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Octubre 20, 2010

La escritura, el cuerpo y su desaparición en la obra de Song Dong y Safaa Fathy - Marcela Quiroz Luna

Originalmente en 17, instituto de estudios críticos

"¿Qué puedo leer de mí mismo? ¿No soy eso mismo que se le escapa a mi propia lectura? ¿Qué puedo conocer de mi cuerpo? ¿Qué puedo conocer de mi escritura? […] solamente conozco de mi escritura lo que conozco de mi cuerpo: una cenestesia, la experiencia de una presión, de una pulsión, de un deslizamiento, de un ritmo: una producción y no un producto; un goce, y no una inteligibilidad". Roland Barthes [1]

derrida_fathy.jpg Anticipando el estudio comparativo sobre los orígenes de la medicina en la antiguas civilizaciones griega y china, el investigador Shigehisa Kuriyama [2] nos dirige entre aparentemente sencillas derivaciones hacia una interrogante fundamental sobre la que puede emplazarse el germen de reflexión que en las páginas siguientes se desarrollará. El breve recorrido que el catedrático japonés asienta como prefacio a sus intenciones e intentos desemboca en una cuestión tan trascendente como imposible de resolver —la diferencia entre poseer el cuerpo o pertenecerle.

Kuriyama habla de la distancia entre pertenecer y poseer como un ‘espacio ambiguo’[3] y en esta sugerencia (i)localizable atisba el encuentro sobre nuestra propia experiencia como el único ‘lugar’ que nos es accesible aún en su ambigüedad para recorrer con él, en él, las posibilidades de respuesta.¿Cómo podemos conocer este ‘espacio ambiguo’ que somos como cuerpo invisto sino sobre su superficie y sensaciones? ¿Cuáles son las profundidades que envuelve nuestra propia exterioridad sensible? ¿Cómo podríamos alguna vez tener certeza del orden de relaciones que se establecen entre el cuerpo anatómico y el cuerpo expresivo?¿Dónde es que puede fincarse la diferencia o la distancia entre poseer o pertenecer? Pues aunque la disparidad de negociación o convivencia con el cuerpo que anuncia el enfrentamiento de ambos términos-en-acción es claro y dirigido en modos opuestos/contrarios en cuanto su estatuto gobernante —se posee algo, se es dueño de, o bien, se pertenece a algo, se es súbdito de—; sucede que al hablar del cuerpo la relación biunívoca que podríamos haber intentado establecer se desdibuja en sus contornos. Tal como el desarrollo histórico de la medicina griega en la antigüedad destinaría sus orígenes a la posibilidad de establecimiento del núcleo o motor del cuerpo entre el corazón, los pulmones y el alma,[4] pensar la divergencia de situación entre el sujeto como conciencia y su cuerpo entre la posesión y la pertenencia no es sino un intento por designarse en subdivisiones de primacía ciertamente insostenibles cuando se habla de un organismo. Pues en el solo planteamiento de esta distancia por salvar entre la posesión y la pertenencia anidan las intenciones del hombre sobre el conocer y sus saberes.

Cómo es que se conoce y cómo se experimenta el cuerpo, según nos enseña Kuriyama en esta investigación, son formas a las que no tenemos posibilidad de acceso sino a través de las palabras y los esquemas; a través de la representación que el hombre hace en el lenguaje —por lo general del cuerpo ajeno (cuerpo de estudio)— para conocer el propio. Hay que hacerse de las palabras para develar las actitudes y el estado mental del cuerpo que las escribe, afirma Kuriyama. Incitemos la posibilidad de llevar un poco más lejos tal intención, es decir, intentemos hacernos de las palabras para develar los estados físicos del cuerpo. Ésta será la inmersión final que busque este escrito en su escritura. Para desplazar la historiografía del saber del cuerpo sobre la posibilidad de acceder a esos espacios ambiguos entre el conocimiento y la vivencia que confiesan con menor resistencia los intentos de posesión como urgencias de pertenencia, de consonancia.[5]

Una forma de intentarlo sería hacerlo sobre el cuerpo propio, intentar decir en la palabra las vibraciones (inteligentes y equívocas [6]) que anidan los registros de sensibilidad que recorren los nervios entre la corteza cerebral y sus terminaciones periféricas. Pensar en el cuerpo como un enlazamiento físico, palpable, con el mundo es un camino permisible para recorrer el hilvanado que entreteje la experiencia y sus terminaciones narrativas. Preguntarse por la pertenencia o posesión desde y sobre un cuerpo enfermo, un cuerpo ‘en falla’, pudiera ser una forma de articular el sentir con el decir de una manera radical, acaso extrema; ciertamente un poco más urgida de recorrer ese camino.

Pues entre los estudios que intentan decir el cuerpo enfermo en su dolor sobre los que busca avanzar la antropología médica concuerdan en confesar lo inaccesible entre el cuerpo que padece y el que escribe sobre una cierta laguna que de la experiencia del cuerpo doliente permanece impronunciable, indistinguible, indecible a la palabra. Incluso aseguran que esa distancia (advertida por Kuriyama) entre el cuerpo y su decir en la palabra permanece infranqueable en buena medida incluso para los propios pacientes, sus ‘casos de estudio’, situando la frontera más esquiva sobre el cuerpo que intenta hablar su dolor.[7] Quizá la posibilidad de hacer del cuerpo propio el caso de estudio reescriba la indecibilidad como urgencia. Urgencia de volver a la palabra.

Elaine Scarry, investigadora y catedrática inglesa sobre cuyos escritos entorno al dolor derivan buena parte de los estudios contemporáneos en la antropología médica anglosajona contemporánea, ha enunciado con punzante claridad una figura en la que (des)dibuja la relación entre el cuerpo doliente y la palabra. Scarry asegura que un cuerpo en dolor pervive de un estado pre-simbólico del lenguaje siendo que, cuando es extrema su experiencia, el cuerpo se experimenta escapado a la posibilidad de articulación significante. Cuando el cuerpo duele de tal forma que no puede decir palabra sino lamentos, dice Scarry, el lenguaje deviene tan inaccesible como dispensable. El dolor intenso es capaz de “destruir al mundo” alejando al cuerpo de su posibilidad enunciante, de su existencia narrativa. Ver un cuerpo en la profundidad del dolor “es ser testigo de la destrucción del lenguaje”; verlo ‘volver’ del dolor es “presenciar el nacimiento mismo del lenguaje”.[8]

Habitando un cuerpo que ‘urge’ de esta forma su ‘vuelta al lenguaje’, siendo la experiencia de su propia cronicidad aquello que encinta la necesidad por desaparecer en cambio en el lenguaje, este estudio es en principio un ejercicio por ‘conocer las palabras’ que hacen el cuerpo en la obra de dos sujetos cuya elección y presencia nodal los anima a funcionar como cuerpos flotantes en un entorno acuoso de fluidez, superficie y densidades variables, buscando en el propio ejercicio de la escritura los intercambios de reflexividad y opacidades que enlazan la vivencia del cuerpo con el proceso de escritura en la obra de arte. El cuerpo que (se) hace (en) la escritura y en su (des)hacerse constituye su propuesta estética.


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Notas

1 Barthes, Roland. Variaciones sobre la escritura. Buenos Aires: Paidós. 2002. p 123. (Éditions du Seuil: París. 1993) *El artículo que da título a esta publicación póstuma fue escrito en 1973 para el Instituto Accademico di Roma para una publicación colectiva que no sucedió.

2 Kuriyama, Shigehisa. La expresividad del cuerpo y la divergencia de la medicina griega y china. Madrid: Siruela. 2005. (The Expressiveness of the Body and the Divergence of Greek and Chinese Medicine. Zone Books.1999)

3 El autor deriva la disparidad entre el pertenecer y el poseer (d)el cuerpo de Paul Valery en uno de sus escritos sobre estética, circulando la pregunta ya desde este origen citado como una interrogante extensible sobre las distancias culturales y geográficas que hacen de Oriente y Occidente, baluartes. Valery, Paul. “Aesthetics” en Collected Works in English. Princeton: Princeton University Press. 1964. vol 13.

4 Lo que los principios de la anatomía occidental tratara de designar como valoración de preponderancia vital entre el corazón (circulación) y los pulmones (respiración), Aristóteles lo resolvía con la idea del pneuma innato —la ardiente y divina respiración de la Naturaleza que brota desde el corazón. Ese hálito vital que entre culturas e historias recibirá infinidad de nombres rondando la dualidad cuerpo/alma, Aristóteles lo entendía como un primer motor inmóvil más allá de toda creatura a partir de cuya respiración e imitación existía la vida. Más al respecto: Op.cit. Kuriyama. p 155.

5 Apelando al sentido de ‘consonancia’ en un recorrido entre su definición musical como identidad acorde de sonidos y esa sencillamente enunciada relación de conformidad que tienen algunas cosas entre sí.

6 Deliberadamente polarizo la condición de esa ‘buena’ y ‘mala’ que hace la diferencia entre un estímulo cognoscible positivo entre las terminaciones nerviosas del tacto que llevan su información al cerebro, y esa otra orden de estímulos ‘malos’ o equívocos que lanzan su estímulo como dolor cuando responden a una terminación nerviosa afectada, dañada.

7 Siguiendo los importantes estudios en la materia que ha realizado Elaine Scarry (The Body in Pain: The Making and Unmaking of the World. Nueva York: Oxford University Press. 1985.) investigadores como Byron J. Good, Mary-Jo DelVecchio, entre otros, concuerdan en denunciar la brecha que los distancia de la posibilidad de comprender en su integridad e intensidad la experiencia corporal de pacientes enfermos, especialmente con aquellos diagnosticados con dolor crónico. Al respecto: DelVecchio, Mary-Jo, etal. Pain as Human Experience: An Antropological Perspective. Berkley: University of California Press. 1994.

8 Ibid. Scarry. pp. 5-6, 29.

Enviado el 20 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Exelente los escritos deseo seguir recibiendo mas de estos textos.


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