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Octubre 27, 2010

Historia del Ojo, según Vargas Llosa - Itziar Bilbao Urrutia

The trouble with men, Terry reflected, was that they all wanted to stick their pricks into other people’s holes Stewart Home, "Defiant Pose"

geisha_m 2.jpg PLACERES PUERILES

Acabo de adquirir una copia de 1984 de Historia del Ojo de Georges Bataille. La encontré en una tienda de Traperos de Emaús del barrio durante una visita a mi madre y se convirtió en un fetiche sobre la cabecera de mi cama, un signo de identidad y refugio del yo que se disuelve cuando regreso a prestar homenaje a los míos. En la tienda, me dirigí derecha a la mesa repleta de libros usados, a una pila de esbeltos volúmenes firmados por nombres como Pierre Loüys, Apollinaire o Manuel Vázquez Montalbán, pero ante todo, reconocí las icónicas tapas negras, donde la frase La Sonrisa Vertical, a la sazón colocada verticalmente en el centro de la cubierta, apunta hacia un triangulo rosa, para formar en conjunto un abstracto pubis femenino. Este icono de la transición española, con su descaro recién estrenado, me catapultó a mi adolescencia en los primeros ochenta. Los ojeé todos en un arrebato de nostalgia, pero también, y aquí es donde duele, de curiosidad por recordar, quizás desentrañar, la actitud sexual de aquella época, la apertura, mi apertura al mundo y el principio de mi educación sentimental. En esta inesperada cápsula del tiempo, artefacto de museo de la más tempranas tumescencias post-franquistas, intuí que iba a desentrañar de dónde vengo y cómo he llegado a donde estoy, al germen de mi despertar intelectual y el erótico, que creo recordar, se confundían a menudo. Compré todos los volúmenes con la calderilla que llevaba en el fondo del monedero: realmente, las cosas más importantes en la vida no tienen precio.

“La diferencia entre erotismo y pornografía es económica,” ha declarado alguna vez Luis García Berlanga, director de La Sonrisa Vertical. A pesar de su reputación transgresora en un país apenas despertando, como yo, a la consciencia de sus deseos, La Sonrisa Vertical desea sin duda sumarse a la tradición molesta del pornógrafo, cuya función es la de revelar los deseos menos civilizados mostrando el sexo desnudo de las validaciones religiosas sociales, artísticas o culturales que lo justifiquen. Sexo como fuente de placer para los sentidos. Sin embargo, La Sonrisa Vertical transpira el limpio sudor perfumado del erotismo por cada poro, porque viene siempre apadrinada por grandes nombres y grandes monstruos sagrados de las letras y la cultura. La plutocracia cultural es una divisa que se compra y se vende en los territorios regidos por los intelectuales. Al publicar a aquellos autores que, como Bataille, han dado sobrada prueba de que sus hondos bolsillos están bien repletos de divisa cultural, La Sonrisa Vertical sucumbía a la tradicional justificación del sexo etiquetándolo como arte. No pretendo con esta critica ser ingrata: La aparición en el mercado de La Sonrisa Vertical y sus cubiertas de abstractos pero innegables pubis, me sirvió para acudir a la librería progre del pueblo, quinceañera aún, y solicitar sus títulos sin sonrojarme, posiblemente, incluso con una excitada pose desafiante. Esas cosas eran un buen substituto cuando no había más forma de embarcarme en lo que proyectaba ser mi revolución sexual. Porque ya entonces tenía designios al respecto, todavía más abstracto que el abstracto como de triángulo/pubis rosa y dorado título que la librera progre me envolvía con esmero (“es para un regalo”, mentí). Pero esto vendría años más tarde, en otro tiempo y en otro país. Por el momento, no voy a adelantarme. Volvamos a ésta edición de Historia del Ojo que me llamó la tención entre las ropas a la venta de Traperos de Emaús, simplemente porque en su día se me paso por alto, quizás porque las personas que me educaban el gusto entre mi bachillerato y los sonámbulos fin de semana del pueblo, no me mostraron o no conocían a Bataille. O porque a mi mismo, sonámbulo pueblo, pocas veces llegaban -por utilizar una expresión de la que por aquellas partes gustan usar-, están repletas de “cosas raras”. Por esta razón imagino, porque a mis quince años no llegaban estas cosas, debo el no haber conocido las surreales actividades sexuales que con escueto lenguaje describe Bataille. Ni a él, ni a tantos otros plutócratas de la cultura del siglo XX que aun no habían aparecido en mi horizonte.

Hablando de plutocracia cultural, esta edición de La Historia del Ojo de Bataille que hallé en una tienda de traperos posee credenciales aristocráticas. La traducción es de Antonio Escohotado, hedonista, gurú, Burroughs de la juventud española de la transición, famoso por su magna obra Historia Universal de las Drogas y cuya versión abreviad, temprana, habíamos leído todos antes de los dieciséis años.
Pero la joya escondida entre sus páginas, es sin duda la introducción de Mario Vargas Llosa. Aquí es donde hallé, tal como mi intuición se había olido, la cápsula del tiempo, la semilla de una sexualidad que despertaba y tomaba forma no ya sólo en mí, sino a mi alrededor, en un país que abandonaba una larga vejez prematura de la dictadura, para embarcarse, como yo, en su primera adolescencia. Su descubrimiento fue un regalo a mi nostalgia por la Itziar de quince años que comenzaba a escuchar historias sobre personas sexuales que iban a habitar el panteón de su mitología temprana. Vargas Llosa era un famoso en el mundo intelectual que se me ofrecía en la España de aquellos días. Su presencia, al menos lo que podía adivinar en suplementos dominicales y solapas de libros, proyectaba un atractivo algo rufián y chulesco. Había oído que tenia fama de ser rampante con las señoras, al menos es lo que se leía en suplementos semanales y en mentideros intelectuales. Descubrir que los escritores cultivan las exigencias de su carne me validaba, porque los que yo conocía eran de una escuela ascética, de los que han sacrificado su zorra interior en el altar del Arte, para no distraerse de sus tareas creativas. Deber ser algo que ver con el País Vasco donde, incluso los que presumen de no tener dios, tienen algo de rezones y piadosos. Ya entonces me gustaban los chicos malos.

La serie de viñetas pornográficas e irreverentes que compone Historia del Ojo, puestas sobre el papel por Georges Bataille a instancia de su médico, es presentada por vez primera al publico español por La Sonrisa Vertical. Los patriarcas y padrinos, autores, editores y prologuistas de éste volumen pudieron haber sido mis bitácoras en el viaje erótico que entonteces comenzaba - pero nunca fueron. Por un sinnúmero de coincidencias que no procede desembrollar, esta adición de Historia del Ojo editada por La Sonrisa Vertical se me pasó de largo en su día. Me siento muy afortunada de que así fuera: éste es para mi el gran descubrimiento escondido en estas páginas. Leí el largo prólogo escrito por Vargas Llosa de un tirón en un trayecto de metro y guardando el volumen en el bolso, me alegré profundamente de que la Itziar de quince años no fuera expuesta a las teorías sexuales del señor Vargas Llosa, inspiradas por las personales fantasías masturbatorias de Bataille y escritas con algo que se asemejaba a un dedo acusador entre líneas.

Mario Vargas Llosa, playboy de la literatura latinoamericana y patriarca en el mundo cultural que se me ofrecía porque ésta era aún una sociedad donde todo lo dictaban los hombres, incluida la forma de disfrutar nuestros placeres, ya fuera en la página escrita o en nuestra vida privada. En mi mundo, que comenzaba ya a estar bien amueblado de intelectualidad, los hombres maduritos apadrinaban a niñas espabiladas como yo para, con la excusa de educarnos, meternos en la cama. Todo muy Anais Nin, no en vano lectura recomendada –¡no!- obligada. Sus aventuras con barbados profetas paternales nunca me pusieron tumescente. Estos señores y sus nutridas bibliotecas, tampoco. Esquivé sus atenciones con una habilidad que ahora me sorprende, porque a esa edad era tan fácil acabar acorralada en una habitación con alguien que en realidad no te ponía, con quien no tenías la menor gana de quitarte las bragas, pero que sin saber muy bien cómo, habías terminado así. Siempre he tenido una alarma roja que se disparaba cuando comenzaban a tejerse estas situaciones. Pero estoy divagando. A las Anaïses y las Lolitas ya llegaremos más tarde, volvamos a Historia del Ojo y lo que de ella tiene que decir Mario Vargas Llosa.

La Historia del Ojo narra los episodios sexuales de un anónimo protagonista de dieciséis años y su cómplice femenino, Simone, en una serie de tableaux anárquicos ligados tan solo por el tenue hilo de sus deseos sexuales y la forma en que son satisfechos sin prólogos ni grandes oberturas. Salvo unas escenas cerca del final donde se incluye con cierta prisa la profanación de un cáliz de iglesia y la violación asesinato de un cura con cierta prisa, el libro consiste en los protagonistas se mean unos encima de otros y se masturban en una continua orgía de fluidos que saltan, chapotean, escapan, se disparan, caen, salpican, empapan y se disparan.

Pero la mezcla de impiedad religiosa y pornografía tiene una larga historia; los marranos chapoteos de Bataille eran, sin duda, novedosos en la España de principios de los ochenta, como debieron serlo en la Francia de los treinta-cuarenta y su desafiante pose, tan potente en la transición española, cuando toda sexualidad no convencional parecía nueva. Vargas Llosa inevitablemente se centra en esta obsesión por el pis, el exhibicionismo y la masturbación secreta o en grupo, que ocupan prácticamente todas las páginas de Historia del Ojo. Y observa Vargas Llosa que las andanzas de los protagonistas tienen, tanto por su forma como por su contenido, el cariz de los escarceos sexuales de los niños. El mundo sexual retratado por Bataille se asemeja a los juegos de los niños preadolescentes y llega a la conclusión, para validar su nada positivo juicio de esta obra, que La Historia del Ojo es un claro ejemplo de una sexualidad estancada sin remedio en la inmadurez de la infancia. Una sexualidad atrofiada, enana, implantada monstruosamente en personajes adultos.

Esta teoría me sonaba, el dedo acusador que clasifica y juzga el sexo y los placeres de la carne según una visión jerárquica, supongo que patriarcal y rígida, de las actividades sexuales: Sigmund Freud. Por supuesto. Si quieres tachar a tu vecino de equivocado sexual, sácate a Freud de la manga. Funciona.

Freud considera todo acto sexual no penetrativo como una regresión a la infancia, una forma sexual inmadura, menor, como un renacuajo del sexo a medio camino entre el huevo y la rana, todo tripa, patas y -qué casualidad-, ojos. Los personajes de Historia del Ojo habitan un mundo de placeres pueriles cuya finalidad no es ni romántica ni reproductiva; sin utilidad práctica. Este tipo de actividades sexuales no le gustan ni a Freud ni a su portavoz para la España de la Transición, Mario Vargas Llosa. La denuncia como un signo de inmadurez sexual, epíteto que no agrada a nadie. En su catecismo secular, quien participe de estos placeres guarros y estériles, no entrará en el reino de los justos, de los adultos completos, redimidos por el intelecto y el psicoanálisis… ¡Ay!

A mis quince años, hacía ya algunos que me había liberado del remordimiento religioso, que a decir verdad, nunca fue machacado a sangre y fuego en mi psique por padres o maestros. Mis gustos me había llevado por el camino racional, pero hay una gran verdad que a menudo mis leídos colegas se niegan a admitir: que una culpa tan nefasta persigue a menudo a los que leemos demasiado; una culpa intelectual, instigada por ese otro gran dios ceñudo y barbado que redime o condena a su antojo, en el nombre de la ciencia. Sigmund Freud. La culpa que no te ha metido los ceñudos dioses, te la meterá algún monstruo sagrado del pensamiento, igual de ceñudo, igual de barbado, igual de acusador y omnisciente. Y esta culpa intelectual, ilustrada, sacada de libros escritos por autoridades tan reverenciadas como las voces atronadoras de los profetas, es tan mala y crea tanta angustia, tanta culpa, tanta sensación de haber sido expulsado del lado derecho de Dios, como las amenazas a sangre y fuego que llueven desde el púlpito. Freud se sienta en su trono como otro amenazante Yahvé, instigando idéntico terror en sus súbditos.

Como escribiría muchos años después Leo Bersani, “there is a great truth about sex: nobody likes it” (“hay una gran verdad tras el sexo: a nadie le gusta”). Pero a esta revelación llegaremos en su momento, porque hacen falta muchos años, muchas páginas, muchas otras revelaciones, hasta llegar al momento en que el gran maestro de esta críptica epifanía. Ya sabemos que el maestro sólo aparece cuando el discípulo está preparado.

Por todo esto, me alegro de que en 1984 y en el albor de mi exploración sexual, esta presentación primera de La Historia del Ojo a los castellanohablantes me pasara de largo. Porque mi persona erótica tenía mucho más en común con el renacuajo sexual al que señalaba el dedo acusador de Vargas Llosa, apelando a Freud para edificar jerarquías morales en el mapa del deseo, que a las rubias ninfas perfectamente formadas con las que imagino soñaban y a menudo retozaban, no me cabe la menor duda, estos profetas de la razón psicoanalítica. Su rancio aliento freudiano susurrando, sin duda con éxito, tiernas amenazas en oídos de Anaises que bajaban la guardia justificadas por las autoridades a las que no se atrevían a contestar.

A principios de los ochenta y sin duda un renacuajo, todo patas y ojo y poco cerebro -bueno, poco no, pero con poca práctica en el deporte de la reflexión-, no sé cómo habría negociado verme relegada a la guardería, o peor aún, al lodo primordial, por los blancos profetas muertos de la tradición ilustrada Occidental. Habría significado, sin duda, años de truncada exploración sexual, como si las cosas no estuvieran ya dificiles dada mi propia cultura, por mi propias referencias y milieu. Espero que hubiera encontrado la forma de sacudirme las cadenas de la culpa intelectual y marchado por el largo, tortuoso, pero rutilante vereda de mis deseos.


HISTORIA DE OJOS, TRIPAS Y CABEZA HIPERTROFIADA

Abandonemos estas febriles conjetura y regresemos al mundo real, donde una Itziar que por fortuna aún conocía muy poco de Freud y que nunca se sintió aludida por acusaciones de infantilismo y atrofio sexual por los monstruos sagrados de la época, comenzaba ya a acumular su propio repertorio de viñetas eróticas, tan fragmentadas como las de Bataille, y tan idiosincráticas. Mis pocas cadenas tenían más que ver con la falta de oportunidades para conocer otras formas, otras culturas sexuales, que con tabúes y prohibiciones religiosas o intelectuales. Pero tan sólo por el momento. Con la clarividencia que proporcionan una combinación de tiempo, distancia física y experiencia, puedo adivinar que la Itziar adolescente se hubiera contagiado instintivamente con Bataille, o al menos, así deseo pensarlo. Entonces, con mi naciente intuición sexual; hoy con el reconocimiento que proporciona la experimentación. Mario Vargas Llosa rechaza La Historia del Ojo como una intrascendente diversión de niños porque para él, todo sexo que no se centre alrededor de penetrar, es un inmaduro ensayo de la sexualidad “de verdad” que practican los adultos. Sexualidad adulta entendida, sin duda, como penetración heteronormativa. Su sexualidad. La cima del triángulo no invertido, supongo que tampoco rosa, en la jerarquía freudiana de los actos sexuales, la casta brahmánica, barbuda de nuevo, de los juegos sexuales. Sólo que meter no es ya un juego, señorita. Bonita forma de derribar las murallas de señoritas reticentes e intelectuales como yo. Estoy segura de que le proporcionó innumerables triunfos, un as en la manga de su venerable superioridad intelectual. El primer pecado de todos cuantos se acercan al sexo, ya sea desde le punto de vista del arte, de la ciencia y la antropología, de la Historia, es el de juzgarlo desde la torre de marfil de su etnocentrismo, primero, y demasiado a menudo también desde sus propias preferencias personales. En La Historia del Ojo, no hay profetas ni legisladores validando la aventuras sexuales de sus protagonistas. Bataille no se defiende ni justifica sus gustos sexuales, se limita a disfrutarlos y poniéndolos sobre el papel, los acepta.

La noción de que el sexo heterosexual, penetrativo, hetero-normativo, ocupa de alguna manera un trono dorado dentro de las actividades sexuales es algo que nunca se ha asentado bien conmigo. Que el fin supremo, rey del sexo es la reproducción. Que existen jearquías donde la penetración heterosexual es la cima de este triángulo rosa y, sospecho, aunque esto también será explicado en su momento, que el espejo oscuro de esta cima sexual, el vértice opuesto, es la sodomía entendida a la manera de Occidente. A la manera en que permite a villanos de Sodoma y Gomorra, “conocer” sexualmente a los ángeles de Yahvé, que no poseen sexo, pero al parecer, anos sí. De este fascinante tema, la nefasta sodomía, trataré también en su momento. Pero para llegar al sexo cuya condición más allá de las meras leyes humanas, que incita la cólera divina que destruye mundos, he de comenzar por el principio.


PLACERES MENOS PUERILES

Pero no recuerdo haber sido amenazada con ser arrojada del lado sobón del Señor porque durante años, mis preferencias sexuales, las que sabía articular al menos en mi imaginación, permanecían cerradas a cal y canto en ella. Entonces no podía explicarlo así, pero con los años, he descubierto que, como para Bataille, el sexo que mas me identifica es como un juego. Y como él, durante años creí que la única forma de expresarlo era mediante el arte.

Exceptuando el asesinato (¿una muestra de cierta vergüenza sexual en Bataille?), los pueriles placeres de Historia Del Ojo suenan en verdad muy pueriles comparados con otros que he tenido ocasión de conocer. No sólo los placeres en sí, sino las cuestiones generadas por ellos. Me identifico con el idilio infantil de Bataille, con su propuesta de sexo como juegos sin más trascendencia que el placer que produce. Sin embargo el patio de juegos es un hervidero de roles, de intercambios de poder donde se pone a prueba al futuro adulto. El BDSM ha sido descrito como juguetes y juegos para adultos y eso es lo que me gusta de ello. Mi identidad se autodescubre y no me siento responsable del futuro de la humanidad. Por todas estas razones, no me es posible dividir las actividades sexuales en jerarquías de mérito. Hace mucho que el sexo dejó de tener una función meramente reproductiva y pasó al ámbito abstracto y simbólico. Homo, hetero, pueril, maduro, de aquí-te-pillo-aquí-te-mato o planeada con precisión de ópera wagneriana… cada acto sexual es un ritual, una psicomagia, una pose desafiante, un alegre corte de mangas ante el inevitable agujero negro que espera al final del camino.

Enviado el 27 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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