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Febrero 17, 2011

Del imaginar como arte y del arte como imaginar - Mónica Amieva

del_imaginar.jpg Las reflexiones sobre el arte como una forma de conocimiento han planteado problemas filosóficos desde los cimientos del pensamiento occidental al no cesar de poner en tela de juicio las fuentes, naturaleza, alcance y límites del conocimiento mismo. El arraigo sensible del lenguaje artístico y su poder para generar ficciones y metáforas que desbocan o ‘liberan’ nuestra imaginación o nuestra emotividad, lejos de ser entendidos como una virtualidad cognitiva, han sido interpretados como una mera imitación de la naturaleza, pero sobre todo como un peligro de confusión entre apariencia y realidad, falsedad y verdad, opinión y conocimiento. Con la distancia del presente, sabemos que filósofos como Platón eran bien concientes de que el principal peligro del arte no residía en confundir, sino en ‘evidenciar’ la dimensión sensual, imaginativa, emotiva, contingente y relativa de la realidad en su conjunto. He aquí una de las primeras causas del largo divorcio teórico entre el arte y el conocimiento por razones políticas: su intrínseca criticidad.

Si asumimos que nuestra relación con el arte nos ha definido como cultura a lo largo de la historia, de manera muy sucinta podemos decir que el ‘enemigo’ se cooptó como amigo, limitando la gnosis del lenguaje artístico al servicio propagandístico del Poder en turno que lo legitimaba según el caso: el estado, la iglesia, la aristocracia, la burguesía, etc. ¿Qué ha cambiado hoy y cómo? ¿Hemos avanzado en la justificación del valor y la necesidad social del arte? ¿Acaso los procesos cognitivos desencadenados a través de la experiencia estética continúan siendo una amenaza o un cuestionamiento constante?¿A quiénes como productores culturales servimos en nuestros días?

El nacimiento del discurso estético fue el primer intento de reconciliar arte y conocimiento. Este interés no resurgió hasta la conquista de la emancipación intelectual del sujeto autónomo moderno, que bajo la consigna sapere aude ‘atrévete a servirte de tu propio entendimiento sin la guía de cualquier otro’, defendió que el cultivo y el ejercicio de nuestras facultades debían encaminarse hacia la libertad e igualdad de los individuos y de los pueblos.

Entre las capacidades cognitivas del sujeto ilustrado, quizás la imaginación es el concepto que todavía ilumina en parte la complejidad de los procesos mediante los cuales pensamos y damos sentido al mundo a partir de la experiencia estética. A pesar de que la operación de la imaginación continúa siendo un enigma, por lo menos sabemos que es la competencia responsable de los descubrimientos, invenciones y avances mas ‘inimaginables’ en todos los dominios del conocimiento. La imaginación también adoleció durante un prolongado periodo, de una condena muy similar a la censura de la poesía en la república platónica. Aún cuando hubo intentos de defenderla, siempre fue valorada como una facultad menor supeditada a nuestro raciocinio. El argumento contra el peligro de la represtación en imágenes de un objeto sensible o de una situación en su ausencia, consistía en declararla un engaño de nuestra mente, una trampa que extendía falsos e ilusorios puentes entre realidad y fantasía. Esta mala reputación de la imaginación como una antítesis de la verdad, ha devenido en un reduccionismo de su significado cotidiano como un simple escape de la realidad.

Sin embargo, la simulada desconfianza hacia la imaginación nos ha distraído de sus auténticas amenazas con el argumento de la facultad mentirosa. Conocer a través del arte, imaginar a través del arte, es en parte, tomar esas amenazas como oportunidades para explorar nuestra existencia de una forma más libre, más interrogativa que concluyente. Oportunidades de enjuiciar, de poner en entredicho sin cesar cualquier tipo de verdad que se promueva como necesaria. Los juegos de espejos entre arte y realidad, amplían nuestra mente y despiertan nuestra insatisfacción pues nos permiten vivir otras vidas y pensar otros mundos por medio de la ficción. La imaginación activada en la experiencia estética, nos permite tomar un distanciamiento crítico frente a la realidad, renovando mediante un intercambio de ideas nuestra percepción sobre la misma. La imaginación como una especie de exploración mental y por lo tanto de búsqueda, despierta nuestro ‘ingenio’ e ‘intuición’ para producir respuestas ante preguntas, y soluciones ante problemas planteados desde el arte, que nos retan a construir relaciones de sentido propias y con fortuna disensuales. Finalmente, y he aquí el principal peligro, y a la vez el más peculiar atributo cognitivo de la imaginación: la experiencia estética es en potencia fundación de deseo y apertura del horizonte de lo posible de manera que modifica nuestras acciones y creencias. Cuando el pensamiento se extralimita o transgrede de la mano de la emoción y lo sensible, anticipa el mundo de un modo profundo y significativo, avivando paradójicamente una especie de memoria difusa.

Enviado el 17 de Febrero. << Volver a la página principal << | delicious

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