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Octubre 12, 2010

Visión de Anáhuac / Variaciones sobre yo es un otro-s - María Virginia Jaua

Viajero: sin importar a dónde vayas
permaneces en la región más transparente del aire,
nunca la has abandonado.

images d'un reve.jpg En la era de los descubrimientos, es decir, en este instante síntesis de los siglos, aparecen y desaparecen como por arte de nigromancia todo tipo de noticias históricas y narraciones geográficas: sólo hay que asomarse con un poco menos de cautela al aleph multiplicado e infinito de las pantallas en cópula. En ellas la historia se despliega, se neutraliza, desaparece: descubre tantos mundos nuevos que se desbordan del cauce clásico; entonces ocurre: el hecho político desgastado cede el puesto a los discursos recurrentes. Una y otra vez los historiadores que somos fijamos el carácter de las tierras recién descubiertas, nuestra suave patria, tal como nos las han descrito, ciegos de tanto ver, esbozamos la visión íntima de nuestro Anáhuac: acentuada por la sorpresa, siempre exagerada por nuestra percepción sutil y falaz.

La imagen más propia y moral de la naturaleza está ausente de esa región del altiplano y de sus azoteas: dicen que alguna vez hubo "una vegetación arisca y heráldica, un paisaje organizado, y una atmósfera de extrema nitidez, en que los colores mismos se ahogaron compensando la armonía general del dibujo; dicen también que un éter luminoso en el que se adelantan las cosas con un resalte individual"; y, en fin, para de una vez decirlo en las palabras de un escritor que sin sospecharlo, tuvo una visión apocalíptica:


…dicen que una luz resplandeciente
hace brillar la cara de los cielos...

En aquel paisaje inventado, no desprovisto de cierta aristocrática esterilidad, por donde “los ojos yerran con discernimiento, la mente descifra cada línea y acaricia cada ondulación”; bajo aquel fulgor del aire y en su general frescura y placidez, pasean una y otra vez hombres ignotos, viajeros cotidianos de mirada amplia y meditabunda. Extáticos ante aquella imagen de estandarte: el nopal del águila y de la serpiente —compendio no siempre feliz de las heráldicas insignias— escuchan aún la voz de las aves en parvadas que prometían seguro asilo sobre aquellos lagos hospitalarios, ahora subterráneos y entubados. Cuentan las crónicas- que del palafito brotó una ciudad en ruinas, hoy repoblada una y mil veces con las incursiones bárbaras de los mitológicos buscadores de trabajo.

Hoy esa ciudad —cuna de familias de espíritu nómada— no reflexiona, sigue su curso, se dilata, respira como un imperio ilimitado, y el ruido de la civilización se prolonga, hace trayectos interminables, fatigada y hambrienta desde los infaustos días de Moctezuma, aquel Tiresias ciclópeo y emplumado.

Cada año desplegamos las banderas y lo recordamos, para cada día olvidarlo: traspuestos los volcanes nevados, millones de hombres que alguna vez fueron telépatas se asoman sobre aquel orbe de sonoridad y deshechos —tratando de contactar a sus antepasados, reconstruir para el futuro el mensaje cifrado y sin memoria, oculto en las profundidades de su cordillera de volcanes.

Bajo los pies adormilados del desfile militar, en un espejismo de cristales rotos, se extienden las visiones emanadas de ese sueño ajeno y telepático, en el que no hay calles ni galerías tampoco prolongaciones de aristas de pirámide. En ese sueño dulce solo existe el destello de un reflejo tenue, de una luz sin origen y sin destino, que no hace brillar el cielo, sino que parece haber estado siempre ahí, a la espera de un espejo que nos regrese al otro-s que fuimos. Aguarda la eclosión del éxtasis de un poema cristalino, el recuerdo olvidado y eterno de una amada conquista: la de una Muerte sin fin.

Enviado el 12 de Octubre. << Volver a la página principal << | delicious

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