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Noviembre 01, 2010

Nietzsche y el círculo vicioso* - Pierre Klossowski

Fragmento :: Caosmosis ::

francis_alys_tornado1-420x0.jpg “Primero unas imágenes; para explicar cómo nacen las imágenes en el espíritu. Después, palabras aplicadas a las imágenes. Por último, conceptos sólo posibles a partir de palabras…”

La palabra, desde el momento en que significa una emoción, la hace pasar por idéntica a la emoción experimentada, que sólo es fuerte en el momento en que carece de palabra. La emoción significada, más débil que la emoción insignificante.

De manera que cada vez que interviene la designación comunicativa en un intercambio de palabras con los demás (sujetos), hay un desplazamiento entre la experiencia y la expresión.

Esa experiencia determina conscientemente cualquier relación de Nietzsche con su entorno: sus amigos no reflexionan sobre la génesis emocional de un pensamiento. Y cuando Nietzsche los invita a que piensen con él, los está incitando a sentir, en primer lugar, su propia emoción previa.

Pero ese defasaje entre la designación y la emoción designada en la constitución del sentido (de la emoción) -por lo tanto, ese movimiento de la palabra hacia la emoción y de ésta a la elección de la palabra-, en consecuencia la expresión “emoción” en sí misma, sólo importa relativamente al agente que ejerce esa operación, el que se mantiene en su continuidad únicamente en ese ir y venir, ejerciéndolo tanto en relación a sí mismo como en relación a los demás. Nietzsche no deja de preocuparse por ese fenómeno subyacente en contacto con los individuos que le eran más o menos próximos de su entorno: el agente se deshace y se reforma según la receptividad de los otros agentes -agentes de la comprensión que, por sus fluctuaciones, no se produce sin modificar el sistema de designaciones: cuando cesa la necesidad de designar la emoción a los demás (susceptibles de experimentarla), la emoción ya no se designa si no es por sí misma, en el agente, o bien por un código de designación, a partir de que es pensada como designable, código del que depende el agente, o bien por estados indesignables, entonces como lo indesignable: alza o caída (euforia-depresión) en que el agente se deshace y rehace contradictoriamente, porque desaparece en la euforia y se rehace en la depresión, como si fuese agente sólo en ausencia o incapacidad de euforia.

Las consecuencias que extrajo para sí mismo de situaciones semejantes se conforman según el siguiente esquema de argumentos: en primer lugar, son nuestras necesidades las que interpretan el mundo: cada impulso, especie de necesidad de dominar, tiene su propia perspectiva que no deja de imponer a los demás impulsos; de esa pluralidad de perspectivas resulta no sólo que todo es siempre interpretación, sino que lo es el mismo sujeto que interpreta. De ahí que la inteligibilidad de todo lo que se pueda solamente pensar (a saber, que sólo conformamos pensamientos sujetos a las reglas del lenguaje institucional) deriva de la moral gregaria de la verdad -en este sentido sólo el principio de veracidad es gregario: “Debes ser reconocible, expresar tu intimidad por signos precisos y constantes, de lo contrario te volverás peligroso; y si eres malo tu facultad para disimularlo será lo peor para el rebaño; despreciamos al ser misterioso, incognoscible. Por eso, la exigencia de veracidad presupone la cognoscibilidad y la persistencia de la persona.”

A partir de esa moralización de lo inteligible (o de lo inteligible como fundamento de la moral gregaria), en Nietzsche se desarrolla el proceso ambiguo entablado simultáneamente a las fuerzas de conservación y a las fuerzas de disolución. No deja de oscilar entre la fijación (por medio de signos constantes y precisos) y su propensión al movimiento, a la dispersión de sí mismo: hasta que la tensión provoca una ruptura entre la constancia de los signos y lo que pueden significar únicamente por su fijeza. Como si la inercia misma se convirtiera en obstinación de la palabra, la constan­cia de los signos se encontró reemplazada por una palabra que valía por un gesto obstinado en recuperar lo incognoscible, dispersado bajo el aspecto de la incoherencia. Y así Nietzsche recapitula para sí mismo las etapas que lo condujeron a una teoría del caso fortuito:

“1- Mi esfuerzo contra la decadencia y el progresivo debilita­miento de la personalidad.

Buscaba un nuevo centro.

2- Reconocí la imposibilidad de ese esfuerzo.

3- Así que continué el camino hacia la disolución. Ahí encontraba nuevas fuentes de energía para los individuos aislados.

¡Tenemos que ser los destructores!…

Reconocí que el estado de disolución en el que seres aislados pueden realizarse como nunca lo habían hecho es a la vez imagen y caso singular, el alma de la existencia en general.

Teoría del caso fortuito, el alma, un ser que selecciona y se nutre, fuerte, astuto y creador -continuamente (por lo común esa fuerza creadora pasa desapercibida, se la considera ‘pasiva’).

¡Reconocí la fuerza activa, creadora en el seno de lo fortuito!

-En sí, el caso fortuito es el choque de los impulsos creadores.

Contra el sentimiento paralizante de la disolución general y de lo inacabado mantengo

¡El Eterno Retorno!”

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*Traducido por Roxana Páez, Editorial Altamira, Buenos Aires, 1995.
Título original: Nietzsche et le cercle vicieux, Mercure de France, Paris, 1969.

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