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Noviembre 01, 2010

La soledad del corredor de fondo - Pedro B. Rey

Originalmente en adn*cultura

Jean Echenoz, Correr, Anagrama.

muybridge_runner.jpg Los libros más recientes de Jean Echenoz (Orange, 1947) producen un raro desconcierto. Ya no figuran en ellos aquellas escenas en que una imaginación, desopilante antes que fantástica, es constreñida por la simetría quirúrgica de la lengua francesa. Ravel (2006) describe con minucia, sin el menor aspaviento novelesco, los últimos años del compositor de Bolero, cuando se vio aquejado por una extraña enfermedad. Des éclairs, que acaba de ser publicada en Francia, aborda la vida del inventor Nikolas Tesla. Entre uno y otro escribió Correr, un breve y atlético relato dedicado al plusmarquista checoslovaco Emil Zátopek, conocido en los años cincuenta como la "Locomotora Humana". Cada uno de esos textos, que por decantación conforman una trilogía, se apoya en figuras históricas y parece seguir la estela de Marcel Schwob, aunque las vidas, en este caso, nada tengan de imaginarias. Echenoz evita grandes intromisiones ficticias, a tal punto que por momentos el relato se confunde engañosamente con un acopio informativo, un profuso artículo de Wikipedia enriquecido por el ritmo de la prosa (que a su manera mima el tranco de una carrera).

Si el deporte puede ser considerado un arte, Zápotek fue uno de sus cultores más heterodoxos. En Elogio de la belleza atlética, Hans Ulrich Gumbrecht lo considera la excepción a su teoría: "Existe la posibilidad de que [la belleza] sea compensada, transfigurada, por el desempeño excepcional de un atleta. Zátopek tenía una forma de correr legendariamente falta de gracia. Cada movimiento de su cuerpo parecía expresar una tortura extrema". Echenoz describe de muchas otras maneras esa peculiaridad: el checo, al avanzar, parece encojerse y desencojerse, como si cavara, "casi en trance, sin ningún prurito de elegancia." Su autodidactismo es lo que determina su estilo.

El escritor francés sigue la parábola vital del corredor de fondo, y la idolatría que suscitó, con la fidelidad de un documental. Sus performances, desde el descubrimiento de su vocación, sus carreras iniciales y profesionales, hasta llegar a la cosecha de medallas doradas en las Olimpíadas de Londres (1948) y Helsinki (1952), sus cíclicas resurrecciones y su más que digna decadencia, son registradas a conciencia. Zátopek tiene, en esta versión, algo de estratosférico, alguien a quien su perfecta fuga hacia adelante le permite abstraerse de la utilización como comunista ejemplar que de su figura hace el gobierno de Praga, que no duda en tergiversar sus declaraciones públicas o espiar y controlar su vida privada. Correr no es, sin embargo, una biografía. Emil nació en 1922 y falleció en 2000, pero el libro se atiene a lo que ocurre entre dos paréntesis históricos: la presencia nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, y la Primavera de Praga, cuando Zátopek, que había apoyado el gobierno de Alexander Dubrek, cae en desgracia. En un par de páginas, Echenoz deja constancia de la serie de trabajos humillantes que tuvo que realizar el atleta retirado antes de que, en los años setenta, tras una obligada confesión, se lo rehabilitara. Para entonces, las sobrias razones de Echenoz se vuelven evidentes: Correr narra las peripecias de una vida ejemplar pero también permite que, por contraposición, una época, la de la Guerra Fría, se pinte a sí misma en todo su absurdo burocrático.

Enviado el 01 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

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