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Octubre 17, 2010

Sobre el brillo en la oscuridad - Sergio Chejfec

Párrafos dedicados a Antonio di Benedetto

werckmeister_a 2.jpg Una madrugada del año 1985 yo estaba en la pizzeria El Cuartito, en la calle Talcahuano, en Buenos Aires. Era hora de cerrar: la cortina de la puerta ya se había bajado y dos mozos ponían las sillas patas arriba. Por entonces esta pizzería era más barrial, sin la luz abundante que tiene ahora y con las paredes menos decoradas con fotos y recortes de prensa. Cerca de la entrada se demoraba un señor mayor, hacía rato que había acabado su plato y su bebida, y ahora estaba concentrado en contar los billetes que iba separando de un montoncito que había apoyado sobre la mesa, presumiblemente para pagar. Los mozos hacían gestos de impaciencia cuando pasaban por detrás de él, pero también de complicidad, como si lo conocieran, lo cual se traducía en algo parecido a la burla. El hombre se inclinaba para ver mejor el dinero y daba la impresión de que nada podría distraerlo. Era invierno, llevaba una ropa gruesa y bastante holgada. Y entre la barba, la gorra bien encasquetada y los anteojos de mucho aumento, sumado a la poca luz del lugar, resultaba difícil verle la cara.

Lo esperé en la vereda. Quería ver si se trataba de Antonio di Benedetto. Al poco rato salió a la calle como alguien que no quiere irse del lugar donde está. Se subió las solapas y levantó la vista hacia el cielo, preparado para caminar. Daba pasos cortos y lentos, cosa que en un primer momento achaqué al frío. Me acerqué y comenzamos a hablar. (Yo lo había leído años antes, por consejo de un amigo sanjuanino. No me lo había recomendado por afinidad cuyana, sino por admiración, que en mi caso se convirtió en una especie de intensa y laica veneración. Sentía que su escritura era definitiva, prácticamente única. No tanto porque se distinguiera muy claramente de cualquier otra -cosa que por supuesto ocurría- sino porque alcanzaba tal grado de coherencia con sus propósitos que adquiría de ese modo una belleza inusual, exacta, alejada de cualquier guiño o cálculo y hasta exiliada de la noción habitual de belleza.)

Me conmovía que la noche avanzada, el azar, la soledad, esa pizzería un poco astrosa, hubiesen propiciado este encuentro. Di Benedetto agradeció sin entusiasmo mis comentarios. Yo había leído hacía poco Sombras nada más, que sería su último libro, y por un momento temí que por mi expresión advirtiese que no me había gustado. Pero su melancolía, para describirla de algún modo, o más exactamente su amargura, se debía a que estaba completamente arrepentido de haber regresado al país; y los comentarios de los lectores no le alcanzaban. Un tema especialmente frustrante era el trabajo. Se preguntaba cómo había sido capaz de dejar algo perfecto en España, como decía que había tenido, y regresar a la Argentina a cambio de simples promesas.

Vivía cruzando la calle Paraguay, según recuerdo que me dijo, en un departamento prestado por la viuda de Fermín Estrella Gutiérrez, un escritor de Mendoza, su ciudad natal. Le señalé, para ver de moderar su pesimismo, que escribía reseñas en El Periodista (un semanario de entonces), que tenía una incidencia, etc. Para qué. Sin perder la calma, pero más sombrío de cómo había salido de la pizzería, contestó: “Usted es joven, y por eso puede parecerle que lo mío está bien. Pero no es así. Estoy entregado a la nada.” Era de un trato casi ceremonial. Mientras duró el diálogo los mozos lanzaban miradas desde la ventana del local, seguramente intrigados. Después se alejó con esos pasos inseguros de persona enferma o sin fuerzas. Al año siguiente murió.

Puede leerse en la página 152 de Zama: “Era la hora secreta del cielo: cuando más refulge porque los seres humanos duermen y ninguno lo mira”. El protagonista ya está en pleno declive. Esa noche el hambre lo ha despertado y decide prepararse unos mates. El declive es una corriente indetenible de hechos adversos, a la que se suma sin resistencia. Probablemente la frase busca ilustrar la soledad resignada de Diego de Zama, con la única de las estrellas mudas mientras intenta esquivar el hambre. Pero el párrafo contiene una premisa que, a primera vista, no parece necesaria para la comprensión de la idea; o sea, que el cielo más brilla cuando lo mira menos gente, lo cual hace más secreto ese momento. La correlación entre brillo, o belleza, y secreto no es nueva en las descripciones de la naturaleza. Y ha tenido sus prolongaciones en literatura. Ya Flaubert ironizaba contra Mérimée diciendo que el número de lectores que seguían sus folletines debía traducirse naturalmente en el bajo nivel de sus novelas; como si hubiera una relación inversa entre calidad y público. No decía que tenía seguidores porque sus novelas no eran buenas, sino que éstas se bastardeaban porque eran leídas por mucha gente.

¿Puede suponerse que la frase de Zama es una especie de figuración de una eventual relación con el público, o de una eventual recepción o circulación? ¿Di Benedetto pensaba en esto cuando la escribió? Sería difícil responder de un modo u otro. Pero la frase me llama la atención porque, si se mira, la novela parece recoger las implicancias de esa disyunción: lo que es observado por muchos ojos, se agota. No asigno a Di Benedetto una posición explícita a favor del brillo o de la visibilidad, sino una sujeción acaso intuitiva a unas reglas en apariencia fatales. En un punto, la reconocida pasividad de los personajes de este autor, ese desacople que los instala para siempre en las manías dilatorias, porque de eso tratan sus libros, de deambulaciones alrededor de la imposibilidad, extiende un manto de espera o atemporalidad, de irresolución y aplazo, sobre la misma escritura, sustrayéndola tanto de los lugares protagónicos como de cualquier ostracismo, unos y otros regulados por la crítica.
Ahora Zama se está traduciendo al inglés. Es muy probablemente una buena noticia, ya que lectores y autores de ese idioma no han podido conocer hasta ahora esta gran novela. Y naturalmente surge la pregunta por el más de medio siglo transcurrido sin que ello se produjera antes. La respuesta quizá no excluya la paradoja del “cielo estrellado”. Muy brillante y por ende con pocos espectadores como para propiciar una aventura lingüística.

Las primeras líneas de la novela describen el cadáver de un mono que flota atrapado entre los pilares de un muelle, el duelo entre encierro constante y partida inminente al que se ve sometido el animal por el vaivén de las aguas. Obviamente, es también la situación de don Diego de Zama. La narración es el relato de su degradación civil y de su disolución ética. La novela tiene la belleza y la contundencia de un clásico, pero también los atributos de un libro secreto. Decir que esta obra, como otras latinoamericanas, fue opacada por un realismo mágico convertido en paisaje literario único del continente, es sólo una parte de la verdad. Lo cierto es que Zama es una pieza en cierto modo solipsista, fuera del tiempo, que habla sobre la memoria inútil, el pasado colonial irresuelto de nuestros países y la naturaleza convertida en trauma.

Las frases breves y conmovedoramente elocuentes ubican a esta escritura en las antípodas de la exuberancia declamadora del realismo mágico. Pero esto, que obviamente no fue garantía de legibilidad, ni obviamente de visibilidad, tampoco podía hacer a esta novela más asertiva. Una de sus enseñanzas más perdurables es que la naturaleza no tiene modelos prefabricados; puede ser muda, cruel y desolada al mismo tiempo aunque parezca lo contrario. Di Benedetto hace hablar esa mudez y esa desolación con otro idioma.

Un idioma resistente, que formula y queda sin formular; que no se ha revelado del todo y acaso no se revele –porque en definitiva es un error pensar que para eso existe la literatura. La literatura habla del problema y de la revelación, pero no los descubre.

Enviado el 17 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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