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Octubre 03, 2010

PISHA, TÚ TIENEH MUSSHA VIDA INTERIÓ - Eloy Fernández Porta

m_pills.jpg Al principio de la más célebre película de Ernst Lubitsch un actor ataviado de príncipe danés pasea por las tablas del escenario con aire meditabundo. Carraspea, toma aliento y se dispone a hablar, pero antes de hacerlo mira de soslayo hacia la concha. El apuntador, calvo y gordezuelo, se lleva una mano a la boca y musita: “Ssser o noh seeer”. Oído el chivatazo, el actor compone un gesto de vate estreñido y empieza a declamar, muy divo él, y muy sentío, un extenso soliloquio que dice no sé bien qué cosa de la áspera Fortuna y de irse a sobarla, y que no recuerdo ahora quién lo escribió, ni cómo se titula.

La escena en cuestión no es sólo un buen chiste más; es el chiste. Si hubiera que explicarle a un marciano en qué consiste el humor, habría que contarle esta situación. El humor consiste en abordar al sujeto presentando sus atributos trascendentes, sustanciales y sublimes como si fuesen accidentales, exógenos y risibles. He dicho “como si”, y eso presupone nuestra actitud en relación con esos rasgos: en el contexto del arte damos por sentado que son parte constitutiva del individuo –que vienen de fábrica-, y que su expresión pública es sólo un modo posible de presentarse. Esto es lo que nos dice la alta cultura. No piensa lo mismo la cultura popular, que considera esos presupuestos fundamentales como un fraude y su representación como una performance.

En el teatro los apuntadores siempre tuvieron una misión ancilar: dar la entrada para una escena, recordar una frase, introducir una morcilla, ayudar al histrión a salir de un jardín. En la escena filmada por Lubitsch lo accidental se vuelve fundamental: es preciso recordarle al actor que hay Ser; no lo sabe por sí solo. En la sociedad de consumo esto sucede con frecuencia: de tarde en tarde olvidamos que tenemos Ser –o al menos yo lo olvido; será que no tengo mucho de eso. Pero quien olvida el Ser no se convierte en un frívolo; se convierte en insolvente, porque para comprar hay ir con el Ser por delante. Los anuncios apelan en primer lugar a nuestro Ser (“hay cosas que el dinero no puede comprar”), y sólo secundariamente a sus circunstancias (“para todo lo demás…”). Ese principio fundamenta lo que José Luis Brea denominó las industrias de producción de la subjetividad, cuya misión es desarrollar, enfatizar, educar o, con mayor frecuencia, fabricar ex nihilo la experiencia “singular e irreductible” del ciudadano. Como hemos apuntado en el epígrafe precedente, las industrias de la subjetividad no conocen límites de jerarquía cultural, los que distinguen la publicidad de la filosofía y el marketing de la lírica: son una línea continua, de dos direcciones, que pone en relación esos mundos hostiles. Esos dispositivos realizan lo que Juan Francisco Ferré ha llamado “la invención del alma y la conciencia del espectador”, que se basa en la apelación a sus cualidades sustanciales, y no –al menos no en primera instancia- a su yo materialista. Pisha, tú tieneh musha vida interió: en ese complejo expresivo, simbólico y financiero tiene especial relevancia lo que aquí denominamos las industrias de la vida interior, y que constituye el sector más esencialista de las anteriores. Las industrias de la vida interior nos dan el chivatazo del Ser; nos recuerdan que somos esenciales –o informan de ello a quienes lo ignorábamos-, y así nos previenen de lamentables descuidos. ¡Ahivá, los dónus! ¡Ahivá, que se me olvida el Ser!

De este modo el Ser poético es transferido a la narración publicitaria, definiendo varios modelos de propaganda que son, a la vez, Academia del Espíritu y ejemplo edificante y digno de imitación. Son píldoras de Ser. Posología: 100% Ser. 0% Dinero.

Enviado el 03 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

Creo que Marx ya lo dijo


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