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Enero 31, 2011

Tom Wolfe - Peio Aguirre

Originalmente en Crítica y metacomentario

tom_wolfe.jpg La publicación conjunta de los ensayos de Tom Wolfe “La palabra pintada” y “¿Quién teme al Bauhaus feroz?” por Anagrama (en verano del 2010) constituye una excelente noticia. Bajo la colección que lleva la rúbrica “Otra vuelta de tuerca” se publican ahora libros de los fondos de la editorial que alcanzaron un respetable éxito en su día y llevan décadas sin reimprimir. La lectura conjunta de estos dos ensayos es una experiencia llena de fruición. “La palabra pintada” data de 1975 y golpea a cada nueva lectura.

La descripción de la escena artística norteamericana es una de esas lecturas que dejan huella por su ambición y mordacidad. Sumergiéndose en la lectura de una crítica de Hilton Kramer (como quién toma un cálido baño), Wolfe escudriña un mundillo del arte en el que el crítico deviene en sumo sacerdote o maestro de ceremonias llevando a Wolfe a decir que “hoy día, sin una teoría que me acompañe, no puedo ver un cuadro”. La ascensión de Clement Greenberg y Harold Rosenberg se enmarca en toda una retahíla de cenáculos, camarillas, danzas de apareamiento y demás rituales que tienen lugar en Culturburgo. Es imposible describir aquí la amplitud del alcance de Wolfe.

Basta fijarnos en la cuestión del distanciamiento: podríamos pensar que Wolfe, el autor, no es tan ajeno a ese mundo que parece denunciar, no se siente tan molesto por esas mismas apariencias, sino que basa su secreto en una toma de distancia con respecto a ese mismo mundo como estrategia literaria. He aquí una de las claves del “nuevo periodismo”: presentar una situación más o menos normalizada y analizarla como un antropólogo hambriento por escudriñar las normas secretas de una secta. Y aquí Wolfe es un consumado maestro, dotado de la inhabitual habilidad para religar lo anecdótico y el detalle exclusivista marca-de-la-casa al servicio de una narración que sublima su propio género literario. El conjunto es una historia alternativa a los manuales de la historia del arte canónica que todo el mundo interesado en la historia del arte de vanguardia debería marcar en su agenda como un “must do”.

En “Quién teme al Bauhaus feroz”, de 1981, Wolfe ofrece taza y media de la ración anterior, ahora aplicado a la arquitectura moderna y su implantación en los Estados Unidos.

Los conocimientos de Wolfe sobre la materia arquitectónica, treinta años después de haber escrito el ensayo, se revelan de una grandeza similar al estatus que el propio ensayo puede alcanzar dentro de la teoría de la arquitectura. Al igual que en el caso de “La palabra pintada” el recorrido cubre décadas de debate dentro de la arquitectura, desde los orígenes del movimiento moderno al posmodernismo de los años ochenta. Más exactamente, desde antes de la exposición de 1932 en el MoMA, donde queda acuñada el término Estilo Internacional (gracias a Philip Johnson y Henry Russell-Hithcock) hasta los posteriores desarrollos posmodernos de los Five Architects. En este recorrido, practicamente todos los hitos de la arquitectura del siglo XX quedan cubiertos. Desde la tríada Gropius (el Principe de Plata), Mies y Corbu pasando por la dificultad de Lloyd Wright para tragar a estos Dioses Blancos en su propia casa, hasta introducirse en la apostasía del rechazo a las cajas de cristal de los modernos y alcanzando a la figura que religará la tradición moderna con lo posmoderno, es decir, Robert Venturi. Y más, mucho más. La dificultad de hacer una reseña de este ensayo sin caer en la tentación de citar, comentar, y regocijarse en los múltiples pasajes y tecnicismos que Wolfe recrea da fe de la excelencia de estos textos. Wolfe se presenta como un escéptico más que como apóstata o agnóstico, no sólo para hacernos pasar un rato entretenido sino siendo consciente que el gozo en la crítica a veces se encuentra en la formalización de la inteligencia irónica. Utilizar los dos textos de Wolfe para reafirmarse en las tesis denunciatorias del autor, desacreditando así toda la evolución del arte moderno así como la arquitectura moderna, como su contrario, es decir, acusar a Wolfe de reaccionario o conservador es no haber entendido la función de esta forma de ironía (típicamente posmoderna). A través de juego del género (ensayo, reportaje, crítica y texto literario) Wolfe a contribuido sustancialmente a la teoría del arte y, sobre todo, a la teoría de la arquitectura, aunque para ello el autor tuviera que adoptar una posición de enfant terrible de la crítica. Cualquier iniciado en la historia del arte o participante del debate de la arquitectura no puede sino congratularse por la existencia de estos textos. Y las nuevas generaciones tendrán aquí material de sobra para cuestionar sus aprendidos saberes, convirtiendo los deberes en entretenidos pasatiempos. Y a tí, Tom, vuelve a escribir este tipo de cosas.

Enviado el 31 de Enero. << Volver a la página principal << | delicious

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