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Octubre 10, 2010

GPS5/ Splice, o la crítica de la razón científica - JUAN FRANCISCO FERRÉ

José Luis Brea in memoriam

“La ciencia y la tecnología actuales no pretenden ya sólo comprender y reproducir los procesos naturales, sino engendrar nuevas formas de vida que nos asombren; la meta no es ya dominar la naturaleza (tal y como es), sino engendrar algo nuevo, más grande y fuerte que la naturaleza ordinaria, incluidos nosotros mismos”. -Slavoj Žižek, In Defense of Lost Causes-

delphine-chaneac-splice.jpg 1. El éxito masivo de Inception, actuando como un espejismo mental para muchos, quizá haya impedido comprender cuál ha sido la película más estimulante estrenada este verano y, sin duda, una de las más importantes del año. No me refiero a la más innovadora desde un punto de vista formal (criterio cinéfilo en bancarrota), ni a la más trepidante o conmovedora (criterios comerciales de lo más vulgares), sino a la única propuesta fílmica de los últimos años que se ha enfrentado sin complejos al desafío fundamental enunciado por Žižek en el epígrafe. La película se titula Splice. La dirige Vincenzo Natali, director de Cube y Cypher. Y la protagonizan Sarah Polley (Elsa Kast), Adrien Brody (Clive Nicoli) y Delphine Chanéac (Dren).

2. Al contrario de Inception, Splice es una película de presupuesto modesto, no un alegato multimillonario en pro del totalitarismo cinematográfico. Como se ve en todas las pantallas, el cine es el primer arte totalitario de la historia. Lo quiere todo a toda costa. Todo el control, todo el dinero, todas las miradas y todos los espectadores. Esta voluntad de poder, relacionada con el ejercicio capitalista, es lo que Inception celebra a su manera banalmente espectacular. Un sueño totalitario que, como en un videojuego, se apropia de los sueños de todos los implicados y les impone sus exigencias y reglas. Lo que tienen en común ambas películas, sin embargo, corresponde a su abordaje de un aspecto simétrico, a cual más nocivo, del ideario del biólogo neodarwinista Richard Dawkins: en una (Inception), sería la teoría de los “memes”, esas “representaciones” despóticas de la realidad que monopolizan la mente de los humanos; y en otra (Splice), la genética “egoísta” que los reduce al papel de reproductores compulsivos.

3. Como no podía ser de otro modo, Splice contiene en su núcleo multicelular una versión del insuperable Frankenstein de Mary Shelley ambientada en la era de la biología molecular más avanzada, donde la monstruosa criatura es creada no a partir de la recomposición de restos humanos putrefactos sino de la combinación experimental e informatizada del ADN de diversas especies en teoría incompatibles (aves, mamíferos, insectos, reptiles, humanos). La trama pone en juego, además, conceptos como evolución y mutación, monstruo y especie, híbrido y organismo, etc. Splice se sitúa así un paso más allá de los planteamientos de La Mosca de David Cronenberg y, por momentos, pareciera asumir las innovadoras convicciones del filósofo de la ciencia Thierry Hoquet: “El monstruo es la excepción que pone a prueba la regla, o que vuelve problemático su estatuto de regla; pero el mutante transforma la regla, abre la posibilidad de otro juego”.

4. La historia de Splice es simple en apariencia. Una pareja de científicos (Elsa y Clive) constituye un consorcio sentimental y profesional trabajando para un laboratorio biotecnológico. Son treintañeros atractivos, ambiciosos y modernos, representantes de un cierto estereotipo publicitario generacional, pero afectados como muchos de sus modelos reales de una peligrosa asepsia vital. En su relación personal, invirtiendo el rol habitual, es Elsa la que toma las decisiones creativas mientras Clive queda reducido por conveniencia a un papel activo pero secundario. Ella no desea poner en riesgo su carrera quedándose embarazada, lo que reduce la vida erótica de la pareja a una pobreza monacal. En el curso de sus experimentaciones producen, sin embargo, una asombrosa criatura transgénica (Dren) en la que Elsa identifica enseguida a una hija sucedánea sobre la que proyectar su frustrada maternidad. La “cosa” se complica cuando la criatura (diseñada en todas sus fases de crecimiento con el siniestro esmero de Alien o, en otro ámbito, con la fantasía hiperrealista de la artista Patricia Piccinini) crece y pasa por los estadios de la infancia, la adolescencia y la madurez sexual enfrentándose en cada una de esas edades, conforme a la pauta freudiana más previsible, al desapego y deseo de destrucción del padre putativo, a la rivalidad y la rigidez algo histéricas de la madre genética y a la seducción posterior del padre, en un primer intento fallido de reproducirse. Finalmente, tras padecer una mutación sexual inesperada, un avatar masculino de Dren se apareará con éxito con su madre, matará al rival paterno y será asesinado en venganza por su progenitora durante un desenlace tan efectista como cruel.

5. Como se ve, Splice logra reactualizar en la era de la ciencia y la tecnología, otro de sus grandes aciertos, la historia de una pareja edénica que revuelve en las fuentes de la vida sin temor ni reverencia sagrada, desafía al supremo creador de formas y sustancias y se gana la ira divina encarnada en ángeles de sexo mutante surgidos de la materia viva reconfigurada por sus negligentes manipulaciones. Ángeles y bestias, ángeles y demonios, seres de doble rostro moral, como los evocados por Harold Bloom en sus Presagios del milenio (“Los ángeles fueron antaño más ambiguos y ambivalentes”). Así es como se muestra la angelical y diabólica Dren desde sus primeros pasos hasta el momento en que despliega alas como un fascinante ser mitológico y trasmuta su sexo para responder a la nueva necesidad reproductiva impuesta por su insólito programa genético (“el primer libro de Enoc comienza con el descenso de unos doscientos ángeles lujuriosos, que caen sobre la cima del Monte Hermón para perseguir a las hermosas hijas de los hombres”; Bloom y sus oscuros “presagios” de nuevo).

6. Desde el punto de vista científico, por tanto, la lección esencial que reciben los infaustos biólogos Elsa y Clive es bien clara para un neodarwinista: la economía natural no pierde el tiempo ni malgasta energía, su fundamento aberrante es la reproducción y diversificación de las especies y los individuos por los medios disponibles en el entorno más inmediato. Por eso la criatura Dren, con su radical extrañeza, les recuerda a sus dos desvitalizados creadores, al hombre tanto como a la mujer, que la naturaleza, aun la producida en un laboratorio computerizado, seduce para aparearse y procrear y busca a toda costa, como una corporación competitiva, perfeccionar sus métodos y recursos para hacerlo con más garantías de éxito. Los tecnócratas ambiciosos e irrespetuosos que juegan a dioses con las fuentes de la vida obtienen así, perdiendo el control de sus existencias y no sólo de sus investigaciones, un escarmiento moral, como los zoólogos de Greenaway. El amargo recordatorio de que la reproducción y la muerte constituyen el grado cero de la vida. El horror básico asociado a sus procesos materiales más complejos. Y todo lo demás es literatura, mejor o peor escrita, como nuestro código génico.

7. Combinando con mayor precisión todos los datos manejados hasta el momento, Splice podría ser definido, en suma, como un thriller biotecnológico sobrecargado de corrosivas connotaciones bíblicas sobre una audaz pareja de sampleadores genéticos, sus complejas relaciones con los subproductos mutantes de sus experimentos más radicales y, sobre todo, la captura final de éstos y de sus (in)finitas potencias de creación o destrucción por un poder corporativo farmacológico inmerso a su vez, dando otra vuelta de tuerca a la trama, en un proceso de metamorfosis interna relacionado con el género de sus directivos. Una suerte de devenir matriarcal empresarial.

8. Bajo el manto de la experimentación biomolecular capitalista se realiza, pues, una escenificación truculenta de los traumas y patologías familiares (de carácter edípico) de los científicos implicados en la creación de criaturas posthumanas que, pese a ser creadas como híbridos de múltiples especies, reiteran en su desarrollo el proceso educativo y la instrucción afectiva de los humanos. Como ya sucedía en Frankenstein, donde el propósito de Mary Shelley era también, según Žižek, “dinamitar el mito familiar desde dentro”. En este sentido, Splice efectúa una crítica de la razón científica no por sus excesos y transgresiones del orden natural sino por su motivación conservadora, mostrando la paradoja en que se funda su trabajo diario, es decir, cómo a pesar de desplegarse en los límites de lo que entendemos por humano el experimento biopolítico descrito en la película se parecería a una comedia doméstica escenificada, para variar, con algunos actantes inhumanos o sobrehumanos. Al mostrar las consecuencias nefastas de la inserción de un ser biológicamente superior en el entorno de una familia nuclear posmoderna, Splice produciría una parodia crítica de sus formas y valores mucho más poderosa e incisiva que la de Ricky, de François Ozon, ejemplo europeo reciente de reflexión sobre la redefinición de la maternidad y la filiación en este nuevo siglo (con tintes sociológicos de proletariado suburbano añadidos). Y esto resulta de especial importancia en la época misma en que, enfrentadas a la disipación social de sus estructuras ancestrales, las narrativas mayoritarias de Hollywood, como analiza Žižek una vez más, se centran con preferencia, sea cual sea el género cinematográfico elegido para inscribirla, en la constitución o reconstitución, según los casos, de la institución conyugal y familiar (tópico en el que, por cierto, también incurre Inception).

9. La fábula de Splice incidiría con inteligencia en esta situación al resolver sus diversos dilemas (naturaleza vs. artificio, evolución vs. mutación, humanidad vs. posthumanidad, ciencia vs. vida, determinismo biológico vs. construcción social, organismo vs. especie, etc.) con una moraleja no exenta de ambigüedad que pondría en cuestión la metanarrativa moderna o postmoderna según la cual la ciencia y la tecnología serán capaces de conducirnos más allá de la dimensión terrenal de lo humano, demasiado humano. Como si la desnaturalización o descomposición de un modo de vida tan determinado como éste, parecería decirnos la parábola de Splice, no garantizara en absoluto la incorporación a ningún modo alternativo de vida más o menos artificial. Como si, en definitiva, la especie humana, con todas sus diferencias culturales y religiosas, se mantuviera ontológicamente encerrada en un círculo vicioso preservado no por las leyes de la naturaleza, o en su defecto por el principio de realidad y sus políticas derivadas, sino por los límites afectivos y cognitivos de los individuos que la integran.

10. No es indiferente, entonces, sino altamente sarcástico y significativo, que sea el poder capitalista, representado en este caso por una veterana jerarca empresarial, el encargado en Splice de velar finalmente, con todos sus medios y aparatos, por el mantenimiento de ese bucle congénito a fin de explotarlo en su provecho, sin temor a los riesgos reales derivados de tal explotación de una fuerza desconocida e incontrolable, como ya sugería la saga Alien. El ente inhumano en sus diversos avatares pasaría así a convertirse en la imagen agresiva de marca de la voluntad de poder del Capital (“lo Real de nuestras vidas”, Žižek dixit). El Capital, sí, esa encarnación mercantil y financiera de la divina Providencia y sus designios inescrutables (excepto para publicistas preclaros como el Don Draper de Mad Men) empeñada en poner bajo su dominio eficiente hasta la evolución misma de la especie. Cabría entender, por tanto, que toda la trama de Splice se resumiría en un proceso de dolorosa reconversión padecido, a imitación de la pareja de científicos protagonista, por una corporación farmacológica en un periodo crítico de su existencia con el fin de rentabilizar sus inversiones en experimentación transgrediendo, sólo al principio de manera clandestina, los límites éticos y tecnológicos de partida.

11. En este sentido, el plano terminal de la matriarca corporativa abrazando desde atrás el cuerpo embarazado de una Elsa deprimida y domesticada, mientras contemplan desde la altura del rascacielos un paisaje urbano sobre el que están a punto de difundir de manera masiva el monstruoso producto, es una de las más potentes alegorías del presente vistas en el cine desde la devastadora clausura de El club de la lucha, aunque de signo contrario. Como sabe por instinto la directiva depredadora, la gran incógnita del futuro se aloja ahora en el claustro materno del que es propietaria exclusiva, esa redoma alquímica donde un homúnculo de última generación aguarda el momento idóneo para abandonarlo, quizá de manera violenta, y acoplarse después a la maquinaria capitalista con objeto de perfeccionar aún más su funcionamiento implacable. Esta imagen visionaria del epílogo sintetizaría más que ninguna otra la potencia inmensa del capitalismo para extraer incontables beneficios, al precio que sea, de los desastres y la catástrofe por venir, generados o no por sus decisiones más peligrosas. Como sentencia Žižek con contundente provocación en su nuevo libro, Living in the End Times: “un capitalista que se dedica incondicionalmente a promover el capitalismo está dispuesto, en efecto, a ponerlo todo, incluso la supervivencia de la humanidad, en riesgo, pero no por ninguna “meta” o “ganancia” patológicas, sino por la reproducción del sistema como fin en sí mismo –fiat profitus pereat mundus podría ser su lema”.

12. Esto es también lo que Splice, recombinando géneros cinematográficos hasta producir una brillante narrativa de síntesis, hace ver al final a un espectador demasiado embargado quizá por la incurable melancolía de un horizonte histórico más parecido a un intrascendente final de temporada y liquidación de existencias que al pomposo festival wagneriano de fuegos artificiales que prometían 2001 y Blade Runner. Nada menos pretencioso, desde luego.


Enviado el 10 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

¡uhm !!! ¡que bién !!! habrá que verla. En todo caso, ¡gracias! ...por esto y por la entrevista de expósito ¡refrescante y asertivo! ¡los felicito!


Excelente reseña y muy elegante la forma en que lo pusieron....me enamoré de esta pelicula desde este momento..!!! saludos y felicidades


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