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Diciembre 01, 2010

No - Rafael Lemus

Originalmente en Rafael Lemus

[Hace unos días comentábamos que lo único realmente aceptable (dentro de una lógica absolutamente punk y subersiva osea coherente dentro de la incoherencia y comprensible dentro la elaboración de toma de postura "artística") que Santiago Sierra podría haber planteado como respuesta a la adjudicación del premio Nacional de Artes Plásticas del Gobierno de España, habría sido: "Muchas gracias señores del MInisterio, señores empleados de la cultura, con ese dinero me voy a hacer una fiesta con todos mis amigos, fans y seguidores de la que se hablará durante décadas, creo que aunque no es mucho, sí da para que nos pongamos el mejor colocón de nuestras vidas, pero NO se molesten en hacerme llegar la honorable invitación para ir a recogerlo: NO cuenten con ello y mucho menos con la sonrisa para la foto oficial". Lamentablemente no ocurrió así (eso habría sido algo muy divertido, algo realmente humorístico y subversivamente elegante, pero como lo que ocurrió sigue siendo de un patetismo que la Ministra de Cultura se encarga por iniciativa propia de avalar y justificar (haciendo las deplorables declaraciones acerca de lo 'coherente y comprensible' que le pareció el desplante, y que solo muestran hasta qué punto quienes están a la cabeza de las instituciones no tienen la más mínima orientación de la función que deben cumplir ni del papel de las intituciones que representan, pues de otro modo no se entiende que avalen su propio desprestigio. Como parece que hay quienes quieren seguir analizando el tema, y parece que hay tela que cortar no nos queda sino seguir algunas reacciones a los noes depotenciados.]

NoMas_Logo.jpg A ver. El miércoles 3 de noviembre el Ministerio de Cultura español anuncia la concesión del Premio Nacional de Artes Plásticas al artista Santiago Sierra. Que porque su obra “reflexiona sobre la explotación y la exclusión de las personas, y genera un debate sobre las estructuras de poder”. Que porque “el arte de Sierra, cargado de reivindicaciones sociales y políticas desde sus comienzos, intenta evidenciar lo absurdo de las relaciones de poder establecidas y destacar los problemas que acarrea para la población la economía capitalista”. Etcétera.

Dos días después, el viernes 5, Sierra publica, en el blog Contraindicaciones.

Ya se ve que la carta no es una obra maestra de la resistencia: es más bien (como ha mostrado María Virginia Jaua) elemental y maniquea. Para empezar: ¿cómo es posible que un artista de la fama de Sierra, representado por diversas galerías y presencia constante en bienales y ferias, no se incluya entre los profesionales? Después: ¿qué diablos es un “artista serio” y por qué un hombre como Sierra, cuyas obras intentan perforar el muro que separa al arte de la vida social, presume de serlo? ¿Que no se trataba, al fin y al cabo, de reventar la institución del arte? Además: ¿para qué emplear esa retórica política tan abstracta y gastada, y por lo mismo tan ineficaz, cuando el escenario parecía puesto para propinar un golpe limpio, preciso?

Ya se puede adivinar que el rechazo de Sierra al premio ha creado ruido y polarizado al medio cultural español entre aquellos que, en un extremo, celebran el acto y ya esperan que el Estado español se derrumbe tras esa carta y aquellos que, en el otro, aprovechan la oportunidad para volver, una vez más, contra las prácticas del arte contemporáneo –que si eso es arte, etcétera.

Lo que me asusta de esta historia no es, claro, la obra de Sierra –de hecho, hace unas semanas me topé en una galería con Los penetrados (su polémico video de 2008, mecánicas sesiones de sexo anal entre blancos y negros) y la obra me pareció apenas perturbadora, casi pudibunda. Tampoco me alarman esas contradicciones que atraviesan, tan visiblemente, a sus piezas –por ejemplo: tatuar una línea en la espalda de “seis personas remuneradas” para exponer la explotación social, o prohibir la entrada de los extranjeros al pabellón español en la Bienal de Venecia de 2003 para mostrar el absurdo de los retenes y los pasaportes y las fronteras. Por el contrario: creo que en esas tensiones –en la disposición del artista a aparecer como verdugo y no sólo como denunciante– descansa la rara densidad de su trabajo, a veces atenuada por el discurso simplista que lo acompaña. Lo que me asusta es eso que se asoma detrás de las reacciones de algunos de sus críticos (aquí y aquí y aquí): esa aparente convicción de que la resistencia es, hoy, sencillamente imposible; de que no hay manera de decir no, verdaderamente no, a ninguna fuerza porque nuestra negativa se vuelve pronto pasto de otras fuerzas y es siempre relativa y circunstancial y mejor haríamos en dejarnos de falsas rebeldías y aceptar las cosas como son ya que, a fin de cuentas, todos estamos del mismo lado y no queremos sino lo mismo: apapachos.

Se manejan, para probarlo, dos argumentos:

Primero: que el no de Sierra es un no interesado, propagandístico; que su fin no es tanto esquivar el premio como generar escándalo y ganarse el aplauso de los espectadores radicales. Como prueba de su supuesta vanidad se presentan, justamente, los aplausos que Sierra ha ganado a propósito de su carta. (Ya se ve, el hombre no quería otra cosa.) Dicho de otro modo: se sugiere que cualquier no que provoque la adhesión de otras personas es un no falso, publicitario. Al parecer el disenso sólo existiría en un universo paralelo donde los actos no acarrearan consecuencias, donde no generaran daños o beneficios a quien los realizara. Pues bueno: aquí un sí o un no tienen peso y provocan solidaridad o repudio y uno, es cierto, puede ganar prestigio y público tanto diciendo sí como diciendo no y resistiendo a estas o aquellas instituciones. ¿Qué hay de malo en ello?

Segundo: que el no de Sierra es un no caprichoso, voluble; que ahora dice no pero que otras veces (como en aquella Bienal de Venecia de 2003 en que representó a España y aceptó dinero del Estado) ha dicho sí y que, carajo, así no se puede: o se es coherente o no se es nada. Es decir: se impone a todos los que quieran disentir aquí y ahora la condición de haber disentido antes en todo momento y en todas partes; se demanda una absoluta, improbable coherencia. Es como si uno le hubiera dicho a Octavio Paz en 1968: su renuncia a la embajada de la India es un gesto valiente, señor, pero no vale porque usted antes fue embajador; usted no puede salirse porque ya antes estuvo dentro. Es como si sencillamente no hubiera forma de realizar actos únicos y fulminantes ni de romper, de golpe, con aquello que uno arrastra. Pero desde luego que hay forma: se puede decir sí a algo y no a otra cosa; se puede participar en el juego del adversario e intentar descomponerlo desde dentro; se puede mantener uno al margen y joder desde afuera; se puede ser rápido e imprevisible e incoherente.

Esa idea de que hoy es imposible decir no yo nada más no me la compro. No.

-Rafael Lemus

Enviado el 01 de Diciembre. << Volver a la página principal << | delicious

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