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Enero 15, 2011

La elegante intimidad del señor del altillo - MARIO BELLATIN

margolles-gde.jpg Hace muchos años la poeta Reina de Animas contaba con un pretendiente. El joven vivía en el edificio de enfrente y visitaba a la poeta hasta una hora respetable de la noche. Yo llegué a conocer a aquella persona. Eso ocurrió cuando ya había dejado de cortejar a Reina de Animas. En aquella ocasión –me lo crucé cierta vez que fui a visitar a la poeta- me contó, no sé bien por qué motivo, que después de sus visitas galantes subía unos pisos más para llegar hasta el departamento de un amigo suyo –un señor mayor- que vivía casi al final de las escaleras. Añadió que lo visitaba en las noches porque era un caballero bastante ameno. En ocasiones llevaba a aquel departamento a algunos compañeros. El señor casi siempre abría algunas latas de carne soviética para ellos, las que acostumbraba acompañar con galletas caseras. Siempre tenía algo de licor. Lo que quizá deseaba contarme en esos momentos el vecino de la poeta Reina de Animas, es la vez en que el señor ameno se emocionó más de la cuenta con uno de los muchachos presente en la velada y en plena acción sexual cayó fulminado. Me comenzó a describir lo difícil que empezó a ser apartar al amigo del amable señor. Parece que el rigor mortis le llegó demasiado pronto.

Por más que trataron no pudieron despegarlos. El amigo comenzó a aterrarse cada vez más con la situación, con la presencia íntima de aquel cuerpo frío del cual no podía separarse. Sentía que a cada minuto los músculos del señor fallecido se iban apretando más. El joven comenzó a lanzar gemidos de dolor, y empezó a rezarle a la Virgen de la Caridad del Cobre con la intención de jurarle que nunca volvería a cometer un pecado semejante.

No lo haría ni siquiera por una botella de ron. En su plegaria imploraba que le devolvieran su órgano y que no se lo llevara el elegante señor en su camino al más allá. Con la intención de que en el departamento de Reina de Animas no se oyeran los gemidos, le taparon la boca al joven con un trapo y envolvieron ambos cuerpos –el del señor del altillo y el del joven, uno muerto y el otro con vida- en una gran sábana que amarraron con unas cuerdas. De esa forma bajaron el bulto por la escalera del edificio y lo condujeron por la calle de Animas. Con el atado sobre los hombros saludaron a algunos de los vecinos que preguntaron por aquella sábana que hacía movimientos convulsivos. Los muchachos que aquella noche se habían reunido donde el señor del altillo, contestaron que transportaban un par de puercos que los ayudaría a soportar el periodo especial. Sin ser advertidos por nadie dejaron abandonados los cuerpos en los jardines del Hospital Hermanos Almejeiras –situado al final de la calle de Animas. El vecino me dijo que nunca más supo sobre la suerte que corrieron aquellos extraños amantes. Algunas semanas después las autoridades cerraron para siempre el departamento del elegante señor. Un suceso curioso: segundos antes de que el señor del altillo sufriera el ataque –en pleno goce además- gritó como últimas palabras que una perra negra se iba a suicidar tirándose al vacío desde la ventana. La poeta Reina de Animas la vio caer cierta tarde de otoño.

Enviado el 15 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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