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Noviembre 01, 2010

Vanishing points - Ignacio Castro Rey

Pablo Valbuena, Galería Max Estrella

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No lejos de esta arquitectura contemporánea que huye de las moles macizas, que adelgaza sus vectores con nuevos materiales para darle un lugar a la transparencia, Valbuena propone fugarnos de nuestros hábitos para volver a retomarlos con otros ojos, con otros oídos. Numéricamente el orbe resultante sería el mismo, pero como es percibido y vivido de otro modo, pues cambia la relación ontológica con su estructura.

"Puntos de fuga" nos propone fundir nuestra tendencia a la instalación con los escenarios banales en los que no reparamos. En suma, desinstalar nuestra instalación para reconocer el cristal de una rara necesidad en esta aparente contingencia del mundo. Aquí, ahora, en esta esquina vulgar. Al proyectar únicamente la sala de proyección, Valbuena consigue la magia de fundir lo virtual con lo actual, lo luminoso con lo opaco, la simetría geométrica con la irregularidad de las vivencias. Sus proyecciones trabajan con la cualidad temporal del espacio, como se éste fuera sólo tiempo recorrido, como si el tiempo fuera espacio recorrido.

Construir otro ámbito gracias al movimiento y la luz, la tensión de línea y sombra, la ilusión del vacío. Valbuena realza el enigma de nuestros escenarios y útiles cotidianos, un humilde interruptor, una caja de madera en el suelo, la suciedad de una esquina cualquiera. Se proyecta una proyección filmada, y en esta redundancia el artificio desaparece para devolvernos el sentido del “tiempo muerto”, para darle un espacio al misterio del espacio.

Así pues, se nos invita a ampliar lo que llamamos escultura hasta el habitáculo que nos envuelve. En otras palabras, se nos invita a “encoger” la arquitectura para que no construya nada distinto, sino que únicamente fortalezca la fragilidad de lo que ya estaba ahí con nuevas líneas de sentido, aunque éstas sólo consistan en intensas rayas claras, que avanzan lentamente. Tan lentamente como el día viene, como la noche cae o los cambios vitales se producen. Cuando te das cuenta, no eres el mismo.
La geometría de lo real es otra vez proyectada, reconstruida con una alta perfección técnica y devuelta a las rectas cotidianas, como si solamente buscáramos reconciliarnos con el desierto que habitamos, encontrar en él un rumor, posibles caminos. Valbuena radicaliza el trabajo de algunos escultores para levantar un alzado luminoso de nuestras estancias e instrumentos, desinstalando nuestra tendencia a la separación sujeto-objeto y reinstalando el mundo. El resultado se parece un poco a la geometría de aquel Spinoza que quería fundir orden y entropía, ética y afectos en un solo cristal. Un poco como en esa fábula de Benjamin y Scholem, en la cual cada instante debe abrir una ventana por donde pueda entrar un soplo mesiánico.

Así pues, en medio de estas líneas nítidas, tal vez no estamos tan lejos del sueño de la caligrafía judía o árabe. Con esta pulcritud minimalista, no sabemos si Valbuena nos propone una limpieza protestante o una espiritualidad taoísta. Y las dos cosas no son lo misma, no tiene por qué ser lo misma. La minuciosidad con que las líneas luminosas siguen lentamente los ángulos y rectas de cualquier esquina, no quitan ni ponen nada de ella, se limitan a reinstalar la realidad, marcando con un brillo hipnótico lo que antes era habitual e inobservado. Estamos en medio de una construcción que deconstruye nuestra tendencia a elevar, a contraponer a lo físico una edificación, pues ahora se limita a remarcar lo que ya había.

Lentitud, misterio de lo naciente. Las líneas avanzan igual que las sombras se mueven, como el día rompe en la cresta de una montaña. Balbuceo de lo creciente, como si esta belleza formal de la luz acariciase los lugares que frecuentamos, donde apenas vivimos.

Nativos digitales, basta una línea apenas trazada para que no crucemos. Entonces la hipnosis incandescente nos retiene más acá y nos obliga a perseverar en el misterio de lo que habitamos, a encontrar caminos en este yermo ortogonal, a escuchar cómo respira el espacio. También la percepción es una proyección.

Música minimalista de la radiación, como el haiku o las vibraciones taoístas de un monje en templos perdidos. Después de que los trazos lumínicos han reproducido lo físico, éste recupera el misterio de su vacío. Igual que las mareas, la proyección de Valbuena se hace y se deshace, desaparece y vuelve a comenzar de nuevo. Hemos de fugarnos para recuperar de otra manera la inercia que empezaba a ahogarnos. El sueño vuelve a nuestros ojos tardíos, cansados, un poco incrédulos de que todavía haya caminos.

Recordaremos esta exposición como una teología invertida. Ahora se trata de demostrar la existencia de la existencia, como si un dios menor se pusiera a probar la realidad del mundo. En palabras de Shakespeare, será una locura, pero tiene método.

Enviado el 01 de Noviembre. << Volver a la página principal << | delicious

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