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Enero 22, 2011

La marrana negra de la literatura rosa* - Vicente Luis Mora

Originalmente en Diario de lecturas

la_marrana.jpg En el número 322 de Quimera (octubre 2010), se incluía un extraño artículo de René Deloneon que parecía escrito bajo algún tipo de sustancia psicotrópica. No obstante, el texto, publicado bajo el título “El sujeto como videojuego”, atesoraba una lúcida cita de Claudio Magris y alguna reflexión no del todo exenta de interés: “El inventario objetual y de consumo como base ontológica de datos (comprados) que categorizan al sujeto que la genera / consume. En los videojuegos el protagonista tiene que ir moviéndose para conseguir cosas, cuya adquisición le mejora como personaje y le permite armarse para llegar al final del juego. La adquisición consumista como medio de alcanzar el destino”. Hemos recordado este epiléptico ensayo durante la lectura del excelente conjunto de relatos La marrana negra de la literatura rosa (2010), de Carlos Velázquez, sobre el que nos gustaría ahondar.

1.

Cuerpo tuneable: identidad por extracción

tu nombre es el del pozo.

Belleza, sí, belleza de existir en los límites

y dejarnos atrás, mutilados, antiguos.

Raúl Quinto, La flor de la tortura

Velázquez (Cohauila, México, 1978), cuya ausencia en un reciente y absurdo agrupamiento comercial de narradores hispanoamericanos basta para desactivarlo, incluye en su libro varios detalles que apuntan precisamente a esa conexión -ontológica- entre los sujetos y la adquisición de cosas para completar o definir su identidad. Esto es algo muy antiguo en literatura, como es lógico, si bien Velázquez utiliza una imagen especial para materializar el proceso del déficit al tachado, de la carencia a la completud o completitud: la imagen protésica. El DRAE define la prótesis como “procedimiento mediante el cual se repara artificialmente la falta de un órgano o parte de él; como la de un diente, un ojo, etc”. La clave del proceso es la palabra “artificial”, por supuesto, y la parte de la definición académica que nos interesa es la de la “falta”, término que apreciamos ahora en su aspecto psicoanalítico.

Vayamos al grano: los personajes de Velázquez requieren de una intervención, en muchos casos quirúrgica, para completar su identidad y reparar así la falta original, aquello que les resulta necesario para que su identidad coincida con la proyección fantasiosa de su deseo. Es decir, persiguen cosas para colmar su satisfacción, pero son cosas que deben incorporarse a ellos, encarnarse para lograr su objetivo de que los demás les vean tal y como ellos se ven, en fantasma. Tino, el protagonista del primer relato, se somete a una dieta de cocaína para perder peso, puesto que su novia no le desea más que cuando está delgado (p. 15). Es decir, la amputación de su excedente corporal es el correlato de una falta: la falta de delgadez. Tino quiere recuperar no su deseo, sino el ser deseable, volver a verse a sí mismo como un ser apetecible. Por tal motivo corre a buscar la delgadez faltante a través de una operación quirúrgica que acaba convirtiéndose en protésica: “la lipoescultura fue un éxito. Me había deshecho de treinta y ocho kilos de sobrepeso en unas horas de cirugía. Necesité de unos cuantos días de hospitalización para recuperarme. Me sentía una estrella de rock. (…) No me iba a conformar solo con una liposucción. Quería una rinoplastia. Y que me quitaran la papada” (p. 33). He ahí la grieta del deseo cuando apela a lo faltante: no hay relleno posible, no es factible culminar el proceso de llenado, siempre queda algo por cubrir.

En el segundo relato, “La jota de Bergerac”, el proceso es todavía más claro. La protagonista Alexia (que en realidad es un hombre travestido, pero mantengámoslo así) es una “diosa” de la noche y una diva que se prostituye con hombres por dinero. Su cuerpo es privilegiado, y está bien dotada, en todos los sentidos, para su oficio; pero tiene un gran defecto, aquel que asolaba al protagonista del poema de Quevedo “A una nariz”. Su protuberancia nasal estropea lo que de otro modo sería una belleza femenina irreprochable, y su tamaño le genera una enorme insatisfacción. Apréciese que a Alexia no le molesta su pene para ser perfecta, sino su nariz, ya que el apéndice es lo que todos los demás ven, incluida ella cada mañana frente al azogue: “las jotas que nos vestimos de mujer somos seres fascinantes, repitió frente al espejo, e ignoró el abultamiento en su rostro” (p. 37). En este caso también Alexia se plantea la solución protésica como la ideal para desfazer el entuerto y acomodarse la imagen corporal a la imagen soñada de sí (“cirujearse era la única solución”, p. 38). De hecho, el dinero para la operación será el leitmotiv de toda la trama del relato y de su relación con el beisbolista cubano Wilmar, quien le promete siempre la intervención anhelada. La importancia que lo protésico tiene para Velázquez se desvela aquí sin tapujos: “Alexia volvió a encender el anhelo sólo hasta que se enteró de que la cirujía plástica podría borrar la identidad de las personas. Ella necesitaba ser otra. El mismo cuerpo, el mismo culo, el mismo caminar, pero otra. Y esa Alexia estaba tan próxima. Tan cercana. Bastaba que el cubano esgrimiera la chequera” (p. 56). Sin desvelar a los lectores el final del relato, diremos que el equilibrio entre el miembro sobrante y el miembro faltante generan una simbología fálico-estética que haría las delicias de Lacan. De hecho, y ya terminando con lo psicoanalítico, la voluntad de Alexia de tajar su nariz, de recortar su cuerpo para alcanzar la beldad cual lecho de Procusto, nos ha hecho recordar libros como Bang, bang y donde las líneas convergen (1977), de Brian W. Aldiss, o la distopía freudiana Limbo (1952) de Bernard Wolfe, un libro de identidades logradas a base de amputaciones y prótesis, que hemos comentado en otro lugar aportando esta aguda cita de Slajoj Zizek: “cortarse el propio cuerpo es una forma de hacer una marca: cuando hago un corte en mi brazo, el ‘cero’ de la confusión existencial del sujeto, de su borrosa existencia virtual, se transforma en el ‘uno’ de una inscripción significante”[1]. En efecto, Tino quiere significarse mediante el corte de sus lípidos; Alexia, mediante el sacrificio de su apéndice facial. Ambos quieren ser menos para poder ser más. “(…) se tiende hacia la deconstrucción. El cuerpo es una nación a la cual constantemente le arrancamos las banderas. Ninguna diferencia radica entre ocupar la plancha o esgrimir el escalpelo” (p. 106). Es una consecuencia de la nueva sacralización del cuerpo, que apuntaba hace tiempo David Foster Wallace en referencia a la cultura televisiva,

Esta angustia tan personal acerca demuestra belleza física se ha convertido en un fenómeno nacional con consecuencias en todo el país. (...) El boom de los dietistas, la salud, los gimnasios, los salones de bronceado en cada vecindario, la cirugía plástica, la anorexia y la bulimia, el uso de esteroides entre los chicos, las chicas que se tiran ácido las unas a las otras porque el pelo de una se parece más al de Farrah Fawcett que el de la otra. ¿Se supone que estas cosas no están relacionadas entre sí? ¿Ni con la apoteosis de la belleza física en la cultura televisiva?[2]

Y que la ensayista mexicana Martha Nélida Ruiz resumía a nuestros efectos: “el cuerpo se ha colocado en el lugar número uno en la escala de la importancia de todos los elementos materiales y materiales que nos componen. (…) Se trata del cuerpo como estuche, como huevo de Fabergé, como máscara de carnaval, como guarida, como trampa contra el enemigo, como centro de todos los deseos”[3]. La mayoría de los personajes de Velázquez son su cuerpo; satisfacerlo, completarlo, retocarlo, pulirlo hasta la inexistente perfección parece ser parte nuclear de su objetivo vital.

2. Cuerpo completable: identidad por adición protésica

Asomarse a la grieta

Raúl Quinto, La flor de la tortura

Las situaciones de carencia parecen asolar a los personajes masculinos de este libro, pero también se ceban en las mujeres. Carol, la terrible novia de Tino en “No pierda a su pareja por culpa de la grasa”, tiene una terrible carencia de dinero, que intenta saciar de la peor y más cruel de las formas. Carmen, la mujer de Damián en el magistral relato “El club de las vestidas embarazadas”, le dice a su marido: “Quiero inseminarme, Damián” (p. 100): lo que le falta, lo que desea, es un espermatozoide válido, que complete su maternidad y rellene su identidad faltante de madre. La inseminación sería, en este sentido, también otra forma de intervención protésica, artificial, destinada a rellenar el hueco: “Carmen albergaba un vacío interior que imaginaba lograría rellenar con un hijo” (p. 101). Y luego, se completa el cuadro de una forma todavía más explícita: “Sabía que las personas sin descendencia suplen las ausencias emocionales con innumerable variedad de animales y objetos. La gente infértil se aficiona a las mascotas. Algunas adquieren peces para estructurar su tiempo. La ardua labor de mantener limpia una pecera las distrae de los pensamientos referentes a lo filial. Pero el vacío no se rellena con una colección de pececillos. Tiempo después surge la inquietud de comprar un piano. Las lecciones se convierten en un reconstituyente pasajero. Al final, nada las satisface. La mayoría de las mujeres que a la edad de treinta años no han experimentado la maternidad, terminan por realizarse la liposucción o por implantarse senos o por operarse la nariz” (p. 107).

En este mismo relato, el protagonista, Ordóñez, y el citado Damián se incorporan a un club de hombres que fingen estar embarazados y que se cuidan maternalmente unos a otros (creo haber visto esta parafilia en un antiguo episodio de House). Es otro símbolo de lo incompleto, claro: “se apresuraron a la casa de Ordóñez. En un clóset escondía leche en polvo, biberones, pelucas, vestidos de maternidad y una prótesis que simulaba una barriga de ocho meses de embarazo” (p. 110). Tanto Damián como Ordóñez llevan a cabo la ejecución de sus planes de completitud, inclusiva en uno y extractiva en otro, que alcanzan en un soberbio final un clímax absoluto de expiación y de simbolismo regresivo. No en vano la nostalgia de la infancia es, tradicionalmente, el intento emocional de recuperar lo perdido.

Otro modo de completar protésicamente la identidad tiene lugar en el último relato, el surreal e irónico “La marrana negra de la literatura rosa”, donde el protagonista comienza a escribir a resultas de la inspiración que le procura su marranita Leonor, una cerda ninfómana (no sé si este adjetivo puede aplicarse debidamente a tal sustantivo) y presumida que completa sus encantos con el de musa literaria. Todo va bien y el escritor de novelas rosas alcanza un éxito razonable hasta que la muy cerda fallece, dejándole desconsolado e incompleto: “sin Leonorcita, me despediría del atuendo de loca en tianguis. Y de mi carrera literaria. Todavía quedaba una novela inédita. Pero después nada. Y yo sería incapaz de escribir por mi cuenta. Nunca fui un escritor. Nunca lo sería. Todo el talento era de Leonor. Leonor era la artista” (p. 132). Es decir, que Leonor estaba patrocinando el ego del escritor. Vamos a explicar qué sea eso del patrocinio del ego.

En el relato “El alien agropecuario”, un desopilante retrato de la formación y caída de un grupo musical que pasa del punk a la “tecnoanarcumbia” gracias al fichaje de un teclista con síndrome de down, ingresa un concepto interesante en nuestro campo semántico, el de la esponsorización del yo. Así se abre el relato: “Cuando se atraviesa una etapa crítica, un sponsor del ego deviene imponderable. Un sponsor real, consumado, no una puñeta mental, leí en el baño de mujeres de una sala de conciertos” (p. 69). En el relato, uno de los más divertidos y sorprendentes que he leído en los últimos años, los dos protagonistas principales, el guitarrista Lauro y la vocalista –que narra en primera persona la peripecia– demandan continuamente de otra persona que esponsorice o patrocine su ego, que complete su identidad y que refuerce su deseo. La aparición de El alien agropecuario, Pepe, un chico de rancho con retraso mental, dispara las posibilidades mediáticas del grupo y con ellas la proyección de fantasías de completud de Lauro, alma y compositor del grupo. La narradora se da cuenta conforme pasa el relato que Lauro era a su vez su sponsor (término que la www.rae.es nos presenta como “propuesto para ser suprimido”), lo que la moverá a cambiar de patrocinador identitario. La cuestión es que Velázquez incide de nuevo en la idea de que vivimos un instante histórico en que las personas buscan su yo en el exterior, sean cosas o personas tratadas como cosas, como espoletas o plataformas de deseo, lo que implica que en todo caso la satisfacción identitaria nunca late en uno, siempre está fuera, lo que hará el proceso infinito, agotador, irrefrenable, interminable, frustrante. La identidad se configura así como un agujero imposible de rellenar, un hueco incolmable, en el que por más objetos (y otros sujetos) que entren, jamás asomarán su exterioridad por el brocal del pozo; como las cosas y personas que caían por el maelström del relato de Edgar Allan Poe, la fuerza del remolino los destrozará contra las piedras del fondo.

Conclusión

No esperen corrección política en los relatos de Velázquez. No esperen tampoco piedad, conmiseración humana, o esperanza social. No busquen utopías, sino más bien la desolada recreación del hogaño, y del engaño, a través del esperpento. No busquen nada más que personas que persiguen, desesperadamente, completarse o ser completadas sin éxito. Personas sometidas a un continuo tuneado físico o sentimental que sólo las deja insatisfechas. Hace poco dijo Nicole Kidman que se arrepentía de haberse inoculado botox en el rostro. Creo que a eso se refiere Carlos Velázquez en estos relatos escritos con un prosa brillantemente tosca, suciamente exquisita, lingüísticamente contaminada de localismos y anglicismos, en la que los diamantes están manchados de lodo, la basura destella y las palabras cortan como un cuchillo.


(Relación con el autor reseñado: ninguna. Relación con la editoria: ninguna)

[1] Slavoj Zizek, Visión de paralaje; Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, p. 32.

[2] D. F. Wallace, “E unibus pluram”, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer; Mondadori, Barcelona, 2001, pp. 69-70.

[3] Martha Nélida Ruiz, El espejo intoxicado. Hiperrealismo, hiperconsumo e hiperlógica en las sociedades posmodernas; Octaedro, Barcelona, 2006, p. 54.


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*
Libro de Carlos Velázquez publicado por Sexto Piso, México D.F. y Madrid, 2010.

Enviado el 22 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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