« El Andrógino y sus hermanos desterrados* (I de III) - Daniel González Dueñas | >> Portada << | Cine político francés de no ficción I/Las periferias les hablan - Loïc Diaz Ronda »

Noviembre 16, 2010

Estar en la pomada - Ernesto Castro

Originalmente en de-nota(s)

banksy-rata-2.jpg Quisiera denunciar la ingenua pretensión de los street art y los enemigos del arte contemporaneo a la hora de autoproclamarse exterioridad auténtica, natural e incluso inmaculada frente a la “pomada del arte contemporaneo”. El posicionamiento de los street art respecto de la industria cultural no es de desvinculación y autonomía, sino que entraña un cierto cuestionamiento, una cierta relación de problematicidad, como ha puesto de manifiesto la polémica intervención de Bansky en la cabecera de los Simpsons. Bansky decidió añadir a esta clásica cabecera una serie de imágenes que denuncian –aunque sea a través de una caricatura excesiva- las condiciones de los trabajadores asiáticos, cuyo trabajo alienado y mal retribuido sustenta la prosperidad de la empresa creada por Matt Groening, de la cual la graciosa serie de dibujos es sólo la cara más amable. Hasta aquí todos de acuerdo.

Por su parte, el enemigo del arte contemporáneo, lejos de encarnar un standard of taste ahistórico, confirma la lógica del museo en el gesto mismo de despreciarlo, en virtud de su arrogancia ignorante. Tras la falsa modestia del “yo de esto no entiendo” se esconde un sentimiento de superioridad como si la ignorancia situara legítimamente al espectador en la posición del soberano. Con esta simple afirmación se lleva a cabo una condena sin juicio, una objeción sin motivo, una clausura del problema sin argumentos. Al mismo tiempo que pretende reducir el juicio estético a una consideración puramente subjetiva acerca de los estados de ánimo suscitados por la obra en cuestión, allí donde la calidad de la obra parece sustentarse sobre motivos estrictamente no sensoriales, el enemy apela a la ignorancia como lengua común de lo social y a la comprensión como criterio de falsación artística. Así, los enemigos del arte se constituyen como colectivo pseudoembrutecido que reivindica la ignorancia como forma de poder, como si sólo pudieran ser universalizables los juicios de aquél cuya mente es una tabula rasa (encefalograma plano, digamos). El potencial despreciativo de “yo de esto no entiendo” presupone, a su vez, una identificación de lo real con lo efectivamente conocido. Los enemigos del arte son, sin saberlo, unos hegelianos recalcitrantes. “Todo lo real es racional, todo lo racional es real” es, en este contexto, leído de acuerdo con la lógica de la mediación museística: aquello que no se encuentra en su interior no es visible y, por tanto, no es objeto de conocimiento (ni tampoco de oposición, para el caso de los detractores); en definitiva: no existe. Si bien les pasan desapercibidas aquellas obras que tienden a la fragmentariedad y la invisibilidad, los enemigos del arte muestran con mayor ahínco su rechazo ahí donde el arte contemporáneo satisface el prerrequisito de la espectacularidad (Damian Hirst, claro). Así, el horror y la injusticia sólo son denunciados cuando se halla en el Gestelt museístico: sobre la peana, en una vitrina, colgado en una pared, cuidadosamente iluminado, etc. Concluyamos: a pesar de hacerse los suecos, los enemigos del arte contemporáneo no tienen un pelo de tontos.

Mientras tanto, el arte contemporáneo se reivindica en su no asimilación conceptual, en su irreductibilidad frente al encasillamiento propio tanto de la historia del arte como de las dinámicas archivísticas del museo. En este sentido, la maldición del arte contemporáneo es su éxito; la imposibilidad de escapar a la historización de sus productos. Las obras de arte, desgraciadamente para muchos de sus autores, crean escuela, pasan a formar parte de los dispositivos institucionales que pretenden subvertir. En ello consiste su tragedia, en que la historia de sus aventuras sólo puede terminar –nadie sabe como- en final feliz. Adorno escribió a este respecto:


“Cualquier cosa que suceda (ya produzcan los artistas o mueran los ricos) beneficia a los museos; como la banca de los juegos, los museos no pueden perder, y esto es su maldición. Pues los seres humanos están perdidos irremediablemente en las galerías, solos frente a tanto arte.”[1]

Adorno propone sustituir la schmittiana distinción entre amigos y enemigos del arte contemporaneo por una muy otra, según la cual, los enemigos pasarían a ser miembros de la Asociación de Pintura de Hotel. A esta Asociación se pueden sumar los Caricaturistas de a pie de calle, así como ciertos seguidores recalcitrantes del realismo manga, quienes no hacen sino adecuarse a los cada vez más caducos modelos de interpretación pre-modernos, de tal modo que, “algunos cuadros antiguos que no son pintura de hotel ya empiezan a parecerlo.”[2] La Asociación de Pintura de Hotel ya devoró a los impresionistas, a los expresionistas y al cubismo. Personalmente, aunque nos remontáramos en la historia con una máquina del tiempo, no llegaría a concebir un van Dyck si no es en el hall de un NH.

Adorno manda una última advertencia a la Asociación de Pintura de Hotel:


“No se crea que el arte moderno es como es porque el mundo es muy malo, y que en un mundo mejor el arte también sería mejor. Esto es la perspectiva de los pintores de hotel. Se podría mostrar que todos los rasgos escandalosos del arte moderno contienen una crítica al arte tradicional, que cada forma desfigurada, desenmascara a la forma demasiado tersa que está colgada en las paredes de nuestros museos, que cada negación de los objetos afecta a su reduplicación laudatoria; en pocas palabras: que el arte moderno se deshace de la esencia afirmativa del arte tradicional porque la considera una mentira, una ideología. Quien se tiene que avergonzar de esto no es el arte moderno, sino lo falso antiguo. Los pintores de hotel tienen razón: el arte moderno no es inocuo.”[3]

--------
Notas

[1] Theodor W. Adorno: “Museo Valéry Proust, Obra Completa 10/1, ed. Akal, Madrid, 2008, p. 161.

[2] Theodor W. Adorno: “Una propuesta que no hay que tomar a mal” en Obra completa, 10/1, ed. Akal, Madrid, 2008, p. 291.

[3] Theodor W. Adorno: “Una propuesta que no hay que tomar a mal” en Obra completa, 10/1, ed. Akal, Madrid, 2008, p. 293s.

Enviado el 16 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

Publicar un comentario.

[ Netiquette: Protocolo de publicación de comentarios ]

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del administrador del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).

Copia las dos palabras de la imagen en la casilla correspondiente: