una escandalosa simplicidad, según Dormael. Por tanto, en el plano político la tarea de Nemo es la desinformación, la desprogramación. ¿Ayudarnos a pensar y a vivir con lo más atrasado de nosotros mismos, ese cuerpo sin órganos que convierte todo lo vivido en signo? Posiblemente, y en esta reacción nos guían los críticos, al salir de la sala es necesario archivar pronto el mensaje de Mr. Nobody porque con tal complejidad no se llega "muy lejos" en esta superficie social cuya fluidez se mantiene por la especialización. En suma, mutilamos cuanto antes cualquier comunidad inmediata, sensitiva. Cada cual debe aislarse en su nicho para poder estar multiconectado. Y la crítica es la vanguardia de esta clonación que debe convertirnos en "nativos digitales", esto es, en meros nudos de la red social, una jaula de infinitos interiores. Por el contrario, en Mr. Nobody la exterioridad bate y se nos invita a dialogar con ella.

La palidez vampírica de Nemo, su delgadez, la mirada seria, la melena lánguida. Angelicales y luciferinos a la vez, Anna (Juno Temple) teje con su hermanastro Nemo una relación vírica. No porque sea amor puro, al estilo romántico, sino porque la sensualidad a flor de piel está al servicio de la épica de un mundo que no cesa de abrirse. "No hay vida sin ti", dicen alternativamente, y la sala se conmueve un poco. ¿Con qué acento se puede decir hoy algo tan manido como "te quiero" para que las certezas vacilen? Dormael lo logra con un lenguaje en el que, propiamente hablando, no existe el tema. Muchas interpretaciones se tendrán que dar por buenas si el tema es la eternidad mortal del instante, la unidad secreta de los mil estratos de una vida. No es sólo que la película esté hecha como un collage de continuos feedbacks y dimensiones segmentadas. Es que la memoria que queda en el ojo de cada escena y de las palabras anteriores se une con el temblor de la siguiente. Así, aún rota, la línea narrativa se mantiene intacta en su discontinuidad, como si la cinta fuera una sola escena. De ahí que algunos leitmotivs regresen: ejemplarmente, ese instante de indecisión en la estación de tren. No sabemos cómo, pero el derroche de tiempo y de ingenio no han podido ser bajos para producir estos efectos tan "especiales" que con frecuencia no se ven, pues se funden en una trama que es magnética en cada uno de sus puntos, pues une espíritu y materia.

Una naturaleza ondulatoria se basa en la superposición cuántica de vida y muerte. La paradoja de gato de Shrödinger, esa pregunta crucial y pueril de "¿Estás vivo o muerto?" es mantenida por un Dormael que consigue no abrir la caja del secreto, no ceder al imperativo de transparencia. Por eso sabe lo que los otros no. Y esto no tanto en las intermitentes digresiones científicas del guión como en la poética de una percepción que mantiene su asombro. La existencia como una condensación de la ausencia: en la saturación hiperreal de la imagen, Dormael filma el desvanecimiento que obra en los cuerpos. En el fondo, esto es todo lo que se le puede pedir al arte, que no separe lo visible de lo invisible. "Usted no puede existir y no existir a la vez", dice el periodista que interroga al viejo que repasa su épica, pero el anciano Nemo se atreve a ponerlo en duda. Vivimos en una arborescencia de posibilidades, una malla donde cada decisión arrastra muchas otras. De modo que Mr. Nobody nos propone huir del binario esquematismo del Sí/No, ese fondo de B/N que asegura nuestro espectáculo multimedia. Dormael afronta desde el inicio la muchedumbre solitaria que somos en cada aliento, todas las pieles que nos han tocado y no hemos podido abandonar. Por eso cada escena es una selva que incluye la perturbación de la siguiente, como si en la inmediatez de la vida nos faltase la discriminación que nos permite ser unidimensionales, miserables sin culpa. La mentalidad preventiva, la religión de la seguridad comienza entre nosotros por la percepción. Y aquí es donde el compromiso ético y estético de Dormael se empeña en dinamitar nuestras seguras convicciones binarias. Una y otra vez insiste en que la realidad es múltiple y que los medios, también el cine, simplifican escandalosamente. A mil años luz de Sokurov, parece que podría compartir con él la idea de que el cine está lleno de vagos y estafadores.

Y no se trata de que Mr. Nobody esté libre de deudas. Felizmente, ocurre lo contrario: La noche del cazador en las escenas de agua; Europa en la voz del chamán que interroga al viejo y en la omnipresencia de las líneas férreas; 2001: una odisea del espacio en la metafísica espacial; Johnny cogió su fusil en las escenas hospitalarias del joven Nemo; Forrest Gump en la atención a la importancia de lo minúsculo, una hoja de roble que vuela en el viento. Y un largo etcétera. Hasta el viejo mortal rememorando su vida puede recordar al anciano Somerset de Providence. Sin embargo, el último trabajo de Dormael sobrevuela las referencias hacia un lugar propio. Puede "robar" impunemente lo que quiera porque está de camino hacia una fuerte obsesión singular, eso que los críticos siente como reiteración: filmar la infinitud inmediata, la épica de una vida "vulgar". Épica, porque todos estamos empujados por un sinfín de casualidades, de escenas no elegidas, a partir de las cuales configuramos nuestra existencia. Le damos el nombre glorioso de Yo a lo que no es más que un amasijo de influencias que podía haber sido de otro modo. Y no es que no seamos responsables de lo que somos. Al contrario, estamos obligados a convertir en forma y signo lo que no es más que una serie imprevista de encuentros. Nemo se pasa el día un poco atónito -si el viejo es descaradamente expresivo, el joven enmudece casi siempre- debido a una fidelidad esquizofrénica al sinfín de personajes que ha sido, a las cien identidades que hemos vivido, a las mil frases dichas. Nemo oye voces, y las oye en cada uno de los momentos que atraviesa. En cierto modo le pierde su percepción, una fidelidad mística a lo vivido que le impide traicionar nada visto u oído.

En general, esquivamos esta complejidad de las vivencias refugiándonos en la reserva de la identidad, en el narcisismo de una vida trazada. Espíritu primitivo, por el contrario, Nemo ha de atender desde niño a todos los caminos. Por eso vive siempre en el borde de la intolerancia y la incomprensión de los otros, porque su suelo habitual es el "azar objetivo" de los surrealistas, esa confluencia entre lo que el hombre desea y el que el mundo ofrece. En otras palabras, la idea de otorgarle un sentido supremo a lo encontrado, construyendo escenas directamente desde el desorden, a partir de una proximidad con las cosas que en el orden habitual no es permitida. Por añadidura, Mr. Nobody muestra que el delirio de la lógica estoica, aquel imperativo ético de descifrar un signo en cada contingencia, vuelve en los momentos culminantes y críticos de nuestra cultura.

*Las vidas posibles de Mr. Nobody, Jaco van Dormael, 2009.

Enviado el 11 de Septiembre. << Volver a la página principal << | delicious

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