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Enero 11, 2011

Sobre Punto omega* - Peio Aguirre

Originalmente en Crítica y metacomentario

sb2.jpg Punto omega, la última novela de Don DeLillo, es un libro necesario que si no existiera habría que inventarlo. Richard Elster es un veterano asesor del Pentágono que pasa largas temporadas en una casa del desierto californiano. Hasta allí le sigue Jim Finley, un especie de cineasta que sobrevive entre “proyecto” y “proyecto” y que se desplaza hasta la árida zona con la intención de rodar un plano fijo de Elster donde éste, aparentemente, revelará secretos de Estado y otros trapos sucios de la política gubernamental estadunidense en su “War on Terror”. O eso es lo que Finley espera. De repente, aparece Jessie, la hija de Elster, y los tres ensayarán una familia disfuncional nada convencional donde la fe en la humanidad se celebra en tortillas caseras aderezadas con vegetales y conversaciones apenas habladas, intuidas. Hasta aquí la trama de la novela (más corta que la mayoría de las obras de DeLillo). Pero lo que se esconde en esta brevedad es de una intensidad narrativa que página tras página centellea más allá del papel mate para acabar elevándose como un espíritu que, de golpe, se solidifica. Punto omega, al igual que su otro par existencial, Body Art, es un intento de hacer de la literatura un arte (cualesquiera que sean las definiciones que le demos a la noción, elevada, filosófica, presocrática, profunda y a la vez etérea, inconsútil, de arte).

Por fortuna, el periodo post-11/S ya puede periodizarse ya a través de novelas como ésta que, además, bebe de un espíritu de los tiempos tan post-traumático, tan Wikileaksiano, tan desarraigado en su vaciedad que, repito, si no existiera, habría que crearlas aunque sólo sea para dejar una marca indeleble a las generaciones que nos sobrevivirán. Esta novela, corta, austera, de una brevedad que se saborea mejor, continúa con las obsesiones de su autor, y si bien el argumento aparente podría indicarnos que las tramas conspiranoides, la paranoia, y el orden global del sistema mundial quedan apuntalados, esbozados, retratados y sesudamente analizados, lo cierto es que de lo que habla es más bien de ese otro orden de lo infraleve, lo microsensible, la pérdida, la desaparición, la memoria, una hija/un padre… el tiempo, siempre el tiempo. Y la duración. También.

Recientemente leía nosedonde algunos de los síntomas que comenzamos a padecer aquellos que nos pasamos horas escribiendo y navegando por Internet o, no se si se refería a los facebook-adictos y demás especímenes, pero lo cierto es que se me prefijó, como uno de los indicativos de la pérdida de atención fruto de ese tan actual estar perdidos en el ciberespacio, que cuando uno lee ya sólo ensayo y ha abandonado definitivamente la narrativa… entonces uno tiene que estar muy al tanto de lo que le puede estar pasando. Desconozco si la narrativa, el género de la ficción, en definitiva, la novela, pasa por un buen momento a nivel mundial, pero de lo que sí estoy seguro es que libros como Punto omega devuelven la esperanza contra la idiotización. Así, nos adentramos en contornos, no en formas, reflejos, más que representaciones.

La estructura del libro es capicúa: comienza en el MoMA de Nueva York, en la video-instalación de Douglas Gordon "24 Hours Psycho", exhibida por primera vez en 1993. La historia acaba en esa misma video-instalación museística, con el personaje atrapado entre Anthony Perkins y Janeth Leight, queriendo vivir más despacio, más lento todavía. ¡Don DeLillo ha reanimado una de las obras de arte más representativas y emblemáticas de toda una década! Esa, de por sí, ya es una gran noticia. No es que Douglas Gordon lo necesitara, pero lo cierto es que después de una década bastante anodina para el artista, donde Zidane: A 21st Century Portrait (2006) realizado junto a Philippe Parreno, se situó como un referente de consumo ineludible para las mini-masas que forman el arte contemporáneo, volver a recordar el esplendor del Gordon de los noventa, aunque sólo sea como un referente que funciona más o menos según la familiaridad del lector con la obra del artista escocés, es algo que merece la pena por pleno derecho. De este modo, DeLillo describe una obra de arte como nadie, ningún crítico de arte ni historiador, lo ha hecho jamás: minuciosamente y narrativamente brillante, la video-instalación se presenta como esencial para una vida, y el espacio museístico, el “black cube” aparece como un umbral de extrañamiento, que aún perteneciendo a éste, nuestro mundo, parece situarse suspendido, colgado ingravidamente de los marcos espacio-temporales que delimitan la vida social: un lugar (mejor un no-lugar) que lleva la impersonalidad y el deseo de sumergirte en el anonimato de la sala negra del cine a su más desbordante límite. Una franja donde no sólo puedes fundirte con la imagen, pensemos de nuevo, Psicosis de Alfred Hitchcock, ralentizada de manera que la película dura 24 horas, sino donde además escudriñar en la oscuridad la llegada y la salida de la sala de turistas, familias, expertos cinematográficos, profesores y alumnos, y otras personas que acuden a ese lugar en busca de auto-compasión. Punto omega nos devuelve la esperanza en el relato y también en el mensaje salvífico del arte.

No solo está Douglas Gordon, el personaje de Finley es un artista, un cineasta, capaz de hablar de la filmografía de Sokurov y a la vez trasladar el modo de producción, el modo de financiación de aquello que ambiguamente son “proyectos” más que películas o documental. No se nos dice mucho de Finley, pero ese plano fijo del rostro de Elster desvelando secretos de Estado debería hacernos pensar en las nuevas formas de la telerrealidad y, mejor, el nuevo género del documental de guerra: una inversión del terrorífico plano de unos rehenes, cooperantes o simples turistas, mostrados ante cámaras Sony y la posterior compresión de esas mismas imágenes en megabites enviables a cualquier agencia de prensa. Esta es la nueva hiperrealidad, el hiperrealismo del testimonio, la entrevista, el plano fijo, la textura pixelada, youtubeada, twitteada y demás. Y Finley quiere hacer algo de esto con Elster. Finley, quien tiene la edad idónea para ser hijo de Elster. Porque además, éste, no es un vulgar asesor de guerra de un gobierno como el estadunidense, es, más bien, un intelectual, un analista político que piensa en Haikus. El siguiente fragmento es una investigación sobre la etimología de la palabra rendición: “Le hablé a Elster de un ensayo que había escrito unos años antes, titulado ‘Renditions’ (rendiciones: también versiones, traducciones). Se publicó en una revista académica y no tardó en suscitar las críticas de la izquierda. Puede que ésa fuera su intención pero lo único que fui capaz de hallar en el texto fue un desafío implícito al lector, a ver si era capaz de averiguar de qué iba la cosa.
La primera frase era: ‘todo gobierno es una empresa criminal.’
La última frase era: ‘En años venideros, claro está, los hombres y las mujeres en cubículos, con los auriculares puestos, escucharán cintas secretas de los crímenes de la administración mientras otros estudian grabaciones electrónicas en pantallas de ordenador y otros más mirarán vídeos recuperados de hombres metidos en jaulas y sometidos a severos daños físicos, y por último otros, otros más, a puerta cerrada, harán preguntas perspicaces a individuos de carne y hueso”.

Y a continuación DeLillo continúa su análisis polisémico sobre las palabras “rendition”, “rendering” y sobre métodos de hacer preguntas que conduzcan a la rendición de la persona interrogada. Y esta clase de diagnosis del poder, que claro está es DeLillo en estado puro, no es que abunde demasiado en el libro: el autor ha conseguido un relato existencial sobre los grandes dilemas morales de la humanidad con un telón de fondo situado en la mayor actualidad del eje geopolítico mundial. Severo, austero, simple y profundo.


*Don DeLillo, Punto omega, Seix Barral 2010.

Enviado el 11 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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