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Noviembre 28, 2010

¿Nos contentamos con poco los modernos? - Luis Francisco Pérez

s.jpg El escritor e ingeniero Juan Benet no tenía una especial querencia, sabido es, por la producción plástica contemporánea, pero toda su obra, paradójicamente, está entreverada de apuntes, consideraciones u opiniones, en torno al hecho estético, al porqué de su significancia. En esa obra magnífica de su última etapa, Otoño en Madrid hacia 1950, especie de contra-memorias de su primera juventud, leemos la siguiente nota, y pedimos perdón por la extensión de la misma: “La invención, en principio, no obedece a otra regla que la de romper el círculo de lo inventado. Sin embargo no tiene necesariamente que buscar la sorpresa. Me atrevo a decir que la sorpresa tan sólo conforma una aureola alrededor del espacio habitual de los hechos, a cuyas cánones y reglas queda reducida en cuanto se disipan sus efectos, por lo general efímeros. Porque son pocos los hechos que después de sorprender siguen siendo sorprendentes.” No deberíamos, en verdad, dejarnos engañar por la prosaica claridad de las ideas de Benet, pues en ellas, esencialmente, subyace algo más problemático y enjundioso. A saber: la perversa ceremonia de la confusión que en el aquí y ahora del más puro presente existe, en la producción estética contemporánea, entre el surgimiento de Lo Nuevo –su acontecimiento en el espacio y en el tiempo, y con ello su recepción formal y destilación crítica- y la irrupción del Invento, en tanto que desplazamiento semántico, voluntariamente interesada esa desfiguración, de una realidad precedente, o de una anterior concreción estética. “La novedad”, cierto es, obedece siempre a una original invención, pero ninguna “invención” debería engalanarse, a priori, con los oropeles de la más noble novedad. Por descontado, el tiempo presente ayuda y contribuye a esa confusión, y no quisiéramos dar la razón al cínico y moralista Paul Valéry cuando en una nota de sus Carnets apunta que el moderno se contenta con poco…

¿Nos contentamos con poco los modernos? ¿Es moderna toda contemporaneidad, únicamente por desfilar al mismo paso (o cambiado) de la más pura sincronía con el aquí y ahora? ¿Podemos ser contemporáneos sin ser modernos? ¿Podemos ser modernos y despreciativos con la contemporaneidad? Lo que planteamos, por descontado, es un tema antiguo y sobre todo ingenuo, pues hace varios siglos que Spinoza (sin una gota de ingenuidad) afirmaba, más tajantemente aún que Descartes, que el problema de la imagen verdadera no se resuelve a nivel de la imagen, sino solamente mediante el entendimiento, y el subrayado (importantísimo) de “verdadera” es nuestro. Siguiendo en esta misma ecuación: ¿Podríamos plantear que toda Novedad es una imagen verdadera que únicamente transmite su eficacia intelectual por medio del entendimiento, e Invención todo aquello que entra por la visualidad más plana y laxa? La respuesta, quién lo iba a decir, nos la regala Jean Paul Sartre, tan fuera de onda, tan caducado. En 1.936, en un París surrealista y sobre todo lleno de Surrealismo, Sartre publica “La Imaginación”, su ensayo más hermoso y actual, el más sincero e intemporal. La Imaginación es un ensayo de época (o muy de época incluso: “los convulsos años treinta”, por utilizar el lema historicista al uso), pero esencialmente es un derroche de la más alta poesía especulativa. Entre las infinitas perlas que el ensayo nos depara nos quedamos con esta: “La imaginación, o conocimiento por imágenes, es profundamente diferente del entendimiento; puede forjar ideas falsas y no presenta la verdad sino en forma trunca”. Perla, sí, pero muy envenenada, vive Dios, pues nos sitúa frente al más puro y terrible de los precipicios, al mismo tiempo que excava los veinte centímetros escasos que nos separan del horror.

Sartre, al igual que Benet, no entendía la creación plástica contemporánea a su propia vida biológica o existencial. No deberíamos por ello rasgarnos las vestiduras. Tampoco Freud amaba la música (¡un vienés, Mein Gott!), pues no podía soportar que la dinámica del pentagrama fuera a una velocidad mayor que su propia inteligencia, es decir: de su propio entendimiento, pues quería algo más que escucharla. Pero volvamos al siempre puntilloso Sartre. Si la imaginación, o el conocimiento por imágenes, (Jean Paul ¿estás seguro de ello, y se lo has comentado a Simone?) es tan diferente al entendimiento podemos de ellos colegir que Sartre asocia “imaginación” con “invención” (¡Ah, ese dichoso Breton y sus amigos…), y con ello, vía y barra libre, al infinito cielo protector de una producción estética que ya únicamente se debe a la imaginación más desbocada, tan fértil y agradecida ella, a la invención más inútil y banal, y a la más infantil e irreflexiva de las creaciones. ¿Y el Entendimiento? Por favor, esa molesta Imagen Verdadera…, que otros se molesten en crearla, que otros hagan el esfuerzo de entender.

Que el 95% de la producción plástica española de ahora mismo merezca únicamente ser vista (en muchas ocasiones ni siquiera eso) y no entendida, pues ni lo desea ni lo demanda, no debería hacernos dar el último paso hacia el abismo (tan liberador como redentor, al fin y al cabo). Precisamente porque los modernos no queremos conformarnos con tan poco no deberíamos dar ese paso final.


Enviado el 28 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

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