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Enero 12, 2011

Socialismo utópico - Adrià Sunyol

Jean-Luc Godard, Film socialisme, 2010.

film-socialisme-quo.png Vamos a tratar de olvidarnos del Godard figura, del Godard icono, y de todas las poderosas connotaciones que su nombre evoca de manera explosiva y heterogénea. Vamos a imaginar, para ayudarnos en esta complicada tarea, que hemos visto Film socialisme tal y como el propio Godard soñó que fuera visionada y distribuida. Su plan era el siguiente. Entregar un par de copias a un par de muchachos jóvenes cinéfilos, asiduos de los festivales y ávidos de descubrimientos, y lanzarlos en paracaídas sobre dos puntos aleatorios del territorio francés. Su misión: proyectar la película en bares, asociaciones, clubes de cualquier cosa y alguna casa particular, con el fervor del friki del cine que trata de compartir con los demás su amor por un film concreto. Imaginemos que somos ese hombre de la gasolinera o ese cliente de la cervecería en que deciden conceder el deseo del joven portador de Film socialisme. Las luces se apagan, alguien baja las persianas. La gente sonríe, sorprendida. Y el proyector se enciende. Una miríada de polvo en su cono de luz, y empieza Godard, por sorpresa, sin prejuicios.

En la oscuridad, Film socialisme: una hora y cuarenta minutos de citas y asociaciones visuales y lingüísticas desencadenadas, en muy diversas texturas de la imagen, una narración que se perfila y desvanece periódicamente hasta que pulveriza cualquier mínima noción de argumento, y un uso aparentemente aleatorio de prácticamente todas las posibles combinaciones básicas del lenguaje audiovisual, todo diáfanamente recubierto de un espíritu izquierdista a prueba de modas y muertes varias del comunismo y sus tótems, y ensartado por un temperamento indudablemente genial a la hora de conseguir de la concatenación de imágenes efectos hipnóticos y sensuales.

En el modo de distribución godardiano la película sería, obviamente, un fracaso. Pasados cinco minutos, esa serpenteante sensación de estar asistiendo a una broma pesada se apoderaría del noventa por ciento de los espectadores. El orgullo del inculto ante el pedante haría acto de presencia en cuestión de segundos. Una reacción química, la de la persona más o menos formada y educada, ante la obra de arte indescifrable, en la época de los desciframientos compulsivos. La tensión occidental ante el arte incomprensible y libre, sumada a la estupefacción ante la impune colección de referencias imposibles. Otra cosa es Cannes o Venecia, donde las estadísticamente inocuas legiones de cinéfilos vociferantes esnifan Film socialisme con la avidez con que los Fremen de Dune paladean la especie Melange.

Godard lo sabe. Sabe que su película es un producto marginal, abarrotado de una cultura al alcance de pocos y servida en frío. Y aun así, su sueño de distribución utópica indica dos aspectos significativos de su manera de entender su cine: el primero, que concibe sus obras como un producto exclusivo de su libertad creadora, un objeto individual, específico, autónomo, que merece un trato igualmente específico, modesto, latente y vivo. El otro, que el cine, como todas las cosas, forma parte de los hombres, de todos los hombres que forman las sociedades, los socialismos y los capitalismos, y que los circuitos no son los caminos que esos hombres transitan. Suculenta paradoja de su arte, casi insufriblemente izquierdista, tozuda y malhumoradamente rojo, y tan inalcanzable, tan espetado, tan hermético a la par que luminoso.

Godard es un volcán de pensamientos, de ideologías individuales, de conceptualizaciones brillantes y contradictorias. Su verborrea de choque, con la que pretende hacer estallar conceptos, a la manera griega antigua, ha iluminado el cine con algunos de sus aforismos más reveladores, pero también ha pervertido el lenguaje de la crítica hasta unos extremos que la historia se encargará de poner en su justo lugar. No estuvo solo en tal hazaña, pero su presencia constante y poderosa es tal vez el máximo acicate a esa corriente de cinefilias abstrusas y ensimismadas, dispuestas a desentrañar cada aspecto de las obras, y de la que todos somos parte.

Pero para él, siempre el reclamo legítimo de la libertad y el azar. Hablando de Film socialisme comenta: “Dice Bachelard que hay imágenes explícitas e implícitas. Yo trato de hacer una imagen implícita, y eso no se puede hacer de forma consciente” [1]. Declaración que invita a desactivar todo comentario para dar paso a un entren y disfruten de la película más sorprendentemente no-aburrida de la historia. Y sin embargo, la libertad de Godard es una libertad encadenada al racionalismo, el estigma profundo de esa civilización de la lógica que vapulea en Film socialisme.

Un flujo eléctrico imparable de conceptos, que a ratos hasta parece una metáfora del infierno de la hiperactividad mental, para dibujar la poesía del fin de todo. En Film socialisme, Godard (milagrosamente para una película cuyo porcentaje de imágenes “prestadas” es considerable) da la impresión de estar observando a su alrededor. Y lo que ve no le gusta. Es una película cargada de una bilis serena y sabia, es un ataque lanzado con la rabia de un contraataque. El intelecto de Godard tiene el hábito de deplorar. Pero hay más. Está también el ojo de Godard.

Primera película que Godard filma en alta (y no tan alta) definición, Film socialisme es un espléndido catálogo de imágenes bellas, bellas en el sentido más profundo, más difícil del término. Decía Henry Moore que belleza era un concepto mucho más alejado de otros conceptos como perfección, o harmonía, de lo que la gente piensa. Vale para Godard, capaz de la belleza de lo significativo en estado puro, y también de otras bellezas más naturales, más relajadas: entre el torrente de mensajes, la imagen de una chica que imita el maullar de un gato, con una secreta sensualidad. O un niño rubio que palpa el cuerpo de su madre mientras esta lava los platos, desde los tobillos a la nuca, con una ternura un tanto mecánica. El ojo profundo de Godard, tal vez sarcástico, pero puramente creador de belleza.

Puede ser aventurado detectar estas dos vertientes, la puramente poética y la discursiva, en otras muchas obras de Godard. Puede tratarse de una visión ventajista, una simplificación adecuada ante las dificultades que su arte plantea al crítico. Pero creo que esta ahí, y que el Godard refunfuñón, el Sócrates francés, se está comiendo al poeta de Banda aparte (Bande à part, 1964). Film socialisme intenta mal que le pese hilvanar un discurso de elementos precisos, pero construido en base a referencias y asociaciones que requieren o bien una vasta cultura o bien un descifrador, como aquel libro que Borges reseñó y que invertía sus doscientas páginas en descifrar los laberintos de Finnegans Wake, de Joyce. En las múltiples entrevistas a Godard podemos hallar algo de lo segundo, pero no suficiente. Quedan preguntas por formular, y respuestas tristemente necesarias...

XXX

Las asociaciones de Film socialisme, tal y como Godard pretende, estallan en discusión y debate. Basta comprobar el bullicio de los foros en que se discuten los contenidos de la película. Una parte de la película apela directamente a la ciudad de Barcelona. Aparecen imágenes, entre otras, de una corrida de toros, de la Plaza Catalunya, de una manifestación sindical, y de Andrés Iniesta, Don Andrés, desplomándose en el suelo del Olímpico de Roma. Hay que reconocer que la selección de elementos es curiosamente acertada: desde hace un par de años, la ciudad condal vive sumergida en las tensiones antitaurinas y estatutarias, y arrebatada por un permanente orgasmo culé. Pero hay algo en esas imágenes que chirría. Es difícil, por ejemplo, comprender si el toreo de Godard es un icono de hispanidad o una imagen de denuncia. Probablemente nada de ello (un camino a la imagen implícita). Pero cuando la sustancia del juego godardiano nos toca de cerca percibimos un desajuste, una falsedad. El comentario del cineasta se vuelve, para alguien que domina involuntariamente la realidad tratada, muy vago, una opinión sin duda, pero una más, y críptica, difícil de precisar.

¿No será esa sensación aplicable a todo lo demás? ¿No será el discurso que hilvana Film socialisme así de débil? ¿Una perorata sobre la deriva ultraliberal y deshumanizada de Europa?

No le faltarían razones. Sin caer en apocalipsis, Europa, todo Occidente, sufre una crisis global. Económica, lo sabemos. Ideológica, ante el descalabro del estado de derecho que revela WikiLeaks. Transformaciones aberrantes en unos medios de comunicación confundidos y que pierden fuerza y credibilidad. Una despolitización acentuada de la vida personal, etcétera... En ese sentido, la película de Godard atina. Su potencia, más allá de sus ideas, está en esa fuerza oscura con que atiza el desbarajuste mundial. Pero, de todos los debates que puede despertar, creo que hay uno que se eleva por encima de los demás: el de la adecuación de ciertos mensajes al público, el de la necesidad de un cine accesible y profundo a la vez.

Siempre que nos llenamos la boca con la juventud del cine debemos pensar que esta es su gran ventaja: el cine es demasiado joven, demasiado niño, como para que lo anquilosemos en mitos tipo Godard. Godard es maravilloso, se mantiene fresco a los ochenta años, desarrolla premoniciones que estaban ya en el cine de Eisenstein en un lenguaje permanentemente contemporáneo. Pero hay que buscarle las cosquillas. No podemos esconder sus limitaciones, sino más bien aprender de ellas, antes que confundirnos con sus intrincados puzzles, a veces caprichosos, a veces geniales. Godard invita a descubrir una cultura que está en el centro de su huracán. Es un estímulo precioso y hermético. Y también un acicate, un punto de partida de un cine más real y más propio (si algo tiene Godard es que cree de verdad en el cine), pero que llegue con fuerza a sus espectadores sin restricciones ni filtros demasiado graves y elevados.

Hay que asumir ese reto: el de la película que, lanzada en paracaídas en una ciudad cualquiera, proyectada en un hogar o en un bar cualquiera, llega a su público, interesa, y habla en el lenguaje de las personas sobre los asuntos que afectan a su humanidad cotidiana.


Notas:

1. Entrevista realizada por Jean-Marc Lalanne y Serge Kaganski, Les Inrockuptibles, 18 de mayo de 2010.

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