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Noviembre 06, 2010

El –No– de Santiago Sierra: un pequeño ejercicio para el análisis del discurso - María Virginia Jaua

Así que -pierdan cuidado- no se trata aquí de abrir fuego indiscriminado contra el “arte político” o las “estéticas de lo pseudo” [...] De lo que se trata es de, enfrentar sin complacencias, complejos o complicidades el análisis de las prácticas simbólicas también allí donde éstas han hecho del "antagonismo", "la resistencia" y/o lo radical su principal coartada discursiva y propagandística [...] "Retóricas de la Resistencia: una introducción" José Luis Brea

Boomerang.jpg Hace una semana hacíamos el acostumbrado envío semanal de nuestra columna Domingo Festín Caníbal con un texto reflexivo de Miguel Á. Hernández Navarro en el que cuestionaba la falta de tiempo que los críticos y los interesados en el análisis de los productos culturales, se dan a sí mismos para hacer su trabajo.

El viernes leímos no sin cierta sorpresa la noticia del Premio Nacional de Arte a Santiago Sierra. Pero eso no quedó ahí. No habían transcurrido sino unas pocas horas cuando circuló una misiva del propio artista en la que rechazaba dicho premio. Curiosamente, tras el anuncio del premio se hizo un silencio expectante (algunos enviaron felicitaciones tímidas, anticipando su desencanto); sin embargo, el comunicado del rechazo de inmediato convirtió la timidez en un hervidero de comentarios y opiniones, tanto a favor como en contra. Han abundado las denostaciones y las descalificaciones hacia unos y otros: hacia la institución artística, hacia el artista, hacia los premios incluso se han levantado voces para vitorear o sacrificar a personalidades del pasado que han recibido o rechazado algo tan, pero tan banal, para un artista, como un reconocimiento. Tampoco han faltado los elogios. Sin embargo, poco tiempo se ha dado para una lectura un poco más pausada de ambos gestos.

Estoy de acuerdo con esa necesidad urgente de darse el tiempo de leer con atención ambos discursos: el de la institución y el de su contraparte la de la “supuesta” resistencia. Leer para desentrañar lo que sus palabras y gestos dicen, pero también y sobre todo lo que callan. Solo así será posible ver en qué aciertan (si lo hacen) y en qué no -o mejor –en qué ambos son indiferenciados, contradictorios y codependientes y nos quieren "vender" una imagen y un discurso "falsificados".

En primer lugar, hay que revisar la decisión del ministerio. Como todo el mundo sabe el Premio Nacional de Arte existe desde hace años y como es costumbre se le da a un artista “nacional” al que se le considera merecedor por la calidad de su trabajo -no importa si éste ha vivido más de la mitad de su vida en otro país y haya sentado ahí las bases de su trabajo artístico. Para muchos hasta hace relativamente poco, Santiago Sierra era considerado un “artista mexicano” pero Sierra es español y como tal se le invitó a representar a España en la Bienal de Venecia, “reconocimiento” bastante oficial y remunerado que en su momento No supo o no quiso rechazar.

La decisión de la institución cultural de otorgar el premio al artista parece que busca paliar varias carencias. Por un lado, intenta llenar un cierto vacío en el arte español actual a nivel internacional y la sombra que –según algunos- le hace el arte latinoamericano en la escena artística. En ese sentido Sierra representaría una figura “extraterritorial” idónea que posee lo mejor de “ambos” mundos: está provisto de un dni y cuenta con la “potencia” discursiva de los conceptualismos emergentes.

Por otra parte, está la naturaleza del trabajo del artista premiado. Esas “retóricas de la resistencia” que se manifiestan en la obra de Santiago Sierra cuadran perfectamente con la voluntad “rebelde” de ciertas políticas gubernamentales; sirven tal y como él mismo apunta en su carta “a la legitimación” de su discurso. La institución-arte a través des Ministerio decide apropiarse estas retóricas, porque están de "moda" sin tomarse la molestia de leer un poco al respecto, como el último número de la revista Estucios Visuales en el que hubieran podido preveer algunos de los escollos a los que terminarían exponiéndose: la incompatibilidad en la relación entre imaginarios “dominantes” y “antisitémicos” y la fragilidad de las máscaras bajo las que éstas se ocultan.

La decisión del Ministerio de Cultura de otorgar el premio a un artista como Santiago Sierra en sí misma no tiene nada de reprochable. Todo lo contrario, hasta puede ser loable, pues atiende a las exigencias de una institución cultural: por un lado, promover y reconocer el trabajo artístico -más aún cuando este es arriesgado y crítico, desmantelador… y por otro, tiene la obligación de ejercer el presupuesto que se le ha asignado y que tantas batallas supone.

Sin embargo, esta actitud “antisistémica” al interior del sistema mismo resulta aberrante y termina pasándole factura. Pues, con el rechazo del premio, por parte de Sierra la institución cae en su propia trampa y queda “expuesta” por el artista como un mal jugador del monopoly del capitalismo “antiehegemónico” obligándole a contemplar cómo el plato del premio se le regresa como un boomerang revolucionario y lo descabeza.

Pero ¿qué decir del desaire del artista?

Si algo ha habido de admirable en el trabajo artístico de Santiago Sierra es la enorme capacidad que tiene para hacer evidentes las fallas del sistema, y una vez más consigue dejar al descubierto sus contradicciones, sus falsas morales, sus hipocresías y todas las tergirversaciones de las reglas del juego que -como sociedad- todos jugamos.

En la obra de Santiago Sierra -incluso en sus piezas más ingenuas- reside una fuerza desmanteladora muy potente; o por lo menos, siempre ha habido en ellas alguna posibilidad de derrumbe de la corrección política siempre en estado latente. Sin embargo, tanto en su obra, como –ahora- en su negativa también subyacen profundas contradicciones.

Leamos con atención el primer párrafo de su carta. Tras agradecer a los profesionales del arte, de los cuales se excluye voluntariamente (detalle notorio el de marcar esta diferencia, un artista cuya bandera democrática debería partir de la igualdad) afirma que los premios se conceden como reconocimiento a un servicio (el arte para él está excluido de esta categoría bien que cuando conviene, se le reclaman "sus servicios"). Es por ello que resulta bastante curioso que su rechazo parta de este distanciamiento y de desmarcarse de una condición que le parece inferior: el artista es un ser superior que se sirve de una condición humana inferior que está eso sí al servicio del Arte: lo afirma fechando su misiva desde un marxismo bastante brumoso.

Más interesante y rico en alusiones resulta el segundo párrafo. En el que afirma que el Arte (en abstracto) se le apareció (cual holly spirit) para concederle la Libertad de Artista. Para Sierra (quien se ha afanado en mostrar -y vender por todas partes- las condiciones de la miseria económica y moral del hombre dentro del capitalismo) el Artista acepta la Libertad como una "gracia" y no se ensucia nunca las manos, la libertad es un “don” divino que lava todas las acciones "artísticas" por las que gana el pan que lo alimenta a él y a su familia. Pero aún va más allá y en su discurso apela a un “sentido común” que le dicta desmarcarse del Estado que pretende “usufructuar” su prestigio de artista "serio".

Pero veamos, ¿quién utiliza a quién? ¿No se trata de una relación simbiótica? Sierra fue el artista “oficial” en la Bienal de Venecia y su “polémica” pieza exigía un dni español (en todo caso un poquito más creíble y radical y menos oficialista habría sido que obstaculizara a los propios nacionales entrar, prohibiéndose la entrada a sí mismo, o mejor que rechazara como lo hace ahora representar a un gobierno tan descarado que saca provechoso del prestigio que le hace ganar (pero que al final es el que paga la cuenta del prestigio que reclama para él solo). Piensa que alguien puede creerle cuando afirma que el Estado no es él sino los otros. Sí los otros, todos los españoles y residentes (legales o ilegales) en España que con dni o sin él pagan los impuestos y que hacen posible que exista un presupuesto para el Arte inmaculado del que viven: los empleados de la cultura, pero también los curadores, los críticos, los funcionarios y los artistas iluminados. La carta no tiene desperdicio y llega al momento cumbre cuando afirma que el Estado actúa en beneficio de una minoría, y en la que por supuesto, omite decir que él forma parte de ella.

Así como la decisión del Ministerio de otorgar el premio, posee razones que se sustentan en un arriesgadísimo sentido común: calidad, nacionalidad del artista, oportunismo político; también, los motivos del artista para rechazarlo tienen su justificación: es verdad que las políticas del Estado son erradas en muchos aspectos y busca con ansia legitimación, es cierto que las decisiones económicas trabajan más en beneficio de algunos y es lógico hacer el análisis y la crítica de dichas políticas. Pero el artista, por más que se empeñe en no quererlo, forma parte de ese Estado y es su instrumento, por lo que su trabajo desmantelador tendrá que ser un poco más riguroso e incluirse a sí mismo dentro del ejercicio analítico.

Porque cuando Santiago Sierra paga un poco de dinero a un trabajador para que se deje tatuar una línea en la espalda revela una condición a la que él mismo no escapa cuando se le paga (un poco más de dinero) para que exponga las fotos o el vídeo de esos mismos “empleados” suyos y que lo convierten a él mismo en patrón y trabajador tatuado por una remuneración. Pues aunque ponga todo su empeño en negarlo –y en hacerse ciego- él tampoco escapa a su borgiana, escalonada e infinita pesadilla de penetrados.

Si en lugar de ponerse por encima de todo, el artista hubiera asumido de manera más humilde una condición a la que nadie –ni él mismo- escapa, la negativa a aceptar el premio sería congruente. Si en lugar de argumentar el rechazo con el autoelogio, esgrimiera la condición humilde de todos aquellos seres anónimos que han trabajado para él y para su “lucrativo” proyecto “desmantelador” de la condición de “esclavitud y servidumbre”, rescataría algo de la dignidad y de la credibilidad que perdió desde que su rotundísima “negativa” “adornara el hall de entrada de la última feria de las vanidades galerísticas.

En este "juego" el único ganador ha sido el premio mismo: un boomerang solitario que ha cortado dos cabezas de tajo, y que tienen más rasgos en común de los que ambas se animan a reconocer. Pues, si la institución ha caído en la propia trampa de su contradicción política, el ego le jugó una mala pasada al artista y nos lo ha mostrado como un ser incapaz de autocrítica y de la puesta en duda de su propio ejercicio artístico; que se cree elevado por encima de todo lo humano –incluso de la materia con la que ha moldeado algunas de sus obras más escatológicas.

Resulta penoso y triste que un artista con tanto talento para llevar a cabo proyectos tan arriesgados no haya sabido encontrar una manera de rechazar el reconocimiento que ayudara a reforzar su trabajo “desmantelador” o que por lo menos no lo dejara como un emperador vestido con las galas de un palidísimo traje de carne ególatra.

A estas alturas, poco importa si la carta fue o no enviada al Ministerio de Cultura, si es o no oficial. Aunque se trate de una estrategia o una broma del artista: supone una puesta en evidencia. Y tanto el premio como su rechazo resultan una materia invaluable para el análisis y la crítica de las grietas por las que se precipitan tanto las formaciones discursivas del arte como sus políticas, y en donde todos -quiérase o no- jugamos un papel.

Enviado el 06 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Comentarios

La negativa de Sierra es coherente con su obra. Aunque hubiera bastado un simple "no". Pero la carta lo retrata. Nadie escapa al "superego" y a la "idealización" del mundo. Por otro lado, su obra es terriblemente simplista, salvandose escasas metáforas (quizá la de Venecia). No digo que sea fácil "mostrar" esa simplezas de forma llamativa pero si que lo que más se necesita es mucho morro.


Muy acertado. Ya era hora de depilarse la lengua.


Desde un análisis tan pormenorizado como el tuyo, María Virginia, hay consecuencias que a mi modo de ver no se han sopesado conceptualmente de manera suficiente. Estas podrían centrarse en preguntas como estas -de un texto mío-: "¿Cómo desmontar la retórica de lo radical en el objeto fascista de la representación? ¿Cómo re-dirigir un discurso que se valide, pero que a la vez no se pierda en la absorción discursiva validante de la estrategia retórica para lo radical? ¿Desde dónde operar para establecerse en una distancia crítica necesaria con el fin de recuperar a la imagen como desplazamiento estratégico a la banalización encubridora e inmovilizante?"

A mi modo de ver, la teoría crítica necesita una dinámica que constantemente desconfíe de sus logros porque resultan siempre insuficiente en las condiciones propias de ese observador (Crary) contemporáneo. El arte, y toda actividad en la estrategia de las imágenes para el consumo, tiene una sutileza cosificante: al hacerse visible se hace presa de la posibilidad de acabar en un escaparate con etiqueta de precio y comodidades para el pago en cuotas. Quisiera añadir a la discusión la siguiente afirmación, que por razones de espacio no puedo sostener argumentativamente -perdón por mi insistencia en la "auto-cita", pero vengo trabajando en ello hace un par de años-: "En un tiempo en que la imagen, en su estrategia auto-referencial, provee la sujeción del sentido al de una mirada distraída, es precisamente en ella donde se deben abordar estrategias críticas para su desmantelamiento. Deconstrucción que busca recuperar la imagen para el ejercicio en nuestra imaginación que permita imaginarla emancipadoramente. Es decir, destrabar de la superficie el afán fascista del objeto representado, desbaratar esta superficie hecha circular para el consumo y la estetización no sólo de lo político sino también -y ahí radica su fascismo- de lo cotidiano."


Guillermo,

Gracias por tu comentario. Me parece que las preguntas que planteas, así como los desafíos, son tema de mucha reflexión.

Pienso que una de las tareas de la crítica es precisamente hacer la lectura analítica de las narrativas simbólicas. En primer lugar es muy grave que las instituciones se apropien las retóricas de la resistencia, pues precisamente haciéndolo neutralizan los dispositivos ajenos que son quienes deben hacerlo. Esto es muy grave porque de esa manera la institución se autovalida y descalifica otras voces.

Por otra parte, también hay que desconfiar de las narrativas artísticas que se pretenden salvadoras y redentoras... cuando en el fondo son más reaccionarias y juegan con los intereses "institucionalizados".

En ese sentido creo que hay que seguir ejerciendo la lectura y la escritura crítica. El trabajo siempre será insuficiente, así como el espacio, por lo que
lo único que queda es abocarse a ello.

Un saludo!


Pues está muy bien el NO de Santiago Sierra...pero ¿no hubiera estado mejor donar el dinero a una organización o fundación contra el SIDA...por ejemplo?. Marta


30000€, ese es el precio que se paga por una carrera como la de él, para adueñarse -cooptar- de la crítica política que hace su obra, anulándola. Los réditos de un sistema sin contrasistema, con seguridad, multiplican varias veces esa cantidad.

Se non è vero, è ben trovato: los mismos críticos son una especie de artistas soberbios que al parecer quieren a todos sus objetos de análisis con la cola gacha, humildes como corderos, incapaces de hacer discurso formal, para dejarles esa tarea a ellos mismos: imposibilitados de manipular la materia en ausencia de lenguaje habilitado, favoreciendo ineluctablemente a un lenguaje también incapaz de expresar a la imaginación humana.

¿Existirá el sujeto verbal "singular mayestático"? / por cierto que todo este tema de la innovación crítica, desde el arte, y su reciclamiento político, lo trata el señor Boris Groys en "Sobre lo nuevo. Ensayo de una economía cultural"


Muy bueno el artículo y las reflexiones, ojalá yo pudiera expresarme así! A mí lo que me preocupa es precisamente que después de la euforia de imaginarme que el sujeto en cuestión (Sierra) decidió algo genuinamente y que su texto (ingenuo o cínico) era algo más compacto y que pertenecia a un tipo de nocion de verdad que cada vez se me escapa mas y me hace sentir como Winston Smith en 1984...

Veo Double Thinking en todos lados...(porque por supuesto podriamos considerar que la accion de Sierra se despliega en las muchisimas conversaciones y textos que ha generado...) y ya de bajoneo despues de la epifanía bipolar, hablando con amigos, leyendo esto, etc.. empiezo a sentir esas grietas de las que hablas, esas revisiones de algo que objetivan e iluminan haciendo resaltar matices que antes se escapaban a la percepción.

Lo mas Siniestro de todo es imaginar a Sierra falso, a Sierra cómplice, a Sierra cínico... una pena...


Esther,

Pienso que Sierra tiene piezas muy buenas y es un artista muy interesante. No podría decir que todo su trabajo es falso o cómplice. Diría que es un artista que ha sido víctima de sí mismo. Pero no todo está dicho, ni tampoco se trata de hacer juicios concluyentes. Lo que se pone en evidencia en este caso, no es la particularidad de un artista o de un trabajo o de un gesto, sino de la exigencia de llevar el trabajo crítico más allá. El arte debe ser más exigente, debe hacer un trabajo de autodesmantelación en el que se ponga a sí mismo en duda. La única verdad que se le puede exigir al arte es la de que dude de su propia verdad.


Prácticamente todo lo que se sitúa en el espacio público -muy lejos de lo íntimo- es mercantilizable, marketilizable. No escapa ni el Papa, ni Sierra, pues ningún discurso político parece ser puro, ni aún purificable en un engranaje semiótico como el que tenemos, donde la moral es mercancía en subasta, donde quien más espectaculariza su oferta se los adjudica. Está claro que una sola mosca puede arruinar un pastel, pues la moral judeo-cristiana de la pureza en definitiva no acepta el error, predica una perfección que no practica. Y es el lenguaje "humano" occidental el que inculca esas rutas de comportamiento hipócritas consigo mismo, precavido así de todo lo que parezca original y lo contradiga. Si Sierra tuviese una trayectoria totalmente coherente y sin contradicciones, pasaría aún más desapercibida la crítica de su obra, de ahí que como boomerang él se nos aparece como el primer objeto de su crítica (la moral occidental que exije pureza del maestro, es contraria a la antigua moral oriental que pone al maestro en el mismo plano errático del discípulo: y así todo nuestro universo se nos sigue mostrando en continua batalla de opuestos; ni Sierra, ni Benedicto, ni Gandhi, ni 30000€ parecieran poder contra esto). O quizá recibir un premio conlleva renunciar, tal vez recibir una distinción obliga a cortar la raíz, como esas máquinas donde unas pinzas cogen a un muñequito y lo separan (como premio) de su manada de peluche. O como cuando se muere la il ...usión de besar a una chica cuando finalmente la besas, y desde el idilio te dejas caer como piquero al averno semiótico, donde todos pensamos diferente y opinamos distinto y eufemizamos nuestros acuerdos para no optar por el camino fácil de coger un hacha y salir a cortar cabezas, simplemente porque no hay comunicación...


Si! tienes toda la razon Maria Virginia,
De hecho si Sierra es sensible y receptivo, quizas esta sea una etapa para él, que cierre con este último gesto de su carta y de la trampa a donde su propio lenguaje le ha llevado directo.
Después me imagino que (al menos a mi como artista me pasa...) como de hecho uno no se da cuenta de lo que hace hasta que ya esta hecho (consecuencias incluidas) ahora se abre un espacio nuevo, un territorio (muy bien desglosado en tu artículo arriba) donde explorarse a uno mismo en profundidad y donde elevar el nivel de contenido y de mensaje, y sobre todo la ética de esta ya muy gastada moda artística de la Política.


Creo que lo que hizo forma parte de su personalidad como creador y de su discurso. El propio rechazo del premio es en sí otra obra de arte con el sello Santiago Sierra. Me sorprende que haya sorpresas e indignaciones al respecto, sobre todo cuando se trata de alguien que alaba su trabajo como queda de manifiesto en el texto de Salón Kritik.
Este análisis es un ejercicio de crítica que entiendo y respeto aunque no comparto del todo. Ya que pone de manifiesto tan sólo una lectura, la de los rayos X incisivos de la articulista que es incapaz de ocultar su profunda indignación. El periodismo más especializado de calidad debería de hacer esfuerzos por quitarse de encima el estigma de lo melodramático y lo visceral.
La opinión del artista queda bien clara en su entrevista en El País. Sin embargo he de reconocer que me alegro de que se eleve la discusión mediática de este país más allá de los desaires de la sobremesa de tele5.
Cito: "En nuestra cultura no se premia el mérito o la iniciativa con riesgo y se castiga con crueldad el fracaso" Felipe González


Ricardo,

Gracias por tu comentario.

El hecho de que considere que Sierra ha hecho algunas piezas buenas no quiere decir que ni lo alabe a él ni a su trabajo, que me interesa sí. Y me interesa como un producto cultural más, objeto de lectura y de análisis de retórica y de entramado narrativo. Se han hecho evidentes las enormes fallas e incongruencias en esta "obra" que se han querido paliar a través de la entrevista y el poder mediático. La retórica falseada es la misma, casi la misma que la de la política cuando le da por encubrirse.


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