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Noviembre 14, 2010

Cantinelas de la ratita - Fernando Castro Flórez

nilc.jpg Todos recordamos que significa Sympathy for the Devil. Como rastros de la pirotecnia punk o del fondo de un pantano surgen frases sueltas: “At home he feels like a tourist”. Lo malo es que la mad parade hoy es “global. No son los escupitajos verdes o los insultos más descarnados lo que nos afectado para siempre. En plena regresión infantil sabemos donde comenzó el trauma. Para Kelley, Disney, el autor de Fantasía, encarna la verdadera cultura oficial de nuestra época –la forma más limpia y transparente del pop-, respecto a la cual el arte sería un ritual paralelo que ocurre fuera de la cultura. Todas aquellas fábulas animalísticas materializan lo unncany, ese retorno de lo reprimido (la reiterada revelación de pulsiones ocultas e inconfesables) tan extendido en las prácticas artísticas.

Lo cierto es que todo el esfuerzo estético está destinado a ingresar en el olvido: dieses Nichts an Stimme. Aquel fantástico cuento de Kafka sobre el canto de Josefina, la ratita, comenzaba apuntando que eso no era nada del otro mundo. Se trataba de algo banal que, sin embargo, suena como si fuera extraordinario. Una vez más triunfa lo que llamaremos la excepcionalidad de lo trivial. El canto de Josefina se te mete en la cabeza. En realidad Josefina no canta sino que silba y ese sonido se toma como si fuera un himno: “Además el silbido –apunta Peter Szendy-, el gesto de silbar, connota a la vez la autoridad de la llamada (se silba para llamar a alguien o para controlar a una muchedumbre) y la fragilidad de lo efímero (se silba para señalar una desaparición súbita o improvisada)”. También silbamos entre las ruinas o por puro miedo. No es inusual que nos entreguemos al placer de tararear la cantinela de turno. Eso que, como en el pueblo de los ratones, es un perfecto himno a la nada. En el momento del éter estético, nadie parece incomodarse con las raciones glamourosas de cosas que están completamente desordenadas. Esa “cronología” pretendidamente “fenomenológica” no es tanto un modo de hacer mundos cuanto la contundente manifestación de que, aceptada la consigna punk de que no hay futuro, lo mejor que algunos pueden hacer es dejar que las cosas estén a la mano, dispuestas sin orden ni concierto, facilotas para todos los amantes del canturreo intrascendente. Karaoke, de verdad, para todos los públicos.

Tiene razón Pablo Helguera cuando señala que el oportunismo es la tendencia estética que ha proliferado en las últimas dos décadas, reemplazando los últimos ismos del arte. “El oportunismo –leemos en su Manual de estilo del arte contemporáneo- es más un estado mental que una corriente unívoca, pero como teoría estética utiliza la regla básica de que cualquier obra de arte que se realice debe tomar la forma de la oportunidad que en un momento dado se presenta. Por ejemplo, si a un artista que nunca ha hecho vídeo, se le presenta la oportunidad de mostrar vídeos, debe inmediatamente realizar uno […]. Un artista que nunca ha tocado el tema de, por ejemplo, el amor, deberá confeccionar lo antes posible una obra sobre dicho tema cuando un curador le mencione que está trabajando en ella. El creador oportunista es muy flexible y su aparición ha coincidido afortunadamente con la del curador artístico, quien gusta de tener temas a priori para entonces buscar a los artistas que quieran realizarlos”. En última instancia para que funcione el híbrido monstruoso de las bienales y del sistema del arte hace falta una combinación elevada de cinismo y oportunismo que son, como apuntara, Paolo Virno, la “tonalidad emocional de la multitud”.

El afán de presentar, una y otra vez, la misma agenda de temas, pretendidamente críticos, en el white cube, en una suerte de oxímoron. Llevamos varias décadas empantanados en la fake authenticity, esa autenticidad falaz de la que ha hablado Joshua Glenn: pantalones lavados a la piedra, objetos degradados, muebles decapados, café sin cafeína, coca-cola light. Pero también arte crítico-institucional, esto es, radicalismo subvencionado. El neo-ruralismo de los pijos y lo políticamente correcto pueden ir de la mano, de la misma forma que la última vuelta de tuerca del kitsch es cómplice de toda la grandilocuencia de la “comunidad inconfesable”. No ha sido tan difícil el triunfo del homo faker, de ese trilero que es, en todos los sentidos, un esteta de lo inauténtico. Oportunidades y oportunismo, falacias incondicionales. Nuestra impunidad es también el signo de la impotencia. El devenir pirotécnico del arte, estricto ritual efímero, no impide, a pesar de todo, que asistamos a una especie de enigma sin grandeza. Incluso la voz de Josefina, la ratita, puede se entendida como un ready-made, una nada que el pueblo acepta extasiado. Todo su poder surge del lugar que ocupa.

Enviado el 14 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

"Excepcionalidad de lo trivial"...pero ¿qué es lo trivial? ¿Lo fácil y por todos sabido, lo que no merece ser "detenido" y examinado en la cadena de reciclado y que se destina al fondo oscuro del compostaje? ¿Tal vez lo que está a la mano y, sin embargo, no se coge? ¿Es la excepcionalidad del homo faker & Co el atender a eso que está ahí y que por sabido o visto nadie "valora", eleva, convierte en carne de contemplación o pequeño tour de finde? ¿es todo ready made cruzado con filósofo post-algo? ¿Es la excepcionalidad algo así como mirar debajo de una virgen barroca y comprobar que no tiene cuerpo sino armazón? ¿O es esto ya demasiado moderno incluso para el arte que tanto ama de su explicación? ¿O es, como se insinúa, sólo voluntad de engaño sin auténtica maldad, como los zorritos disney que llevaban a Pinocho lejos de la escuela para ver el otro lado(divertido)? ¿Es la autenticidad falaz y la pirotecnia que crea el creador un travieso dejarse llevar por la "ocasión" que pintan calva. algo tan divertido como nuestros corruptos sonrientes? ¿Vivimos en la búsqueda de ocasiones, lugares en los que el silbidito de la ratita se muestra tonada de poder... el sólo poder de llamar la atención, de mostrar que lo trivial está a la mano... como ya se dijo al principio y, jó, no hacía falta de mostrar (ni demostrar)?

Interesante el artículo


SI!!!


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